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ACERCA DE LA VIOLENCIA Y LA MALDAD GRUPAL
por Joyce Abeliuk Djimino
I. REFLEXIONES A PROPÓSITO DEL ARTICULO DE HANNAH ARENDT “EL PENSAR Y LAS REFLEXIONES MORALES”
Hannah Arendt en su artículo “El pensar y las reflexiones morales “expone su tesis consistente en que la actividad de pensar, en los términos en que ella la define, es requisito indispensable para que pueda tener cabida la formación de una conciencia ética. . Arendt plantea y desarrolla sus puntos de vista en torno al tema señalado, a partir de la perplejidad frente a la conducta que evidenció en Adolf Eichmann durante el proceso judicial al cual fue sometido dicho criminal de guerra, por comisión de actos de lesa humanidad, contribuyendo y participando activa y eficientemente en la industria de la muerte, durante la Alemania nazi, proceso al cual ella asistió e calidad de corresponsal de un periódico norteamericano.
Esta constatación – dice la filósofa- no tendría conexión con ninguna teoría o doctrina, sino con algo absolutamente fáctico, a la vez que se pregunta si hay coincidencia entre la capacidad de pensar y la posibilidad de generar juicios morales. Vinculada a estas primera pregunta, surgen dos más: ¿qué es el pensar? y ¿qué es el mal?, que para ella son cuestiones que atañen a la filosofía o a la metafísica.
A partir de de esas preguntas despliega y desarrolla su discurso , el que la lleva a concluir que la actividad de pensar es una actividad especial , diferente a la de conocer y que se genera , desde el interior del individuo, quien deliberadamente se vuelca hacia sí mismo, para reflexionar, de manera crítica e independiente, procurando despojarse de toda influencia externa , en un espacio al que entra voluntariamente y que hace posible un autoexamen de la propia conducta posibilitando la capacidad para emitir juicios de valor.. Este pensar reflexivo y voluntario – dice Arendt- sería exigible a toda persona, independientemente de su nivel de educación o grado de inteligencia, siempre que se trate de personas normales. Con dicha tesis, por lo tanto, no excluye de culpa a ningún individuo que haya actuado en hechos delictivos individuales o participado en actos criminales cometidos a gran escala.
El propósito de este trabajo no es analizar lo que la filósofa entiende por capacidad de pensar, pues, en lo sustancial, lo planteado por ella no merece discusión y no se contradice, sino que se complementa con lo que se expondrá más adelante .Sin embargo, sostengo, que la violencia humana a gran escala no se produce, necesariamente, por un déficit axiológico de las capacidades valorativas, sino por un exceso de ellas, cuestión a la cual se hará referencia en la segunda parte.
Desde nuestro punto de vista, la conducta de Eichman, en este caso, sí es atribuible a la maldad que habita, en potencia, en todo ser humano. Además, creo que no se requiere necesariamente, aunque sí es totalmente deseable y conveniente la voluntad tendiente ese reflexionar que ella denomina actividad de pensar, especialmente cuando se precisa hilar más fino y con especial sensibilidad, en cuestiones atingentes a la ética. Tampoco concordamos con que ese mal provenga de una extraordinaria superficialidad. Para sostener esto basta con realizar un ejercicio sumamente elemental. Si Eichmann u otro agente de esta naturaleza se encontrara, no en la situación de victimario, sino de víctima, no nos cabe duda que, sin que jamás haya sido proclive a cultivar actitud reflexiva alguna y sin tampoco haber desarrollado ninguna actividad especial del pensar, podría reconocer, de inmediato, lo altamente inmoral si a él o a su familia le tocara padecer injusticias, discriminaciones, vejaciones, torturas, etc. y sería capaz de formular los juicios de valor que corresponden.
Lo que sorprende en el artículo es que, si bien es posible coincidir plenamente que no se requiere de personas previa y especialmente dispuestas a un actuar maligno, para participar en crímenes a gran escala, sin embargo cuando ya se participa en ellos es totalmente legítimo y necesario articular un juicio de condena y de reproche hacia esos actores, que Arendt no hace, de forma explícita y que para mi, la manera en que introduce al problema, denota ambigüedad.
Arendt estimó improcedente que el
juicio a Eichmannn se hubiese efectuado en Israel por las propias
víctimas, lo cual no constituía garantía
Hannh Arendt, intelectual brillante, pensadora valiente y de mucha fuerza, una de las primeras mujeres filósofas, cuyo aporte a la filosofía en el área pública y política ha significado un importante aporte al pensamiento filosófico y político del siglo XX, es para mí un personaje no solamente digno de la mayor admiración, sino que también, en muchos sentidos, una figura emblemática.
