Especial:  La Guerra de las Malvinas vista por los judíos...

La de las Malvinas no fue una guerra más. Ni siquiera se declaró formalmente. En el bando argentino murieron 649 personas; si la cifra oficial es correcta, 1.068 quedaron heridos y 11.313 pasaron a ser prisioneros de los británicos. A las islas Malvinas fueron catorce mil militares. «No existe un censo riguroso del número de judíos desplazados», observa Hernán Dobry, autor de «Los rabinos de Malvinas». «La guerra fue inaudita, improvisada y una contradicción constante», analiza...
 

Un día como hoy de hace 30 años atrás comenzaba la Guerra de Malvinas

por Fabian Dines

En mi ciudad, en Diamante, Prov. de Entre Ríos (distante a 450 km. al norte de Buenos Aires y tierra de los Gauchos Judíos) se hicieron simulacros en la que se apagaban la luz de la ciudad.... La ideologización sobre el derecho a la recuperación, el derecho natural sobre las Islas Malvinas estaba en toda conversación, en las calles, en el aula, en el café... El ambiente era triunfalista...

Los programas de televisión y las 24 hrs. de transmisión interrumpidas de solidaridad ciudadana para el fondo "patriótico" en que recuerdo patente la imagen de una abuela, tal vez de escasos recursos, que en cámara, en vivo y en directo, seguida por Pinky (la locutora), llevaba sus manos a sus orejas y se sacaba su único bien material que era unos aros de oro para donar a ese fondo patriótico... todo era una flecha certera al corazón sentimental argentino.... Que venga el Principito se arengaba de la tribuna popular callejera....

Todo fue una farsa... el Proceso de Reorganización Nacional como se llamaba a las Juntas Militares conjugaba una vez mas una cruel cortina de humo para distraer la inflación galopante, la bicicleta financiera, los desaparecidos, los abusos cotidianos, los asesinatos, y su antisemitismo.

Durante la Dictadura Militar argentina la judeofobia era algo "casi normal", casi cotidiano y quien estuvo en el servicio militar obligatorio todavía antes del 24 de Marzo de 1976 sabe bien de la degradación constante, de los abusos, de la humillación por ser judío. En el Libro NUNCA MAS, libro de la CONADEP (Comisión Nac. de Desaparecidos) grupo que recopilo datos, porcentajes, testimonios que encabezo el ilustre Ernesto Sábato habla de 8.960 desapariciones de los cuales mas del 10% eran de origen judío....

... y así llegamos a la Guerra de Malvinas. El Rab. Baruj Plavnik se movilizo a Comodoro Rivadavia para atender espiritualmente a los soldados judíos. Los militares se dirigian a la DAIA (Delegacion de Asociaciones Israelitas Argentinas) para pedir "intervención" para una ayuda especial del gobierno de los Estados Unidos... extraoficialmente se habla de casi 60 soldados judíos que murieron por Malvinas...

Vaya mi homenaje para ti MARIO BOZETTI que vivíamos a dos cuadras de distancia, que caíste herido pero peor aun abandonado en el Hospital Militar en Buenos Aires con esquirlas en la parte inferior de tu cuerpo. Mi mama hizo los contactos con un diputado Nacional para que en un avión de nuestra Provincia te traiga de vuelta a nuestra ciudad donde te recuperaste por un breve tiempo mas, en el que tu desgaldez era locuaz. Te pregunte por qué estabas tan flaco... me dijiste estuvimos dos meses sin comida, apenas teníamos sopa fría, atrincherados esperando que pase el espanto, me comentaste sobre las chaquetas israelíes que habían llegado para ustedes, que algún militar trasnochado le había quitado lo que suponías eran una especie de tubitos por donde debía circular agua o algo parecido caliente, enganchado de una mini batería interna... Muy poco tiempo después un cáncer testicular era el certificado de tu muerte, pero en mi sigue vivo tu sonrisa, tu imagen, el futbol en que defendíamos los colores del Atlético Diamantino y nuestros partidos de ping pong en esas tardes interminables de verano y con amigos ...
 

 

 

Malvinas. Un cálido reconocimiento a 13 soldados judíos

La comunidad Bet El homenajeó el viernes por la noche a los veteranos de guerra de judíos que pelearon en las islas Malvinas, frente a cerca de setecientas personas que colmaron la sinagoga. Se trata de la primera ceremonia de este tipo que realiza una institución israelita en la Argentina en treinta años y que viene a llenar un vacío reclamado por los propios soldados.

“En la memoria, está la clave y la dificultad de saber qué se espera de los otros y nosotros. A veces, la mayoría de las veces, se espera de nosotros que reaccionemos como no reaccionamos”, afirmó el rabino Daniel Goldman durante la prédica que pronunció durante el servicio religioso.

