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Callaron
al juglar

por
Hugo Presman
Esta vez el
azar le jugó en contra a Facundo Cabral. El Dios en que
creía, y al que mencionaba con apabullante frecuencia en
los últimos años, estuvo distraído o tal vez ausente
porque no suele frecuentar el ensangrentado territorio
de Guatemala.
La más de
media docena de balas que atravesaron su cuerpo se
dirigieron hacia él posiblemente porque iba en el
asiento del acompañante, lugar que debía ocupar el
destinatario de las mismas, el empresario Henry Fariña.
El mismo que lo invitó a subirse en su Land Rover blanca
cuando originalmente su viaje al aeropuerto llamado
paradojalmente Aurora iba a discurrir en forma
diferente.
A los 74 años se tronchaba una vida de una intensidad
insuperable que arrancó con una hipoteca enorme. Su
padre abandonó a su madre Sara cuando estaba embarazada
de Facundo, quedando entonces ella al cuidado y
mantenimiento de sus otros seis hermanos.
Pobre, analfabeto, no pronunció palabra hasta muchos
años después, tal vez para asimilar el pasivo con que el
mundo lo recibió, al punto que su admirada madre lo
consideraba mudo.
A los nueve años tomó la decisión de torcer el rumbo
familiar y decidió viajar desde Tierra del Fuego, donde
vivían, a Buenos Aires. Cuando Sara lo acompañó a la
estación para despedirlo le dijo: "Este es el segundo
regalo que le hago. El primero fue darle la vida y el
segundo, la libertad para vivirla".
Llegó después de mucho recorrido y tropiezos a la ciudad
de La Plata. Allí se subió al estribo del auto donde una
pareja nacida en la exclusion, como él, empezaban a
torcer la historia. Con su voz de niño preguntó: "¿Hay
trabajo?" Evita con cariño le contestó: "Sí que hay
trabajo mi amor, siempre hay trabajo".
"Cuando llegué mi madre no lo podía creer. Me había dado
por perdido y tres meses más tarde aparecí en avión y
con una carta personal de Eva Perón". Así fue como su
madre consiguió un empleo como portera en una escuela de
Tandil.
En dos habitaciones vivieron Facundo, su madre y sus
seis hermanos. Fue chico en condición de calle, padeció
el alcoholismo, conoció reformatorios y cárceles.
Precisamente ahí un cura jesuita le enseñó a leer y le
despertó el amor por la literatura.
Inició su carrera artística con el nombre del Indio
Gasparino. Su despegue se inició con una canción que hoy
es un himno en buena parte del planeta (Más de 600
versiones en 27 idiomas): "No soy de aquí, ni soy de
allá". La improvisó estando borracho. Cuando al día
siguiente le pidieron el texto por el fuerte impacto que
había producido, en su memoria sólo anidaba el olvido.
Su letra fue recuperada porque Jacobo Timerman, presente
en el espectáculo, lo había grabado.
Fue un trashumante que recorrió el mundo despertando
entusiasmos superlativos. Las canciones pasaron a ser un
pretexto para desarrollar sus atrapantes relatos y
reflexiones. Afirmaba haber conocido más de 160 países y
en la mayoría había desplegado sus virtudes artísticas.
Estuvo exiliado en México durante la dictadura
establishmet-militar. A su regreso, ya en democracia, y
luego de su concierto en la cancha de Ferro llamado
FerroCabral, su figura alcanzó dimensiones míticas y el
aprecio del mundo cultural.
Ya habían reconocido su trayectoria Fidel Castro, la
madre Teresa de Calcuta, Pablo Neruda y Jorge Luis
Borges, entre otros. Sus inspiradores eran Jesús y
Gandhi. Sus influencias literarias eran fundamentalmente
Borges, Walt Whitman, Gilbert Chesterton, Juan Rulfo y
Octavio Paz. Con el primero tenía un sinfín de
anécdotas. Contaba que en una ocasión en EE.UU, en uno
de sus espectáculos, estaba en primera fila el escritor
de ciencia ficción Ray Bradbury. Emocionado se acercó y
le dijo: "Me emociona que usted venga a ver mi recital";
a lo que Bradbury le contestó: "A mi sorprende que usted
se sorprenda que yo venga a escucharlo cuando usted
viene de un país donde vive Borges". Cuando regresó a
Buenos Aires fue a la casa de Borges que se encontraba
reunido y le comentó lo que había dicho Bradbury. Borges
con su habitual tartamudeo le dijo: "¡Que exagerado este
Bradbury! Cuando se fueron todas las visitas, Borges le
solicitó tímidamente: "Facundo, me podría repetir lo que
le dijo Bradbury".