He estimado atingente dar cuenta de lo expresado en esta introducción, pues si bien lo esencial del artículo de Arendt se refiere al pensar y su vinculación con los juicios valóricos, creo que las presentes consideraciones, que dicen relación con Eichmann y, finalmente, con la filósofa, no son irrelevantes y tienen, también, connotaciones éticas y porque influyeron en la elección del tema central de este trabajo, que versa sobre la violencia y el mal grupal.
II. ACERCA DE LA VIOLENCIA Y DE LA MALDAD GRUPAL
Ninguna discusión del mal puede abarcar todo lo que se ha dicho y escrito sobre él, ya que la humanidad, desde que tenemos noticia, ha estado preocupada de este tema, ya sea desde la teología, la justicia, la religión, la moral, la ética, la política, la psicología, etc. Sin embargo, es importante tener una formulación del mal ya que en todo quehacer humano está implícita esa valoración. Si no procuramos aproximarnos lo más posible a las raíces del mal y tratamos de conocerlo, de alguna manera nos hacemos cómplices e incluso favorecemos su provocación a partir de la ignorancia. Nuestra postura es que todos tenemos un lado oscuro que aparece como potencial para la maldad y ningún ser humano escapa de esta posibilidad. Una forma de definir el mal es considerarlo como una presencia destructiva que decididamente modela nuestras vidas y abarca todas nuestras acciones, desde la vida familiar a la pública. El mal consiste en tratar a una persona sin respetar su humanidad. Toda persona, cualquiera sea su condición social, de educación, raza, sexo y edad, salud mental y/o física, es parte de la humanidad y como tal tiene derechos frente al resto.
El límite primordial, para estos efectos, sería aquel necesario para la constatación de cualesquiera otros ¿y cual es éste? Estrictamente, el que separa lo que soy de lo que no-soy. Mi cuerpo es propio en la medida que no se confunde con los otros cuerpos y cosas que hay allí a mí alrededor. Yo soy en la medida que no soy “los otros”. El biólogo Francisco Varela insistía en que la unidad misma de la vida incluye un límite (la membrana celular), que diferencia el sí-mismo del no-sí mismo, y esto es lo que da origen al “punto de vista” (perspectiva subjetiva) aún en las formas más elementales de lo vivo. Así, los seres vivos no interactúan como meros procesos moleculares físico-químicos, sino como unidades con identidad. Pues bien, este límite es algo que existe aunque sea de manera muda e inadvertida en la experiencia cotidiana de los seres humanos, pero al mismo tiempo es la base desde la cual puedo establecer vínculos y perspectivas sobre lo que no-soy: los otros hombres y mujeres, las cosas y seres que hay en el mundo. En el ser humano, el límite primordial del sí-mismo se expande de diversas maneras formando una red de vinculaciones de pertenencia e identidad. Caben aquí el territorio, los bienes, las personas amadas y el campo o espacio de valoraciones. Este último dice relación con la comunión que establezco con otros en tanto piensan y creen como yo y cuya proximidad tiene una medida puramente significativa. El acto de violencia puede recaer sobre los límites de cada una de mis dimensiones de pertenencia e identidad. Mi límite primordial es violado si soy herida, torturada, aprisionada, maltratada o muerta; mis bienes pueden ser retenidos, robados o destruidos; mi territorio puede ser allanado, invadido, conquistado o expropiado. Las personas que forman mi red de intepersonalidad, pueden sufrir las mismas violaciones señaladas. Pero mi espacio de valoraciones, mi ideología y mis creencias nunca son violadas directamente, sino apelando a la violación de alguna de las dimensiones señaladas anteriormente. En último término, toda violación, incluyendo la de mi espacio de valoraciones, se sustenta en la fuerza bruta, aún cuando el modo de la amenaza sea sutil y refinado. La defensa propia, es decir la lucha por conservar mi vida ante un peligro que la pone en riesgo de destrucción, aparece como una conducta legítima. Sin embargo, la defensa propia, al igual que mi límite primordial, sufre también extensiones. No sólo se trata de defender mi vida en tanto organización biológica, sino también esta defensa alcanzará a las vinculaciones de pertenencia e identidad. Esto significa que el ser humano puede estar dispuesto no sólo a luchar, sino también a morir y a matar a nombre de los valores y creencias que profesa. Lo anterior encierra una gran paradoja. La defensa propia partía de la defensa de la vida, y ahora ser muerto o matar se legitiman como formas de tal defensa. Así, la defensa de “lo” propio aniquila su punto de partida y lo derivado adquiere mayor jerarquía que el fundamento, lo que se traduce en que el ser humano concreto es jerárquicamente inferior a sus propios valores, vale decir, la humanidad podría aniquilarse en nombre de los derechos del hombre. Por otra parte, cabe señalar que la conducta maligna se basa en dos creencias cruciales. La primera es una situación en la cual se