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La
diáspora sefardí en Italia a partir de la expulsión desde España

por Felisa
Bermejo
A la hora de definir el problema de la diáspora sefardí en Italia,
lo ideal sería poder establecer con precisión y claridad el
itinerario seguido por la mayoría de los sefardíes expulsados de
España en 1492, las diferentes vías que estos exiliados utilizaron
para llegar a Italia, bien para asentarse en este país
definitivamente o bien como etapa hacia Oriente, hacia las tierras
del Imperio Otomano.
La situación, sin embargo, se presenta muy compleja y por
consiguiente no resulta posible un acercamiento exhaustivo. Por el
contrario, la documentación existente sí permite ofrecer la
información obtenida de estudios históricos realizados sobre
ciudades en las que se encuentran huellas de la presencia de judíos
sefarditas. Ciudades como Roma, Ferrara, Venecia o Liorna ofrecen
testimonios de sinagogas, obras impresas y leyes creadas para esta
comunidad específica; leyes que nacen en ocasiones para resolver los
conflictos creados entre la población judía autóctona y los recién
llegados sefardíes. Otras ciudades no poseyeron comunidades
sefarditas fuertes y por tanto las familias o individuos que
llegaron allí, e incluso que se hubieran podido asentar, han dejado
escasos recuerdos, algún nombre, documentación sobre alguna
transacción económica, llegándose en ocasiones a perder sus rastros.
Una cuestión interesante con la que nos encontramos al abordar este
argumento es la relativa a los términos utilizados para designar a
los judíos españoles o procedentes de la Península Ibérica. Por un
lado, los documentos escritos de la época utilizan varios términos
que se diferencian entre sí en función de la zona donde se
afincaron. Por otro, los historiados modernos asignan denominaciones
diversas a la hora de hablar de los judíos españoles en Italia. En
primer lugar hay que recordar que Sefarad se opone a Provenz.
Sefarad es el nombre que se le daba a la zona occidental,
concretamente a la península ibérica. De ahí que sefardí o sefardita
sea el apelativo destinado a los judíos españoles, y también
portugueses (muchos de ellos de origen español llegados a Portugal
tras la expulsión de 1492).
Pero los términos sefardí o sefardita hacen alusión también al tipo
de rito y de oraciones practicadas por los judíos hispanos. Tras la
expulsión de 1492, cuando se utiliza sefardí o sefardita, por tanto,
se hace referencia tanto al lugar de origen de los antepasados como
al rito empleado (cabe recordar la huella indeleble que dejó
Maimónides en la cultura judía hispana). El vocablo Asquenazí se
refiere a los judíos del centro de Europa que siguen un rito
diferente al sefardita. Por otro lado, en Italia se utiliza el
término levantinos, que eran, en origen, los que vivían en la zona
oriental del Mediterráneo, es decir, en las tierras del Imperio
otomano. En un principio levantino se oponía a ponentino, que fue el
término que en Venecia se utilizó para designar a los ibéricos que
se asentaron en esa ciudad y que se caracterizaban por haber
establecido ya vínculos comerciales con esta república desde bases
situadas en tierras del Levante (Imperio otomano). Así se quería
distinguir entre levantinos, judíos habitantes de las costas
orientales mediterráneas con anterioridad a la llegada de españoles
y portugueses, y ponentinos, que eran estos últimos, es decir, los
recién llegados, que además hablaban español o portugués y tenían
costumbres y ritos peculiares. De cualquier manera, al final, se
acabó usando el término levantinos par todos: los primeros eran
levantinos “viejos”, los segundos, “nuevos”.
