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Humor judío: una tragedia de ilusiones
por Marcelo Wio En Europa del Este: "Si quieres olvidarte de todos tus problemas, ponte un zapato que te quede muy ajustado". "Es una paradoja instructiva que uno de los períodos más sombríos en la historia judía, los recientes siglos de la cultura idish en Europa Oriental, también sean el período en la historia judía que produjo el humor más profundamente distintivo", señala certeramente Robert Alter, profesor de Hebreo y Literatura Comparativa de la Universidad de California en Berkeley, en su artículo "Jewish Humor and the domestication of myth". Hacía falta un espejo en el que mirarse y ser, a la vez, ese espejo. Blacher relataba que el humor idish de finales del siglo XIX hallaba su esencia en que, si bien los judíos eran sobresalientes a la hora de interpretar las vastas complejidades de los textos sagrados, eran incapaces en los tratos con su entorno. Orgullosos de la cohesión de su mundo particular, se sentían aislados del mundo. No sólo aislados, sino rechazados. Para enfrentarse a la ansiedad producida por esta circunstancia, crearon un humor donde, según Blacher, la risa y el estremecimiento estaban inextricablemente mezclados. Pero no sólo se veían enfrentados a esta dicotomía. Su realidad era más compleja. Tanto que tenían un idioma para hablar con Dios, el hebreo; otro para los temas mundanos dentro de su propia comunidad, el idish; y un tercero para sus tratos con el entorno (ruso, polaco y los diversos dialectos según la geografía de fronteras cambiantes). Vivían una meiosis existencial, de la cual eran dolorosamente conscientes. Eran conscientes de la conciencia de sí mismos. Un laberinto mental borgeano, prácticamente, una suerte de lucidez que difumina lo que percibe para hacerlo más claro. No es de extrañar que uno de los rasgos sobresalientes del humor judío sea la utilización del absurdo: poner, en definitiva, en duda una realidad que se les escurría, que no terminaba de incorporarlos, de aceptarlos. Algo como decir: si me niegan, lo niego todo, lo pongo patas arriba. En este esquema el humor se convertiría en un vehículo para el pensamiento, para promover la solidaridad del grupo y para ayudar a sobrevivir en un mundo hostil. Alter propone que el humor que surgió sirvió para desacralizar (una búsqueda de visiones menos apocalípticas) de manera que se pudiera observar de otra manera el mundo, especialmente en tiempos turbulentos. Y no únicamente el mundo, sino ir más allá del presente y el futuro inmediato; más allá del propio hombre: un intento por construir posibilidades alternativas. Es, ante todo, un humor metafísico que se niega al establecimiento de pactos tranquilizadores para con el futuro inmediato que creará el desenlace de la narración, porque es un futuro que no trascenderá del plano estrictamente lingüístico en el que, por demás, uno podrá salirse momentáneamente de la propia circunstancia y compartirla. Por otro lado, el futuro de los días puede no suceder, y aún sucediendo, está librado al arbitrio de zares, cosacos, terratenientes y turbas esporádicas. Así, el viaje del humor, más allá de lo que se desentierre, podría verse como el consuelo fingido, pero no por ello menos consolador. Pero, ante todo, es el recordatorio de su humanidad (desplazados, desprestigiados y culpados): si puedo sonreír, conservo mi humanidad. "Si nos hacen cosquillas, ¿no reímos?", preguntaba retóricamente Shylock en "El mercader de Venecia". Sharon Weinsten, en el artículo "Jewish Humor: comedy and continuity" es tajante: "El humor judío es más que una comedia de afirmación. Es más precisamente una comedia de continuidad. Ser judío es recordar lo que los judíos han sido, así también lo que son". Precisamente, la auto-referencialidad característica del humor judío tiene que ver, en parte, con el fenómeno de la Haskalá. El humor servía para "atacar" al oponente; pero ejercido, como indica Zvi, "con cautela, ya que no se atacaba al judaísmo ni se intentaba huir del mismo". Lo dice Romain Gary en boca de su personaje Genghis Cohn (La danza de Genghis Cohn): el humor judío "es una especie de agresión desarmada". Aunque también esta auto-degradación y auto-humillación, como las llama Theodore Reik sean, quizás, "una medida defensiva para protegerse contra un peligro mayor, una suerte de sacrificio para sobrevivir…". Un decir ¿para qué nos atacan, si nosotros ya lo hacemos y lo hacemos incluso mejor? Zvi dice, a su vez, que es posible que, cuando a una persona se la relaciona con su propia debilidad, despierte a su vez simpatía, compasión. Una suerte de desactivación del rechazo. Pero también, como sostiene Weiss: "Sólo alguien realmente fuerte puede ver y mostrar sus propias debilidades". Así que parecemos atrapados en un bucle; en un buen chiste judío. Se trata de humor, por otro lado, que no podía surgir de otro idioma que no fuera el idish. La virtud principal del idish, comenta Johnson, "estaba en su sutileza interna, y sobre todo en su caracterización de los sentimientos humanos. Era la lengua de la sabiduría de la calle, la lengua del oprimido inteligente, del patetismo, la resignación y el sufrimiento, aliviados por el humor, la ironía intensa y la superstición. Isaac Bashevis Singer …señaló
que es la única lengua que jamás ha sido hablada
por hombres que ostentaban poder". Fuente: EFE
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