acepta la suposición de la que la victima es débil, o incompetente, o inferior y en base a esto se le trata como a un objeto. La segunda creencia se fundamenta en la suposición de que la víctima es una amenaza para la seguridad física o psicológica del perpetrador, ya sea en su límite primordial o en las extensiones descritas precedentemente. Por ende, cualquier acción destructiva en contra de la víctima está justificada. Esta definición presupone que el agente de maldad o perpetrador tiene la capacidad de comprender las consecuencias de sus acciones. Considerado, así, el mal se puede definir como la imposición deliberada de un sufrimiento cruel y doloroso a otro ser humano, que incluso puede alcanzar su aniquilación o muerte. Tradicionalmente las ciencias conductuales han enfocado el problema del mal de las siguientes formas: a) El mal puede ser sanamente ignorado porque es un problema moral y como tal, incumbe más a la teología y a la ética, que a la psicología, y ciencias sociales. b) En rigor, no existe la persona mala porque la estructura de carácter de los perpetradores del mal se puede reducir a conceptos psicológicos conocidos y comprensibles, y en todo caso a diagnósticos psiquiátricos. Esta negación psicológica y este reduccionismo no han servido para dar explicaciones significativas ni soluciones al problema. Sí las ciencias conductuales han de tener un rol relevante en la sociedad contemporánea, el problema del mal y la inflicción voluntaria al sufrimiento, quizás el más importante de los asuntos que la humanidad ha debido enfrentar en los últimos tiempos, debe ser reexaminado en profundidad. En relación con este problema es posible constatar tanto una objeción moral al estudio del mal, como una objeción psicológica para evitar el tema. Llama la
atención, en nuestro medio, las teorías sustentadas por el biólogo
Humberto Maturana, Premio Nacional de Ciencias, sobre la La objeción psicológica al estudio del mal se refiere a que en nuestra cultura, la psiquiatría, disciplina decodificadora de lo adverso, ha ofrecido una serie de teorías psiquiátricas acerca de los orígenes psicológicos de la maldad, adjudicándole un rol crucial a circunstancias históricas de la vida del individuo, trauma y abuso infantil, influencia del grupo de pares, modelo paterno inadecuado, padres excesivamente estrictos, desequilibrio químico o neurológico, etc. Con ello se ha tendido a creer o se ha preferido creer que el conocimiento científico moderno, basado en estudios empíricos y en razonamientos lógicos nos ha liberado de la necesidad de explicar hechos malignos de origen demonológico. Y para aquietar nuestras primitivas aprehensiones acerca de hechos extraños y atemorizantes, las ciencias conductuales han fomentado modernas teorías psicológicas llegando a “racionalizar lo irracional”. Esta intelectualización se evidencia en la aplicación de distintos diagnósticos al individuo que causa mal, tales como esquizofrénico, paranoide, maníaco-depresivo, personalidad limítrofe o psicópata criminal, lo que no resuelve el problema, aunque por un momento reduce nuestra perplejidad e inquietud. Lo señalado precedentemente no implica, en todo caso, restar valor a los esfuerzos que se hacen en investigar y buscar explicaciones para comprender el mal individual: Freud, Jung y Fromm, desde la perspectiva de la psicología profunda, han formulado sus ideas comenzando por el instinto de muerte, el lado oscuro de la personalidad y el síndrome de descomposición, respectivamente, hasta descripciones más recientes de orden sociopolítico como las de Robert Lifton, Joel Morris, junto a las teorías de Hannah Arendt, Ernst Becker, Carl Goldberg y M. Scott Peck, las que son aportes muy significativos en este orden y deben ser conocidos. Dentro del estudio del mal y de los hechos considerados malignos o aborrecibles, es de especial relevancia el mal grupal, porque por muy detestable y repulsivo que sea el mal individual, es el mal de grupo el que más nos aproblema y nos amenaza, ya que es lo que más hace peligrar el sentido mismo de la humanidad. El genocidio cometido por los nazis, Gulag, Klmar Rouge, Masacre de MyLai, escuadrones de la muerte, golpes de estado acaecidos en Latinoamérica, fueron cometidos no por individuos, sino por grupos de personas altamente preparados y constituidos en instituciones nacionales. M. Scott Peck, uno de los autores que se ha dedicado al estudio del mal grupal, en su libro El mal y la mentira, utiliza la masacre de MyLai del conflicto de Vietnam en su caso de estudio. Otro tanto hace el psiquiatra Otto Kernberg en relación al Holocausto perpetrado por los nazis en Alemania. M. Scott Peck encuentra que debemos trazar el origen y proceso de esta profunda atrocidad moral y física a contextos concéntricos cada vez más amplios de regresión y difusión de la conciencia y también al fenómeno de abdicación de la autonomía. El punto crucial, a nuestro juicio, es que la humanidad no se divide nítidamente entre aquellos que tienen la potencialidad de producir mal y los que no. Hay más bien un continuum, se puede suponer que los hombres que han cometido estos crímenes, o aquellos que después continuaron con el encubrimiento, en otras situaciones no se habrían ganado el calificativo que merecerían de caracteres malignos. Lo más probable es que sean buenos ciudadanos, observantes religiosos algunos, padres de familia la mayoría, apoyadores de la comunidad, etc. ¿Cómo es entonces, que hombres que de otra forma son buenos se tornan tan ruines? Algunas
