Los Judíos de la Amazonia

Su regreso al pueblo judío

“No existe tal cosa como el primer judío en llegar
a un lugar. Siempre hubo uno antes allí.”
Dr. Jacob Markus Z.L.
 

por Rabino Roberto Feldmann

 

Una orquídea azul languidecía sobre el agua podrida de la calzada. El aeropuerto de Iquitos detrás nuestro, éramos tres rabinos de pié, escampando sudor ante la bienvenida. Ante nosotros, y a todo lo largo de la vereda del frente, más de doscientos hombres, mujeres y niños de los más remotos meandros de la Amazonía Peruana en sus mejores galas, nos cantaban Haveinu Shalom Aleijem. - Bienvenido a Macondo –pensé risueño, sintiéndome engullido por el instante. Mientras balseaba emociones encontradas, hice contacto visual con los rostros lugareños. Sus almendrados ojos amarillos no irradiaban tanto la canción, como una tímida alegría que traslucía un vago orgullo.

Me pareció que vivenciaban su propio shock cultural ante nosotros, ante mí. En vez de tres pomposos clérigos desembarcando del buque mensual en Riohacha, tres rabinos en pantalón corto y polera, sonriendo y uniéndose al canto, deshacíamos la rigidez innecesaria. Traté de saludar a un chicuelo vivaracho. Me dio la mano fugazmente, para luego correr a esconderse tras sus hermanas mayores. “Nos vemos en el hotel” – detonó una voz- y una estampida circular nos llevó a una camioneta, luego a un hotel.

Esta es la historia de la conversión al judaísmo de un número de los así llamados Judíos del Amazonas que tuvo lugar entre el 26 y el 28 de diciembre, del año de 2004, en Iquitos, Perú. Cuatro rabinos, mi persona entre ellos, así como una tavlanit (14), un mohel (16) y un historiador doctorado, prestaron su ayuda junto a otras personas, a esta histórica empresa.

Apenas hubo tiempo de dejar nuestro equipaje en nuestras agradables habitaciones. Guillo1 quería empezar de inmediato, dándose cuenta de la enormidad de la tarea por delante.

Cincuenta familias aguardaban en una sala dispuesta con formales hileras de sillas ante una gran mesa, donde los rabinos se suponía que nos sentaríamos a oficiar el Bet Din (2). La simetría ceremoniosa de la puesta en escena se intensificó mientras el día se caldeaba. Corrimos la mesa, sus poltronas y todo a un lado, improvisando un living más amigable en una esquina de la sala, y convenimos anunciar turnos para las familias, citándolas de a cuatro por hora, sin pausa por dos y medio días, de mañana a noche.

- “Familia Bensimón, por favor”, decía Marcelo3 por micrófono en un tono cálido, cordial, haciendo más amable el resabio de sala de espera de la atmósfera inicial.

Nos sentíamos contrariados, inmersos en una cierta formalidad burocrática que no daba cuenta de nuestra conciencia: tras cada nombre y cada mirada, había una travesía de hasta seis días en lancha desde los más remotos afluentes de la cuenca amazónica.

Más aún, había años de retorno a sus raíces judías, estudiando cualquier material que Guillo repartiera, o que Ronald (4) enviara por correo fluvial. Había sacrificios y un tremendo ímpetu en imbuirse de una identidad judía hecha de lo residual. De hecho, Latinoamérica es una melcocha de residuos, un Frankenstein de identidades naufragadas que la selva sincretiza en violentas embestidas de eros y tánatos.

Pero nos sentíamos contrariados también ante las entrevistas y las conversaciones mismas. Nuestro subconsciente sentido de Yiddishkeit (“judeidad”) seguía incapaz de decodificar la gentileza, candidez y magro conocimiento intelectual, como algo judío.

