Espiritualidades
judía y cristiana:
¿Caminos diferentes, metas semejantes?
por Joseph Sievers
Pontificio Instituto Bíblico, Roma
Es un gran honor y un placer
haber sido invitado a hablar hoy aquí en la sede de
la Conferencia Episcopal Argentina.
Es también con
un profundo temor que voy a tratar un asunto tan
delicado y hasta, tal vez, controvertido. En todo
caso, el tema no se habrá agotado en una sola
conferencia. Cuando ofrecí hablar sobre el tema
Espiritualidades judías y cristianas: ¿Caminos
diferentes, metas semejantes? pensaba hablar sobre
los orígenes cristianos del término
“espiritualidad”, sobre el uso corriente del término
también en círculos judíos, sobre las dificultades y
asimetrías en su utilización y significado de este
término. Mientras me preparaba para esta
conferencia, me di cuenta de lo difícil de esta
tarea que me había impuesto y pensé que una
exposición teórica tal vez no sería satisfactoria.
Por consiguiente, elegí abordar el tema de otra
manera, que podría ser tan riesgosa y difícil como
la anterior, pero tal vez más fructífera. Pensé que
sería interesante hacerlos participar de algunos
aspectos de mi proceso de aprendizaje en esta área,
un proceso que todavía no dejó de completarse.
Si ustedes estuvieran interesados en una exposición
más académica y general, puedo darles más
bibliografía al respecto. También les puedo indicar
algunas de las 589.889 respuestas que encontré en
Internet a la pregunta “¿Qué es espiritualidad?”
Pero suponiendo que estén de acuerdo con mi
propuesta, trataré de hacer algo más limitado, algo
que podríamos llamar teología narrativa.
Nací en una familia católica en la que la Misa
diaria era algo normal pero en la que también otros
aspectos de la vida estaban profundamente basados en
convicciones religiosas y donde se trataba, sincera
y seriamente, de vivir una vida cristiana. Nunca
hablábamos de espiritualidad. Si mal no recuerdo,
escuché esta palabra por primera vez cuando entré en
contacto con el Movimiento de los Focolares, en mi
adolescencia. Una espiritualidad, tal como la
entendía entonces, era una manera particular, entre
otras, de guiarnos a vivir una vida cristiana y, en
el caso de los Focolares, con especial énfasis en la
unidad. Esta unidad no se entendía como uniformidad,
sino en el sentido de la unidad última de todos los
distintos seres humanos creados a imagen de Dios.
Después de terminar mi secundario en Alemania, donde
había seguido algunos cursos de hebreo bíblico,
comencé inmediatamente a estudiar en la Universidad
de Viena, especializándome en Estudios Judaicos,
alentado por la comunidad focolar a la que me había
unido poco antes. Luego continué mis estudios en
Nueva York y allí tuve mi primera experiencia de lo
que me atrevería a llamar espiritualidad judía. Por
intermedio de una de mis alumnas —mientras trabajaba
temporalmente como profesor en la Universidad de la
Ciudad de Nueva York— fui presentado a un escritor
que pudo inmigrar a los Estados Unidos durante la
Segunda Guerra Mundial. Siendo periodista en un
diario socialista de Viena, había sido deportado a
varios campos de concentración, pero había podido
escapar vía España. Antes de la guerra había escrito
una serie de poemas, en alemán. Todos sus
manuscritos se habían perdido, pero todavía
recordaba esos poemas de memoria. Al llegar a los
Estados Unidos evitó todo contacto con alemanes y
con el idioma alemán. Ahora, treinta años después,
estábamos en 1974, quería recitar esos poemas a
alguien cuya lengua natal fuera la alemana y que le
pudiera decir si los podría publicar. A tal efecto,
pasé una tarde con él, escuchando durante una hora
su poesía, extraída de lo más profundo de su
memoria. Algunos de los poemas eran profundamente
religiosos. Me sentí emocionado al escucharlos,
también a causa de las circunstancias, y así se lo
manifesté. Algunas semanas más tarde, me invitó a un
concierto. Y así, a través de esos primeros
encuentros, se fue forjando una profunda amistad que
duró doce años. Willy—que así se llamaba— me dijo
que había perdido su fe en Dios cuando estaba en los
campos de concentración, pero que la religión seguía
siendo para él una fuerza moral y espiritual muy
significativa.