explicaciones surgen cuando se procuran establecer, por ejemplo,
ciertas características psicológicas que se estiman como Las características señaladas por Huneeus e Isella son las siguientes: a) Regresión y dependencia: Los grupos humanos funcionan de manera más primitiva e inmadura de lo que podría esperarse de los mismos individuos aisladamente, en las mismas circunstancias. En los grupos, la subordinación obligada a un superior, implica una abdicación de la voluntad, aún cuando individualmente desee afirmar su propio sentido moral resistiéndose a una orden que considera deleznable. El miembro del grupo abdica su sentido moral y su responsabilidad en favor del grupo, lo cual lo hace, además dependiente del líder b) Especialización: siempre que los roles de los individuos se tornen especializados, se hace posible y fácil que el individuo pase la carga moral a otra parte del grupo. De esta manera no solo el individuo abandona su conciencia, sino que la conciencia del grupo como un todo puede fragmentarse e incluso diluirse hasta dejar de existir. c) Encubrimiento: Es la mentira grupal, cuyo móvil más importante es el miedo a ser considerado soplón, miedo al desprestigio, miedo a la condena, miedo a la muerte. Habitualmente se sabe que se ha cometido un hecho altamente reprochable, pero hay incapacidad para apreciar el significado y la naturaleza de los hechos. No hay confesión o denuncia de los crímenes, porque hay una culpa oculta, o en la mayoría de los casos ni siquiera existe sentimiento de culpa. d) Auto-anestesia emocional: Cuando las personas se hallan sometidas a ser observadores cotidianos de atrocidades, de hechos sangrientos o brutales, adquieren la capacidad de desconectarse emocionalmente del significado de sus percepciones y puede aceptar la atrocidad sin sentir nada. Es parte del entrenamiento. e) Narcisismo grupal: En los grupos establecidos, aquellos que visten la camiseta, la más poderosa de las fuerzas cohesivas es el orgullo o narcisismo grupal. Desde hace mucho tiempo la humanidad descubrió que darle uniforme a sus soldados (y a sus empleados de fábrica, empresas y alumnos de escuelas, planteles deportivos, etc.) es una manera de mantener el espíritu de grupo. Los lemas, alocuciones, tradiciones, enaltecimiento del heroísmo, reforzados a diario mediante ejercicios especializados de entrenamiento van formando el sentido de pertenencia a una elite distinta al resto de la población. En grupos como los militarizados, se agrega al hecho de ser uniformado el estar preparado para morir, si las circunstancias así lo exigen, y para el uso de armas mortíferas, lo cual constituye una situación que de por sí realza el narcisismo, ya que a ese grupo especializado se le ha conferido poder sobre la vida. f) Sadismo: E. Fromm ha explorado en detalle el sadismo, que en cierto sentido es una sub-valoración de la estructuración del carácter maligno. III CONCLUSIONES
Los aspectos descritos
precedentemente tienen una importancia no sólo teórica, sino
práctica, pues, si bien, el hecho de tratar de conocer como opera
la violencia grupal, y explicarla y describirla, implica
dificultades y limitaciones por el inevitable “punto de vista” del
que nunca podemos salir, por otra parte, permite llevar a cabo
acciones concretas conducentes a regular y modificar los factores
que La solución, por cierto, no es tan simple como esto, pues sabemos que poder y violencia son factores que van asociados y que desde que tenemos conocimiento, el ser humano tiende a hacer uso del poder y de la violencia. Sin embargo, ello no es motivo para abandonar todo esfuerzo. Es sabido que los modelos sociales comienzan en casa, en el hogar y son el resultado de prácticas cotidianas compartidas. Hoy en día son muchas las instancias de socialización humanizante y de acción solidaria a las que se puede recurrir con el fin de preparar para una vida digna y satisfactoria y también para sortear nuestras diferencias y conflictos mediante el diálogo y la aceptación del otro. Aunque seguimos produciendo más mal y con ello mucho sufrimiento a millones de personas, es necesario pensar que algún día la ignorancia que hace posible que el mal se manifieste, sea eliminada y que la represión que se infringe a los niños sea suprimida y con ello la humanidad evolucione y ponga fin a la producción del mal. Sea o no posible su erradicación total, es imprescindible una actitud positiva y activa destinada a extirpar el más grave de los problemas que aquejan al ser humano.
