Entre 1880 y 1930 en Argentina ocurrió
un fenómeno que se dio en llamar,
despectivamente, "aluvión inmigratorio":
miles de personas llegaron al puerto de
Buenos Aires conformando esa torre de
babel que conviviría primero en el Hotel
de Inmigrantes y luego, un gran
porcentaje, en los conventillos de la
capital.
Italianos,
españoles, rusos (en su gran mayoría de
origen judío), turcos, alemanes y, en
menor cantidad, portugueses, holandeses,
belgas y suizos, abandonaban sus tierras
para venir a "hacerse la América" o
encontrar paz espiritual. Sus
profesiones oscilaban entre el herrero
siciliano, el ebanista florentino, el
director de banda alemán y el violinista
de Kiev. Paralelamente se producía una
migración interna: el hombre de campo,
el gaucho, buscando nuevos horizontes,
se instalaba en la gran aldea.
En un proceso bastante doloroso de
desprendimiento y de adaptación, se
fundirían las diferentes idiosincrasias
hasta llegar a una integración con el
criollo que daría como resultado el
porteño del siglo XX. Ellos encontrarían
en el tango un lenguaje común que les
permitiría cruzar las barreras del
idioma, de las costumbres, de las
diferencias sociales. Es innegable el
aporte que le brindaron hombres y
mujeres de diferentes procedencias, ya
sean italianos, españoles, alemanes,
franceses o judíos. Poco se ha escrito
sobre el papel de los judíos en el
tango; por nombrar dos obras serias:
"Tango judío" de Julio Nudler y "El
tango, una historia con judíos" de José
Judkovski.
Ya a principios del siglo XX las bandas
incluían tangos en su repertorio. Los
interpretaban las rondallas, sonaban en
el organito que recorría los barrios, se
escuchaban en los salones, subían al
scenario como parte de los sainetes o
recorrían el teclado del piano de la
mano de la niña de la casa. Pocos eran
ajenos al fenómeno, incluidos músicos de
excelente preparación académica: hombres
y mujeres, blancos y negros, criollos y
extranjeros. Uno de ellos fue Peregrino
Paulos, cuyo tango "6º del Regimiento 2"
(1916), enriquecería Luis Rubistein con
sus versos y que conoceremos con el
nombre de "Inspiración".
Para ese entonces, las diferentes
comunidades organizaban bailes
integrándose, por medio de la música y
la danza, a esa sociedad que todavía
sostenía una mirada atónita ante el
recién llegado, desestimado por parte de
la intelectualidad de la época. La Unión
Obrera Israelita sería, a fines del
siglo XIX, una de las tantas sociedades
que abriría sus puertas facilitando el
escenario a las orquestas y brindando
pista a los bailarines.
Pieza fundamental sería Max Glücksmann,
pionero del cine nacional, de la
industria discográfica y de los
concursos de tango, responsable de las
grabaciones y giras realizadas por
Carlos Gardel. Si don Max fue un gran
amigo del Zorzal, no olvidemos a otros
judíos que también gozaron de la amistad
de Gardel: Elías Alippi y Marcel Lattés.
El primero, nacido en Buenos Aires como
Isaías, fue bailarín, actor, autor y
director, integrando la famosa y exitosa
dupla Muiño-Alippi. En cuanto al
segundo, rescatemos que fue coautor con
Gardel, Alfredo Lepera y Mario
Battistella de la canción "Cuando tú no
estás". De origen francés, fue asesinado
en Auschwitz.
Otros responsables de la difusión de
nuestra música ciudadana fueron hombres
de la colectividad judía, como José
Schnaider que allá por los años '20
estableciera su editorial de música;
Julio Korn, quien editaría títulos
trascendentes como también la revista
"La Canción" que devendría en "La
Canción Moderna" y, posteriormente en la
conocida "Radiolandia"; los hermanos
Rubistein (Luís Rubistein, Elías Randal
y Oscar Rubens), que además de ser
excelentes creadores, fundaron la
Editorial Select y, en el caso de Luís,
PAADI (Primera Academia Argentina de
Intérpretes); Enrique Lebendiger con su
Editorial Fermata, a la que se
integraría el multifacético Ben Molar
(Moisés "Poroto" Smolarchik Brenner).