“Nell’Europa occidentale gli ebrei avevano parlato, in precedenza,
l’italiano, lo spagnolo, il francese o il tedesco a seconda del
luogo di residenza. Lo stesso era stato per gli ebrei della Grecia,
dei paesi arabi e di quelli slavi. Alla fine del sedicesimo secolo,
in vece, lo spagnolo e il portoghese si erano affermate non solo
come lingue comuni, ma come le principali lingue parlate dagli ebrei
dei Balcani, a sud di Belgrado, e del Levante, nonostante che in
quelle regioni nessun altro le parlasse.” [Israel 1991;43]
De todas formas, el término ponentino no llegó a cuajar, y en
general, y no sólo en Venecia, se les llamó levantinos a todos y
especialmente a los judíos españoles y portugueses que se afincaron
en Italia dejando sus bases mediterráneas del Levante pero
manteniendo con ellas un comercio floreciente. Incluso en Pisa los
judíos portugueses se identificaron bajo el nombre de «Nazione Ebrea
Levantina» [cfr. Filippini 1993b;302]. No obstante, una estudiosa
como Renata Segre identifica ponentino con portugués y sefardita con
español:
“En 1574, el
nuncio del Papa se refirió a «los numerosos marranos bautizados que
han vuelto al judaísmo y se califican de levantinos, cuando, en
realidad, la mayoría son occidentales». Años más tarde, un testigo
declaraba ante la Inquisición que era corriente que los refugiados
portugueses llegaran a Ferrara, donde los circuncidaban, antes de
trasladarse al Levante, vía Venecia; tres o cuatro años después,
regresaban a Venecia luciendo un turbante.” [Ravid, en Méchoulan
1993;280]
Además, personajes de gran relieve como Samuel Usque o Rodriga eran
portugueses de origen español, con lo cual los rasgos diferenciales
resultan todavía más borrosos. Cabe recordar el hecho importante de
que en 1492 se calcula que unos 70.000 judíos españoles pasaron a
tierras de Portugal. Hay quien hace una estima de 93.000, de 120.000
o incluso de 200.000, aunque Caro Baroja las considera excesivas.
Los sefarditas que llegaron y se instalaron en Italia directamente
provenientes de la expulsión de 1492, o durante las décadas
inmediatamente posteriores, nunca fueron designados con el término
levantino; por este motivo podemos afirmar que cuando se utiliza
este apelativo se está hablando de los sefarditas que se asentaron,
a partir de la década de los 70, en Venecia y, de los 90, en
Toscana. Este grupo, como ya se ha indicado, se denominó levantino
porque eran sefarditas procedentes de las costas del Mediterráneo
oriental. Así pues el término en sí permite mantener una distinción
entre dos oleadas con características muy distintas y
correspondientes a dos momentos históricos también muy diferentes.
Otro término en liza es el de marranos (en italiano marrani es el
término usado para designar a los judíos procedentes de la península
ibérica). Especialmente documentos históricos de la época utilizan
marranos refiriéndose a españoles y portugueses sin saber muy bien
si las personas aludidas eran o no conversos. Es curioso notar que
en muchas ocasiones se produce una identificación entre marrano e
ibérico. La verdad es que el primer éxodo de judíos de España está
compuesto de judíos no convertidos, por lo tanto, nada más lejos de
la condición de marranos. La conversión obligatoria que los judíos
sufrieron en Portugal, en cambio, justifica desgraciadamente el uso
del término. El hecho es que de Portugal muchos salieron
obligatoriamente convertidos, así pues, marranos, y de ahí,
probablemente la identificación. Por otra parte, en la misma España,
habiéndose endurecido las condiciones hacia los conversos que habían
permanecido allí, se produjeron diversas salidas que contribuyeron
seguramente a consolidar la identificación de marrano con judío
español o ibérico.
“Nel giugno dell’anno successivo [1550] si torna nuovamente a
valutare l’opportunità di stringere la condotta con gli ebrei di
Spagna, detti marrani (…) Essi sono in realtà ebrei spagnoli
rifugiatisi in alcune città d’Italia: Ancona, Pesaro, Ferrara,
Venezia, Livorno ed anche Cesena o disposti quanto meno ad
abbandonare una delle città-rifugio per stabilirsi a Cesena”. [Muzzarelli
1984;224]
El caso de Portugal
Es necesario
dedicar un apartado al caso de Portugal no sólo porque presenta
características peculiares, sino porque representa en muchos casos
una etapa, tras abandonar España, en el itinerario de la diáspora de
muchos sefarditas que después pasaron a Amberes, a Italia o a
territorios del Imperio Turco. Además, tal y como se ha indicado con
anterioridad, ya en Italia las comunidades de judíos portugueses y
españoles recibían un mismo tratamiento por parte de las
autoridades, aunque en algunas ciudades se mantuviesen netamente
separadas ambas naciones; sin embargo, en otras por afinidad de
rito, costumbres y origen, en definitiva, se asimilaron y
confundieron. Otro dato que hay que destacar es que el uso en Italia
del término converso o marrano fue justificado precisamente porque,
a diferencia de los judíos que partieron de España en 1492, que se
habían negado a convertirse, en Portugal, en cambio, la conversión,
como veremos a continuación, fue efectiva, aunque obligatoria. La
diáspora desde Portugal se hizo a lo largo de los años en función
del empeoramiento de las condiciones de vida y de las leyes emanadas
en ese país que culminó con la integración de la Inquisición en
1536.
