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Origen y evolución del Calendario
Tan difícil como llevar al hombre a la luna o levantar las pirámides es conseguir un calendario preciso. El hecho de que un año solar no sea múltiplo exacto de días (su duración es 365.242199), ni tampoco de meses lunares, y ni siquiera éstos sean tampoco un múltiplo exacto de días, y que todos los años duren lo mismo, hace difícil la construcción de calendarios incluso hoy, con métodos modernos. Para complicar más las cosas, nuestro pequeño y asimétrico planeta se contonea y tambalea ligeramente, separándose de este camino marcado por la órbita elíptica de la luna y la atracción gravitatoria del sol. El resultado es que cada año varía en unos pocos segundos, haciendo que la duración exacta sea tan impredecible como saber dónde caerá un rayo. Así, no nos extrañan los problemas que han tenido todos los que a lo largo de la Historia han intentado establecer un calendario para saber cuándo recoger la siembra, recaudar los impuestos o hacer sacrificios a los Dioses.
Los primeros
intentos para establecer un registro del tiempo
seguramente se remontan a hace unos 30.000 años, cuando
los Cro-Magnon se dieron cuenta de que las cambiantes
fases de la luna eran fijas y predecibles. Entonces
trazaron estos cambios con piedras y huesos. Un artesano
del Paleolítico en Le Placard (junto al río Dordogue, en
Francia) talló una serie de marcas en hueso que muestran
el transcurso de los días durante las fases lunares.
Esto les permitió predecir cada cuántas rayas vendría
una luna llena, para poder cazar o atacar quizás a un
clan rival, o contar cuántas lunas pasarían hasta el
final del invierno y el regreso de la primavera
Un día es
simplemente el tiempo que tarda nuestro planeta en girar
sobre su eje con respecto al sol. Sin embargo,
determinar cuándo empieza el día es algo arbitrario. En
el siglo VIII aec, los astrónomos babilonios (conocidos
como caldeos) consideraban que el día comienza cuando el
sol llegaba a su punto más alto en el cielo, es decir,
al mediodía. Para otros pueblos el día comienza cuando
el sol sale o cuando se pone. Pero este método tiene un
inconveniente: la duración de los días y noches varía a
lo largo del año, como se dieron cuenta los que
comenzaron a dividir el día en un número fijo de
segmentos, llamados horas, quizá por influencia egipcia,
en honor del Dios Horus.
Posteriormente, en algún punto de la historia los
antiguos astrónomos se dieron cuenta de que
aproximadamente doce ciclos lunares representaban un año
de estaciones. Doce meses lunares (de 29.5 días cada
uno) equivalen a 354 días, es decir, 11 días y unas
horas menos que un año solar. Tal discrepancia
desalineaba los calendarios lunares del año solar con
sus estaciones, cambiando los inviernos en veranos en
poco más de 16 años. Para contrarrestar esto se
intentaron diversos métodos.
Los egipcios
primero tuvieron un año de 12 meses con 30 días, al que
posteriormente tuvieron que añadir 5 días
complementarios cuando se celebraban los nacimientos de
Osiris, Isis, Horus, Neftis y Set. Esto se justificaba
con el mito de Nut, la Diosa del cielo que había sido
infiel a su esposo Ra, el dios del sol. Ra decretó que
ella no tendría hijos en ningún mes de ningún año. Pero
el amante de Nut, Toth, jugó a los dados con la luna
ganando cinco días al año. Como estos días estaban fuera
del calendario, el decreto de Ra no se pudo aplicar, y
el hijo de Nut pudo nacer uno de esos días. El año se
distribuía en 36 decenas, y en 12 meses de 30 días. Éste
era el año sótico, que comenzaba con la salida helíaca
de la estrella Sirio, Sothis para los egipcios. Este
acontecimiento coincidía con el solsticio de verano y
además indicaba la crecida del Nilo. Con la observación
de Sirio descubrieron que el calendario se desfasaba
casi un cuarto de día cada año, lo cual hacía que los
egipcios consideraran el período sotíaco, de 1.461 años,
tras los cuales coincidían de nuevo la salida heliaca de
Sirio con las estaciones.
Según
Plutarco, antes de los romanos, el calendario tenía
meses de 20 y otros de hasta 35 días, que hacían un
total de 360 días. Según la leyenda, fue Rómulo quien
estableció el año de diez meses, tantos como los dedos
de una mano, de 29 y 31 días. El primer mes era Martius,
tomando el nombre del dios Marte. El segundo era Aprilis,
en honor de la diosa Venus, viniendo su nombre quizá de
aphrilis, una corrupción de Aphrodita, la diosa griega
antecesora de Venus. El tercero era Maius, que tomaba el
nombre de la diosa Maia, madre de Mercurio. El cuarto,
Junius, tomando el nombre de la diosa Juno, la esposa de
Zeus. Los siguientes meses, del quinto al décimo, eran
simple-mente ordinales romanos (Quintilis, Sextilis,
Septembris, Octobris, Novembris y De-cembris). Alrededor
del año 700 a.C. Numa Pompilio añadió al principio del
año el mes Januarius, en honor del dios de los
comienzos, Jano, y al final el mes Februarius, que tomó
el nombre de «februare», que significa purificar, y es
que el día 15 de este mes se celebraban las Lupercalia.
Al principio febrero tenía 23 días, pero luego, al igual
que otros calendarios, se le añadió cinco días, hasta
convertirlo en 28. Según otros, sin embargo, febrero
tenía siempre 23 días y cada dos años se añadía un mes «Intercalaris»
que duraba 22 ó 23 días para ajustar el desfase de 11.25
días anual. Cuando enero se puso al principio del año
febrero dejó de ser el último mes.
Cuatro
siglos más tarde, con la llegada del Cristianismo, la
Iglesia decidió celebrar la Pascua no siempre en la
misma fecha, sino con un sistema acorde al calendario
judío. Así, el día de la resurrección se «fijó» en el
primer domingo después de la primera luna después del
equinoccio de primavera. Durante muchos siglos esta
regla condenó a los monjes a complicados cálculos para
determinar la fecha de las futuras Pascuas. Y esto fue
lo que motivó a Dionisio el Exiguo, monje matemático y
astrónomo de Escitia (actual Ucrania) a la creación del
calendario que hoy tenemos. No vamos a desarrollar esta
polémica, tratada exhaustivamente en otros artículos.
Baste comentar que, dentro del caos intelectual de la
época, Dionisio erró al calcular el año en que nació
Cristo, que según las investigaciones actuales ocurrió
varios años antes de lo establecido. Tras el primer
renacimiento cultural de los siglos XI y XII, debido al
redescubrimiento de los textos clásicos y romanos, y las
investigaciones árabes, se detectó esta imprecisión en
el calendario, pero entonces nadie osaba oponerse a la
autoridad de la Iglesia. En 1267 Roger Bacon escribió
que el calendario actual era «intolerable a todo
conocimiento, el horror de toda la astronomía y un
hazmerreír para el punto de vista de los matemáticos»,
pero sus críticas no surtieron efecto.
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