En cuanto a los instrumentistas, ya en
las primeras décadas del siglo XX, el
músico de origen judío se compenetra con
el nuevo género y cambia a Beethoven por
Arolas. Uno de ellos fue el
bandoneonista Antonio Gutman, "el ruso
de la galera" que allá por 1914 formó su
cuarteto: Orquesta Típica "El Rusito".
A las diversas formaciones dirigidas por
innovadores como Juan Maglio "Pacho", se
iban incorporando hombres como el joven
pianista Alberto Soifer, en la década de
los '20. Soifer integraría también
conjuntos dirigidos por Francisco Canaro
y Osvaldo Fresedo y tocaría con Anibal
Troilo y Alfredo Gobbi. Junto a Roberto
Firpo, Julio De Caro, Pedro Maffia y
Pedro Laurenz, tocaría el violín José
Nieso (José Niezow) quien, en la década
de los '30, ya como empresario,
contratará al pianista Miguel Nijensohn
para que se haga cargo de la dirección
de la orquesta estable del dancing
"Lucerna", fundado precisamente por
Nieso. Y también los violinistas,
Szymsia Bajour (maestro de maestros),
Mario Abramovich, Raúl Kaplún (Israel
Kaflún) o Samuel "Milo" Dojman; el
bandoneonista, director, compositor y
arreglador Ismael Spitalnik o el
pianista Jaime Gosis. Silvia Spitalnik,
psicóloga y poeta, siguió el camino
trazado por su padre escribiendo sobre
el tema.
Por supuesto que hubo y hay cantantes de
tango judíos, como Roberto Beltrán (León
Zucker) o su hermano, el recordado
Marquitos Zucker; Rosita Montemar (Rosa
Spruk) que grabara por primera vez
"Recuerdo" de Osvaldo Pugliese y Eduardo
Moreno, en 1927; Walter Yonsky (Isaac
Wrzacki), Chico Novarro (Bernardo Mitnik),
Guillermo Galvé (Marcos Guillermo Piker)
o Susana Blaszko (Blaszkowski).
Y más nombres relacionados con el tango:
Manuel Sofovich, periodista y hombre de
teatro; León Benarós, periodista, poeta,
ensayista y autor de tangos; César
Tiempo (Israel Zeitlin), brillante
escritor y defensor de nuestra cultura
popular; los autores Samuel Eichelbaum y
Alberto Gerchunoff; Luis Simón Saslavsky,
director de películas trascendentales
como "La Fuga", donde actuaba Amelia
Bence (Amelia Botwinik); Leo Lipesker,
director del Primer Cuarteto de Cámara
de Tango; Julio Rosenberg, arreglador de
las orquestas de Julio De Caro y Pedro
Laurenz; Santos Lipesker, a cargo de la
dirección artística de Philips; el juez
Víctor Sassón, creador de "La
Gardeliana"; el inolvidable fileteador
León Untroib.
Y el baterista Enrique "Zurdo" Roizner;
el empresario Alejandro Romay (Argentino
Alejandro Saúl); Lalo Schiffrin (Boris
Claudio Schiffrin), la artista plástica
Mirta Kupferminc; Gregorio Plotnicki,
fundador del Museo Mano Blanca; el
profesor Moshé Korin, gestor de
actividades relacionadas con el tango en
AMIA, y la nueva generación de
bandoneonistas, arregladores y
compositores como Marcelo Jaime Nisinman
y Luciano Jungman, o el contrabajista
Ignacio Varchausky.
Y más, y más. Imposible resumir en pocas
palabras el aporte de los judíos al
tango. Pero queda algo por destacar:
estos compositores no modificaron el
tango con escalas exóticas. Como
consecuencia, el oyente no distingue si
la música o la letra fueron escritas por
un criollo, un italiano o un judío. Esto
confirma lo que escribió el psicólogo
austríaco Viktor E. Frankl: "Hay dos
razas de hombres en el mundo y nada más
que dos: la raza de los hombres decentes
y la raza de los indecentes. Lo demás,
es pura historia.