En tanto, el religioso concluyó su alocución instando a no olvidar lo que había ocurrido durante el conflicto bélico. “Desde el espacio ideológico en el que me siento cómodamente incómodo, me planteo que conmemorar el 2 de abril es recordar los dramas de la guerra y de sus soldados y, en la misma sintonía repudiar la dictadura militar – sostuvo -. Pero a treinta años, no tan lejos del pasado, en esta noche de Shabat tiempo sacro en el que nuestra identidad religiosa se cruza con la memoria de nuestra particularidad, como comunidad queremos honrar a los soldados judíos que estuvieron en Malvinas”.

Luego, Goldman llamó al púlpito a los trece soldados judíos que concurrieron a la ceremonia y que figuran en el libro Los rabinos de Malvinas, del periodista Hernán Dobry, único registro que existe, hasta ahora, de veteranos de guerra ese origen.

Mientras cada uno se levantaba y caminaba hasta el estrado, reinaba un total silencio en la sinagoga que, lentamente, se fue trasformando en un sollozo emotivo de los presentes al verlos por primera vez a todos juntos.

En tanto, dos adolescentes, que estaban haciendo su ceremonia de Bar Mitzvá, y algunos líderes juveniles de Bet El, les entregaron a los ex combatientes una medalla en reconocimiento por la labor cumplida durante el conflicto del Atlántico Sur, junto con una carta que leyó la rabina Silvina Chemen.

“Siendo conscientes de que los relatos y las vicisitudes de otros tiempos hicieron que vuestras voces fueran silenciadas y, asimismo, reconociendo que durante todos estos años la colectividad en general no supo estimar y apreciar el lugar que representás en la historia judeo-argentina, confinándote seguramente a numerosos momentos de soledad e incomprensión, es que nos vemos obligados por el deber moral y ético que emana de nuestra tradición a revisar las omisiones cometidas por la memoria selectiva”, afirmó.

La emoción podía percibirse en el rostro de cada uno de los ex soldados y ninguno de ellos podía realmente comprender lo que estaba ocurriendo, ya que desconocían los detalles de lo que se llevaría a cabo en la ceremonia a la que habían sido invitados en forma personal por el rabino Goldman.

“Este simple gesto no tiene como objeto cambiar las negligencias realizadas, sino valorar y destacar con orgullo tu destino, para perpetuar en las próximas generaciones el recuerdo de una época adversa y dolorosa, que permitió que por tu protagonismo hoy vivamos en libertad y democracia”, concluyó Chemen.

Uno a uno iba descendiendo del púlpito, cuando un aplauso generalizado y espontáneo rompió el silencio emotivo que había acompañado toda la ceremonia y se convirtió en ese abrazo fraterno que los ex soldados reclamaban que les había faltado durante estos treinta años.
 

Fuente: Clarín/Itongadol

 

 

Antisemitismo en la Guerra de Malvinas

por Hernán Dobry

Humillaciones, golpes y violencia psicológica son algunos de los padecimientos "extras" que debieron sufrir muchos soldados judíos, víctimas del antisemitismo de sus superiores.

Silvio Katz llegó a las Malvinas junto con sus compañeros del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 (RIMec 3), de La Tablada, en la mañana soleada del 11 de abril de 1982. Hacía pocos días se había enterado, como los demás, que la Argentina había recuperado las islas, pero ni imaginaba que lo llevarían allí cuando lo subieron en un avión sin asientos en la Base Aérea de El Palomar, con ropa de verano y un fusil que apenas funcionaba.

Ni siquiera había logrado acostumbrarse al frío helado del otoño austral y a la humedad del pozo de zorro en el que vivía, a la espera de que los ingleses desembarcaran, cuando el subteniente Eduardo Flores Ardoino lo devolvió de golpe a la realidad.

"Me castigó todos los días de mi vida por ser judío. Me congelaba las manos en el agua, me tiraba la comida adentro de la mierda y la tenía que buscar con la boca. Me trataba de puto, que todos los judíos éramos cagones y miles de bajezas más. El tipo se regodeaba con lo que me hacía, era feliz viéndome sufrir. Les decía a los demás que les hubiera pasado lo mismo si hubieran sido judíos como yo", recuerda hoy, a casi 30 años del conflicto.

Ni siquiera el comienzo de los bombardeos ingleses, el 1° de mayo, logró que Flores Ardoino dejara de tratarlo a él como a un enemigo. Todo lo contrario, intensificó el maltrato con el correr de los días como si ésa fuera su manera descargar tensiones, pese a que, como todos, Katz pasaba noches enteras sin dormir por los estruendos de las bombas, y además, acumulaba días sin comer porque su superior le impedía que le dieran alimentos.

