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Los judíos en Chile
por Joaquín
Edwards Bello
publicado en diario La Nación , Jueves 3
de febrero de 1949
Los criollos antiguos llevamos una larga y variada
genealogía. En la obra Los judíos en Chile por Günter Bhom, aparece
una lista de apellidos judíos. Según dicha lista mi familia es judía
por cualquier lado que se le analice; en efecto mi abuela materna
era Rozas Pinto; mi madre, Bello Rozas; mi padre, Edwards Garriga y
mi bisabuelo materno Andrés bello López. La lista pone por judíos,
de origen se entiende, los apellidos Edwards, Bello, Rozas, Pinto,
Garriga y López. Antes de
continuar
por el peligroso sendero debo prevenir al lector. Los judíos de
origen español, o sefarditas, expulsados de España en tiempos de
Isabel y diseminados por diversas regiones de la tierra, se ufanan
de pertenecer a la tribu de Judá, y no reconocen vínculos de familia
con los otros judíos de Alemania, de Polonia, de Rusia y demás.
El Sefardita, con algunos millones de judíos mansos que ahora son
españoles se diferencian de los otros a causa de su físico
imponente, su distinción y su inteligencia. Ni Borbones, ni
Habsburgos, podrían alardear de un linaje parecido al de dichos
israelitas, en antigüedad y gentil hombría adquirida y pulida en
muchas generaciones. Se ha dicho que algunas familias hebreas
llegaron a lo que es ahora la Península Ibérica, antes de Cristo. El
cuerpo, la fisonomía y el carácter de los sefarditas proviene de la
herencia de la raza más sana organizadora y unida de la tierra.
La decisión de los reyes católicos, influidos por el inquisidor
Torquemada, no favoreció a España, sino al contrario. Los sefarditas
renacieron en las diversas regiones donde fueron aceptados, y su
influencia, por amor – odio a España, según Madariaga, sirvió de
acicate a los enemigos del imperio castellano. “Los sefarditas, dice
Graetz, lo habían perdido todo, excepto su grandeza española y su
distinción. Estaban por encima de los demás judíos, en cultura en
modales y en valor interno, como se manifestaba en su apostura y
lenguaje. Su amor al país (España) era demasiado grande para
permitirles el odio a la madre desnaturalizada que los había
expulsado. El duque de medina de Rioseco descendiente del judío
Mozén Rubí, ayudó a don Carlos II, en sus planes para separar a
Flandes y declararle la guerra (Madariaga).
En América los judíos ayudaron a los piratas en sus incursiones
contra las colonias españolas. Los judíos portugueses y españoles
radicados en Burdeos en 1760, protestaron por la llegada de judíos
polacos y alemanes. Voltaire se burló de ellos, y el sefardita
portugués Isaac Pinto le escribió aceptando las acusaciones
(Madariaga). Los apellidos más corrientes de judíos portugueses y
españoles son Álvarez, De Castro, Henríquez, López, Méndez, Pérez,
Pereira, Pinto, Santa María. Otros, no tan comunes, son Cáceres,
Calle, De la calle, Reyes y Silva. La vida interior y la
religiosidad absorbente de los judíos españoles se ha reflejado sin
cesar en el carácter eclesiástico y fanático de los nuevos
católicos, provenientes de antiguos convertidos que en España
llamaron marranos. Podemos oír todavía sermones poblados de truenos
vengadores de indudable origen semítico. Henry Ford, el fabricante
de automóviles más conocido del mundo, en su obra El judío
internacional, juzga con acierto cuando dice: “ El judío se
convertía y poco a poco marrano ha judaizado a la iglesia católica
que está necesitando una depuración para acercarse al verdadero
Jesucristo”. De otra parte, Américo Castro, en su obra, titulada
España en su historia, refuerza nuestros apuntes sobre la distinción
castellana de los judíos españoles. En una de las páginas de su
dilatada y admirable obra nos dice: “El sentimiento de hidalguía y
distinción nobiliaria era común en el siglo XV a cristianos y
judíos, y acompañó a éstos en su destierro. Más adelante cita a Max
Grünbaum: “Quién asista al oficio divino en la espléndida sinagoga
portuguesa de Ámsterdam nota la diferencia entre los judíos alemanes
y los españoles”. De otra parte, los católicos españoles más severos
en la persecución de los judíos fueron los marranos o malsines,
entre otros el célebre obispo de Burgos, don Pablo de Santa María,
antiguo rabino de la sinagoga, llamado Salomón Haleví o Levi era
corriente en las juderías hispano-portuguesas. En la obra titulada
El Tizón de la Nobleza se dijo que el Rey Fernando el católico no
estaba libre de sangre judaica por la línea materna. Las
judías eran bonitas y sus arcas estaban repletas. Conocida es la
historia de Susana la hermosa hembra en Sevilla. En 1481 su padre,
Diego de Susán, judío, fue quemado vivo. La hermosa hembra se dio a
la mala vida y murió en la miseria. La calle en que vivía, se llamó
Calle del Ataúd hasta fines del siglo pasado.