En efecto, el concepto judío, deliraba como en un embrujo o una fiebre ecuatorial: ¿Son ellos o nosotros quienes definen qué es suficientemente judío como para ser abrazados bajo las alas de la Shejiná (5)? ¿Puede un sentido de identidad y pertenencia ser asumido tan lejos de lo que –digamos- judíos modernos entienden y sienten que es? ¿Estoy descalificando por etnocentrismo o instalado en lo razonable? ¿Acaso estoy siendo laissez-faire? ¿Cuán alta debe empinarse la barra de conocimiento judío para esta gente, que es tan distinta a la ya variada tipología de personas a las que habíamos ayudado a abrazar el judaísmo antes?

Los judíos del Amazonas descienden de judíos marroquíes de Tánger, Tetuán, Fez o Casablanca, que llegaron en busca de un El Dorado durante la Fiebre del Caucho alrededor de 1880. Cruzaron el Océano Atlántico hacía Belém de Pará, Brasil, en el delta del Amazonas. De allí, por barco fluvial, jóvenes aventureros remontaron el inmenso río, flanqueado por la mayor selva del mundo, soñando con hacer fortunas. Su ambición sin embargo no eclipsó un terco sentido de ser judíos. Así, cuando ya sea se casaron con mujeres amazónicas, o simplemente esparcieron su simiente, consecuentemente insistieron a sus hijos mestizos: “Recuerda, eres judío”. El mismo susurro ardiente que pronunciaron cripto-judíos de España y Portugal entre los siglos XVI y XIX. Pero ese “recuerda, eres judío” tenía poco o nada de contenido tangible o puntos de referencia, y en su lugar, la fantasía, la imaginación y los objetos judíos traídos a estas costas distantes su fundieron y amalgamaron esta identidad en un sincretismo religioso tropical, donde los límites eran inciertos, y los contenidos tan múltiples y mitológicos como pudieron producir individuos que anhelaban expresar ese “recuerda, eres judío”.

Ariel Segal, el historiador y autor de “The Jews of the Amazon: Self-exile in Paradise (6)” me reconoció de inmediato en Iquitos. ¿No nos conocimos de Jerusalén? De hecho nos conocíamos por una velada de trova y guitarra de latinoamericanos en Israel. Él venezolano, yo chileno: el pequeño mundo de latinoamericanos en Jerusalén. Así, rápidamente entablamos amistad.

Ariel realizó su doctorado en Historia Latinoamericana aprendiendo de los judíos de la Amazonía, y escribiendo su tesis sobre ellos. Y tal como yo, que realicé mi tesis rabínica aprendiendo de un grupo de incierto origen cripto-judío en tierras Mapuche, en el sur de Chile, él se involucró tanto en su experiencia que llegó a sentirse en casa entre ellos. Don Ariel es un maestro en la comunidad judía local y ha enseñado judaísmo e historia del pueblo judío cada vez que está en Iquitos. Un ser humano sensible con una mente científica, su subjetividad y compromiso personal resultaron irrefrenables. Así es la selva: envuelve, funde y mezcla.

Así también fue con las entrevistas y el almuerzo: picábamos pescado frito y tostones de plátano maduro, y corríamos cada par de horas a cambiarnos la camisa, empapada de ese omnipresente líquido amniótico de la selva al que la gente llama sudor. Desgraciadamente nuestra sed dejó un reguero de botellas plásticas de agua potable vacías.

“¿Quiénes son tus ancestros judíos?” era nuestra pregunta habitual al comenzar. A menudo abría borbotones de antiguas emociones, y era la única que repetíamos. “…Bohabot, Bendayán, Toledano, Assayac, Cohen, Levi, Nahmías, Sarfati, Azulay... mi abuelo… mi madre… su hermana a su vez... mi tío y hermana viven en Beer Sheva, en Ashdod, en Arad, en Jerusalén... queremos unirnos a ellos...”