La historiadora Anna Foa [1992; 137-138] dedica todo un apartado al
estudio de los hebreos en Portugal en los siglos XV y XVI. Una gran
parte de judíos exiliados de España en 1492 encontraron refugio en
Portugal, animados por la protección del rey Manuel, que consideraba
este flujo de prófugos una ocasión para sacar provecho de las
riquezas y de las capacidades económicas de los judíos. En el
momento de la expulsión española, el rey Manuel concedió a todos el
derecho de establecerse en territorio portugués, durante un período
limitado a ocho meses, tras el pago de un impuesto pro capite. Pero
en 1496, celebrado ya su matrimonio con la infanta Isabel y cediendo
a las presiones españolas, el soberano decidió en sustancia que
todos los hebreos asentados en Portugal debían convertirse
obligatoriamente o abandonar el reino. A esta medida le siguió, poco
después, en marzo de 1497, un decreto que imponía la conversión de
todos los niños que contasen entre cuatro y catorce años. Después de
bautizarlos a la fuerza, estos niños fueron entregados a familias
cristianas para que los educasen conforme a la religión cristiana. A
la vez, durante los meses siguientes, encarcelados o sometidos a
violencias de todo tipo, también los adultos fueron convertidos. La
motivación, en realidad, era de índole financiera y económica y no
de carácter religioso. [Foa 1992;135]
En 1506, mientras una epidemia de peste devastaba la ciudad, en
Lisboa se desencadenó un pogromo de vastas proporciones contra los
conversos, llegando a causar más de mil víctimas. Tras el
restablecimiento del orden, los conversos pidieron al soberano que
abriese las fronteras y les permitiese abandonar el país. En 1507 se
emanó el decreto que liberalizaba la emigración y muchos salieron
hacia las tierras del Imperio turco, pero, en realidad, la mayor
parte permaneció en Portugal tranquilizada por la promesa escrita en
el mismo decreto que abolía cualquier tipo de discriminación entre
viejos y nuevos cristianos. Esta política les permitió sobrevivir
bajo la protección de la Corona hasta 1515, fecha en la que el rey
cambió repentinamente su línea y pidió al Papa que introdujese en
Portugal la Inquisición. La tentativa, fallida en un primer momento,
se retomará en 1522, bajo Juan III, el sucesor del rey Manuel. Se
llega así a 1536 cuando Portugal consigue su objetivo y la
Inquisición hace su aparición entre los conversos portugueses. En
1522, en los inicios de la negociación con la Curia, se habían
cerrado de nuevo las fronteras y se había reanudado clandestinamente
y en condiciones bastante arriesgadas la diáspora de judíos de
Portugal. A partir de 1536, dejar las tierras de la Inquisición se
convertirá en una cuestión de supervivencia para los conversos que
vivían en Portugal. [Foa 1992;137-138].
Un dato que ha dado origen a cifras divergentes entre sí es el que
se refiere al número de judíos españoles que pasaron a Portugal.
Sobre esta cuestión, Caro Baroja realiza las siguientes
puntualizaciones: “Entraron, así, en las arcas reales gran cantidad
de dineros, pues se calculaba que fueron 20.000 casas de judíos las
asentadas provisionalmente en Portugal, algunas con diez y doce
personas e incluso más. [La fuente es Damião de Góis, Crónica do
felicissimo rei D. Manuel, I, p. 23] Esta cifra, dada por Góis, ha
sido elaborada y repetida de formas un poco divergentes en tiempos
posteriores.” [Caro 1986;207-208 ]. Autores de los siglos XVI y XVII,
como Acosta en su Discurso contra los iudios, p. 188, dicen que
fueron más de 20.000 familias. Por su parte, Samuel Usque, en
Consolaçam as tribulações de Israel, fol XXXV r. del diálogo III da
esta cifra para los expulsados de España. El cura de los Palacios
calcula que fueron 93.000 personas y Abraham Zacuto dice que más de
120.000, cifra que admiten como digna de fe algunos historiadores
modernos, pero Caro Baroja la considera excesiva. Por su parte, el
historiador Israel considera excesivo el número de 150.000 y calcula
una cifra en torno a los 70.000 y aun así la valora como superior a
la verdad. [Israel 1991 ;17 y nota 1 ].
