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El fin de
la inocencia
por
Tiberio Yosif Klein
La mayoría
de las personas no se pregunta sobre la verdad de las
cosas, o qué es lo que causa ciertos sucesos. Aceptan lo
que se les dice sin dudarlo, quizás porque les es más
cómodo no pensar, o dejar cualquier decisión en manos de
aquellos que manejan la sociedad en la que viven. Son
como niños pequeños, que con una carencia de
conocimiento confían en todo lo que creen que es cierto
a su alrededor. Tal como se planteaba en el film
“Matrix”, la realidad es muy diferente a la que tienen
frente a ellos, pero aunque se les presentara la
oportunidad de conocer la verdad, no querrían hacerlo
para que su estabilidad aparente no se vuelque. Pero si
llegara a suceder que sin su intención la verdad les
fuera develada, una inquietud les invadiría, dejándoles
desamparados.
Hay varios lugares comunes que son aceptados sin
dudarlo. Está lo de los medios de comunicación, que
presentan las mismas noticias porque están suscritos a
las agencias que se las venden envasadas. Ni se detienen
a mirar lo que reciben, simplemente lo emiten sin
filtrarlo. Por eso es que casi todo lo que se refiere a
medio oriente es negativo hacia Israel, ya que los miles
de periodistas estacionados en los bares de Tel Aviv
saben que sólo lo crítico hacia el país es lo que vende.
Nunca se ha sabido de un reportaje en el que se muestre
a mujeres árabes siendo atendidas en la sección infantil
del hospital Hadasa, o los altos funcionarios árabes del
gobierno israelí. De manera que siempre se sabrá que los
medios de comunicación mundiales son negativos ante
cualquier cosa emanada de Israel, y esto aunque los
dueños de alguno de esos medios sean judíos; negocios
son negocios.
No pocos judíos se han convertido para dejar de serlo y
ser aceptados por la cerrada sociedad que los rodea.
Esto ha permitido a muchos entrar efectivamente en los
medios antes vedados a judíos, especialmente si se han
casado con mujeres o con hombres pertenecientes a los
círculos del poder, o al menos de las familias auto
nombradas como aristocracia criolla. Así es como
encontramos que hay demasiados descendientes de judíos.
Muchos de ellos lo saben, otros intentan con torpeza
ocultarlo. Según sea el grado de importancia al que
accedan serán más o menos aceptados. El problema para
ellos, al menos en la primera generación, y a veces
después, es que siempre seguirán siendo identificados
como judíos, aunque se hayan convertido. De manera que
el haberse eximido del pueblo judío no les aparta
realmente. Por algo es que durante el Yom Kipur se
recibe para los rezos incluso a los conversos que así lo
desean. Estando en la universidad, un profesor -
presidente de una gran compañía aseguradora, lo que le
permitió enseñar un ramo accesorio a la carrera -, a
pesar de ser públicamente converso, e incluso haber
enterrado a sus padres en el Cementerio Católico contra
la voluntad de ellos expresada en vida, era denominado
por todos los alumnos de la facultad como “el judío XX”,
por no nombrarlo.
A pesar de que la sociedad cree que los judíos en el
país son cientos de miles, la verdad es que son muy
pocos. La cantidad varía según cada versión. Algunos
aseguran que son unos doce mil, otros quince mil. Se
dice que entre los gobiernos pasados de izquierda y
derecha mermó enormemente el número, desde unos treinta
mil hasta lo de ahora. Pero lo curioso es que el último
censo de hace algunos años arrojó la cantidad de
diecinueve mil personas que se declaraban judías;
tenemos la certeza de que nadie se haría pasar por judío
sin serlo, no es una denominación apetecida. Es cierto
que los que aparecen en las instituciones de la
colectividad no han sido nunca más de cinco mil
personas. De manera que hay muchos más judíos de lo que
se piensa entre los judíos participativos en su
comunidad. Son los que algunos han denominado “judíos
invisibles”, pero es más apropiado llamarlos
“marginados”. Ya sea por decisión propia o por
imposibilidad de estar en alguna comunidad.
