La
lista de Franco para el Holocausto

El régimen
franquista ordenó en 1941 a los gobernadores civiles
elaborar una lista de los judíos que vivían en
España. El censo, que incluía los nombres, datos
laborales, ideológicos y personales de 6.000 judíos,
fue, presumiblemente, entregado a Himmler. Los nazis
lo manejaron en sus planes para la solución final.
Cuando la caída de Hitler era ya un hecho, las
autoridades franquistas intentaron borrar todos los
indicios de su colaboración en el Holocausto.
por Jorge M.
Reverte
Al final
de la II Guerra Mundial, el régimen de
Franco intentó con relativo éxito
confundir a la opinión pública mundial
con la fábula de que había contribuido a
la salvación de miles de judíos del afán
exterminador nazi. No solo era falso lo
que la propaganda franquista pretendía
demostrar. En la España del dictador
hubo la tentación de contribuir a acabar
con el "problema judío" en Europa.
La
paciente labor de un periodista judío, Jacobo Israel
Garzón, ha conseguido que aflorara el único
documento conocido sobre el asunto, conservado por
obra de la casualidad en el Archivo Histórico
Nacional, y proveniente del Gobierno Civil de
Zaragoza. Lo publicó en la revista Raíces. A partir
de ese trabajo, EL PAÍS ha continuado la indagación
y ha reconstruido la historia completa de la
frustrada colaboración con el Holocausto. Quiénes
fueron sus protagonistas y sus cómplices. Una
historia que cambia la Historia.
El 13 de mayo de 1941, todos los gobernadores
civiles españoles reciben una circular remitida el
día 5 por la Dirección General de Seguridad. Se les
ordena que envíen a la central informes individuales
de "los israelitas nacionales y extranjeros
afincados en esa provincia (...) indicando su
filiación personal y político-social, medios de
vida, actividades comerciales, situación actual,
grado de peligrosidad, conceptuación policial". La
orden la firma José Finat Escrivá de Romaní, conde
de Mayalde, el último día de su permanencia en el
cargo, porque va a ser relevado por el coronel
Galarza. De ese puesto va a saltar en pocos días al
de embajador de la España de Franco en Berlín.
El conde es un personaje refinado y culto, y muy
amigo de Ramón Serrano Suñer, el hombre fuerte del
régimen [fue ministro de Interior y Asuntos
Exteriores], que es quien le va dando los distintos
cargos que ostenta. Ha prestado grandes servicios a
Serrano y a Franco, como el de organizar a los
policías que, en connivencia con el embajador
Lequerica y la Gestapo, utilizando a un siniestro
policía de apellido Urraca, consiguió traer a
Companys y Zugazagoitia a España para sufrir una
burla de juicio y ser fusilados.
José Finat hizo buenas migas con Himmler cuando este
visitó España en octubre de 1940. Himmler pudo
asistir a un espectáculo que le pareció cruel: una
corrida de toros en Las Ventas. En esos días, ambos
pusieron al día una vieja colaboración firmada por
el general Severiano Martínez Anido en 1938. Gracias
a ese acuerdo, la policía política alemana goza de
status diplomático en España, y puede vigilar a sus
anchas a los treinta mil alemanes que viven aquí.
Dentro de poco más de un mes, Finat va a ocupar su
cargo de embajador en Berlín. Allí podrá entregar en
persona a Himmler sus listas de judíos. Si España
entra en la guerra, serán un buen regalo para los
nazis. Antes va a tener tiempo suficiente para dar
una paliza y emplumar por maricón a un cantante,
Miguel de Molina. Le ayudará el falangista Sancho
Dávila, primo del fundador del partido fascista.
El objetivo del Archivo Judaico no consiste en
defender al régimen de la posible acción subversiva
que puedan realizar los refugiados que pasan por
España huyendo de la persecución nazi. Esos son
conducidos directamente a Portugal para que se
marchen a Estados Unidos, o internados en el campo
de concentración de Miranda de Ebro hasta que se
sepa qué hacer con ellos. De lo que se trata, sobre
todo, es de tener controlados a los judíos españoles
de origen sefardí:
"Las personas objeto de la medida que le encomiendo
han de ser principalmente aquellas de origen español
designadas con el nombre de sefardíes, puesto que
por su adaptación al ambiente y similitud con
nuestro temperamento poseen mayores garantías de
ocultar su origen y hasta pasar desapercibidas sin
posibilidad alguna de coartar el alcance de fáciles
manejos perturbadores".