La violencia humana, aún la implicada en la tortura y en las dictaduras, puede ser explicada en términos biológicos y esta explicación no se refiere sólo a individuos, sino a colectivos de personas y, por lo mismo, la responsabilidad en los hechos de violencia grupal es siempre individual y colectiva a la vez. La violencia propia, tenemos la tendencia a considerarla siempre defensiva, justa, heroica e ineludible. En cambio, la del contrario, tiene su origen en motivaciones e intereses espurios. La violencia humana a gran escala no se produce por un déficit axiológico de las capacidades valorativas, sino por un exceso de ellas. Tampoco se produce por una pérdida de los límites de pertenencia e identidad, sino por una rigidez y sobre presencia de ellos, como lo demuestra la xenofobia, el racismo y el clasismo en cualquiera de sus formas. Así los valores “superiores” esgrimidos como fundamento de crímenes perpetrados de manera horrorosa, pueden en su aparente vinculación con el “bien”, cegar e impedir el considerar los derechos mínimos y básicos de toda persona. En consecuencia, claramente estos problemas no atañen sólo a la ciencias conductuales, sino a la filosofía y a la metafísica, a disciplinas tales como la ética y la antropología filosófica, las cuales tienen por delante una tarea de enorme relevancia, no sólo en cuanto a formularse preguntas que permitan mirar la violencia y el mal con la esperanza de que veamos aún algo más, algo que la cercanía y la familiaridad pudieran habernos impedido distinguir, sino que pareciera necesario un replanteamiento de los valores que tradicionalmente se han tenido como “superiores”; relativizar, quizás, la existencia del “bien” y del “mal,” despojándolos de su actual carácter de “absolutos” y desconfiar, tal vez, de todas las certezas para llegar a construir y formular una nueva ética. Bibliografía de Referencia
1 Arendt, Hannah, “El pensar y las reflexiones morales” en: De la Historia a la Acción, Paidos, Barcelona, 1995.
2 Arendt, Hannah, Los Orígenes del Totalitarismo, Alianza Editorial, Madrid, 1981.
3 Arendt, Hannah Sobre la Violencia , Joaquín Moritz S.A. Guaymas, . México 1970
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5 Gomberoff, Luis, Otto Kernberg. Introducción a su Obra, Publicaciones Técnicas Mediterráneo Ltda. 1990.
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8 Maturana R., Humberto “La maldad: ¿Responsabilidad Cultural o Individual? Revista de Psiquiatría y Salud Mental” (2001), XVIII Nº, 51/57, Chile.
9 Maturana R., Humberto Biología de la Cognición y Epistemología, Editorial Universitaria de la Frontera, Temuco, 1990.
10 Maturana R., Humberto Emociones y Lenguaje en la Educación y Política, Colección Hachette-Comunicación, CDE. Santiago, 1990, pp.17 a 55.
11 Maturana R., Humberto Desde la Biología a la Psicología, Síntesis, Santiago, 1993, pp. 20 y 21 y 146 y S.S.
12 Ojeda F., César “Acerca de la violencia humana masiva”. Revista de Psiquiatría y Salud Mental de Chile, año 2002.
13 Todorov, Tzvetan, Frente al Límite, Siglo Veitiuno Editores S.A. de C.V. 1991.
14 Varela, Francisco El Fenómeno de la Vida, Dolmen, Santiago, 2000 pp.29 y S.S.
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