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La
Ética de Espinosa
por Roberto Macías
Filósofo holandés de origen judío. Buen conocedor de la Kábala, de
la filosofía medieval y la moderna, Espinosa llegó a elaborar un
sistema original dentro de la más estricta tradición racionalista.
La realidad es, para Spinoza, la sustancia, a la que define como lo
que existe por sí mismo y cuyo concepto no necesita, por tanto, de
otro concepto para ser comprendido. Se trata de un monismo
ontológico absoluto: la sustancia es Di-s o la Naturaleza (Deus sive
Natura) manifestada activamente (naturans) o pasivamente (naturata),
cuyos atributos son infinitos y se concretan en forma.
Tan objetiva premisa de
estudio, en lo que hoy llamaríamos una "hipótesis cognitiva", o
hasta una Teoría del Conocimiento, no era extraña a las
especulaciones kabalísticas de la Edad Media española. De hecho
muchos sabios kabalistas habían sido acusado por otros sectores del
Judaísmo, de ser "ateos". Y es que la especulación filosófica en
torno a la sustancia y esencia de Di-s y la derivación de este
debate en lo que denominamos "ética" ha estado siempre presente en
el pensamiento judío.
¿Es Di-s un concepto generado
por la necesidad de sostener ciertos parámetros de contemplación y
desde lo cual se deriva una moral específica? ¿Es Di-s un ente
autónomo y ajeno a la Creación que obliga a la devoción bajo el
prisma de lo que es una "religión verdadera" (de lo cual se deduce
que las "otras" son falsas)?, ¿Acaso Di-s genera la Creación y se
"desprende" de ella facilitando la devoción "incestuosa", como una
forma de restaurar los lazos parentales rotos como nos ilustraba
Erich Fromm?
Estos problemas que habían
devanado los sesos a los pensadores kabalísticos, y que les habían
gestado el rechazo de los tradicionalistas, habían sido resueltos
bajo la forma de ecuaciones matemáticas derivadas desde la propia
Torah: Di-s genera (en presente) la realidad (Creación) de manera
continua bajo la forma del Tzim-Tzum, es decir, de un ocultamiento
de su esencia dejando en la Creación sus "emanaciones" continuas
sobre la base de la realidad misma...en otras palabras...panteísmo
puro.
Resulta sorprendente, entonces
que un libro escrito hace más de trescientos años, la "Ética" de
Baruj Espinosa, siga generando tantos y tan apasionados debates en
nuestro mundo contemporáneo desdibujado ya por las múltiples crisis
que lo atraviesan y lo resquebrajan.
Que hoy en día un tratado de
filosofía pueda provocar el estupor, el asombro o simplemente el
fervor intelectual por el contenido de sus proposiciones, por la
minucia y el rigor con el que se realizan sus demostraciones y por
la contundencia de sus conceptos, habla bien de nuestra apetencia
espirtual e intelectual, toda vez que una obra de pensamiento puro,
escrita según el orden geométrico, no podría menos que haber (y
continuar) escandalizado y suscitar tantas y tan diversas
reacciones.
Al parecer ese influjo ha acompañado a la Ética a lo largo de la
historia de su recepción. Ráfaga de viento –la definió un
comentarista francés– la Ética de Baruch de Spinoza, escrita a lo
largo de catorce años por su autor en un periodo comprendido entre
1661 y 1675, perfila el camino del individuo moderno para conquistar
su libertad y afirmarse gozosamente en ella, en su potencia, a
través de la comprensión plena y objetiva de la dinámica con la que
opera la naturaleza.
Baruj Spinosa (1632-1677), constituye además una de las anomalías
más fascinantes de la historia de la filosofía: descendiente de los
llamados “marranos” – judíos hispánicos convertidos forzosamente al
catolicismo en 1492 y que, no obstante, seguían practicando los
ritos de la liturgia judía en la intimidad de sus hogares– nace en
Amsterdam en el siglo XVII donde, paradójicamente, su comunidad
judía lo excomulga y lo maldice cuando él cuenta con veinticuatro
años de edad.
Excluido entre los excluidos, al igual que Maimónides y muchos
otros...entre otras acusaciones que se le hacían destacan aquellas
que lo señalaban como el autor de frases como “Di-s solo existe de
manera filosófica” y “las almas se mueren con los cuerpos”. Por
cierto, palabras descontextualizada de lo que en Espinosa era
una auténtica devoción. Materialista absoluto afirmaba que la
esencia del hombre es el deseo antes que la razón, y que el cuerpo
es el punto de partida de todo conocimiento, ya que el “alma”, si es
que existe, es tan sólo una idea que tiene como objeto al cuerpo. No
obstante era perfectamente posible para Espinosa conocer la esencia
de la realidad a través de la potencia de la razón.
Es comprensible que una mente tan clara y tan revolucionaria haya
logrado llamar la atención de Marx que lo leía con auténtica pasión
en el siglo XIX, o de Nietzsche, quien afirmaba que la lectura de
Spinosa lo alegraba y lo hacía sentirse emparentado. También Hegel
señaló en su momento que "para ser filósofo habría que bañarse en el
spinozismo", y se sabe que Leibniz lo admiraba en secreto y que
Lenin se dejaba arrastrar por las páginas de su obra en sus largas
noches de insomnio.
Sin lugar a dudas, la Ética de Spinoza –su obra cumbre– es de esos
libros que se leen de principio a fin con una fruición exquisita y
con una exaltación intelectual que linda en los confines de la
alegría, la tensión, la admiración y el ímpetu que atraviesa
rampante las fronteras de la mente y el cuerpo, haciendo de él una
experiencia única e inigualable.
Hoy como ayer, la Ética de Spinoza es un libro que sigue
escandalizando, un misil dirigido a la cabeza de los propiciadores
de las pasiones tristes en los hombres; que constituye un auténtico
catalizador de dogmatismos y de deseos irreprimibles de poder, así
como de la disolución definitiva de toda forma de "intermediación"
sacerdotal entre los simples humanos y Di-s mismo. Espinosa continúa
otorgándonos las claves teóricas para emprender una práctica
auténticamente liberadora de la jaula de hierro que ha forjado la
modernidad cartesiana.
Fuente:
Comentario a Ética en libros aguilar
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