La "Kosher Nostra" o El Hechizo de un Gángster


por Corrado Auguias

La mayor parte de la gente no oyó hablar nunca de los gángsters judíos. Ni siquiera cree que hayan existido. La sola idea de un gángster judío contradice la imagen de los judíos como criaturas de oficio, de los sets cinematográficos, o bien escritores, corredores de bolsa, vendedores de ropa, músicos; cualquier cosa menos un tipo que persigue un transporte de caudales ametralladora en mano.

Sergio Leone tal vez sea el único que haya intentado pintar un gran retrato en su ya mítica realización cinematográfica "Erase una vez en América". Otro precedente famoso data del año 1925 cuando, en El gran Gatsby, Scott Fitzgerald se inspira en Arnold Rothstein para crear a su Meyer Wolfshien. Es un personaje de Nueva York... de Broadway, dice Gatsby al narrador Nick Carraway. ¿Es actor?, pregunta Nick. No, ¿Es dentista?, ¿Meyer Wolfshien? No, es un jugador. Gatsby agrega luego con tono conspirativo: Es el hombre que alteró la Serie Mundial (de béisbol) de 1919.

En el libro Tough Jews, su autor Rich Cohen escribe la historia como una narración épica. Es verdad que los héroes de los que habla terminaron acribillados en plena calle, murieron en la silla eléctrica o terminaron gordos y fláccidos en algún chalet de Miami, viviendo siempre con el temor de que su existencia pudiera poner nervioso a alguien. Si bien hace honor a la verdad y a lo políticamente correcto, para aquellos hombres llamados Arnold Rothstein, Meyer Lansky, Lepke Buchalter, Gurrah Shapiro, etc., Cohen usa las mismas categorías que utilizaba en su momento otra gran mafia, la italiana: gente que la sociedad blanca, anglosajona y protestante había rechazado y que, no pudiendo ingresar por la entrada principal, daba un rodeo y entraba por la puerta trasera haciéndola saltar al mismo tiempo por los aires.

Luego están todas aquellas cosas que hacen que un libro se lea de un tirón: la escritura propia de un thriller, una excelente reconstrucción histórica, una gran capacidad narrativa y una vena nostálgica que no se oculta demasiado. La figura más fascinante de estas páginas es la de Arnold Rothstein, el gángster que hechizó a Fitzgerald y también sedujo a Sergio Leone. Abraham, su padre, tenía un negocio y una pequeña empresa textil. Su prudencia le había valido el apodo de Abe el Justo. Arnold lo engañaba a más no poder: a los quince años empezó a escaparse de su casa; las cosas que más le gustaban eran los naipes y los dados: salones repletos de humo, noches agitadas, apuestas, gritos, armas, caballos, bailarinas. Un día se presentó en su casa con una chica con la que, según dijo, quería casarse. A las preguntas de Abe, ella contestó que no tenía intenciones de convertirse al judaísmo. El anciano sacudió la cabeza y dijo: les deseo que sean felices. Cuando se fueron cubrió los espejos y comenzó a leer el kaddish. Para él, era como si su hijo se hubiera muerto.

El ingreso de Arnold en la aristocracia de la mafia no está signado por las armas ni el dinero, sino por el billar. Un día le organizaron un partido arreglado con un tal Jack Conway, de Filadelfia, que debía ser el mejor jugador profesional del Este. Arnold hizo el primer tiro a primera hora de la tarde del jueves. Los gángsters más importantes de Nueva York estaban presentes. Los amigos de Conway aceptaban apuestas de cualquiera que estuviese tan loco como para apostar a Arnold que, a su vez, apostaba a sí mismo. Al amanecer del sábado, cuarenta y cinco horas después, los hombres de Conway debían diez mil dólares y a primera hora de la tarde la noticia había llegado a todas las bandas de la ciudad: una consagración.

Rothstein empezó a ganar dinero administrando casinos y poniéndose bajo el ala protectora de Big Tim Sullivan, el jefe político irlandés que controlaba el Lower East Side, distribuyendo pavos el día de Acción de Gracias y haciendo regalos de casamiento a quien quisiera aceptarlos. Tenían un buen acuerdo: Sullivan garantizaba a Arnold protección ante la ley, y Arnold financiaba su actividad política. En poco tiempo, Rothstein era el financista del hampa. Fue el primer gángster que no se diferenció en nada de cualquier hombre de negocios de la ciudad: ni por su vestimenta, ni por sus modales, ni por su acento. En el otoño de 1920 lo contactaron dos pequeños expendedores, Waxey Gordon y Maxie Greenberg, que creían haber ideado un modo de violar la ley que prohibía las bebidas alcohólicas. Al prohibir la venta y el consumo de alcohol, el gobierno puso un negocio legal en manos de delincuentes. Rothstein fue el primero en comprender que ese comercio podía transformar a un gángster inteligente en algo bastante similar a un consejero de estado.