Acostumbrábamos a encontrarnos para cenar más o
menos cada dos meses. Raramente me hablaba de sus
experiencias durante la Shoah, pero a menudo sacaba
temas religiosos. A pesar de que hablábamos mucho de
las noticias de todos los días, siempre había un
momento en que el milagro de nuestra relación me
resultaba evidente: un judío de Viena, un
sobreviviente, hablando a un católico alemán, de una
generación más joven, sobre asuntos que, a menudo,
eran profundamente personales y espirituales. Una
vez me dijo que cuando estábamos juntos,
experimentaba que no estábamos solos. Cuando le
expliqué que la Mishna habla de la presencia de la
Shejiná, la presencia divina, cuando dos personas se
juntan para hablar de la Torá (m. Abot 3:2; cf.
3:6), se quedó muy pensativo.
Un día, su esposa me llamó para pedirme que fuera
urgentemente porque Willy había expresado que tenía
intenciones de suicidarse. En ese entonces no sabía
que este fenómeno era frecuente en sobrevivientes, y
además no tenía ninguna práctica especial en
psicología. Pero traté de escucharlo y me quedé
hablando con él durante varias horas. Al final de
una tarde en que viví muy intensamente el mismo
drama que estaba viviendo él, Willy decidió dar
marcha atrás.
Nuestra relación siguió creciendo, a pesar de que yo
me había mudado a Los Ángeles y sólo lo podía ver
ocasionalmente en breves visitas cuando iba a Nueva
York. Una vez, habiendo viajado por un fin de semana
a esa ciudad, su esposa me dijo que estaba en el
hospital y que su estado era grave. Fui a verlo en
cuanto pude. Me reconoció pero casi no podía hablar.
Yo me iba al día siguiente. El hospital estaba en el
camino hacia el aeropuerto, así que le pedí a la
persona que me acompañaba que parara ahí un momento.
Cuando llegué a su cuarto, Willy estaba respirando
con mucha dificultad, ayudado por un respirador.
Después de unos momentos, la doctora me pidió que
saliera de la habitación. Al rato vino a decirme que
Willy había fallecido. Cuando me acerqué a su cama,
quise rezar pero no sabía cómo. Instintivamente no
quería usar una oración cristiana pero no sabía
recitar el Kaddish, la oración judía por los muertos
(y tampoco recordaba que se necesitaba una comunidad
de diez personas para decirla). Tal vez nunca como
en aquel momento recé en silencio con tanta
intensidad.
Cuando la doctora se dio cuenta de que conocía muy
bien a Willy, me pidió que informara a sus
parientes, ya que no había ninguno en el cuarto en
ese momento. Llamé a su esposa y me dijo lo contenta
que se sentía que yo hubiera estado con Willy en sus
últimos momentos, ya que había sido su mejor amigo.
Me ofrecí a postergar mi vuelta a Los Ángeles para
asistir al funeral pero ella me dijo que ya había
hecho mi parte y que era mejor que me fuera y
continuara haciendo lo que tenía que hacer. Así que,
después de una breve visita a la capilla católica,
dejé el hospital para volver al coche donde mi amigo
me estaba esperando para llevarme al aeropuerto. Me
parecía que ese último encuentro con Willy era un
signo del amor de Dios por él y por mí.
Probablemente Willy nunca hubiera hablado de
espiritualidad judía pero, a través de él, aprendí
cómo en el Judaísmo, aunque uno no esté en paz con
Dios, eso no quiere decir necesariamente que uno lo
rechace. Mientras en la espiritualidad cristiana muy
a menudo se considera esencial la aceptación
incondicional de Dios, en el Judaísmo discutir con
Dios, cuestionar sus maneras de actuar, es bastante
común.1 A veces Willy decía que era ateo, pero yo
nunca se lo creí.