Afirmaba que el planeta era su casa, pero su cuarto, su
habitación era la Argentina. Aquel famoso poema de
Antonio Machado parece escrito pensando en él:
"Caminante no hay caminos; se hace camino al andar".
Las formas de encarar su existencia estaban reflejadas
en frases como estas: "Vive de instante en instante,
porque eso es la vida"; "Nacemos para vivir, por eso el
capital más importante que tenemos es el tiempo; es tan
corto nuestro paso por este planeta que es una pésima
idea no gozar cada paso y cada instante con el favor de
una mente que no tiene límites y un corazón que puede
amar mucho más de lo que suponemos"; "De mi madre
aprendí que nunca es tarde, que siempre se puede empezar
de nuevo; ahora mismo le puedes decir basta a los
hábitos que te destruyen, a las cosas que te encadenan,
a la tarjeta de crédito, a los noticieros que te
envenenan desde la mañana, a los que quieren dirigir tu
vida por el camino perdido".
Algunos de estos conceptos atraviesan sus canciones como
"Pobrecito mi patrón": "Más que el oro es la pobreza /
lo más caro en la existencia. / Pobrecito mi patron /
piensa que el pobre soy yo. / Dominar es su manera / y
así nadie se libera. / Pobrecito mi patrón, / piensa que
el pobre soy yo./ Lo importante no es el precio / sino
el valor de las cosas. / Pobrecito mi patron, / piensa
que el pobre soy yo". O aquella emblemática frase de su
canción referida a un niño "Vuelo bajo": "Vuele bajo
porque bajo abajo / está la verdad. / Esto es algo que
los hombres / no aprenden jamás."
Tuvo que sobreponerse a la muerte de su mujer Bárbara y
su pequeña hija de un año en un accidente aéreo, que él
también debía tomar y un retraso se lo impidió. A un
cáncer que lo mortificó en las dos últimas décadas y
cuyas metástasis le afectaron sensiblemente la visión.
Volvió a formar pareja y estaba en los trámites de
adopción de la hija de su mujer.
Fue declarado ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos
Aires y Mensajero de la Paz de la Unesco. Sus vivencias
quedaron reflejadas en varios libros que publicó.
Prescindió de tener una vivienda propia y se alojó
durante muchos años en la Suite 509 del hotel Suipacha
Suites.
Cuando su madre sintió que se moría lo llamó y le dijo:
"Es posible que no volvamos a conversar. Quiero decirte
dos cosas: la primera es que sos el mejor de los hijos
que he conocido. Segundo: sos un buen hombre porque cada
vez más tu vida se aproxima a las letras de tus
canciones".
El 9 de julio, en Guatemala, se apagó la vida de Facundo
Cabral, con un epílogo tan lamentable como adecuado a su
vida aventurera. La misma tierra por la que pasó Ernesto
Guevara en su camino de ser el Che. Cuando la CIA
derrotó al gobierno popular de Jacobo Arbenz.
Esa madrugada del 9 de julio del 2011, Dios no estaba
ahí. Tampoco el estribo del auto de Juan y Eva Perón que
lo ayudaron para empezar a torcer un destino inexorable.
Ni el cura que le enseñó a leer en la cárcel. Sólo los
asesinos aún no identificados.
Alguna vez reflexionó sobre la muerte: "Para mí nunca
fue un tema serio. Más bien es excitante la idea de una
gran hembra, la muerte. Yo me imagino que el paso final
debe ser como el silencio en el teatro antes de que se
encienda la luz. El paso al otro lado debe ser así. Ese
silencio".
Callaron al juglar pero no pudieron asesinar el recuerdo
que queda.
Perdura el dolor y el llanto de personas de todo el
planeta que disfrutaron de sus espectáculos,
simbolizadas en las lágrimas de Rigoberta Menchú, Premio
Nobel de la Paz. Pero seguramente a Facundo Cabral, le
gustaría que lo despidan con la alegría. Tal vez se
sumaría a todos los que canturrean:
"Me gusta el sol, Alicia y las palomas, / el buen
cigarro y la guitarra española, / saltar paredes y abrir
las ventanas / y cuando llora una mujer.
No soy de aquí ni soy de allá, / no tengo edad ni
porvenir / y ser feliz es mi color de identidad.
Me gusta el vino tanto como las floree / y los conejos y
los viejos pastores, / el pan casero y la voz de Dolores
/ y el mar majándome los pies.
Me gusta estar tirado siempre en la arena / o en
bicicleta perseguir a Manuela / con todo el tiempo para
ver las estrellas / con la María en el trigal.
No soy de aquí ni soy de allá, / no tengo edad ni
porvenir / y ser feliz es mi color de identidad".
Fuente:
Argentina.co.il
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