¿Qué queda de Michael Jackson?

por Mijael Vera

Michael Jackson ha muerto, y como es habitual en una época de idolatrías (uso la palabra en el sentido de "ídolos"), es lógica la conmoción internacional y la reacción de, al menos, dos generaciones de melómanos. Jackson ha sido y fue catalogado como un genio musical y artístico, lo que es una correcta evaluación de lo que demostró desde sus inicios, época en la que fue reconocido como un niño con un nivel artístico realmente extraordinario.

Pero también fue un personaje polémico, con defensores y detractores, al que rodea toda una serie de leyendas, muchas veces alimentadas por él mismo, sobre su vida privada y que se vio envuelto en varios juicios, acusado de pederastia, que tuvieron repercusión mundial y que le mantuvieron apartado en los últimos años de la primera fila de la popularidad.

En cualquier caso, su genialidad artística ha sido indiscutida. Prueba de ello es el éxito a nivel mundial que le llevó a vender cientos de millones de discos apoyado por la espectacularidad de sus campañas de promoción, videoclips y conciertos, en los que hizo gala de su enorme talento como cantante y bailarín.

¿Qué nos queda de Jackson? En mi opinión, quedamos cortos cuando damos la simple lectura de que vivimos en tiempos de alta definición mediática en donde los propios medios modelan el gusto y las preferencias, llevando a los artistas a exigirse, muchas veces a un nivel artificial, para satisfacer el apetito devorador de millones de consumidores.

Antecedentes de esto hay en el impacto que produjo la accidental y temprana muerte de Carlos Gardel en los albores de la revolución de las comunicaciones. Probablemente el cantante con más discos grabados en su breve vida artística, con presencia en el cine sonoro de la época, motivó el suicidio de muchas admiradoras y la histeria colectiva de enormes públicos. Su fama, por cierto, se extiende hasta nuestros días. Una merecida fama por haber llevado un tipo de canción urbana, el tango, de orígenes modestos y bizarros, al nivel de la gran canción. No es menor el detalle. Gardel no se presentaba con oropeles ni fuegos artificiales, ni grandes montajes escénicos. Salvo el período fílmico en donde Hollywood le exigió una mayor sofisticación estética, Gardel nunca hizo pública su vida privada, ni su origen, ni sus amores, ni sus aficiones lúdicas. No los necesitaba. Eran tiempos, quizás, en que los públicos se interesaban más por la propuesta artística que por los pormenores de lo que hoy llamamos la "farándula".
Ya diferente fue el caso de Elvis Presley, antecedente obligado para estudiar la obra de Jackson. Allí comenzamos a apreciar el cómo las drogas, las luces, la edad, comenzaron a hacer un daño irreparable en el talentoso hombre que marcó época. Y es que él ya comenzaba a ser presa de los paradigmas idolátricos del S.XX: juventud, embotamiento, anonimato, todos como presiones negativas que el ídolo se ve imposibilitado de abandonar.

Y es en ese marco de los nuevos gustos contemporáneos en que se debe evaluar la obra de Jackson: vida escandalosa, estética personal llevada al rango de monstruosidad facial, desborde del formato a niveles casi intolerables. Todo entendible en tiempos en que muchos cantantes no evolucionan y pretenden, aún en años dorados, cantar como lo hacían de jóvenes, cuando la vida privada y los escándalos son vivenciados frente a las cámaras para alimentar el morbo del propio público.

Pero la idolatría es así. Aparentemente perfila una adhesión y un "amor" a toda prueba, aunque el ídolo esté solo en la miseria de sus esperanzas truncadas, ante los estragos que producen los años, ante la imposibilidad de vivenciar relaciones afectivas enriquecedoras. De una manera bizarra y tiránica, los ídolos son presa de un público que jura fidelidad, por un lado, y de un medio productivo que les exige "ser", "sentir" y "parecer", conforme a los dictados del mercado y el consumo. En verdad están solos.

La muerte de Michael Jackson ha elevado al "rey del pop" al olimpo de los mitos musicales desaparecidos antes de tiempo, un destino que también siguieron Elvis Presley, John Lennon, Janis Joplin, Bob Marley o Freddie Mercury. Una vida llena de éxitos y escándalos y una muerte prematura que le encumbran como leyenda de la música. Y cabría preguntarse si acaso la muerte "prematura", generalmente por causas dudosas, no es un elemento adicional, y en algunos casos, central, para establecer lo que denominamos "mito" en la cultura contemporánea.

Es aquí donde se plantea un problema semiológico de proporciones dantescas: si existe en verdad una creación artística desde la contracultura, o si es lo establecido y la empresa discográfica, lo que se empodera de la contracultura y le hace propio bajo lo que denominamos en Sociología el "contrabando patriarcal". Aconteció con la revolución de las flores y todo el discurso hippie de los años 60'; ha ocurrido con el ícono del Che Guevara; sucede hoy con las monstruosas cifras de ventas de discos de Jackson que se desbordaron luego de años de decadencia.

¿Verdaderamente rompió esquemas Michael Jackson? ¿Es un ícono del desborde del formato estético y ético como lo fue Elvis y lo está siendo Madonna? ¿O es, al contrario, un producto de la empresa, siempre dúctil y flexible, que sobre la base del escándalo, el uso del misterio, y el talento del artista, terminó generando un ícono al borde del repudio masivo, pero factible en términos de ventas?

El tiempo dirá si la fórmula sirve. En el caso de Gardel, nunca estuvo solo, y el tiempo ha dicho que "cada día canta mejor". En el caso de Elvis, su voz sigue proyectándose en su pureza desde los albores del desborde rockero. En ambos casos se aplica la fórmula "donde acaba el artista, comienza la leyenda". En el caso de Jackson, la leyenda comenzó ya hace mucho tiempo, alimentada fuertemente por el mismo artista. Sólo resta ver si en la memoria predomina el escándalo o su extraordinario aporte a las artes escénicas contemporáneas. O tal vez ambas, y en ese caso habrá que preguntarse si lo monstruoso forma parte de nuestro paisaje artístico... irremediablemente.