El que me enseñó mucho sobre espiritualidad judía, a
través de sus escritos, sus palabras, su enseñanza y
su propia persona fue el Rabino León Klenicki, que
algunos de ustedes sin duda conocen. Me encontré con
él, hace 25 años, cuando recién llegaba de la
Argentina. Tuvimos muchas ocasiones de encontrarnos
en conferencias, charlas, largas discusiones durante
almuerzos y trabajando juntos en diferentes
programas. Uno de los momentos inolvidables que
vivimos juntos fue cuando, durante una pausa en una
conferencia en Princeton, lo llevé al cementerio del
lugar donde estaba enterrada su hija, Myriam
Gabriela, que había muerto en un trágico accidente
de auto. Con otro amigo, nos quedamos parados en
silencio frente a la tumba y depositamos una pequeña
piedra sobre ella. Teníamos lágrimas en los ojos. De
esta experiencia aprendí que mantenerse en silencio
al lado del otro es más importante que tratar de
explicar algo.
En 1989, cuando recién acababa de mudarme a Roma, me
pidieron que diera un curso sobre Espiritualidad
Judía en un Instituto de Espiritualidad dirigido por
la Orden Carmelita, el Teresianum. Me preocupaba
bastante el hecho de que la terminología y aun el
tema no fueran adecuados al Judaísmo y sus varias
expresiones. Sin embargo, para esa época, ya había
encontrado un libro de texto y una antología popular
de una autora judía, titulado La spiritualità
ebraica,2 una obra que me fue de gran utilidad
porque reunía muchos textos que conocía y me daba
acceso a otros que no conocía, con acercamientos muy
diferentes a cuestiones espirituales. Uno de los
últimos eran dos páginas del diario de Etty Hillesum,
a la cual me referiré más adelante.
No quería, sin embargo, basar este curso sólo en
libros. Por consiguiente me pregunté a mí mismo y
también a otros, dónde podía encontrar expresiones
contemporáneas de espiritualidad judía. Conocía, por
supuesto, la importancia y el continuo crecimiento
de los grupos jasídicos.3 Parcialmente conectado con
el Jasidismo, también hay una renovación del estudio
de la Cábala, el misticismo judío más importante y
más difícil de entender. También sabía que, a veces,
se reduce la espiritualidad judía a estos dos
fenómenos. Sin embargo, me daba cuenta de que muchos
judíos muy comprometidos no se sentían atraídos por
esas tendencias y menos aún representados por ellas.
Por consiguiente, por un lado, comencé a asistir a
los servicios del viernes por la noche en diferentes
sinagogas en Roma y en otros lugares, al principio
sin entender mucho, a pesar de que sabía hebreo y
tenía algunas nociones básicas del Sidur, el libro
de oración judío en el que está basada la liturgia.
Al principio iba solo, pero luego, cuando comencé a
entender mejor la liturgia y sus partes, llevaba a
dos o tres estudiantes cada vez. Poco a poco aprendí
a apreciar el servicio con sus ritmos relativamente
inamovibles. El carácter regular de las oraciones no
llevaba automáticamente a las alturas de una
experiencia espiritual, sin embargo el cántico Lejá
Dodi y el resto del breve oficio para recibir al
Shabat como a una novia me enseñó algo del sentido
del sábado, un tiempo sagrado tan diferente a la
experiencia del domingo cristiano. Más tarde
llegaría a apreciar mucho más el Shabat al leer a
Abraham Joshua Heschel, quien llama a los Shabats
“nuestras grandes catedrales” 4. Explica que “el
Shabat mismo es un santuario que nosotros
construimos, una catedral del tiempo”5 También fue
importante para mí experimentar ese tiempo sagrado,
pasando un Shabat entero o, por lo menos, una noche
del viernes con amigos judíos. La mayor parte de mis
conocimientos en ese campo no los adquirí a través
de estudios académicos sino en encuentros
personales, aunque mis estudios me ayudaron a
entender y a evaluar lo que iba experimentando. El
haber estado en contacto con esa realidad viva del
Judaísmo me sirvió como una base invalorable para
los cursos de Liturgia Judía que iría a dar en el
Instituto de Liturgia de la Orden Benedictina en San
Anselmo en Roma.
