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Portar la Estrella de
David
por Nicolás Espejo
¿Se
imagina Ud. que luego de ser agredido por un
policía, un guardia de seguridad, o una patota
de matones a la salida de una fiesta, alguien
sugiriera que dicho acto se debió al hecho de
que Ud. portara una cruz? Difícil. Pero si el
símbolo que Ud. portara fuese una estrella de
David, ¿desecharíamos el móvil religioso así de
rápido? Difícilmente.
En mi opinión, estas respuestas iniciales se
fundan, adecuadamente, en algunas intuiciones
sociales fundamentales. En Chile, ser judío no
es algo trivial. Desconozco la experiencia del
lector, pero en mi caso a lo menos, fui educado
en un contexto de desconfianza general hacia los
judíos (y no sólo hacia ellos). En los
recreos,
y al amparo de alguna figura religiosa católica,
contábamos chistes sobre negros y judíos, como
si nada. Y no recuerdo a ninguno de mis
educadores llamándome la atención sobre ello. Al
igual que hacíamos con los homosexuales (a
quienes llamábamos, simplemente, “maricones”),
identificábamos la falta de humanidad con los
negros, los gestos de debilidad moral con los
homosexuales y la codicia, con los judíos. Y me
seguí riendo con esos chistes, muchas veces
contados por mí, por algunos años más.
La vida, sin embargo, me regaló la suerte de
cambiar mi humor. Uno de mis grandes amigos de
la Facultad de Derecho y brillante abogado es
judío. Mi primer cliente en un caso sobre
derechos humanos fue (y es) uno de los más
destacados y comprometidos dirigentes de
minorías sexuales en Chile. Mi corazón, durante
mucho tiempo, fue de una mulata que me hizo
pasar un par de años esperando hasta las cuatro
de la mañana, sólo para escuchar su voz por el
teléfono. Estas experiencias y, con total
certeza, haber pasado por una educación liberal
después del colegio, hicieron cambiar mi humor.
No es que dejara de reírme -retengo un humor
negro, algo despiadado y cínico- sino que
aprendí a reírme con y no de, quienes no son
como yo. Por eso prefiero ya no contar chistes
sobre judíos y, en cambio, reírme con Woody
Allen sobre la madre Judía o con mi entrañable
amigo Eitan sobre su llegada a una familia
católica. Me incomodo cuando se hacen
comentarios raciales u homofóbicos y no estoy
dispuesto a celebrar una estupidez anti-semita
(una redundancia).
¿Para qué todas estas vueltas? Para tratar de
comprender por qué, tal y como lo ha pedido la
Comunidad Judía de Chile, resulta indispensable
esclarecer los motivos del brutal ataque sufrido
por Alejandro Heuman, un joven judío que portaba
la estrella de David, por parte de un guardia
informal a la salida de una fiesta. La necesidad
de tal esclarecimiento no es neutral. Investigar
acuciosamente lo ocurrido es fundamental para
dar certezas de una reacción clara y decidida
contra los actos de violencia que pudieran estar
fundados en el odio racial o religioso.
En otras jurisdicciones, los sistemas
democráticos han avanzado hacia la creación de
mecanismos reforzados de sanción en contra de
aquellos delitos o crímenes de odio (hate crimes)
que se cometen contra grupos particularmente
vulnerables. Tales crímenes, como asimismo el
establecimiento de mecanismos de prueba
especiales para sanciones civiles y
administrativas, han sido establecidos
precisamente por la conciencia social sobre los
patrones discriminatorios que permanecen al
interior de sociedades que son mucho más
abiertas y plurales que las nuestras. El Estado
de Chile, sin embargo, ni siquiera ha cumplido
con su promesa de promulgar una ley anti-discriminación
que debiera ser tenida como el inicio de una
causa común para todos nosotros: la igual
dignidad y estatus de todas las personas.
Por ello, no sólo espero que Alejandro se
recupere, sino que este brutal incidente no nos
haga olvidar lo tremendamente frágil que aun
sigue resultando nuestra convivencia social.
Fuente: La Tercera - Columna de Nicolas Espejo del
01/09/2009 |