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Educando Intolerancia
por Marcelo Rittner
Rabino de
la Comunidad Bet El de México
Escribo estas líneas con profunda tristeza,
luego de haber pensado detenidamente si debía
hacerlo o no. No imaginan cuánto hubiera
preferido escribir un mensaje diferente.
Aquellos que me conocen saben que nunca dejo de
expresar lo que pienso cuando se trata de mi
comunidad, de mi
ishuv,
de mis hermanos judíos y, especialmente, de una
injusticia. Siempre he afirmado en cada lugar y
en cada ocasión que, tratándose del pueblo
judío, debemos sumar y nunca restar. Otros se
han encargado en la historia judía de restar.
Hace pocos días, celebramos una bar-mitzvá en
nuestra sinagoga. El joven estudia en la escuela
YAVNE. Días antes de la ceremonia (un jueves por
la mañana), la madre me dijo que estaba triste
porque la escuela no había autorizado, como
siempre lo hacen todas las escuelas de la red
escolar judía, que los compañeros vinieran a Bet
El, porque “es de otra ideología”. Luego ante la
insistencia de algunas mamás de los compañeros
que no estuvieron de acuerdo con la decisión de
la Dirección de la escuela, fui informado que
siempre sí vendrían, algo que me alegró
muchísimo, especialmente por el joven bar mitzvá.
El día de la ceremonia, mientras transcurría el
rezo, escuché un barullo en el lobby de la
sinagoga, y así confirmé que —en efecto— los
compañeros sí habían llegado acompañados por una
morá. Lo que nunca imaginé es que permanecerían
en el lobby hasta que finalizó la ceremonia.
Alguien de nuestra comunidad, a mi pedido, se
acercó a la morá para pedirle que entraran, ya
que había un reconocimiento del joven a sus
amigos y amigas. La respuesta fue muy clara: “La
directora nos prohibió que entráramos a la
sinagoga. Solo participaremos en el desayuno”. Y
así fue.
Hasta aquí el relato. Lo paradójico es que mi
mensaje al bar mitzvá, en parashá Vayetze, era
que los rabinos se concentraron en una aparente
incongruencia gramatical en la Torá. Cuando
Jacob viaja de Beer Sheba a Haran y se detiene
en el camino para descansar y pasar la noche, la
Torá nos enseña: “Tomó de las piedras del lugar,
las acomodó alrededor de su cabeza y se recostó
a descansar”. Pero en la mañana, cuando se
despierta, leemos algo ligeramente diferente:
“Jacob se levantó temprano en la mañana y tomó
la piedra que había colocado alrededor de su
cabeza y la erigió como un pilar”.
Primero leímos “piedras”, en plural; ahora
leemos “la piedra”, en singular. ¿Qué usó Jacob,
una sola piedra, o muchas piedras? Y una hermosa
explicación talmúdica, cargada de simbolismo,
responde a esto como sigue: Jacob en realidad
tomó varias piedras. Las piedras empezaron a
pelear y cada una decía: “Sobre mí será que este
hombre recto descansará su cabeza”. Por esto,
Di-s funde todas las piedras en una sola, y la
pelea termina. Y por ello, cuando Jacob
despierta, leemos “tomó la piedra”, en singular,
ya que todas las piedras se habían convertido en
una.
Una conocida autoridad religiosa explicó: cuando
sientes que eres uno con otro más, no te importa
si la cabeza del hombre recto yace sobre él.
Cuando las piedras están separadas entre si, la
pregunta es “¿A quién le toca la cabeza? ¿Por
qué deberías tú tener la cabeza y no yo?”. Pero
cuando se convierten en una, no les importa a
quién le toca la cabeza, ya que se perciben
todas como una unidad. Jacob, el padre de todo
Israel, quien abarcó dentro de sí mismo las
almas de todos sus hijos, inspiró esta unidad
entre las “piedras” que le rodeaban la cabeza.
Jacob los inspiró a llegar a una conciencia más
profunda y les permitió esa noche verse a sí
mismas como una sola piedra, incluso cuando
estaban en diferentes posiciones. Claro que el
midrash es eso, una enseñanza sobre la
importancia de la unidad. Tan bella como alejada
de la realidad de la comunidad judía en México,
por lo menos de algunos sectores.
Lo que me resulta difícil de entender es que
rabinos y directores de escuela puedan actuar
con tan poca responsabilidad frente a,
justamente, las enseñanzas y principios del
judaísmo que pregonan (y que en Bet El
compartimos, aunque ellos no se hayan dado
cuenta). ¿Cómo es posible, tratándose de
educación judía, de la formación de nuevas
generaciones, fomentar la intolerancia, la
ignorancia y el pensamiento monolítico? ¿Es
porque aún no han superado sus prejuicios? ¿Es
falta de seguridad en que enseñan? ¿Y el lado
emocional? ¿Dónde quedó la posibilidad de que
jóvenes judíos, que estudian en una escuela
judía, pudieran compartir una ceremonia
religiosa de compromiso con la continuidad
judía? ¿Y qué pensarán estos mismos jóvenes
cuando, un poco más maduros, hayan asimilado
esta muestra de intolerancia?
Les digo que mientras sigan inculcando
intolerancia, mientras sigan cerrando los ojos
al respeto y al derecho de pensar diferente
entre judíos, Jacob no encontrará piedras donde
apoyar se cabeza, porque en México estarán
rotas, dispersadas, utilizadas para otros fines.
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