Llegada y asentamiento en Italia
Los Reyes Católicos no fueron lo únicos gobernantes que decretaron
la expulsión de los judíos, aunque sí fue la más significativa por
número y consecuencias históricas y lingüísticas. Ya había habido
expulsiones en Francia y en Inglaterra y las habrá también a lo
largo de todo el siglo XVI en las tierras del Sacro Imperio. Además,
está el caso atroz de Portugal. Por su parte, en Italia hay
movimientos de aceptación y expulsión desiguales que cambian en
función del lugar y del momento histórico, de tal manera que la
misma península itálica sufrió migraciones internas durante todo el
siglo XVI. Sólo ya en el siglo XVII se consigue estabilidad para los
judíos y un gran auge económico para las ciudades que los acogen,
como Venecia o Liorna.
Centrándonos en la diáspora sefardí, se puede afirmar que la
expulsión dictada por los reyes católicos dio origen, al menos, a
tres vías si consideramos España como punto de origen:
1) La del norte: Amberes, que, sin embargo, bajo la corona española,
tendrán que ser conversos (en general, practican el cripto-judaísmo
hasta el momento de la pérdida de control de la corona española
sobre los territorios de Flandes). Amberes fue también destino y
etapa de muchos portugueses.
2) La del oeste: Portugal. A Portugal llegaron una gran cantidad de
judíos españoles, puesto que en el momento de la expulsión el rey
portugués, Manuel I, los acogió de buen grado y les ofreció muchas
facilidades. El problema es que al cabo de poquísimos años cambió la
situación y allí los judíos fueron obligados a bautizarse. Como
consecuencia, muchos de ellos emprendieron un segundo éxodo.
3) La del este: Provenza, Italia y, como meta fundamental, el
Imperio Otomano.
Es necesario señalar que con el decreto de expulsión español, los
judíos asentados en Sicilia y Cerdeña, tierras pertenecientes a la
corona española, emprendieron un éxodo hacia otras zonas, primero al
reino de Nápoles y luego, a partir de 1510, emprendieron de nuevo
viaje hacia el centro y norte de Italia. También llegarían a suelo
italiano, a partir de 1498, judíos que se habían refugiado en
Navarra y en Provenza.
Por lo que respecta a los itinerarios seguidos en Italia, se tiene
conocimiento de que hubo un desembarco en el puerto de Génova. Los
judíos españoles desembarcados tuvieron que acampar y esperar días
hasta decidirse a alcanzar otro destino geográfico. Basándose en las
palabras del cronista sefardí Selomoh Ibn Verga, Caro Baroja
describe así la situación en el puerto de Génova:
“En el primer momento de su llegada a puertos italianos – como por
ejemplo el de Génova – dicen autores que nos merecen crédito en
esto, que pasaron grandes miserias y hambres viéndose obligados no
pocas veces a aceptar el bautismo para sobrevivir; llegándose en
algunos casos a ponerles en la disyuntiva de morirse de hambre o de
bautizarse aunque no de modo tan violento como el usado en Portugal,
pero de crueldad suficiente – de todas maneras – como para hacernos
estremecer” [ Caro 1986;255 ]
Una parte de los sefarditas fue a Roma. Una veintena de familias
fueron a Ferrara. Los demás se distribuyeron en diferentes puntos de
la península para quedarse definitivamente o para alcanzar las
tierras bajo el Imperio Otomano. Y cabe señalar que para pasar a
Levante utilizaban frecuentemente el puerto de Venecia.
Prácticamente, para la mayor parte de los judíos sefarditas, casi
todo el siglo XVI (a excepción de la última década) Italia
representó un lugar de paso hacia el imperio otomano; sólo para
algunos representó una casa. De Génova, unas veinte familias fueron
invitadas a Ferrara gracias a la intercesión ante Hércules I de la
Duquesa Eleonora, habiendo sido informada ésta por su corresponsal
en Génova que entre los judíos en cuarentena a la altura del puerto
de Génova, había personajes que habían pertenecido a ilustres y
poderosas familias. El Duque de Este, Hércules I, abrió sus puertas
a estas veinte familias en noviembre de 1492. Parte de los exiliados
de 1492 fueron al reino de Nápoles, cuyo rey era favorable a los
judíos. Allí se asentó una familia judía española que se contará
entre las más potentes de esa época en Italia: la familia de Isaac
Abarbanel. Su familia, su hija Bienvenida y descendientes, abrieron
actividades de préstamo en Ferrara y en Pisa. El escritor y filósofo
León Hebreo fue hijo de Isaac Abarbanel. Estas y otras familias
tuvieron que dejar Nápoles en 1510 cuando este reino pasó a depender
de la corona española.