La medicina judaica gozó de excelente nombre; los judíos fueron los
médicos de los reyes. Maimónides, el Platón Cordobés, sirvió de
médico en el palacio de Saladino. Álvaro de Castro era médico de los
condes de Orgaz; Judá figuró como cirujano del Concejo de Talavera
de la Reina. En el dominio del Sultán de Turquía los hebreos
españoles desempeñaron importantes empleos: Elías fue el oculista
del último Sultán; de Castro Bey, el cirujano. El año 1270 el Rey
Alfonso X, de España, mandó entregar una donación especial al doctor
don Abraham del Río. Ningún lector chileno dejará de notar la
eufonía familiar de este último nombre. En la obra titulada Historia
de los marranos, por Cecil Roth, he leído un párrafo que parece
tomado de Las Noticias Gráficas. Dice: “La señora Elvira del Campo
fue arrancada de su domicilio y torturada por ponerse ropa limpia y
no comer puerco en día sábado”.
El echo no pasó aquí sino en Toledo, y en 1567, poco menos de cuatro
siglos atrás.
Los judíos por su religión y por su medicina religiosa, hacían
circuncidar a los varones, no comían cerdo, ayunaban y se metían en
baños por lo menos dos veces a la semana. Por razones obvias no voy
a contar los beneficios que aporta la circuncisión a la salud
general del individuo. En la casa real de Inglaterra pagan una renta
a cierto médico especialista para que circuncide a los varones de la
familia nacidos en Buckingham. Por algo será.
“Quines realmente sentían el escrúpulo de la nobleza de sangre eran
los judíos”. Hitler fue un imitador de dicho sentimiento. En la obra
titulada Claros Varones, Hernando del Pulgar aseguró que los abuelos
del primer inquisidor Torquemada fueron del linaje de los judíos
convertidos. El mismo Pulgar se burló del estatuto que hicieron en
Guipúzcoa, para que los judíos no pudieran ir allá a casar ni morar,
cuando los más enviaban sus hijos para que sirvieran a los judíos de
mozos de espuelas, Vizcaya conoció la influencia judaica; por lo
mismo, ciertos judíos conversos llevan apellidos vizcaínos. La
expulsión de los judíos españoles fue aprovechada por los ingleses.
Entre diversos personajes de la City podemos recordar a Antonio
Fernando Carvajal y Simón de Cáceres. El primero prestó sus barcos
para traer judíos a América; el segundo propuso a Cromwell la
conquista de Chile para fundar una colonia anglo-judía. La historia
de la familia judía Mendes o Méndez, de origen portugués influyente
por sus millones, en Londres, en Italia, en Grecia y en
Constantinopla, no cabría en un diario. El apellido López es el más
sospechoso de judaísmo en mi familia. La madre de don Andrés bello
se llamó Ana Antonieta López. Me es grato recordar que la madre del
celebrado escritor francés Montaigne se llamó Antonia López de
Villanueva; era hija de un mercader español y había sido expulsada
junto con su padre de Burgos, por la inquisición. Montaigne no la
mencionó jamás en sus escritos. Este hijo de madre judía maltratada
inició las ideas contra el sistema de expansión española en el
“paraíso del Nuevo Mundo”. La tesis de Montaigne, o acusación a
España, “por turbar los juegos infantiles de los pueblos idílicos”,
sirvió de partida a una generación francesa en su campaña para
obtener la independencia americana. Discípulo de Montaigne podríamos
llamar Rousseau.