El trabajo no va a ser fácil por esa capacidad de
adaptación que tienen los judíos. Sobre todo en
lugares que no sean como Barcelona, Baleares y
Marruecos, donde había antes de la guerra
"comunidades, sinagogas y colegios especiales", y
eso permite una mayor facilidad de localización.
La circular no oculta la urgencia de la acción. Hay
que proteger al Nuevo Estado de la posible actuación
de estos individuos, que son "peligrosos".
El coronel Valentín Galarza está poniendo patas
arriba el ministerio que le ha dejado Serrano Suñer,
infestado de falangistas revolucionarios. Pero no va
a destrozar toda la obra de su antecesor. El Archivo
Judaico se va a seguir completando con carácter de
urgencia al principio y con metódica seriedad
después.
¿No son acaso los judíos y los masones los enemigos
fundamentales del Nuevo Estado?
Cuando haya pasado el tiempo, el Archivo Judaico
será ocultado y sistemáticamente destruido, como
toda la documentación comprometedora para el régimen
franquista en relación con la persecución antisemita
realizada en los años cuarenta. Cuando deje de ser
urgente tener listas completas de israelitas y haya
que justificar la patraña de que el régimen surgido
del 18 de julio ayudó en todo lo posible para que se
salvaran muchos judíos de la persecución nazi.
En mayo de 1941, cuando se envía la circular,
resulta muy significativa la desaparición de las
guardias de falangistas de la puerta del Ministerio
de la Gobernación. Ya no se trata de que la
represión la lleve la Falange por su cuenta, como si
fuera un poder autónomo del Estado. Se trata de que
el Nuevo Estado asume comportamientos que le
identifican con los de la Alemania nazi, pero
mediante las instituciones tradicionales, o sea, en
este caso, la Policía y la Guardia Civil. Eso sí,
"auxiliados por elementos de absoluta garantía".
Esos elementos son falangistas entusiastas de la
represión, que hay muchos. Porque continúa en
funcionamiento la Delegación Nacional de Información
e Investigación, con sedes en muchos municipios
españoles. Hay más de tres mil agentes del partido
repartidos por toda la geografía nacional, que
elaboran sin descanso expedientes sobre sospechosos.
En el año anterior han escrito más de ochocientos
mil informes y han elaborado fichas sobre más de
cinco millones de ciudadanos. Los miembros de las
delegaciones hacen informes constantes sobre la
situación política en cada lugar, sobre el estado de
la opinión pública, y sobre los antecedentes
políticos de cualquier ciudadano que aspira a un
puesto de trabajo. Y tienen el privilegio de
participar en interrogatorios policiales y torturas
en comisarías o cuartelillos.
A veces, fuera de las dependencias judiciales. El
ricino y las palizas callejeras están a la orden del
día.
Con el cambio de destino del conde de Mayalde, los
falangistas dejan de ser los que encabezan este tipo
de investigaciones, pero están. Siguen estando.
Los investigados para el Archivo Judaico no son
gente de especial relevancia. Salvo en algún caso,
como el del escritor Samuel Ros, amigo íntimo del
revolucionario Dionisio Ridruejo, cuya condición de
judío levantará las inquietudes de los funcionarios
nazis instalados en España. Se da la circunstancia
de que Ridruejo es también muy amigo del conde, con
el que va a compartir muchas jornadas en Berlín
durante su discontinua presencia en la División
Azul, el contingente español que va a marchar a
Rusia a luchar contra el comunismo a las órdenes del
general Agustín Muñoz Grandes.
Los hombres de Himmler, a los que el conde de
Mayalde ha dado el estatus oficial para que se
muevan con soltura por el país, reclaman a la
Policía española que les dé detalles sobre las
actividades de Samuel Ros. Incluso se atreven a
protestar porque se le permita escribir en medios
oficiales como el diario falangista Arriba.