Aparte, pues, de Roma y de Ferrara, en la primera mitad del siglo
XVI llegaron a otras ciudades familias e individuos aisladamente. De
ellos se encuentran pocas referencias, pero las hay. Aparte de la
consulta de los actos notariales, los historiadores han recogidos
noticias de las tensiones y conflictos que se crearon entre los
judíos italianos ya asentados en esas ciudades y los recién
llegados. El cronista sefardí Shelomoh Ibn Verga cuenta que los
judíos romanos se opusieron de tal modo a la entrada de los judíos
españoles que hicieron una petición al Papa Clemente VI y que éste
rechazó. De todas formas tuvieron que estar acampados en la Via
Apia, extramuros, una buena temporada hasta poder instalarse en la
barriada ocupada por los judíos. En Ferrara, las presiones de los
judíos de la ciudad hicieron que en las cartas de privilegios del
Duque de Este se impidiera a los sefarditas desempeñar el préstamo
con usura, actividad, por tanto, exclusiva de los judíos
“italianos”.
El período histórico objeto de análisis es el que abarca la última
década del siglo XV y la totalidad de los siglos XVI y XVII. En este
arco temporal los judíos son expulsados de distintos estados
europeos, siendo la expulsión de España de 1492 la más
significativa. A raíz de dichas expulsiones se producen
desplazamientos hacia nuevos destinos entre los que se cuenta
Italia. Si se observa el proceder de los recién llegados y de los
gobernantes de las zonas de acogida, la llegada de los sefardíes a
Italia presenta características distintas que se corresponden con
dos etapas bien diferenciadas. Con respecto a los judíos españoles
específicamente, es importante distinguir dos períodos. El primero
abarcaría desde la expulsión de 1492 hasta el último tercio del
siglo XVI o si se quiere hasta 1570 (La victoria de Lepanto se
produjo en 1571). El segundo, desde esta fecha hasta finales del
siglo XVII.
Durante el primer período (1492-1570), Italia ve llegar a los
sefarditas expulsados de España, a la vez que a los judíos de
Cerdeña y Sicilia, ya que, al ser estos territorios de dominio
español, tienen que dejar sus islas y pasar a la península italiana.
Luego, llegan los que se habían refugiado en Navarra (1498) y en la
Provenza (1501). En este período, buena parte se instala en Nápoles,
reino que tendrán que abandonar a partir de 1510, tras su conquista
por Fernando el Católico, y sobre todo a partir de 1541, debido a la
expulsión definitiva dictada por Carlos V. Entre los que se
refugiaron en Nápoles destaca don Isaac Abarbanel, uno de los
personajes más ilustres de la época y cuya familia, como hemos
indicado, llegará a alcanzar gran relevancia en Italia. Por otra
parte, en Roma, se instala una comunidad muy importante, la más
numerosa y significativa de este primer período, en la que destacan
las escuelas catalano-aragonesas y castellanas. En Ferrara son
acogidas unas veinte familias por voluntad del Duque de Este. En las
demás ciudades del centro y norte de Italia se reparten familias e
individuos y encontramos testimonios de profesionales, pero sólo a
título individual. La mayoría de los sefardíes no se asentaron en
tierras italianas, sino que esta península les sirvió de paso para
alcanzar las costas de los Balcanes, Grecia y Turquía, entonces
zonas pertenecientes al Imperio Otomano: Constantinopla y Salónica
son dos ciudades que conocieron comunidades importantes de judíos
sefarditas. Paralelamente, a partir sobre todo de 1536 (la
inquisición en Portugal es operativa a partir de este año) llegaron
oleadas de portugueses, que eran conversos, aunque por obligación.
Al igual que los españoles, muchos siguieron hasta Turquía, pero
otros se afincaron definitivamente en Italia. Así, por ejemplo, la
ciudad de Ancona, perteneciente al Estado Pontificio y puerto
fundamental en el comercio con el Mediterráneo Oriental, acogió a
una fuerte comunidad de conversos portugueses, aunque sólo durante
unos pocos años.