"Cuando parecía que íbamos a entrar en combate, sacaba una botella de whisky, nos ponía a todos en fila y nos daba un trago, algo para tener calor. Cuando llegaba a mí, decía: 'Usted no porque lo van a matar'. Llegué a pensar que realmente era mejor morir, que ojalá ése fuera el día", recuerda el soldado, quien denunció a su superior ante la Justicia.
Hitler en las islas

Por terrible que fuera, la de Katz no es la única historia que testimonia el ensañamiento de muchos oficiales con soldados judíos mientras defendían la patria durante el conflicto del Atlántico Sur. Sus relatos y las denuncias que plantean forman parte de la investigación realizada para mi libro Los rabinos de Malvinas: La comunidad judía argentina, la guerra del Atlántico Sur y el antisemitismo, que Enfoques adelanta en forma exclusiva.

Si bien es imposible saber la cantidad real de conscriptos israelitas que estuvieron combatiendo en las islas, ya que ni las Fuerzas Armadas ni las instituciones de la colectividad llevaron un registro, este autor logró encontrar a veinticinco de ellos, de los cuales diez se prestaron a participar de esta nota.

En medio de los bombardeos, mientras los ingleses trataban de destruir las defensas antiaéreas argentinas en las islas, un suboficial se sorprendió de que Pablo Macharowski, del Grupo de Artillería Aerotransportado 4, luchara hasta caer herido pese a su condición de judío. "'Qué raro que vos que sos judío estés combatiendo acá', me dijo. Soy argentino, no tiene nada que ver que sea judío o no. Al tipo le maravillaba, como si fuese algo ajeno", resalta.

A algunos kilómetros de distancia, Claudio Szpin, del RIMec 3, vivió una situación similar mientras montaba guardia cerca de su pozo de zorro, junto a su amigo Sergio Vainroj. "Había una cosa de si uno era argentino o no. Era como que por el hecho de ser judío no se terminaba de ser del todo argentino", recuerda hoy.

Mientras tanto, en el continente, grupos de soldados esperaban que les llegara el momento de cruzar a las Malvinas para combatir. Algunos de ellos lograron viajar en medio de la noche, volando a ras del mar, para evitar que los captaran los radares ingleses y que los derribaran.

El 3 de junio, Marcelo Eddi, del Regimiento de Infantería 1 Patricios (RI 1), estaba en Comodoro Rivadavia cuando su superior le ordenó que, junto a sus compañeros, formara frente al galpón sin paredes donde dormían. Allí les anunciaron que la sección Morteros, de la que formaba parte, saldría rumbo a las islas ese mismo día. Cuando estaban a punto de partir, el jefe de su unidad lo separó del grupo y le dijo que no iría porque era judío. Muchos hubieran aprovechado la oportunidad, pero Eddi hizo todo lo posible para viajar y le cambió el lugar a un soldado que temblaba de miedo. El 6 de junio llegó al cerro Dos Hermanas, en la primera línea de fuego. "El teniente primero que nos acompañaba era el hijo de Adolfo Hitler, porque era nazi, se vestía igual y se peinaba con gomina para atrás -relata-. A mí me sacaron a un costado. Entonces, se paró al lado mío y me dijo: 'Voy a llevar todos soldados criollos, no un judío'. Le respondí: "No hay problema. Lo que pasa es que acá son todos valientes, como usted". 'A mí no me conteste, soldado'. ¿Qué va hacer? ¿Me va a pegar, a meter preso? Quédese tranquilo que cuando le tenga que dar la espalda, veremos, le dije y me gritó: 'Judío de mierda'".

Una situación parecida tuvo que vivir Sigrid Kogan, también del RI 1., unas semanas antes, tras la recuperación de las islas cuando su unidad aún estaba formada en Palermo y los oficiales pasaban con la lista seleccionando quiénes irían a Malvinas. Una vez más, el ser judío fue la razón para que sus superiores se ensañaran con él. "Hicieron pasar a todos los soldados en el playón, empezaron a armar una lista y preguntaron: '¿Los judíos no van a ir? ¿Quiénes son los judíos? Ertel, Kogan, un paso para acá' -rememora. Me dijeron: 'Cuando nombre a Fernández, diga presente'. Entonces, yo judío, tuve que dar el apellido de un soldado que no había venido. No estaba en la lista original y terminé yendo a Malvinas por ser judío, sino, no me tocaba."

Su suerte no cambió demasiado cuando llegó a las islas y, menos aún, después de que comenzaron los bombardeos. Cuando se sentía mal prefería quedarse en su trinchera en lugar de consultar a un médico para evitar los maltratos de sus superiores. "Aún en dolorosos momentos evité ir a la enfermería para eludir la repetida respuesta de mi jefe: 'Judío de.'", escribió en su diario personal.