Más allá de la dimensión de la práctica religiosa
“común” judía, quería conocer algunas nuevas formas
de cómo vivir la espiritualidad judía. Por medio de
un rabino amigo, conocí el Movimiento Havurah, un
movimiento de renovación judía, que comenzó en los
Estados Unidos en los tumultuosos años 60 y que
organizaba sesiones semanales durante el verano. Me
invitaron a participar de una de ellas. Sería
prácticamente el único cristiano entre más o menos
trescientos participantes judíos. Me dijeron que me
sintiera libre de participar en todas las
actividades o sólo en algunas, haciendo la salvedad
de que cuando se necesitaran diez adultos para una
oración, tenía que hacerles saber que no me podían
contar entre ellos.6 Esa situación no se presentó
nunca, pero la observación que me hicieron puso de
relieve la gran importancia que tiene la comunidad
para la oración o, como se ha dicho en otro momento:
“un individuo separado de la comunidad, no puede
alcanzar la espiritualidad judía.”7
Esa semana viví una profunda experiencia espiritual.
A la mañana acostumbraba a ir a Misa temprano lo que
para mí era importante porque el resto del día
estaría inmerso en un medio totalmente judío. Muchos
de los participantes estaban en una búsqueda
espiritual y descubrimos que nuestras preguntas
muchas veces se asemejaban, aunque algunas de las
respuestas eran bastante diferentes. Me hice de
amigos, una amistad que duró años. Volví varias
veces más (y espero volver otras veces). Siempre
recordaré el año en que el último día del curso,
generalmente un día de celebraciones alegres, cayó
el nueve del mes de Av, el aniversario de la
destrucción del Templo y de otras tragedias del
pueblo judío. Nunca olvidaré el haber leído en
pequeños grupos todo el libro de las Lamentaciones.
Había un profundo sentido de duelo y, al mismo
tiempo, se sentía una fe inextinguible, algo que no
es fácil de comunicar.
Después de un tiempo, me invitaron a mí también a
dar cursos en el Instituto Havurah. Una vez di un
curso, junto con un rabino amigo, sobre “Cómo
interpretar las partes difíciles de la tradición”.
Yo tomé textos del Nuevo Testamento que son o han
sido interpretados como anti-judíos, mientras que él
trabajaba con textos de la Biblia hebrea y la
tradición rabínica que podrían considerarse anti-Gentiles.
Otra vez di un curso sobre los Rollos del Mar
Muerto. Independientemente del tema que enseñaba o
de los cursos que seguía, descubrí que todo tenía un
sentido de compromiso no sólo intelectual sino
también espiritual. La gente me solía preguntar, de
una manera u otra, sobre las raíces de mi propia
vida espiritual. Por consiguiente, me animé,
empujado por ellos, a dar un curso sobre
espiritualidad.
La última vez que estuve en el Instituto Havurah,
hace dos años, di un curso de seis horas sobre el
tema que elegí para la charla de hoy. Aunque el
número de los participantes estaba limitado a
veinte, había veintiocho, entre ellos un rabino,
escritores y profesores universitarios.
Contrariamente a lo que pasa en una charla de sólo
una hora, tuvimos tiempo de conocernos, de leer
textos judíos y cristianos importantes que tenían
que ver con el tema, hacer algunas preguntas
interesantes y discutirlas durante y después de la
clase. También mostré dos videos, una famosa
entrevista con el Rabino Abraham Joshua Heschel, y
una parte de una charla que Chiara Lubich, la
fundadora del Movimiento de los Focolares, dio en
1998 aquí en Buenos Aires en la sede de la B’nai
B’rith. Seguramente muchos de ustedes conocerán la
obra de Chiara Lubich, incluida la que se refiere a
relaciones interreligiosas, pero tal vez no conozcan
tan bien al Rabino Heschel.
Por consiguiente, permítanme decir algunas palabras
sobre esta extraordinaria persona. Nació en Varsovia
en 1907 en el seno de una familia jasídica. Pero en
lugar de quedarse en el, de alguna manera, protector
y cerrado mundo jasídico, fue a la Universidad de
Berlín en la que dio una disertación sobre los
profetas bíblicos que fue publicada en 1936.8 Se
quedó en Alemania hasta 1938, cuando, junto con la
mayoría de los judíos polacos fue expulsado por las
autoridades nazis. En 1939, algunas semanas antes
del estallido de la Segunda Guerra Mundial, pudo
dejar Polonia y finalmente llegar a los Estados
Unidos donde, primeramente, enseñó en la Facultad
Hebrea de Cincinnati. Su propio esfuerzo y el de
otras personas para conseguir visas para miembros de
su familia fueron infructuosos. Así es como su madre
y tres de sus hermanas fueron muertas por los nazis.
