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Mi temucano Iom Kipur
por Inbal Landau El reloj de cuerda está detenido pocos minutos después de las 3:34, la hora en que ocurrió el terremoto de febrero. Pero es sólo una casualidad. Hace bastante ya que no funciona. De cualquier modo, el tiempo parece haberse interrumpido en la bella y pequeña sinagoga de Temuco, la primera de Chile.
Tras sufrir severos daños con el sismo, en la
comunidad de origen sefaradí se preocuparon de hacer las
reparaciones antes de rosh hashaná y ahora el templo está en
perfectas condiciones. La refacción fue tan detallista que
incluso la pintura de sus paredes se mandó a hacer especialmente
para conservar el mismo celeste. No sé con exactitud qué
elementos son originales y cuáles no, pero el arón acodesh, la
bimá
Una serie de placas repartidas por el lugar recuerda donaciones hechas por los judíos de familias tradicionales de la ciudad de apellidos como Alvo y Hassón en recuerdo de sus seres queridos. Una foto de 1930 muestra a unos barbones jajamim junto al rabino Abraham Romano en Monastir, de donde provinieron los fundadores de la comunidad desde 1900 en adelante. He estado pensado que sería interesante recorrer alguna vez las juderías de España, pero me doy cuenta de que acá mismo tenemos un tanto de historia para conocer. Lo más emocionante es que esa historia está viva porque hay personas que se están preocupando de que así sea. Aunque a veces no alcancen a formar un minián, los judíos temucanos se reúnen cada viernes para hacer el servicio de shabat. Me sentí trasladada en el tiempo cuando vi a hombres de edad colgando sus boinas y chaquetas en la entrada de la sinagoga y sacando sus talitim y majzorim de los estuches bordados. En algún momento recordé a mi abuelo materno que no conocí y que iba al Bikur Jolim en Santiago. Así debe haber sido en esa época cuando las cosas eran más simples. La comunidad de la ciudad sureña se ha ido reduciendo con las décadas y de algunos cientos ha pasado a constar de unas cuantas decenas de personas. Me imagino que seguir siendo judío cuando no hay un colegio hebreo, grupos de estudio, tnuot ni rabino no debe ser fácil. Por eso me conmueve ver cómo se conservan las tradiciones.
Para iom kipur y rosh hashaná los servicios son
singulares y más extendidos. Hace algunos años jóvenes
santiaguinos se habían organizado para dirigirlos en regiones
con kehilot pequeñas, pero no todos los proyectos prosperaron.
Eso sí hace tres años Nicolás Riethmüller, de 27 años, tuvo la
iniciativa de oficiarlos en Temuco, y piensa seguir haciéndolo.
Para iom kipur lo acompañaron cuatro alumnos del Instituto
Hebreo de entre 16 y 18 años, que participan en Tzeirei Amí y
Maccabi. Creo que es admirable que conscientes del marco judío
que tienen en las Este año quise estar ahí, tal vez por curiosidad, para ver cómo es ser judío en una comunidad tan pequeña, pero creo que sobre todo estaba buscando vivir algo especial y éste sin duda ha sido mi iom kipur más especial. Mi hermano Dan, que me acompañó, también leyó la torá. Me parece que no lo hacía desde el año de su bar mitzva. Se repitieron las lecturas hasta que todos los hombres presentes subieron a la bimá. Luego de cada aliá pidieron bendiciones para sus familias, pero también para las comunidades de Santiago y Temuco, para el estado de Israel, para los mineros del norte, para los mapuches de la región, que llevaban casi 70 días en huelga de hambre, y para los chilenos que celebraban el bicentenario. Una madre lloraba mientras su hijo, que debe haber hecho el bar mitzva hace poco, subió a la bimá y una señora mayor le preguntaba a un caballero también de edad si recordaba cuando había hecho su propio bar mitzva en esa misma sinagoga.
Me sentí trasladada a algún antiguo pueblo de
Europa donde no hay folletos ni pendones y donde el rabino
pregunta a la comunidad a qué hora se quiere reunir para el
próximo rezo. Me sentí en un ambiente cálido donde no queda otra
que ser una familia. Sentí una energía especial cuando hacia el
final del servicio ya éramos unas 60 ó 70 personas que,
abrazadas y cubiertas por los talitim de todos los presentes,
recitábamos birkat hakoanim y cuando finalizamos cantando el
Hatikva. La kehilá de Temuco estaba agradecida de que hayamos
ido a acompañarlos pero la verdad es que fue memorable haber
estado ahí.
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