A veces las agresiones rayaban en el absurdo. Un buen ejemplo lo cuenta Adrián Haase, del Regimiento de Infantería Mecanizada 6, de Mercedes. En medio de los bombardeos ingleses sobre el Monte Goat Ridge, lo llamó su superior. "Un día me llamó el subteniente Frinko y me dijo: '¿Sabe una cosa? Yo odio a los judíos'. Yo me quedé duro, ya que me tomó por sorpresa. ¿Por qué?, le pregunté. 'No sé, pero los odio'", recuerda.

Otras veces las razones del antisemitismo no eran tan inasibles y, en todo caso, la forma en que se manifestaba era bien concreta en su violencia y su desprecio. Vainroj padeció el odio de su superior desde que llegó a las islas, cuando nadie preveía que los ingleses iban a animarse a atacarlos.

"Cada tanto, me decían judío de mierda, y cuando no, me daban una sobrecarga de trabajo, por ejemplo, empezar a hacer un pozo de zorro y, después, taparlo y hacer otro. A los demás no se lo hacían", señala.

Sin embargo, esa situación se fue intensificando con el correr de los días y se acentuó cuando comenzaron los bombardeos, al punto de que, en una oportunidad, terminó en una agresión que incluyó a su compañero Szpin, que había salido a defenderlo.

"Cuando los ataques estaban ya avanzados, en junio, recibí una encomienda y el sargento me ordenó: 'Traiga para acá'. Se la quedó para él y me decía: 'Judío de mierda, te traen encomiendas ¿cómo puede ser que el sargento no reciba nada?' -recuerda-. Se ensañó conmigo y me gritó: 'Venga acá, chúpeme la pija'. Se bajó la bragueta y me quería obligar, y yo me hice para un costado. En eso, entró Szpin, vio la escena e intentó defenderme: le pisó el pie, lo empujó y se pegaron. Entonces, se lo llevó con el capitán a decirle que se había insubordinado y que solicitaba que lo mandaran al frente, a la primera línea del combate". Finalmente, un superior intercedió y lo dejó en su posición.

Aunque parezca difícil de creer, algunos de los soldados que recibieron estos maltratos en Malvinas no se sorprendieron demasiado de esa violencia, del abuso de poder y la intolerancia porque ya lo habían padecido mientras realizaban la colimba. la discriminiación contra los judíos no fue una rareza que sólo padecieron las clases 62 y 63, sino que se trataba de un comportamiento habitual en muchos miembros de las Fuerzas Armadas en las décadas anteriores a la derogación del Servicio Militar Obligatorio, en 1995. No era una práctica institucional pero sí algo que sucedía dentro de la institución con demasiada frecuencia.

Las prácticas incluían desde insultos, en su gran mayoría, hasta el maltrato físico, pasando por la sobrecarga especial de trabajos o la realización de tareas insalubres que a otros no les daban. Jorge Carlos Sztaynberg, de la Compañía de Ingenieros Mecanizada 10, de Pablo Podestá, provincia de Buenos Aires, recuerda que los suboficiales sometían a "algunos con maltrato físico. Venía la patada y atrás el 'judío de mierda'".

A su vez, eran sometidos a sesiones de "baile" extra o especiales, muchas veces en terrenos llenos de piedras o a temperaturas extremas. "Eramos cinco soldados judíos y sufríamos una 'persecuta' de aquellas. A las dos de la mañana, nos agarraban y nos sacaban a 'bailar' sólo a nosotros en calzoncillos largos y remera. Era en lugares inhóspitos, en el campo, y nos hacían aplaudir cardos y arrastrarnos entre el barro y el granito. Terminábamos con los codos y los pies sangrando", recuerda Gustavo Guinsburg, de la Jefatura de la Brigada de Infantería Mecanizada 11, de Río Gallegos. Katz concuerda: "Durante la colimba, nos 'bailaban' a todos los judíos como correspondía, una vez o dos por semana", destaca.

Algunos de los castigos buscaban explicarse en razones religiosas vinculadas con la acusación de que los israelitas habían matado a Cristo. "Nos maltrataban, nos decían judío de mierda, que había que matarnos a todos. El oficial Kuffmann decía que nosotros habíamos matado a Jesús, y que teníamos toda la culpa de por vida, que éramos traidores, y que él a mí me iba a hacer cristiano. Me mandaba a misa. Yo me quedaba siempre afuera de la capilla y escuchaba. En un momento, me dice: 'Usted va a hacer de monaguillo'. Acepté y se sorprendió. Me puso la sotana y fui al lado del capellán. 'Muy bien, a usted lo voy a hacer un buen cristiano', me dijo y le respondí: 'Lo único que hice fue ayudar a un cura, pero sigo siendo judío'", afirma Szpin.

"El antisemitismo que había adentro era muy intenso, muy pesado, con amenazas de muerte permanente, con recuerdos del nazismo. Me llegaron a decir: 'No entiendo cómo ustedes están acá, si ya los tendrían que haber matado a todos'", destaca Marcelo Laufer, del RI 1.