Están los que son muy ricos y prefieren relacionarse con
sus pares en lo económico más que con otros
correligionarios. No se les ve en la comunidad, e
incluso no colaboran en asuntos relacionados con el
judaísmo, ya sea nacional o israelí. Son diferentes de
algunos ricos que se han integrado al club de golf,
tanto por gustarles ese deporte como porque allí están
los más afortunados en cuanto a dinero; pero los
anteriores ni siquiera entran a recintos de ese tipo.
Tal como sucede con los conversos que en muchos casos
niegan sus ancestros, estos judíos no participativos se
acercan sólo cuando llega el caso de un peligro personal
relacionado con su judaísmo para buscar la protección de
las instituciones que no ayudaron nunca cuando pudieron.
Por otro lado están los que al no tener una situación
económica que les permita pagar las cuotas que piden las
instituciones, se marginan de estas. E incluso si les
dieran becas para enviar a sus hijos al colegio hebreo
por ejemplo, no pueden hacerlo por la distancia en
llegar, o en el caso de otras instituciones por no poder
aportar el dinero que piden otros socios para solventar
ciertas ayudas o proyectos. Muchas veces tampoco pueden
participar porque están incapacitados de estar junto a
personas de situaciones económicas tan diferentes que no
tienen conciencia de las diferencias socioeconómicas que
les separa.
Se suponía que el país es abierto, tolerante y contrario
a la discriminación. Esto no merecía dudas, y era tan
característico del pensamiento de los judíos chilenos
como lo es el creer que tenemos el mejor paisaje, los
mejores vinos y las mujeres más hermosas.
Pero a la luz de las dificultades que hubo para sacar
una ley antidiscriminatoria, muchos años para ser más
específicos, y que la que está a punto de lograrse tiene
serias fallas que no la harán adecuada para muchos
casos, crece la sospecha de que esa tolerancia no es
tal. Más aún, no sólo a la luz del antisemitismo abierto
manifestado ante un sospechoso, no culpable, judío
israelí que se demostró de parte de no poca gente por el
incendio en Torres del Paine en el sur del país, el
temor y desequilibrio emocional se ha hecho parte de la
realidad exhibida. Incluso este antisemitismo abierto no
tuvo censura de ningún tipo de parte de la presidencia
de los partidos a los que pertenecen los parlamentarios
árabes palestinos que lo declararon abiertamente, lo que
hace cierto el dicho de que quien calla otorga. Sólo
algún comentario tibio de algunos otros personeros
políticos, dichos después de la protesta de dirigentes
comunitarios, pero no salidos de inmediato de parte de
estos. Que incluso comentaron que esas declaraciones
abiertamente antisemitas eran hechas a nivel personal y
no de partido. ¡Obvio que eran a nivel personal! Pero
cuando se es parlamentario, todo lo que se dice está
representando el cargo público que se ostenta.
Entonces ha resultado que lo que se creía no era tan
cierto. Que el país no es tan tolerante a los judíos
como se pensaba. Que la gente en general no tiene tanta
aceptación a los judíos como se creía. Que la sociedad
no era como se creía que es. Que era una “mátrix” suave
y con una aparente corrección política que ha hecho que
ser antisemita no es bien visto. Que sin embargo, bajo
la superficie, hay un antisemitismo que podría explotar
si llegara a existir un gobierno que lo usara, tal como
ha ocurrido en Venezuela.
De manera que todo aquello en lo que se creía ha
resultado dudoso. La tolerancia de la sociedad, que
basta con ser un judío rico para ser aceptado por sus
pares, que con la conversión se es aceptado de
inmediato, saliendo así de ser señalados como judíos;
que sólo existen los judíos que participan en las
comunidades; que los judíos marginados no lo hacen
porque no quieren, ya que les dan becas y todo tipo de
facilidades para integrarse y sin embargo no las usan.
Para muchos, el haber tomado conciencia del
antisemitismo latente es un despertar, una pérdida de la
inocencia. Para otros, quizás una mayoría, es posible
que piensen que no fue más que una fumarola inofensiva
del volcán, tras la que la vida continúa tan apacible
como antes. Pero podría ser que venga una explosión que
lance lava y rocas candentes, o que no suceda nada. En
este caso, los vulcanólogos se mantendrían atentos para
prevenir lo que pudiera suceder. ¿Sería necesario lo
mismo en el caso de los judíos chilenos?
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