Las
confesiones del cura espía del Vaticano
"Soy espía y no lo niego",
reconoce a sus 90 años sin rubor. Y lo cierto es
que, según revela a Crónica, perteneció a los
servicios secretos vaticanos, fue miembro del Mosad
israelí, quiso ficharlo la CIA y estuvo detenido por
el KGB.
Parece
el retrato de un 007, pero Antonio Hortelano es un
religioso redentorista, especialista en Moral y con
un extraordinario recorrido evangelizador a sus
espaldas. Y una historia de película.
Porque el cura espía vivió de cerca, directa o
indirectamente, todos los grandes acontecimientos de
los últimos tiempos y se codeó con los grandes
personajes que han pasado o pasarán a la Historia.
Desde Golda Meir o Moshe Dayan a Salvador Allende o
monseñor Romero. Y, por supuesto, los papas de las
últimas décadas.
Pelo blanco, nariz aguileña ("de judío", dice con
orgullo), encorvado por el peso de los años, el
padre Hortelano sigue conservando una mente
absolutamente lúcida, una gran capacidad dialéctica
y pedagógica y unos ojos azules que las vieron de
todos los colores. Hasta la radiografía de su propia
muerte, que le diagnosticaron hace unos meses, de
improviso. "Como llegaba de México, me llevaron al
Carlos III y me hicieron todo tipo de análisis para
ver si tenía la gripe A. Cuando terminaron, el
médico me dijo: 'Tengo que darle dos noticias. Una
buena y otra mala. La buena es que no tiene la gripe
A. La mala, que tiene un cáncer de pulmón en fase
terminal'". Pero hasta eso asume con una enorme
dignidad. "Me muero. Me quedan unos dos meses de
vida. Pero no he querido quimio ni radio. Sólo
cuidados paliativos".
-¿Sin miedo a la muerte?
-Ninguno.
-¿Por qué?
-Porque tengo fe y creo en el más allá.
-¿Cómo le gustaría morir?
-Con una sonrisa en los labios.
-¿Y de epitafio?
-La frase de Zubiri: "Pienso, luego existo y existo,
no colgado de la nada, sino de Dios".
Son las 10 de la mañana del miércoles 29 de julio.
El padre Hortelano nos recibe en su habitación del
convento redentorista de la calle Félix Boix de
Madrid. Un cuarto pequeño y tan humilde como el de
un monje. Una camita a la izquierda, una mesa de
escritorio, llena de libros; dos estanterías y una
puerta que da a un servicio, también pequeño. Huele
a desprendimiento y austeridad. Se sienta en su
sillón, se pone su mantita en las rodillas y se
prepara para anticiparnos parte de un libro de
memorias que ya está casi terminado. Se va a titular
El abuelete.
-Un título poco comercial.
-Sí, pero como voy a contar en él cosas duras,
prefiero revestirlo de un halo de ternura. Como algo
entrañable y familiar.
-Su testamento.
-Mi verdad y una mirada a lo mucho que he vivido.
En general, el padre Hortelano dice no tener mucho
de qué arrepentirse. "A veces, no he tenido
demasiadas vivencias religiosas y, en ocasiones, he
sido egoísta y muy terco". En cualquier caso, no
teme al juicio de Dios en absoluto. "Dios cuenta con
eso. Pronto llegaré ante él y le diré: 'Aquí está
Antonio reportándose'". Además, en su vida también
hubo infinidad de cosas buenas. "De lo que más
orgulloso me siento es de lo que he trabajado por
los demás".
Una vida entregada y repleta de penas y tristezas,
como corresponde. Al echar la vista atrás, recuerda
que nació en
el número 80 del paseo de Colón de Irún. "A 500
metros de donde vivíamos estaba Francia". En el seno
de una familia acomodada. De las fuerzas vivas del
pueblo. "Mi abuelo materno, Antonio, murió a los 96,
siendo el farmacéutico más viejo de España". A los 7
años, la familia de Antonio se traslada a Madrid.
"Mi padre tenía leucemia y mi madre pensaba que en
Madrid sería más fácil atenderlo. Le dieron un
tratamiento de rayos X y fue un éxito para aquella
época, pues duró hasta principios de 1931".
Y en Madrid vivió, de niño huérfano, la época de la
República. "En el instituto, donde fui compañero de
Fernando Fernán Gómez, los jóvenes católicos
llevábamos una cruz en la solapa y los rojos, un
diablo con cuernos y rabo". Después vino la Guerra
Civil y en su casa, se celebraban "eucaristías
clandestinas con el padre Ibarrola".
El padre Hortelano echa pestes de Rafael Alberti:
"Metía a los prisioneros en cabinas de teléfonos con
las paredes electrificadas con alta tensión". Y de
Santiago Carrillo, que mandó fusilar a su tío. En
cambio, alaba "la genialidad estratégica de Franco".
Excelente estudiante, Antonio Hortelano profesa en
los redentoristas el 24 de agosto de 1939. Y con sus
extraordinarias dotes humanas y religiosas, pronto
se convierte en una de las estrellas de la
congregación. Alto, delgado y bien parecido, con sus
gafas de pasta, parecía intelectual. Y lo era.
Brillante, dicen que hablaba muy bien, que predicaba
mejor y que daba clases como los ángeles. "Siempre
fui muy popular entre los alumnos, porque, en mis
clases, nunca leía. Siempre era esquemático, corto y
creativo". Y, encima, sabía seis lenguas. Entre
ellas, el alemán a la perfección.
Espía del Vaticano
En la Curia romana se fijaron en él y entró a formar
parte de los servicios secretos vaticanos. "Con
misiones especiales y de una forma eventual", dice.
Pero la verdad es que el propio cardenal Montini,
entonces secretario de Estado del Vaticano y futuro
Papa Pablo VI, le encomienda muchas misiones
especiales. Un día le llama al Vaticano y le dice:
"Sospechamos que el cardenal Mindszenty de Budapest
ha sido drogado y, por eso, ha hablado por radio a
la población a favor del comunismo. Queremos mandar
orientaciones a los responsables de la Iglesia.
Sabemos que es valiente y arrojado y quiero saber si
podemos contar con usted para esta misión".
Aceptó de mil amores, a pesar de los riesgos que
corría. Viajó con pasaporte italiano a la Hungría
comunista y cumplió su misión. Pero cuando va a
coger el tren de vuelta a Viena, lo detectan los
espías del KGB, lo detienen, lo someten a un
interrogatorio de horas y lo acusan de espionaje.
Pero, a las 48 horas y "tras tocar los palillos
adecuados, me soltaron y pude regresar". Los
palillos son el Vaticano e Israel, los dos Estados
para los que trabajaba.
-He trabajado incluso más con el Mosad que con el
Vaticano.
-¿Por qué con los judíos?
-Se ve claro en mi cara: soy descendiente de judíos.
-¿Se casa bien el sacerdocio católico con el ser un
espía judío?
-Perfectamente. Jesús fue judío de raza y de
religión. Y nunca se salió del judaísmo. No se puede
ser cristiano sin ser judío.
A través de Roma y del Mosad recibió información
privilegiada. Mucha y muy abundante. Cuenta, por
ejemplo, que el almirante Canaris, jefe del
espionaje de Hitler, era "descendiente de judíos
sefarditas expulsados de España en 1492, que se
refugiaron en Salónica. Se infiltró en los servicios
secretos alemanes y le dictó a Franco la estrategia
a seguir en el famoso encuentro con Hitler en
Hendaya".
Fuente: elmundo.es