Jacqueline Goldberg: Poesía de carácter traducida al coreano


Nació en Maracaibo, Venezuela, en 1966. Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Letras. Desde comienzos de los años noventa su trabajo discurre entre la literatura y el periodismo. Es autora de una vasta obra que incluye la poesía, el ensayo, la literatura infantil, el reportaje y el género testimonial. Su trabajo poético aparece incluido y reseñado en antologías en Rumania, España, Puerto Rico, Estados Unidos, México y Venezuela. Además, Jacqueline Goldberg es Directora del prestigioso Semanario Nuevo Mundo Israelita de Venezuela.

Leer la obra de Jacqueline Goldberg según una ruta invertida implica rastrear las distintas capas que la conforman, los estratos que sus derivas han creado; se trata entonces, no sólo de leer hacia atrás sino también de leer hacia adentro, hacia el adentro del poema, hasta su hueso que supone el cuerpo que falta, la falta que todo poema intenta decir...Jacqueline Goldberg

Su obra poética ha llamado la atención en otros ámbitos de hablas no hispánicas. El poema "No soy lo que digo", que se reproduce a continuación. El poema fue traducido al coreano por Joseong Jeon y montado en la exposición "Centennial of Korean modern poems" del Sookmyung Women’s University Museum, gracias a los auspicios de Daniel Briceño, encargado de Asuntos Culturales de la Embajada de Venezuela en Corea del Sur:

NO SOY LO QUE DIGO

No soy lo que digo sin un origen a cuestas.

Sigue irresoluto el olor negro de mi desarraigo.

Quisiera afirmar

que heredé la clavícula de los iluminados,

que mi estirpe estuvo alguna vez untada de sal.

Me honraría elogiar el deterioro,

arreciar en la humareda de lugares sin nombre.

Pero todo cuanto lamento es mordaza.

No provengo de fulgores antediluvianos,

en los retratos familiares no hay mujeres frondosas.

Las barbas de los bisabuelos

no ocultan magníficas excepciones.

En mi sanguínea coartada sólo hay herrumbre,

locos ensimismados, espaldas encorvadas.

No pueden las herencias infundirme más que escozor.

Mis ancestros se plantaron con muecas de insomnio,

a sabiendas de que los seguiríamos con ojos alambrados.

Aprendieron que no hay errancia sino consuelo.

Vivieron del luto, feroces y míseros

entre las tonalidades del estorbo.

 

 

 

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