Es muy posible que la madre de don Andrés Bello y el padre don
Bartolomé Bello, hayan sido descendientes de judíos emigrados de
España. Repito lo primero: los criollos antiguos llevamos a cuestas
una larga y variada genealogía. Don Andrés Bello casó en Londres dos
veces con enigmáticas damas, cuyos nombres son Mary Ann Boyland la
primera Elisabeth Dun, la segunda. Desciendo de la segunda. El
apellido Dun es de origen celta. El nombre London proviene Llyn Dun
(posición cruzada por agua). Pedí datos sobre las mujeres de don
Andrés a Londres ciudad dueña de los archivos más fáciles y rápidos
del mundo. No me respondieron de la Embajada. No soy político. Por
la misma razón no he “conseguido” teléfono ni soy nadie. Además del
apellido DUN podría recordar un surtido de nombres internacionales
entre mis ascendientes. No hay razones para afirmar el judaísmo del
primer Edwards; es éste un apellido de frondosas ramificaciones
distribuidas en todas las tierras y mares del globo. Edwards se
llamó el fundador del diario Le Matin de Paris a quien León Daudet
apostrofó de manera inolvidable; Epouvantable sacripant, melé de
turc et de negrier, dont la progne montre tons les vices tournat
dans une sorte d’arrogance. Nacido en Constantinopla, era grande,
enorme; había recogido una fortuna nadie sabía como, en el fumier
oriental. Regalaba piedras preciosas a las mujeres, fumaba opio y
conducía yates sur les bords de la Riviera. Edwards hay en todas
partes por docenas. El actual lord civil del Almirantazgo británico,
en el régimen laborista es el fogonero de la marina, Walter Edwards.
En los Estados Unidos el mejor y más joven de los generales del aire
se llama Gen. Ideal H. Edwards. En Adelaida Australia el doctor
Edwards ha tenido éxito en curaciones de la locura, mediante la
intervención del serrucho. En Increíble pero cierto apareció pocos
meses ha una tal Penny Edwards, neoyorkina, que puede dar la nota Fá
con la cabeza entre las piernas.
Aparte del Edwards hay en mi familia Martínez de Rozas, pariente del
tirano argentino, Pinto, Rozas, Mendiburu, Urrutia y otros por línea
materna como Garmendias y Aldurraldes de Mendoza. Por la parte de mi
padre cuento con Iribarren, Ossandon, Cepeda y Argandeña, de La
Serena. Hay todavía Cepedas, o Zepedas en Andacollo somos parientes.
Los Edwards Ossandón entroncaron con toda la gente vieja de su
provincia. La señora Zepeda de Videla, de Andacollo, es madrina y
abuela de don Gabriel González Videla.
En cierta biografía sintética y flateuse de doña Juana Ross, prima
hermana de mi padre, vi que los Edwards Ossandon descienden
directamente de don Francisco de Aguirre, los Andia de Irarrázabal,
los Bravo de Saravia y los Hurtados de Mendoza. Si me dieran a
escoger entre los ascendientes, o me preguntaran a quién desearía
parecerme, sin titubear diría: a don Jorge Edwards, el fundador de
la familia justiciera, organizadora, recta y juiciosa, condensada en
mi padre. Cuando cruzo una calle me parece verle y oírle; “Abre bien
los ojos y mira para todos lados”. Gracias a esas pequeñas
enseñanzas y rectificaciones estoy en pie y escribo. También
quisiera parecerme algo a don Andrés.
No me parece razonable dar por comprobado el judaísmo
del apellido Edwards, simplemente porque así dicen aquí. De la misma
manera el apellido Ross no fue nunca judío, sino escocés. Un joven
premiado en Harward, Maury Austin Bronceen estuvo en Chile para
averiguar sobre Balmaceda. Al mismo tiempo visitó el archivo del
Banco Edwards. Me aseguró que Edwards no fue judío. Al mismo tiempo
procuré demostrarle la inepcia de las leyendas que el público
ingenuo y tonto acepta con el ánimo de justificar la gloria póstuma
de Balmaceda: mitos del salitre y de la revolución fraguada por los
Bancos. El año 1891 fue un año santiaguino, de politiquería
santiaguina y de bochinches, ajenos a la familia Edwards. Oí decir a
mi padre que el no tenía nada contra Balmaceda. Sin embargo, él y
todos los empleados del Banco Edwards se vieron constreñidos a
obedecer a la patrona doña Juana Ross, en cuya casa se refugiaron
varios curas que le hacían una pata repugnante.
Mi padre era entonces un pequeño empleado de doña Juana Ross, y la
revolución era fraguada a distancia por el clero los figurones y las
damas santiaguinas. Todo eso era ajeno entonces a una familia como
la nuestra, apenas en formación, ubicada modestamente en la calle
del Teatro, en Valparaíso. Si de manera tan categórica pusieron el
apellido Edwards en la lista de judíos de la obra de Bohm, no me
explico la causa de la ausencia de otros apellidos judíos chilenos
tales como Aguiló, Band, Berstein, browne, Cohen, De la Paz, Ferrer,
Corteza, Jordán, Levi, Lyra, Matte, Mathews, Miró, Morris, Phillips,
Picó, Sack, Simon, Simson, Uhlman, Zeger y otros muchos.

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