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Kol Nidre en Dachau

por Jack Fuch
Fue en Dachau. En
una barraca, la mía, había casi cien judíos. La mayoría éramos
de Lodz, Salónica, Hungría. Pocas semanas atrás habíamos llegado
desde Auschwitz. Habíamos dejado a nuestros seres queridos en el
infierno más atroz imaginado. Nunca pudimos reencontrarnos con
ellos.
Todo había sido tan rápido. La llegada, la separación de
nuestros familiares, de nuestros nombres convertidos en números,
de nuestras ropas. Sólo quedamos con los zapatos con los que
habíamos entrado...
Algunos fuimos “seleccionados” para ir hacia un campo en
construcción que, finalmente, constituiría -para muchos- campo
de muerte. Esta “selección” también fue separación para morir
tantas veces como fue posible: por hambre, anonimato, frío,
hambre, separación, pérdida, imposibilidad de soñar, desear.
Hambre. Siempre hambre”.
Durante algún tiempo ni tuvimos conciencia del paso de las
horas. No existían calendarios ni relojes. El único elemento,
que nos mantenía atados a una realidad temporal, eran los toques
de sirena.
Sin embargo, hasta hoy no encuentro respuesta al hecho de que
alguien pudiera recordar que una noche fue “Kol Nidre”.
Aquellas, “todas las promesas”, debían hacer arrepentir a
algunos hombres de los ofrecimientos vanos. No fue así.
Alguien había logrado entrar con un pequeño Sidur. Lo sacó y, en
voz baja, comenzó a recitarlo. El simple hecho de tener un libro
de rezos, podía costar la vida. El llanto, que nos invadió a
todos, estaba lleno de desesperación. Hoy, como entonces, sigo
preguntándome quién tenía necesidad de continuar con el judaísmo
después de lo que estábamos viviendo, todo aquel infierno por
ser judíos.
Han pasado más de sesenta años y la impresión, que con tanta
insistencia se reitera en la proximidad de estas fiestas,
continúa siendo intensa. Fue una plegaria... simplemente una
plegaria que no llegó a ningún lugar.
Las lágrimas, cristalinas, impregnaron nuestras ropas. Soledad.
Resignación. Autocompasión. Probablemente, para los creyentes,
D-s estaba ocupado en otras cosas.
No soy el mismo que escuché y cooperé en levantar esa plegaria,
en una noche de Iom Kipur. Pese a todo, sigo preguntándome qué
valor podía tener si, ni siquiera, sabíamos si al día siguiente
viviríamos.
Cada fecha me retrotrae a lo pasado en mi ciudad: los alemanes
entraron, en un mes de septiembre como este, hace cincuenta y
siete años, marcando un antes y un después. El comienzo del fin.
Mi generación, la que vivió en guetos y campos, se continúa
debatiendo ante un dilema existencial: recuerdo y pesadilla.
Olvidar y aferrarse a la necesidad de evocar.
Tal vez haya, en algún lugar, un espacio para la religiosidad.
Probablemente la urgencia, una vez más, sea la de revivir a
aquellos que no tuvieron la posibilidad de repetir la plegaria,
en libertad.
Fuente: Cartas desde Israel
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