Los años que dejarían su impronta en la literatura, el cine y la música, comenzaron con un barco que llegó de Inglaterra cargada de whisky y ancló en Montauk, en el extremo oriental de Long Island. Rothstein compró seis lanchas más veloces que las de la Guardia Costera. Dispuso de una serie de camiones y destacó los hombres necesarios para conducirlos y defenderlos, todos ellos judíos o italianos. Sobornó a los policías de la ruta por la que el whisky llegaría de Montauk a un depósito de Brooklyn. Se trataba de una empresa comercial tan compleja como una industria, pero mucho más peligrosa. Las cosas salieron bien y Arnold empezó a ser conocido como Mr. Big (Sr. Grande) o también The Brain, el cerebro.

Del juego de azar se extendió luego a las finanzas y a las apuestas. Terminó como suelen terminar los grandes criminales: una muerte violenta y misteriosa a los cuarenta y seis años de edad. La noche del 4 de noviembre de 1928 lo encontraron baleado en la escalera de servicio del Central Park Hotel (actualmente es el New York Sheraton) en la calle 56. Cuando la policía le preguntó quién había sido el responsable, contestó en su mejor estilo: No pienso hacer comentarios sobre los hechos, ya me voy a ocupar de ello.

Agonizó durante unos días en los que el delirio hizo presa de él. A su entierro asistieron todos los personajes importantes de su entorno. En primera fila estaba su padre, Abraham. Por segunda vez recitaba el kaddish por su hijo.

El libro de Rich Cohen tiene 30 o 40 historias de mafiosos judíos y llega hasta la Segunda Guerra Mundial. Se refiere al momento en que se aliaron las dos mafias, la italiana y la judía, y dice que cuando alguien rompió los pactos, llovieron balas como caen las castañas en otoño.

Muchas de las cosas que sabemos sobre aquellos hombres y aquellos años, las conocemos debido a que, en determinado momento, algunos gángsters se convirtieron o se los obligó a hablar. El primero fue un tal Abe Reles, el primer informante. Muchos siguieron sus pasos. En pocas semanas los Federales se hicieron de nombres, cifras y datos.

Según Rich Cohen, Reles y los otros se comportaron un poco como Flavio Josefo, el judío que después de haber luchado contra Roma se convierte en ciudadano romano y escribe La guerra de los judíos: Al igual que el libro de Flavio Josefo, sus historias son lo único que contiene el pasado, que ilumina una parte confusa de la historia judía. Al final de cuentas, los informantes aniquilaron a sus amigos, pero permitieron que sobreviviera una leyenda.

Nazis en EEUU

En el año 1935 el Partido Nazi era legal en  los EEUU y efectuaban grandes desfiles y demostraciones públicas dentro del marco de legalidad. Fue así que reunieron casi 30 mil personas en el Madison Square Garden. Fue la oportunidad en que Bugsy Siegel, uno de los mafiosos judíos más duros, dio la orden de matar a Goebbels que se encontraba en el lugar. El plan falló. Pero demuestra que los judíos de la Kosher Nostra, tenían muchísima claridad política e histórica...

La Kosher Nostra

Se denominó Kosher Nostra a la mafia judía norteamericana. Ese tipo de organizaciones - o quizá con mayor precisión, 'movimientos sociales delictivos' - eran gangters de Nueva York, liderados a principios de siglo por Monk Eastman, 'Big' Jack Zelig, Vach Lewis, llamado también 'Ciclón Louie', Max Zwerbach.

Compitieron con los italianos por el control del espacio mafioso de Nueva York. Eran, también, un resultado de la ghettización, un componente fundamental en la socio-etnografía norteamericana. La mafia judía no era un fenómeno exclusivamente neoyorkino. Una de las bandas más importantes fue la 'pandilla púrpura' de Detroit.

Los gangsters judeoamericanos participaron de negocios ilegales. Controlaron espacios importantes en la burocracia sindical, predominantemente en el sindicato del vestido y en el sindicato del transporte. La presencia judía en la mafia y en circuitos de tráfico ilegal, fue siempre un motivo para los antisemitas y los discursos antiinmigración.

La primera asociación ilícita judía se conoce en el año 1900 en el gheto judio de New York. Allí surge la banda denominada Mano Negra Yidish, dirigida por Jacob Levinsky, Charles Litoffsky y Joseph Toplinsky.


fuente: Clarin.com

 

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