Pablo Kreimer, del mismo regimiento, recibió un discurso similar. "Había un cabo que, cuando hicimos la instrucción, se paseaba canturreando: 'Ahí viene Hitler por el paredón, matando judíos para hacer jabón'. Un día me dijo: '¿Sabe que Hitler también fue cabo?' Y le respondí: No me extraña. No le daría para más, como a usted", recuerda.

Incluso, el cabo segundo Fernando Grunblatt, sufrió ese mismo trato en la Armada, a pesar de ser un suboficial. En Malvinas, en cambio, donde estaba al mando de una unidad, no tuvo que sufrir episodios como esos.

El retorno

El general Mario Benjamín Menéndez firmó la rendición argentina el 14 de junio de 1982. Entre los soldados el clima era una mezcla de odio, dolor por la muerte de sus compañeros y amigos, frustración y alivio por el final de casi tres meses de sufrimientos.

Sin embargo, pocos se imaginaban que los padecimientos recién comenzaban y que sus propios compatriotas los tratarían como locos y les darían la espalda cuando intentaron reinsertarse en la vida cotidiana.

Iban de aquí para allá tratando de rearmar sus vidas, volver a estudiar o conseguir trabajo. Nadie quería tomarlos. Eso los desesperaba y deprimía al tal punto que en estos treinta años se han producido más muertes, por suicidios, de las que hubo en los combates.

Las entidades centrales de la comunidad judía fueron consecuentes con la actitud que tuvo la población argentina frente a los veteranos de guerra, ya que no se preocuparon por el estado de los conscriptos israelitas, ni cuando regresaron al continente, ni en los meses siguientes, a pesar de que unas semanas antes habían estado gestionando el envío de los rabinos para prestarles asistencia espiritual (ver recuadro).

Esto provocó un dolor aún mayor entre los ex combatientes, que todavía perdura. Ante esta situación, este autor le planteó al presidente de la DAIA, Aldo Donzis, en dos oportunidades las necesidades que tenían los veteranos de Malvinas judíos, para que realizara un acto en el que les reconocieran lo hecho durante el conflicto e, incluso, le entregó el listado con todos los datos de cada uno de ellos. Nunca obtuvo respuesta.

Pasaron casi tres años desde el último contacto y, hasta el momento, jamás los llamaron. Sólo se pusieron en campaña cuando Szpin, Vainroj y Katz fueron el 17 de noviembre de 2011 a pedirles que por favor les hicieran un homenaje y les permitieran contar su historia en las escuelas de la colectividad. Aún siguen esperando una respuesta..


 

 

Los Rabinos de Las Malvinas


La guerra de Malvinas es una caja de Pandora de la que no dejan de aparecer historias que sorprenden hasta a los mayores conocedores de la materia. Uno de estos casos es el que ocurrió con los cinco rabinos argentinos que fueron enviados a prestarle asistencia espiritual a los soldados judíos que estaban destinados en las islas y en las costas patagónicas. Allí, defendían el continente de una posible incursión británica para atacar las bases desde donde despegaban los aviones que abastecían el archipiélago y los que atacaban a la flota inglesa.

Todo esto sale a la luz por primera vez en el libro Los rabinos de Mal­vinas: La comunidad judía argen­tina, la guerra del Atlántico Sur
y el antisemitismo, del periodista Hernán Dobry.

Más allá de las funciones que cumplieron, su trascendencia se basa en que fue la primera y única vez en la historia argentina que hubo capellanes de otra religión que no fuera la católica acompañando a las Fuerzas Armadas.

Lo que resulta más increíble es que la designación de los rabinos se dio durante la última dictadura militar, acusada internacionalmente no sólo por las violaciones a los derechos humanos, sino particularmente por el antisemitismo que existía tanto entre sus filas como en los centros clandestinos de detención.

Pero la guerra todo lo pudo y los cinco religiosos lograron viajar y prestarles asistencia a los soldados judíos desplegados en la Patagonia. Sin embargo, no los dejaron llegar a las Malvinas por diferentes razones que van desde lo estratégico hasta el antisemitismo.

El general de división Osvaldo García, que era el comandante del Teatro de Operaciones Sur, se oponía a que arribaran los rabinos a Comodoro Rivadavia, escala previa para ir a las islas, a pesar de que había recibido la orden del Estado Mayor Conjunto de encargarse de ellos. Eso le provocó un enfrentamiento con un subalterno, el coronel Esteban Solís.

“Me dijo: ‘No vamos a aceptar a ningún rabino que venga para acá, porque no tenemos tiempo para recibirlos ni ocuparnos de eso. De manera que si el Estado Mayor insiste veremos qué es lo que ocurre’”, recuerda el coronel. Finalmente, el general recapacitó y permitió que pudieran cumplir con sus funciones.