Otra de las circunstancias llamativas de la circular
es que rompe con el antijudaísmo clásico de la
católica España. Para la Iglesia, y por tanto para
el régimen nacional católico amparado por los
cardenales Pla i Deniel y Gomà, un judío deja de
serlo si se convierte al catolicismo. Los nazis
consideran que se trata de una raza, y el conde de
Mayalde expresa claramente su concepción próxima a
la de los seguidores de Hitler: los sefardíes, que
por "su adaptación al ambiente y su similitud con
nuestro temperamento poseen mayores garantías de
ocultar su origen". Hay un temperamento español y un
origen judío.
La fecha en que se emite la circular tampoco es
casual. En España se debate desde hace meses la
posibilidad de que el país entre en guerra al lado
de Alemania. Y los más furibundos partidarios de
esta opción son los falangistas revolucionarios, los
nacionalsindicalistas que admiran a Hitler y
comprenden su política de liquidación del judaísmo.
En Francia, las autoridades de Vichy han puesto en
marcha, sin necesidad de que los ocupantes alemanes
se lo pidan, un Estatuto Judío que incluye un censo.
Ya hay muchos miles de judíos franceses o apátridas
recluidos en campos de concentración en la zona de
Vichy y en la zona ocupada. En todos ellos la
autoridad le corresponde a la policía francesa. De
esos campos saldrán los trenes de la muerte que
conducirán a casi todos los judíos franceses al
exterminio en Auschwitz.
El más importante está al lado de París, en una
localidad llamada Drancy, donde catorce sefardíes
españoles han sido recluidos. Un diplomático llamado
Bernardo Rolland de Miota, cónsul general en París,
intenta, contra las órdenes del embajador Lequerica
y del ministro Serrano Súñer, salvarles. No lo
consigue, aunque sí puede actuar a favor de otros
dos mil que reciben protección de su consulado.
Serrano Suñer le hará pagar por su desobediencia
destinándole a un oscuro puesto africano. Será
declarado por la Fundación Wallenberg "justo entre
las naciones", un título al que se harán acreedores
otros diplomáticos españoles, como Sebastián de
Romero, Eduardo Propper, Julio Palencia, Ángel Sanz
Briz o Carmen Schrader.
»LA REUNIÓN DE WANNSEE. A las afueras de Berlín hay
un plácido barrio de casas residenciales donde
muchos berlineses de posición económica acomodada
pasan los fines de semana. Antes para alejarse del
estruendo de la gran urbe. Ahora para eludir la
incomodidad de las alarmas aéreas. El barrio se
llama Wannsee, y está construido a las orillas del
lago del mismo nombre.
Allí se solazan y descansan los responsables de la
Seguridad del Estado hitleriano. Los jefes de los
Eisantzgruppen, estresados, se recuperan del pesado
trabajo de matar en masa a tantos judíos, a tantos
partisanos y comisarios bolcheviques. Lo hacen en
una casa adquirida por la Seguridad del Reich, que
dirige un asesino en masa llamado Reinhardt Heydrich.
Heydrich, el virtuoso violinista que, a las órdenes
de Himmler, desarrolla la matanza de los judíos, ha
hecho balance, y este no es nada bueno. Con gran
esfuerzo y un enorme gasto de munición y recursos,
se ha conseguido matar solo a un millón de judíos en
números redondos, de los más de once que se calcula
que están en los territorios del Reich o en las
zonas conquistadas. Y lo que no cabe ya, a la vista
de la reacción del Ejército soviético, que ha
detenido la ofensiva sobre Moscú y Leningrado, es
pensar en expulsar a todos los hebreos hasta los
montes Urales para que allí se extingan.
Hasta octubre de 1941, se ha conseguido que
quinientos treinta y siete mil judíos se marcharan
de los territorios del Reich. Unos quinientos mil,
de Alemania y Austria; los treinta mil restantes, de
Bohemia y Moravia. Pero esta política está realmente
acabada, porque trae muchos problemas, en plena
guerra, negociar transportes, destinos e
itinerarios.
