La hermosa
excepción del yiddish

por Lansky
Ver una lengua
como sólo un sistema de comunicación es un
reduccionismo ingenuo. La lengua es la patria
auténtica, si tal cosa existe, el ecosistema en
el que habita el ser humano. Hablo de la lengua
materna; las aprendidas, aunque el bilingüismo
semeje perfecto, es simple muestra de adaptación
a otro medio ambiente. Y ahí reside otra clave:
la lengua identifica, discrimina, incluso dentro
de un mismo idioma; clases sociales, regionales,
laborales, de grupos de edad o la misma hampa se
identifican entre sí y excluyen al otro. Así
funcionan las jergas, los argot y las germanías.
Pero también, aunque incurramos en el tópico,
las lenguas tienen especializaciones (quizás
explicaciones a posteriori de lo que son hechos
consumados): el alemán y la filosofía, el
provenzal y la comunicación cortés, el inglés y
los negocios o la ciencia…
Sin embargo, por circunstancias más propias de
los avatares de sus hablantes que de las propias
lenguas, las hay en las que domina esa voluntad
de cauce de comunicación y las hay en las que
domina la identificación, que implica
inevitablemente exclusión del otro. Lenguas que
son grandes ríos y otras que son macizos
montañosos. Es obvio que las lenguas
mayoritarias y exitosas, como el inglés o el
castellano, pertenecen al primer grupo, y de ahí
que se segreguen en su amplio interior dialectos
sociales para asegurarse esa identificación o
seña de identidad. Y las hay, casi siempre
minoritarias –aunque no todas las pequeñas
lenguas funcionen así- que han hipertrofiado
esas banderías, como el vascuence (eusquera) o
el aymará, frente al castellano y el quechua,
respectivamente.
No obstante, el anterior esquema simplista se
quiebra con casos como el yidis o yiddish. Los
judíos son un caso aparte entre los pueblos;
integrados dentro de muchas naciones durante
siglos, permanecieron sin embargo como grupo
culturalmente identificable con lengua y
religión propia.
Los judíos
europeos estaban integrados por dos grupos bien
diferenciados, los meridionales, expulsados de
España por el decreto de Granada de los Reyes
Católicos y afincados en el norte de África y
Oriente Próximo y Europa Oriental (Turquía,
Bosnia, Grecia, Macedonia y Bulgaria), los
conocidos como sefardíes, que hablaban una
variante del castellano de la época con
adiciones de otras lenguas habladas en la
Península, como el provenzal, el gallego
portugués, el catalán, y el aragonés, el llamado
ladino o judeo español (denominación esta más
técnica que asumida por sus hablantes que la
denominaban simplemente “espanyol” o “judezmo”)
y el grupo de judíos centroeuropeos, nunca
expulsados, aunque frecuentemente marginados en
guetos y sujetos principales del exterminio
nazi, los asquenazí. Son estos últimos los
hablantes de yiddish (en su grafía inglesa) o
yidis.
La singularidad del yidis reside en su historia
más reciente: frente al hebreo, por el que ha
apostado con firmeza el estado de Israel y en su
detrimento, es un lenguaje laico, proletario y
vanguardista, mejor dicho es el lenguaje que
utilizaron muchas de las vanguardias artísticas
europeas y revolucionarias, interesadas además
en el arte popular. A principios del pasado
siglo lo hablaban once millones de personas,
desde el occidente de Rusia hasta Bélgica y
desde Copenhague a Venecia. El yidis es una
lengua de raíz germánica, un alemán “creolizado”
con contaminaciones hebreas y eslavas y, como el
mencionado quechua a lo largo de los Andes o el
suahili en África oriental, un vehículo de
comunicación si fronteras, y sin controles
estatales ni académicos; es decir, como señalaba
Andrés Pérez refiriéndose a una exposición
vigente en el Museo del Judaísmo de París, un
‘reguero de pólvora ideal en tiempos de
vanguardias revolucionarias’. Este idioma del
lumpen judío, laico y vanguardista era el de
artistas como Chagal o Ryback y de premios
noveles como el norteamericano Isaac Bashevis
Singer, que a la inversa que otros celebrados
judeo americanos como Roth o Bellow, que optaron
por el inglés, siempre escribió en esta lengua
minoritaria y extensiva a la par.
Fue primero la Alemania nazi y luego,
paradójicamente, el sionismo las que asestaron
golpes mortíferos al movimiento yidis, pues
judíos son los principales perseguidores
actuales de esta lengua. De aquellos once
millones hoy sólo se mantienen unas 200.000
personas en escasos feudos desperdigados por el
propio Israel, Europa, Estados Unidos y Buenos
Aires y con un centro en París, donde mantiene
su nobleza vanguardista. En Israel en concreto
está mal visto, si no perseguido, considerándolo
un rival serio del hebreo, la lengua oficial del
estado. Curiosamente estos laicos encontraron en
el judaísmo ultraortodoxo unos inesperados
aliados, ya que estos consideran al hebreo como
un idioma sagrado, bíblico que no debe ser usado
en los asuntos mundanos y en la vida corriente.
En las ferias del libro y eventos culturales que
se celebran en Israel se veta sistemáticamente
la literatura yidis. Su origen laico, incluso
pagano, campesino y a la vez proletario,
vanguardista y popular, plagado de jugoso humor
negro no está bien visto por el poder. Pero aún
lo hablan judíos polacos, rusos y bielorrusos y
hasta parisinos. Un auténtico tesoro de la mejor
cultura europea y un vehículo eficaz contra todo
autoritarismo
Fuente: Lansky-al-habla