Después de la guerra enseñó en el Seminario
Teológico Judío en Nueva York, la institución madre
del Seminario Rabínico Latinoamericano, hasta su
muerte en 1972. Además de enseñar, se dedicó mucho a
problemas sociales y políticos. Trabajó y participó
en marchas con Martín Luther King por el Movimiento
de los Derechos Civiles a favor de los
Afro-Americanos y participó en protestas contra la
Guerra de Vietnam. El día antes de su muerte había
estado de pie durante horas bajo la nieve frente a
una prisión, esperando que liberaran a un compañero
activista anti-bélico, un sacerdote católico. Los
escritos incisivos de Heschel tuvieron una amplia
audiencia tanto de judíos como de cristianos. El
papa Pablo VI, con el que se encontró en varias
ocasiones durante y después del Vaticano II, le dijo
a Heschel que había leído varios de sus libros y que
los recomendaba a los católicos, especialmente a los
jóvenes.
Ambos videos dejaron una profunda impresión en el
grupo de Havurah. En ese contexto tan alentador,
todos nosotros, incluyéndome por supuesto, pudimos
convertirnos en alumnos. Pudimos apreciar las
diferentes espiritualidades. Si no les importa me
gustaría introducirlos en algunos de los textos que
estudiamos, aunque aquí no tengamos mucho tiempo
para discutirlos.
Después de algunos textos que tenían que ver con
definiciones de lo que era la espiritualidad
cristiana y judía,9 pasamos a algunos textos que
enfatizaban la diversidad de caminos espirituales.
El primero es un relato jasídico:
Rabi Baer de Radoshitz dijo una vez a su maestro, el
Vidente de Lublin, “Muéstrame un camino para servir
a Dios.” El [maestro] respondió: “Es imposible
decirle a una persona qué camino tomar. Porque uno
de los caminos es a través del estudio, otro a
través de la oración, otro a través del ayuno, y
otro aun, a través de la comida. Debemos observar
cuidadosamente hacia qué camino nos lleva nuestro
corazón, y luego elegir ese camino con toda nuestra
fuerza.”10
En ese mismo sentido, aunque en lenguaje muy
diferente y bajo una perspectiva cristiana, hace más
o menos cincuenta años, Chiara Lubich escribió una
breve meditación. Fue antes del Concilio Vaticano II
y no pensaba en ese entonces en el diálogo
interreligioso. Sin embargo, el grupo halló que era
un texto importante. Empieza con una cita de las
palabras de Jesús en Lucas 22,42 (cf. Mc 14,36; Mt
26,39):
“Que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Esfuérzate por permanecer en su voluntad y que su
voluntad permanezca en ti. Cuando la voluntad de
Dios se haya hecho en la tierra como en el cielo,
entonces se cumplirá el testamento de Jesús.
Mira el sol y sus rayos.
El sol es símbolo de la voluntad divina, que es el
mismo Dios.
Los rayos son esta divina voluntad sobre cada uno de
nosotros.
Camina hacia el sol en la luz de tu rayo, distinto
de todos los demás, y cumple el maravilloso y
particular designio que Dios quiere de ti.
Infinito número de rayos, todos procedentes del
mismo sol... Voluntad única, particular sobre cada
uno.
Los rayos, cuanto más se aproximan al sol, tanto más
se aproximan entre sí. También nosotros, cuanto más
nos acercamos a Dios, cumpliendo cada vez con mayor
perfección la divina voluntad, tanto más nos
acercamos unos a otros.
Hasta que todos seamos uno.11
Por consiguiente nuestra tarea no es tironear al
otro para que esté de nuestro lado o tratar que siga
nuestro camino, sino ayudarlo a encontrar el suyo.
En esto nos podemos ayudar mutuamente, sin dejar
nuestro propio camino, permaneciendo cerca del otro,
cada uno en su propio camino. Esto no es una visión
utópica sino el fruto de mi experiencia en el
Instituto Havurah y en otros lugares, con amigos
judíos y no judíos.