Así, el rabino Baruj Plavnick viajó a Comodoro Rivadavia el 12 de mayo, en camino hacia Puerto Argentino, seguido por sus colegas Efraín Dines, quien debía quedarse en esa ciudad (luego fue transferido a Trelew) y Tzví Grunblatt, quien fue destinado a Río Gallegos, que lo hicieron el 16.

Luego, Plavnick fue reemplazado (dos semanas después) por Felipe Yafe, el líder espiritual del Centro Unión Israelita de Córdoba en esos años. Grunblatt, en cambio, fue relevado por su hermano, Natán, con quien trabajaba en Jabad Lubavitch de Buenos Aires.

El origen. La idea de enviar religiosos a asistir a los soldados judíos tuvo dos orígenes paralelos que terminaron convergiendo en una sola gestión. La primera surgió del Movimiento Conservador y de su máximo exponente y fundador en el país, el rabino Marshall Meyer, en una de las reuniones que solía realizar los sábados luego del servicio de Shabat (conocidas como kidushito) en su departamento en Zapiola 1646 5º piso, en el barrio porteño de Belgrano.

Allí debatió con Plavnick, por entonces su asistente, y otro grupo de personas sobre la postura a tomar respecto de la decisión del gobierno de recuperar las Malvinas. Ante el apoyo de su colega a la medida de la Junta, Meyer lo instó a que viajara a prestarles apoyo a los conscriptos judíos que habían sido movilizados.

Para lograr eso, Meyer levantó el teléfono y se comunicó con el secre­tario general de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (Daia), Edgardo Gorenberg, para pedirle que buscara la forma para que un religioso pudiera embarcarse junto a las tropas argentinas que estaban cruzando a las Malvinas, algo que sorprendió al di­rigente.

Al mismo tiempo, el Seminario Rabínico Latinoamericano comenzó a mover sus contactos en la Dirección General de Cultos del Ministerio de Relaciones Exteriores, y logró que los conectara con el Estado Mayor Conjunto (EMC).

Esta inquietud sirvió para que los dirigentes comunitarios se movilizaran, al punto de que plantearon abiertamente el tema en la sesión plenaria de la Daia realizada el 26 de abril. Para entonces, el operador político de la institución, Bernardo Fain, ya se había reunido con el jefe del EMC, el vicealmirante Leopoldo Suárez del Cerro, y le había solicitado la posibilidad de llevar apoyo espiritual a los cerca de 200 soldados judíos que estaban movilizados en el sur y las Malvinas.

Finalmente, luego de varias idas y vueltas, el marino le informó que las Fuerzas Armadas habían decidido aceptar la petición y que los rabinos partirían inmediatamente hacia el sur y las Malvinas.

La misión. Tanto la comunidad judía como el Ejército desconocían cómo manejar este tema, ya que era algo inédito para ambos. Por un lado, los militares habían estipulado que los enviados debían “vestir como capellán”, pero los propios religiosos no se ponían de acuerdo sobre qué harían con este tema cuando llegaran a sus respectivos destinos en la Patagonia y tuvieran que presentarse ante los militares.

Plavnick no quería usar uniforme por el significado que tenía para él, ya que solía visitar las cárceles junto con Meyer para prestarles asistencia espiritual a los presos políticos que estaban a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. En cambio, Grunblatt y Dines no tenían problema.

Finalmente, decidieron no vestir uniforme. Más allá de este detalle, nunca fueron considerados literalmente como capellanes por las Fuerzas Armadas, a pesar de que los llamaban así en todos los documentos oficiales. Esto hubiera implicado otorgarles un sueldo, un grado militar equivalente al que recibían los curas y, luego, una pensión de por vida como retirados, algo que no ocurrió.

Esto no impidió que todos ellos pudieran cumplir su misión de prestar asistencia espiritual a los soldados judíos que estaban desplegados en la Patagonia, salvo Plavnick, que nunca pudo llegar a las Malvinas.

El cruce fallido. Baruj Plavnick llegó el 12 mayo a Comodoro Rivadavia donde debía embarcarse rumbo a Puerto Argentino. Sin embargo, antes de partir el vicealmirante Suárez del Cerro notificó a Fain de que en lugar de hacer el cruce en un avión de la Fuerza Aérea lo realizaría en uno de la Cruz Roja que debía llegar al sur en esos días.

El cambio se debió a que el rabino era un civil y las aeronaves militares sólo se utilizaban para trasladar a militares y equipamiento. Esto demuestra que nunca fue considerado un capellán, como sus pares católicos y como lo expresaban los papeles.

Esto hizo que el viaje se fuera postergando en el tiempo ya que los miembros de la Cruz Roja, que estaban aguardando en Comodoro Rivadavia, tampoco podían llegar a las Malvinas ya que la Fuerza Aérea no autorizaba que el vuelo. Las razones que aducían eran estratégicas. Por un lado, la pista de Puerto Argentino había sido bombardeada al comienzo de la guerra y los argentinos simulaban que permanecía inutilizada, por lo que si ese avión aterrizaba les estarían dando una señal a los ingleses de que realmente se encontraba operativa y podrían volver a atacarla.