Nuevamente emociones contrariadas. No somos agentes de Aliá (7) sino rabinos. Sobre nosotros pesa la tarea de certificar que cada una de estas personas esté madura para ser judía, plenamente consciente de lo que ser judío significa moral y espiritualmente, y dispuesta a llevar una vida judía. Aún así, cada ceremonia que celebraban partía y cerraba con un solemne Hatikvá8. Me gustaba, pero aquello era excéntrico a nuestra labor rabínica. La mera repetición de sus dignos sueños de emigrar a Israel se volvía incómoda para nuestro propósito de aprobar su conversión a ser judíos, no en primera instancia a ser israelíes, cosa que no era nuestra labor.

¿Cómo celebras Pésaj, Shabbat, Rosh Hashaná...? ¿...Puedes nombrar algunos profetas, un filósofo judío? ¿... ¿Qué es un jasíd, un sefaradí, un sofer, una parashá...? Preguntas típicas a veces encontraban respuestas curiosas. “Creo que un jasid es uno que está pegado” dijo alguien, de modo extrañamente correcto: (Dvekut, el estado de total apego a Dios es central en el jasidismo). Algunos confundían Mezuzá con Menorá, y aún así, con un poco de ayuda, emergían relatos extravagantes: “Mi madre encendía las diecisiete velas cada primero de diciembre...” (¿Januká?) “...El leprosario abre de nueve a seis; por eso llego tarde al lavado de manos del Kabbalat Shabbat...” “Tapir (9) no es kosher, pero no sé realmente qué sí es kosher,” decía una mujer de Santa María de Nieva, que vive seis días río adentro en lancha, en lo más recóndito de la Amazonía. Y así, el límite entre ignorancia y códigos distintos se hacía, pese a nuestros esfuerzos, un delineado brumoso, añadiendo a nuestro desconcierto.

Ante alguna ignorancia sonreíamos, ante otros desconocimientos nos sentíamos incómodos. Pero a menudo había una irrupción sorprendente. Un símbolo judío más bien marginal abría un portal a un elaborado delirio de tozuda observancia judía, que en el fondo, ni siquiera lo era. ¿O sí, en sus términos? – “Marcelo, ¿acaso no estamos aquí para asegurar que sea judaísmo acorde a nuestro concepto? – ¡Obvio que sí! – Pero entonces, ellos saben que son judíos, pero desconocen cosas básicas. – “¿Acaso somos una nueva versión de aquellos que tuvieron la horrible idea de forzar a los judíos etíopes a una conversión? – ¡Obvio que no! - ¿Sólo exigimos los estándares de Klal Israel (10)? - ¡Obvio que sí! ¿Son esta devoción y este empeño suficiente? ¡Obvio que no!...- así nuestros propios parámetros interrogaban a nuestros obvio que sí y obvio que no durante y después de que los diálogos se desarrollaban entre transpiraciones encontradas. Acaso no estábamos siendo unos Fitzcarraldos (11) forzando nuestro barco rabínico a través de una tupida floresta de judaísmo criollo? ¿Era justo todo eso?

Y luego, crucialmente, entrevistamos algunas personas mayores, prácticamente analfabetas, que sin embargo han estado haciendo enormes esfuerzos para afirmar su identidad judía en un contexto difícil. ¿Acaso la antropología no juega un rol aquí? ...¿Identidad judía?... Y así nuestro propio cansancio ante la intensidad de todo aquello lo hacía aún más complejo. Nos empeñábamos en encontrar nuestro centro como Bet Din (2), tanto como ellos se empeñaban en aprobarlo.

Desde este escritorio, en un sitio más fresco, seco y racional, a dos semanas, las respuestas pueden parecer más obvias. Pero estar allí, expuesto a todo un mundo de judaísmo local en su propia salsa, se experimenta muy distinto. Aspectos periféricos del judaísmo se vuelven centrales, y asuntos centrales se difuminan en historia, interpretación y fantasía.

Yadin, yadin,(12) – la antigua y clásica fórmula de la misión rabínica, era más compleja que nunca. No obstante era nuestra responsabilidad, una inmensa responsabilidad, una que cambia vidas y generaciones. Y nos estaba desafiando. ¿No es acaso el judaísmo una jungla de interpretaciones a la Torá de todas maneras?