Mientras que Chiara Lubich basa su anhelo por la
unidad en el capítulo 17 del Evangelio de Juan, la
análoga aspiración por la unidad que tiene el Rabi
Heschel está basada en el relato de la creación en
Génesis:
La unidad de Dios es el poder que tiene Dios para
ser uno con todas las cosas. Él es uno en sí mismo y
se esfuerza por ser uno con el mundo. [Rabi Samuel
ben Ammi comentó que el relato bíblico de la
creación proclama: “Un día... un segundo día... un
tercer día”, y así en más. Si fuera una cuestión de
contar el tiempo esperaríamos que la Biblia dijera:
“Un día... dos días... tres días” o: “El primer
día... el segundo día... el tercer día”, pero no
ciertamente ¡uno, un segundo, un tercero!
Yom ehad, un día realmente quiere decir ese día en
que Dios desea ser uno con el hombre. “Desde el
principio de la Creación, el Santo, bendito sea,
anheló asociarse con el mundo terrestre” (‘Génesis
Rabba cap. 3.9). La unidad de Dios tiene que ver con
la unidad del mundo.]12
Los escritos espirituales de Heschel son únicos en
cuanto están profundamente enraizados en la
tradición tanto rabínica como jasídica y, sin
embargo, llegan al corazón de judíos y cristianos
que nunca tuvieron conexión con esas tradiciones o
que la perdieron. Heschel hablaba a menudo de la
necesidad que tenían judíos y cristianos de trabajar
juntos, no sólo en un nivel humanitario, sino en el
nivel de los propios compromisos religiosos. En esto
estaba en desacuerdo con las opiniones expresadas
por otros líderes judíos, sobre todo el prominente
rabino ortodoxo Joseph Soloveitchik que sostenía que
el diálogo judeo-cristiano debía limitarse a
problemas sociales y humanitarios, excluyendo todas
las cuestiones específicamente religiosas. Existía
resistencia a entrar en diálogo con los judíos y aún
existe, por supuesto, también en algunos círculos
cristianos. Por el contrario, Heschel expresa
fuertemente su convicción en un ensayo llamado
“Ninguna religión es una Isla”,13 parafraseando el
titulo de un famoso libro del monje catolico Thomas
Merton Ningún hombre es una isla. Se preguntaba a sí
mismo “¿No será más seguro para nosotros quedarnos
aislados y abstenernos de compartir perplejidades y
certezas con los cristianos?” Se contestó así:
Ninguna religión es una isla. Todos estamos
comprometidos unos con otros. La traición espiritual
de unos afecta la fe de todos nosotros. Las maneras
de ver en una comunidad tienen un impacto en las
otras comunidades. Hoy el aislamiento religioso es
un mito. A pesar de las profundas diferencias en
perspectiva y sustancia, el Judaísmo se ve afectado
más tarde o más temprano por los acontecimientos
intelectuales, morales y espirituales dentro de la
sociedad cristiana y viceversa...
Fracasamos en reconocer que, mientras diferentes
expresiones de fe en el mundo religioso continúan
andando con pie de plomo en el movimiento ecuménico,
hay otro movimiento ecuménico, extendido y con
influencia en todo el mundo, el nihilismo. Debemos
elegir entre la interfé y el internihilismo. El
cinismo no es parroquial. ¿Deberían las religiones
insistir en la ilusión de un completo aislamiento?
¿Deberíamos rechazar el entendernos con los demás y
esperar que los otros fracasen? ¿O deberíamos rezar
por la salud de unos y otros y ayudarnos a preservar
nuestros respectivos legados, a preservar un legado
común?14
Más adelante, Heschel vuelve a preguntar: “¿En qué
base las personas comprometidas en las diferentes
religiones se encuentran unas con las otras?” En
parte su respuesta es la siguiente:
Encontrar a un ser humano es una oportunidad de
sentir la imagen de Dios, la presencia de Dios.
Según la interpretación rabínica, el Señor dijo a
Moisés: “Allí donde veas las huellas del hombre,
allí estoy yo delante de ti...”
Si al conversar con alguien que tiene un compromiso
religioso diferente, descubro que no estamos de
acuerdo en algunos temas sagrados para nosotros,
¿desaparece la imagen de Dios que tengo frente a mi?
¿La diferencia en el compromiso destruye al ser
humano? ¿El hecho de tener concepciones diferentes
de Dios cancela lo que tenemos en común: la imagen
de Dios?15
Según Heschel, es crucial tratar de reconocer la
imagen de Dios en el otro, cualquiera que este sea.