Sin embargo, los miembros de la Cruz Roja y el representante de la Cancillería que los acompañaba, el embajador Federico Mirrré, creen que la verdadera razón por la que no querían que cruzara alguien que no fuera militar era que pudiera contar lo que se estaba viviendo en las Malvinas: el hambre, el maltrato y la falta de equipamiento y ropa adecuada, entre otros.

“El general García era uno de los que hubiera favorecido el traslado, no así el brigadier Crespo. Puede ser que haya sido una excusa política para evitar la presencia de la gente de la Cruz Roja. No lo descarto”, afirma el diplomático.

Esto también lo advertía Plavnick. “Siempre tuve más que sospechas de que a los militares no les interesaba que fuéramos”, explica y Yafe concuerda: “Uno de los motivos por los que no querían que fuera, era que no deseaban que alguien ajeno a la comunidad militar, sin pactos preexistentes, viera lo que estaba pasando”, destaca.

Por eso, el rabino que debía cruzar a Malvinas tuvo que asentarse en Comodoro Rivadavia y su colega Efrain Dines, quien debía quedarse en la ciudad chubutense, fue trasladado a la zona de Trelew-Rawson para asistir a las tropas acantonadas allí.

Más allá de esto, los cinco religiosos pudieron cumplir libremente con su tarea junto a los soldados judíos en la Patagonia, una tarea que, sin saberlo, se convertiría en un hecho inédito que nunca más se repetiría en la historia del país.

Fuente: lavoz.com.ar

 

 

Malvinas, historias de nazis y rabinos

Rabino Efraim Dines en la Guerra de las Malvinas

por Darío Brenman

De toda la escoria guardada bajo la alfombra tras la Guerra de las Malvinas, el antisemitismo sufrido por muchos jóvenes conscriptos judíos en la zona del conflicto es uno de las más flagrantes. En particular, por la falta de respuestas de la comunidad y sus instituciones. Otro de los aspectos con escasa trascendencia de aquel conflicto, fue el viaje de un grupo de rabinos argentinos para dar contención moral religiosa, tanto a los soldados que estuvieron en el frente de guerra como a los movilizados.

En el libro “Los Rabinos de Malvinas”, el periodista y escritor Hernán Dobry rescata un aspecto desconocido hasta el momento sobre la guerra del Atlántico Sur, como es el del antisemitismo que sufrieron los soldados judíos en ese conflicto, y viaje de un grupo de rabinos argentinos al sur del país.
La guerra de Malvinas fue unos de los conflictos bélicos más descarnados de la historia argentina. En primer lugar, porque fue una guerra peninsular alejada de los centros urbanos y de abastecimiento para ambos países. Y en segundo, debido al factor climático y la falta de preparación militar de los soldados argentinos. “La primera vez que tuve una granda en mano fue en medio de la guerra y no sabía ni como funcionaba, al igual que algunos oficiales que me acompañaban”, recuerda Marcelo Wolf, marino destinado a un Apostadero Naval.

Unos de los temas que aporta la investigación de Dobry es el antisemitismo en ese conflicto bélico: “Algunos oficiales y suboficiales usaban para a atacar a los judíos la supuesta condición de extranjeros. Para ellos judíos y argentinos eran antónimos, y hasta términos incompatibles entre sí”. Las entrevistas realizadas en esta investigación dan cuenta de medidas que bien podría comparársela en algunos aspectos del nazismo del año '30.

Silvio Katz, también del RIMec 3, tiempo después de terminada la guerra denunció por maltrato antisemita ante la Justicia al por entonces subteniente Eduardo Sergio Flores: “Flores Ardoino me castigó todos los días de mi vida en Malvinas por ser judío. Me congelaba las manos en el agua, me tiraba la comida dentro de la mierda y la tenía que buscar con la boca. Me trataba de puto, que todos los judíos éramos cagones, y miles de bajezas más. El tipo se regodeaba de lo que me hacía, era feliz viéndome sufrir”

Sin dudas, uno de los temas importantes más fuertes del libro es el envío por primera y única vez en la historia del país de cuatro rabinos con la intención de que lleguen al frente de conflicto, y dar apoyo moral y religioso a los soldados judíos.

“Es en este tema donde se originaron los mayores debates dentro del Seminario Rabínico Latinoamericano, lugar donde se diseñó esta idea. Marshall Meyer planteó la posición que apoyar la guerra era un ‘estupidez’ y que había que oponerse ya que solo servía para que los militares intentaran relegitimarse en un momento en el que había comenzado su decadencia”. De otro lado de la escena la oposición a esta idea estuvo liderada por el Rabino Baruj Plavnik, quien sostuvo en una acalorada reunión: “Vos no entendés, porque sos estadounidense, pero para un argentino que cursó la primaria y la secundaria acá, las Malvinas son argentinas”.