Para hacerlo aún más difícil, relatos de un predicador nacionalista ortodoxo persuadiendo a esta gente a asentarse en Kiryat Arba (13), Hebrón, nos hizo conscientes de una posibilidad inquietante, que hacía nuestro rol como judíos progresistas aún más relevante, urgente. Nuestra abstención podría dejar un vacío a ser llenado por una versión nacionalista, arrogante e injusta de judaísmo. Ella corrompería todo aquello que nos motiva como judíos liberales. Dejamos muy en claro que no estábamos firmando los certificados para que terminasen en una casa rodante sobre alguna colina en Judea, bloqueando así la posibilidad de un Israel seguro, democrático y en paz junto a un futuro estado palestino pacífico. Había peligro acechando allí también.

El rabino Rubén Saferstein arribó el lunes a Iquitos. Encabeza el departamento de Introducción al Judaísmo del Seminario Rabínico Latinoamericano (conservador) en Buenos Aires, Argentina. Previamente había realizado la ardua labor de llenar todos los certificados con los nombres y datos para toda la gente. Su firma era indispensable también, ya que los rabinos Marcelo y Guillermo Bronstein son hermanos, por lo tanto no aptos para firmar ambos un mismo documento de testimonio rabínico, de acuerdo a la Halajá.

El rabino Marcelo Bronstein vino de Nueva York con su hija Dana, - la Tavlanit14, para la Mikvá – o inmersión en agua - de las mujeres. El rabino Guillermo Bronstein vino de Lima, Perú, y fue nuestro Mara de Atra15. Vino junto al Dr. David Schneiderman, el Mohel (16), quién realizó la Hatafat Dam Brit (17) para los varones, previamente circuncidados clínicamente. Y yo, también un rabino de Santiago de Chile.

Cada uno de los seres humanos que entrevistamos tuvo una breve pero significativa conversación con nosotros; minutos íntimos para hablarse mirándonos a los ojos, para horadar hacía lo esencial del ser judíos y tornar ese imperativo recuerda, eres judío de sus ancestros en una pregunta en su pleno y tremendo peso: ¿Realmente quieres ser judío? ¿Entiendes lo que eso significa, lo que implica, lo que conlleva? La pregunta rebotaba en nosotros, fragmentándose en mil otras.

El martes en la tarde, fuimos en buses a una laguna no lejos de Iquitos. Dana Bronstein fue con las mujeres y niñas y nosotros los rabinos fuimos a un lugar distante con los hombres y los niños. No todos sabían nadar, muchos ni siquiera sumergirse la cabeza en el agua, que en la selva no conviene tragar. Pero todos se sumergieron.

Mijael Pinto, un joven secretario de la comunidad, llegó el martes en la noche a la ceremonia de clausura, pálido y sudando copiosamente. Le pregunté si se sentía bien. Había tragado agua en la laguna y me respondió con una frase que bien podría ser de Gabriel García Márquez, y que no olvidaré: “No se preocupe por mi malaria, rabino, es lo de menos por el privilegio de ser judío por fin. Estoy tan feliz.”

Esta será probablemente la última conversión de los Judíos de la Amazonía. Inquieto por gente con otros propósitos en mente, le pregunté a Ronald Reategui Levy, presidente de la Comunidad Israelita de Iquitos acerca de ello. “Aquí en Loreto (el distrito amazónico del Perú) todos nos conocemos. Sabemos quién es de descendencia judía” – me tranquilizó.

El martes en la noche, después de una presentación de danzas israelíes por parte de las muchachas, de nuestros discursos en una noche insoportablemente calurosa y húmeda; luego de entregar los certificados uno por uno deseándonos Mazal Tov mutuamente, luego de cenar pescado frito y tostones, intercambiar direcciones, recibir preciosos y generosos regalos de madera bermeja; después de posar como novias para cientos de fotos y, por supuesto, entonar el solemne Hatikva final, nos despedimos conmovidos.