El ejemplo más extremo de esta actitud lo encontré
en una carta de Etty Hillesum. Etty nació en
Holanda, en una familia judía asimilada. En 1941, a
la edad de veintisiete años, comenzó a escribir un
diario que continuó mientras estaba en el campo de
concentración de Westerbork. Unas semanas antes de
ser deportada a Auschwitz, donde murió en noviembre
de 1943, escribía a algunos amigos sobre la partida
del tren de los deportados:
Hubo un momento en el que pensé seriamente que,
después de esta noche, sería un pecado volver a
reír. Pero entonces recordé que algunos de los que
se habían ido se habían estado riendo, aunque ahora
sólo queden unos pocos... Habrá algunos que reirán
de vez en cuando en Polonia, también, pero no muchos
los de este transporte, pienso yo.
Pienso en los rostros del escuadrón de los guardias
uniformados —Dios mío, ¡esos rostros! Los miré, uno
por uno, a salvo detrás de una ventana, y nunca tuve
tanto miedo de nada en mi vida como lo tuve al mirar
esos rostros. Tuve problemas con esa frase que es el
leitmotif de mi vida: “Y Dios creó al hombre a su
imagen” [Génesis 1,27]. Ese pasaje pasó conmigo una
mañana difícil.
Les he dicho muchas veces que ninguna palabra ni
imagen es adecuada para describir noches como estas.
Pero aun así debo tratar de transmitirles algo. Aquí
uno siempre siente como si fuera los ojos y oídos de
un pedazo de la historia judía, pero también siento
la necesidad, a veces, de ser una quieta y pequeña
voz.16
Etty Hillesum es esa “voz pequeña”. Sus escritos han
llegado y conmovido a cientos de miles de
personas.17
Cualquier encuentro interpersonal tiene una profunda
dimensión religiosa, si es realmente un verdadero
encuentro. En la misma línea que el Rabino Heschel,
el conocido filósofo Martín Buber expresó una idea
similar, refiriéndose al encuentro con un teólogo
cristiano. Decía “Donde dos están reunidos, están
juntos en nombre de Dios”.18 Estas palabras parecen
ser el eco de lo que decía Rabi Hananiah ben
Teradyon en la Mishnah “Si dos se sientan juntos y
las palabras entre ellos no son las de la Torá,
entonces es una sesión de burladores..., pero si dos
se sientan juntos y las palabras entre ellos son las
de la Torá, entonces la Shejiná [la presencia
divina] está en medio de ellos”.19
Los cristianos escucharán en esto también el eco de
las palabras de Jesús “Porque donde hay dos o tres
reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de
ellos” (Mt 18,20). Hay obvias y profundas
diferencias entre las palabras de la Mishnah y las
de Jesús. Sin embargo, como ya traté de mostrar en
otro lugar,20 no creo que las dos frases estén en
contraste polémico, como se ha asegurado a veces. El
Evangelio de Mateo quiere explicar que la presencia
divina es también presencia de Jesús. Cuando miramos
nuestras inequívocas diferencias, todas las malas
interpretaciones e injusticias del pasado, y las
dificultades recurrentes en las relaciones
judeo-cristianas, parece extraordinario que podamos
estar juntos en nombre de Dios.
Recuerdo la visita de un rabino a Roma en un momento
difícil de las relaciones judeo-cristianas. Dedicó
algunas horas de su atiborrada agenda de encuentros
oficiales para pasar unos momentos con un pequeño
grupo de los Focolares. Nosotros tratamos de
entender las dificultades, buscando maneras que
pudieran ayudar a sobrepasarlas, pero sobre todo
acogiéndolo y amándolo por ser persona. Antes de
irse dijo que ahí había sentido la presencia de
Dios. Si nosotros, judíos y cristianos logramos
estar juntos en nombre de Dios y en su presencia,
esa experiencia no nos deja intactos.
Pero, muchas veces nuestra experiencia es no haber
encontrado a Dios o sentirnos abandonados por él,
cuando él no interviene cuando lo necesitamos.
Una expresión clásica de esto es el comienzo del
Salmo 22 “Dios mío, Dios mío, por qué me has
abandonado...” Para los cristianos, estas palabras
nos recuerdan las de Jesús en la cruz. Deben
entenderse como una expresión del sufrimiento más
terrible y, al mismo tiempo, como la expresión de un
amor que está pronto para darlo todo, hasta la
relación más esencial. Para los cristianos, en este
amor que, al final, va más allá de la muerte, está
la raíz de la respuesta a las preguntas más básicas
sobre Dios y la humanidad. A través de mi contacto
con amigos y textos judíos, me he dado cuenta cada
vez más que la respuesta no elimina la pregunta.