Mientras a los de las repúblicas bálticas se les
mata en bosques o se les enrola por la fuerza en
destacamentos de trabajo, en Varsovia sigue habiendo
un gueto poblado por decenas de millares de judíos
polacos que absorben recursos alimenticios, que
obligan a dedicar numerosas tropas a controlarles.
No es barato liquidar el problema judío. Los
responsables de cada área ocupada se las ven y se
las desean para cumplir con una orden muy vaga, la
de que cada uno se las tiene que arreglar para matar
a sus judíos. Pero eso no es fácil. Hans Frank, el
gobernador general de Polonia, ha mostrado su
desesperación hace pocas semanas: "No podemos
fusilar a esos tres millones y medio de judíos, no
podemos envenenarles, pero tenemos que ser capaces
de dar pasos para encontrar una forma de llegar al
éxito en el exterminio".
Es 20 de enero y en el palacio de Wannsee, junto al
lago de aguas cristalinas, Heydrich ha reunido a los
quince mejores expertos en matanzas porque ha
recibido la orden de poner de una vez en marcha la
"solución final" de ese problema. Hay que tomarse en
serio el asunto, y ordenar los métodos, convertir el
empeño en un sistema industrial eficiente en
resultados concretos y en términos de economía. Y la
consigna debe carecer de elementos que permitan la
duda. A partir de ahora está claro que lo que
procede es matar a todos, absolutamente todos, los
judíos que se encuentran en territorios del Reich o
en zonas conquistadas. No solo en esas áreas, sino
también en el resto de Europa. Porque quedan muchos
judíos en países rendidos o aliados. En casi ninguno
de ellos se va a encontrar ningún problema para
aplicar la solución. Sí en Italia, que es un aliado
dubitativo en este asunto, pero no hay quejas sobre
la actitud de Francia.
Hitler ha hecho hincapié varias veces en su
"profecía" de que, si se produjera una nueva guerra
mundial, los judíos desaparecerían de la faz de la
tierra. Ahora ya no puede haber vacilaciones. Ya hay
una guerra mundial desde que Estados Unidos se han
enrolado en ella. Dentro de diez días, en un sitio
público, el Sportpalas de Berlín, el Führer va a
insistir en ello: "Esta guerra no tendrá un final
como imaginan los judíos, con el exterminio de los
pueblos arios de Europa, sino que el resultado de
esta guerra será la aniquilación de la judería. Por
primera vez, la antigua ley judía será aplicada
ahora: ojo por ojo y diente por diente".
No hay constancia documental de que en Wannsee se
hable de España. Se hace notar, simplemente, que
allí hay seis mil judíos. Pero su destino está
claro, para cuando se pueda atender la relación con
este país. Lo seis mil están censados por algún
organismo del Gobierno, que ha pasado nota a los
representantes alemanes en la Embajada de Madrid. El
censo que inició el 5 de mayo de 1941 José Finat,
conde de Mayalde, ahora embajador en Berlín. Están
todos localizados.
Una compleja serie de razones impedirá que España
entre en la guerra al lado de Alemania. Eso evitará
que los nombres incluidos en el Archivo Judaico
pasen a formar parte de los listados de Auschwitz.
A finales de 1945, los archivos de los ministerios
de Gobernación y de Asuntos Exteriores serán
expurgados para que no quede nada que demuestre que
la mayor actitud de piedad de Franco hacia los
judíos fue dejar pasar a algunos, o soportar en
ocasiones la acción individual de los pocos
diplomáticos que se la jugaron por salvar vidas
humanas.
El Archivo Judaico habría sido un hermoso regalo
para Hitler. Su conservación, una repugnante prueba
de lo que los falangistas de Ramón Serrano Suñer
pretendían hacer con los judíos españoles.
El cinismo franquista llegó al extremo cuando tuvo
que negociar con los aliados vencedores en la guerra
la liquidación de las deudas con Alemania. La
delegación española se atrevió, ante el escándalo de
los representantes aliados, a pedir compensación por
los daños patrimoniales causados por los nazis a los
sefardíes de Tesalónica. El representante inglés
McCombe tuvo que recordar en la reunión que España
jamás había protestado por la persecución nazi
contra sus compatriotas.
Fuente: elpais.com
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