El glamur de boca sucia

por Pilar Rahola

Esto del diseñador John Galliano, sus piruetas con Hitler y su lío con la casa Dior tiene algo de mueca. Por supuesto el tipo ha demostrado ser un impresentable, y no porque diga barbaridades cuando se ha bebido hasta la colonia de la botella de litro, sino por aquello de los niños y los borrachos, que dicen la verdad.

Cualquiera que haya estado bien entonado sabe que puede cantar A las barricadas y explicar la primera comunión. Pero, cuando lo que le sale del alma es gritar “viva Hitler” y enviar a gasear a la gente, la verdad de la borrachera se convierte en el espejo de un alma negra. Es posible que el tal Galliano no expresara nunca tamañas lindezas en estado sobrio, pero precisamente porque la bebida desinhibe los demonios interiores, ahora conocemos su sucio cerebro.

Por otro lado, que el tipo declare sus amores a Hitler sabiendo que el director general de Dior, Sidney Toledano, es judío, como también lo son muchos de sus clientes de Hollywood, ya riza el puro esperpento. Para muestra, la decisión de Natalie Portman, que aseguró en The New York Times que, “como persona orgullosa de ser judía”, no volvería a vestir Dior si estaba Galiano. Sucio de pensamiento y encima tonto, la verdad es que lo tiene todo. Huelga decir, además, que los insultos antisemitas, a diferencia de lo que ocurre en España, no suenan a banalidad en los países serios, donde se consideran una inequívoca maldad y un claro delito. Pero más allá de la deriva antisemita del cerebro gallianesco, su caso permite aterrizar en el gusto por la vacuidad que tiene el mundo de la moda, demasiadas veces tan glamuroso en lo estético como vacío en lo ético. A diferencia de otros mundos creativos, como el cine, la literatura o el arte, la moda tiende a situarse fuera de los valores básicos de la sociedad, y su compromiso con la realidad se ciñe a la exhibición impúdica del lujo más fútil. Veamos, por ejemplo, los desfiles de moda. Acostumbran a ser pasarelas donde las mujeres son tratadas como perchas sin apenas atributos femeninos y cuyo único sentido es que el vestido de turno se bambolee bien. Y eso cuando no hablamos de delgadeces que rozan la locura, o se hace desfilar a las mujeres directamente con la cara tapada, como en su momento hizo el simpático de David Delfín.

Es cierto que los creativos de la cosa se pasan la vida hablando de su amor por las mujeres, no en vano viven de ellas, pero ello no se traduce en un respeto a la feminidad, ni en las tallas, ni en las modelos. Además, el lenguaje, los expertos de la cosa, la estética, todo lo que rodea a la moda tiende a la grandilocuencia, a la tontería. Es como si fuera un gran escaparate de excesos, donde se da cita lo vacuo. La moda es importante, sin duda. Pero el glamur por el glamur está vacío. Puede que acumule todo el lujo posible. Pero, al mismo tiempo, es la apología de la nada.


Fuente: La Vanguardia
 

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