En la tradición judía, comenzando con la Biblia
hebrea, el énfasis está muchas veces más en las
preguntas que en las respuestas. Esto está expresado
en muchos Salmos, no sólo en el Salmo 22. Leemos
“Las lágrimas son mi único pan de día y de noche,
mientras me preguntan sin cesar: ¿Dónde está tu
Dios?”(Sal 42,4); “¿Dónde están esas obras que
hiciste antiguamente con tu propia mano que nos
contaron nuestros padres?” (cf. Sal 44,2); “¿Hasta
cuándo, Señor? ¿Te ocultarás para siempre?” (Sal
89,47). La idea de Dios que esconde su faz (hester
panim) se encuentra frecuentemente en la Biblia
hebrea y en la tradición rabínica. Más que la
ausencia real de Dios, expresa su no-intervención y
ausencia percibida y, finalmente, su presencia
imperceptible. Una tradición rabínica que,
aparentemente, no es muy conocida, afirma que “quien
no experimenta el ocultamiento del rostro no es uno
de ellos [los del pueblo judío]” pero en el mismo
pasaje otro rabino dice “Aunque les esconda mi
rostro, hablaré con ellos en un sueño” y otro rabino
añade “Su mano se extiende hacia nosotros, como se
ha dicho, ‘Yo te cubrí con la sombra de mi mano’ (Is
51,16).”21 Por consiguiente, esconder el rostro,
visto con todas sus trágicas consecuencias, no es la
palabra final de Dios.
En la tradición judía, muchas cosas se atribuyen a
la responsabilidad humana. Un relato jasídico
explica lo que significa la idea de Dios que esconde
su rostro:
El nieto de Rabí Baruj (de Mezbizh), Yejiel, estaba
una vez jugando a las escondidas con otro chico. Se
escondió muy bien y esperó a que su compañero lo
encontrara. Después de haber esperado un buen rato,
salió de su escondite, pero no vio al otro por
ninguna parte. En ese momento, Yejiel se dio cuenta
que, desde el principio, su compañero no lo había
buscado. Eso lo hizo llorar, y llorando corrió hacia
su abuelo y se quejó del amigo infiel. Las lágrimas
afloraron en los ojos de Rabí Baruj y este dijo:
“Dios dice lo mismo: ‘Me escondo, pero nadie quiere
buscarme.’”22
Esta historia del anhelo no cumplido de Dios para
que los seres humanos lo busquen es una manera de
recordar la responsabilidad humana. Si Dios se
esconde es porque quiere ser buscado y encontrado.
Como muchos de ustedes saben, la Bendición
Sacerdotal es la única prerrogativa que tienen los
cohanim, los sacerdotes, en las sinagogas después de
la destrucción del Templo. Como dice el Rabino
Carucci, debe entenderse como una meta y no como una
realidad actual. Según él, la triple bendición
representa al Dios escondido que se va revelando
gradualmente: “Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te
muestre su gracia. Que el Señor te descubra su
rostro y te conceda la paz” (Núm 6,24-26). Carucci
dice que, para comenzar, a la protección siempre
presente de Dios se le agrega la bendición. En el
versículo siguiente, el rostro de Dios brilla e
ilumina. Finalmente, Dios da vuelta su rostro, no lo
oculta más y da shalom, paz, todo.23
No me había dado cuenta de esta interpretación de la
Bendición de los Sacerdotes cuando dije mi primera
Misa casi exactamente hace un año y decidí usar esta
forma solemne de bendición al final de la Misa. La
dije en hebreo, pensando en un par de amigos judíos
que habían venido desde París para estar presentes
en esa ocasión. Para ellos, pero también para mí y
para otras personas presentes, ese fue un momento de
grande y especial profundidad espiritual. Aunque fue
un gesto pequeño, nunca sentí con tanta fuerza que
judíos y cristianos podían ser una bendición unos
para con los otros, y ambos para el mundo.
Fuente: BIBLIOTECA
CATÓLICA DIGITAL