Ante esta situación, Meyer lo desafió a que debía ir a las islas como capellán, para prestarles asistencia espiritual a los soldados judíos que estaban siendo movilizados para enfrentar una posible guerra. “En ese momento, comprendí que eso era lo que tenía que hacer: había chicos que estaban en una situación durísima, entre la vida y la muerte”, explicó Plavnik al autor de “Los Rabinos de Malvinas”.

La inquietud fue llevada a la DAIA para que gestione ante el Estado Mayor Conjunto la autorización al envío de rabinos a la zona de conflicto. Un hecho inédito en la historia del país.

La idea fue nombrar a religiosos vinculados a la ortodoxia y a los conservadores, para que ambos sectores de la comunidad se sintieran representados. Los que participaron de la iniciativa fueron cinco rabinos, cuyo perfil era acorde a otro de los objetivos del proyecto: que sean religiosos argentinos y jóvenes.

A medio camino

Baruj Plavnik partió el 12 de mayo hacia Puerto Argentino, aunque se quedó finalmente en Comodoro Rivadavia. Efraín Dines se trasladó el día 16 rumbo a Comodoro Rivadavia, para luego instalarse en Trelew y Rawson. Junto con él, viajó también Tzví Grunblat, quien recaló en Río Gallegos. Y por último, Felipe Yafe y Natán Grunblatt viajaron el 31 de mayo a Comodoro Rivadavia.

Tras la designación de los religiosos, surgió el problema que fue que para cruzar al frente del conflicto había que viajar en un avión de la Cruz Roja Internacional, porque estaba prohibido que viajen civiles en un avión militar. De cualquier manera, ningún rabino pudo viajar a la zona de conflicto.
Otros de los debates que hubo en ese momento era si usar o no uniforme militar. “La gente de Marshall Meyer expresaban en aquel momento: ‘No vamos a vestir el uniforme de las Fuerzas Armadas Argentinas porque están manchadas con sangre’. Por otro lado, el rabino Dines decía: ‘Es un honor usarlo, entiendo que vamos ayudar y apoyar a los soldados, no a manifestar ideales personales porque para eso no voy’” explicó el religioso al autor del libro.

“Más allá de los debates, se optó porque vistieran atuendos civiles. La realidad es que nunca fueron considerados capellanes, a pesar de que los llamaban así en todos los documentos”, sostiene Dobry.

“La llegada de Plavnik a Comodoro Rivadavia tuvo una gran cobertura periodística, ya que era la primera vez que había capellanes judíos dentro del Ejército Argentino. Los rabinos no recibieron ayuda oficial para cubrir su manutención. Ni tampoco durmieron en los cuarteles del ejército, sino en un hotel privado. Por otra parte no se les permitió ir a las Malvinas por su cuenta”, describía en una carta que el rabino Marshall Meyer les envió a sus colegas de Estados Unidos en diciembre de 1982, donde les daba cuenta de este hecho histórico.

A nivel comunitario se acordó que el rabino Baruj Plavnik sea el primero que viaje. Los objetivos que se había planteado el religioso apenas llegó a esa provincia fue prestarle asistencia espiritual a los soldados judíos que estaban desplegados en la zona, visitar a los que estaban heridos o internados en los hospitales, y averiguar por los fallecidos en combate para que la DAIA gestionara su entierro religioso. Plavnik comenzó primero a detectar a los soldados judíos en los regimientos, luego a conectarse con los miembros de la comunidad en esa provincia y lograr que se abra una pequeña sinagoga que había estado cerrada durante mucho tiempo. Precisamente allí, luego de reabrirla, fue donde se realizó el primer Kabalat Shabat en el marco del conflicto.

“Las preocupaciones de los soldados era recurrente: el miedo a cruzar a las Malvinas, morir en medio de una guerra, a matar a otra persona, y el sufrimiento de sus familiares por la falta de información que tenían de ellos, entre otras cosas. Era una situación delicada. Buscaba evitar que se quebraran al recordar a sus familias, que eso los fortaleciera moralmente, como seres humanos, para enfrentar una situación crítica. Lo que hacía era charlar sobre sus temores”, recuerda Plavnik.

El final de la guerra fue el mismo para todos los soldados. La rendición, el encarcelamiento inicial por parte de los ingleses, la vuelta al país; pero fundamentalmente el olvido y la negación de gran parte de una sociedad, que sin distinción de credos o religión, apoyaron inicialmente esa aventura militar para luego, una vez perdido el conflicto, poner bajo la alfombra su propia responsabilidad colectiva.

Fuente: NuevaSión


 

 

 

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