Hoy siento que ayudé realizando una Mitzvá. Es una mayor en envergadura que la que mi limitado entendimiento humano puede aprehender. Pero no así para mi intuición profunda, que me dice que bendiciones saldrán de esta experiencia: Pude ayudar a algunos judíos a regresar a casa.


Notas

1 “Guillo”: Apodo de mi amigo Rabino Guillermo Bronstein, un rabino conservador que sirve a la comunidad judía 1870 de Lima, Perú; y el educador y monitor del curso y el proceso de introducción al judaísmo para los candidatos a conversión de este artículo.

2 Bet Din: Tribunal Rabínico constituido por tres rabinos.

3 Marcelo: Nombre de mi querido amigo, Rabino Marcelo Bronstein, actualmente rabino de la congregación Bnai Jeshurun, en Manhattan, Nueva York.

4 Ronald: Sr. Ronald Reategui Levy, presidente de la Comunidad Judía de Iquitos, Perú.

5 Shejiná: La Presencia Divina, bajo cuyas alas –en una bella metáfora-los prosélitos hallan abrigo en el seno del pueblo de Israel. Convertirse al judaísmo es “entrar bajo las alas de la Shejiná”.

6 “JEWS OF THE AMAZON: Self-Exile in Paradise” (“Los Judíos de la Amazonía: Autoexilio en el Paraíso”). Libro del autor y reportero judío venezolano Ariel Segal, PhD en Historia Latinoamericana. Su libro es el destilado de sus investigaciones para su tesis doctoral, y está publicado en ingles por la Jewish Publication Society, JPS, Filadelfia, EE.UU., 1999.

7 Aliá: Literalmente “Elevación”: La realización del ideal sionista de emigrar al Estado de Israel.

8 Hatikvá. “La Esperanza”: Himno Nacional de Israel.

9 Tapir: Tapirus Terrestris. Mamífero endémico de Sudamérica, de la familia de los proboscidios y de aspecto similar a un gran y robusto cerdo salvaje.

10 Klal Israel. La mancomunidad de todo el Pueblo de Israel.

11 Fitzcarraldo. Explorador megalómano quién por mandar transportar un barco dolorosamente sobre una loma hasta el siguiente afluente amazónico mató a muchos indígenas. Un film de Werner Herzog, con la misma falta de escrúpulos en nombre del “arte”, hace el montaje real de esta bestialidad.

12 Yoré Yoré, Yadin Yadin… Fórmula clásica inscrita en la Smijá, o título rabínico, bendiciendo al rabino que se ordena para realizar su labor de enseñar Torá y sentar jurisprudencia en términos Halájicos, o de Ley Judía.

13 Kiryat Arbá. Sitio de profunda importancia histórica y religiosa para los judíos, donde se hallan enterrados en la cueva de Majpelá todos los patriarcas y matriarcas a excepción de Raquel. Hoy en día, en Cisjordania, parcialmente ocupada por Israel, alberga a una comunidad intensamente nacionalista de entre cuatrocientas y quinientas personas, que se ven a sí mismas como “redentoras de la tierra” y se oponen a la inclusión de este lugar bajo soberanía de un futuro estado palestino.

14 Tavlanit: Mujer que certifica la correcta inmersión y pronunciamiento de las bendiciones correspondientes a un converso durante el baño ritual.

15 Mara de Atra. Arameo para “Señoría del Lugar” o rabino anfitrión del Bet Din o tribunal rabínico de su ciudad o distrito.

16 Mohel. El encargado judío de realizar la Brit Milá, o circuncisión pactual.

17 Hatafat Dam Brit. Extracción de una gota de sangre pactual, en caso de que una circuncisión clínica ya está realizada en un prosélito varón, que torna a la circuncisión meramente clínica en una religiosa, incorporando al converso varón al Pacto de Abraham.


 

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