El segundo período (1570-1700) se caracteriza por la llegada de
muchas y potentes comunidades – llamadas también naciones – de
sefarditas, españoles y portugueses, que venían de las costas del
Mediterráneo Oriental, donde se habían afincado previamente. En este
período, la comunidad de Roma perderá importancia, para ganarla
Venecia y Liorna. La Serenísima, por una parte, y la Señoría, por
otra, realizaron una invitación a los judíos de cualquier nación,
sin importar si eran o no conversos, para vivir en sus estados
gozando de ciertos privilegios. Todo ello con el fin de dar empuje
al comercio con el Mediterráneo, mercado que los sefardíes conocían
a la perfección y al que ellos habían contribuido a darle el cariz
internacional que tenía. El interés de atraer a los judíos a una
ciudad se debía a su habilidad para el comercio y por tanto al
conocimiento de una red mercantil, lo que traería riqueza al estado,
bien como actividad o bien en tributos. Durante este período las
comunidades sefarditas tendrán un peso político, económico y
cultural de primer orden en las ciudades en las que viven; y será en
este período en el que las lenguas castellanas y portuguesas se
utilizarán entre los sefarditas en ciudades italianas y para la
redacción de libros que verán la luz precisamente en este período.
El siglo XVI es un siglo de muchos cambios de gobernantes en reinos
y estados. Este hecho reviste importancia por las consecuencias que
se derivan hacia el tratamiento de los judíos en esos territorios.
Un ejemplo es el de Nápoles, que una vez conquistado por los Reyes
Católicos determinará la expulsión de la mayor parte de los judíos
en 1510; expulsión que se hará definitiva en 1541. Otro ejemplo es
el de Provenza, puesto que su anexión a Francia significó la
expulsión de los judíos. Podríamos dividir el siglo XVI en primera
mitad y segunda mitad si tomamos como hito la bula emanada por Paulo
IV en 1555, Cum nimis absurdum que significó un endurecimiento en el
tratamiento de los judíos no sólo en el Estado Pontificio, sino
también en otras ciudades. Inmediata consecuencia fue la detención
de un elevado número de marranos en Ancona y la muerte en la hoguera
de unos 25 de ellos en 1556. Otra de sus consecuencias fue, por
ejemplo, la creación del gueto en 1570 en Toscana, concretamente en
Florencia y en Siena.
Es importante esta distinción porque se observa además una
diferencia fundamental en las disposiciones de los gobernantes que
acogen a los judíos en la primera o en la segunda mitad. En la
primera mitad del siglo XVI, por ejemplo, la señoría de Toscana, a
pesar de fluctuaciones en su política, en general da acogida a los
judíos conversos y les pide que se comporten como cristianos, de
esta manera, el Papado tendría menos argumentos a la hora de
criticar la entrada de los sefarditas. En cambio, en la segunda
mitad del siglo XVI, tanto Venecia como Toscana, en sus
constituciones dan plena libertad de practicar la religión hebrea
incluso para los judíos que ya habían sido convertidos. Es más,
prefieren que así sea porque de esta manera evitan atraer a sus
territorios las indagaciones de la Inquisición, que nada podía
investigar sobre los judíos practicantes del Talmud y sí, en cambio,
lo habría podido hacer acerca de los marranos, cristianos nuevos.
Digamos, pues, que en la primera mitad hubo quien jugó a su favor
con su doble identidad de judío y cristiano converso, mientras que
en la segunda mitad, la elección ya estaba hecha; la práctica
pública de la religión hebrea.
Otra diferencia evidente entre las dos mitades del siglo XVI la
representa precisamente el florecimiento de la comunidad judía de
Roma que da sus primeros pasos precisamente en esta primera mitad.
Roma es la comunidad que recibe realmente un elevado número de
judíos procedentes de España llegados directamente a raíz de la
expulsión de 1492. De hecho, aquí estaría fuera de lugar hablar de
“levantinos”. Además en Roma se distinguían perfectamente las
Escuelas catalanas de las castellanas en un intento de mantener la
propia identidad. Por último, hay que señalar que tras las
fluctuaciones y la inestabilidad que representa el siglo XVI para
los sefarditas en Italia, en cambio el XVII va a representar el
siglo de oro de los sefarditas especialmente en Venecia y en Liorna.
Fuente: Artifara ISSN/eSefarad
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