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Kristallnacht: La noche del
quiebre
por Matthew LaGrone

“Nunca jamás me preguntes lo que vi”, le dijo un
hombre a su joven hija. El padre había vuelto a
casa luego de pasar meses en el campo de
concentración de Dachau después del pogromo de
la Kristallnacht. Cincuenta años después, la
hija le hizo la misma pregunta, y recibió la
misma respuesta. (1)
Los números de la Kristallnacht son asombrosos:
91 judíos asesinados, 7500 tiendas de judíos
destruidas y cientos de viviendas y sinagogas
arruinadas por actos de violencia organizados y
espontáneos en la Alemania nazi el 9 y 10 de
noviembre de 1938. Después, miles de hombres
judíos (por lo menos 25.000), como el que
aparece en la fotografía de arriba, fueron
detenidos sin motivo y enviados a campos de
concentración, donde muchos murieron de
enfermedades, problemas de salud o suicidio. La
consecuencia principal de la Kristallnacht fue
que los judíos alemanes quedaron aun más
excluidos de la sociedad,especialmente de la
mayor parte de los sectores de la economía.
Los nazis atacaron casas particulares y
personas, pero en general la violencia estuvo
dirigida a los comercios judíos. Los graves
daños ocasionados a estos comercios no eran solo
actos de destrucción sino también una forma de
“política simbólica”: la intención de los
líderes nazis era demostrar que los judíos no
tenían estatus jurídico en la sociedad alemana.
La humillación social de los judíos alemanes
mediante la reducción de su posición económica
fue clave en su marginalización sociocultural.
El historiador Hermann Graml enumera varias
etapas de la deshumanización nazi del judaísmo
europeo: la primera etapa fue “la inversión de
la emancipación” durante los primeros años del
Reich (1933-1935), cuando se vieron reducidos
los derechos civiles de los judíos —que los
judíos son ciudadanos con igualdad de protección
social, económica y política, que era la promesa
bienintencionada de la Emancipación—. Graml
denominó a la segunda etapa (de 1935 a 1937) el
“aislamiento” de los judíos alemanes: pasaron a
ser no ciudadanos; no gozaban de ningún derecho,
y por ende no podían hacer reclamos al estado.
La tercera etapa fue la “expropiación”
(1937-1938), cuando los nazis les quitaron a los
judíos alemanes los bienes líquidos y
materiales. La Kristallnacht representó el punto
culminante de esta etapa. (2) ¿Pero qué serie de
eventos hicieron posible la Kristallnacht?
Analicemos esta cuestión.
Tras las elecciones alemanas de 1933, el
gobierno nazi restringió los derechos de los
judíos alemanes: al principio los rebajó a
ciudadanos de segunda clase, y al final hizo de
ellos forajidos —o sea, un pueblo sin la
protección de los derechos jurídicos—. A
mediados de 1938, los nazis obligaron a los
judíos a llevar carnés de identificación donde
constaba que eran judíos, lo que los
diferenciaba de sus compatriotas gentiles. Unos
meses después, el gobierno decretó la
deportación de todos los judíos polacos que
residían en Alemania. Las expulsiones anteriores
habían eximido a los ancianos y a los enfermos,
pero esta expulsión no. Los judíos polacos eran
aproximadamente 20.000.
Expulsados de sus hogares, metidos en trenes
apiñados y enviados al este, a estos judíos se
les negó el ingreso a Polonia, y quedaron
básicamente sin patria —y por extensión, sin
derechos— en la frontera con Polonia. Abraham
Joshua Heschel, quizá el teólogo judío más
importante del siglo XX, era uno de ellos. Los
Grynszpan, una familia judía polaca de Hanover,
también fueron deportados. Su casa y su comercio
pasaron a manos de los alemanes, y se les
permitió partir con poco más que la ropa que
llevaban puesta. Uno de los hijos, Herschel
Grynszpan, estaba viviendo en París con un
pariente en ese momento.
Cuando se
enteró de que su familia había sido expulsada de
Alemania, Herschel se enfureció. El 7 de
noviembre, una semana y media después de la
deportación de su familia, fue a la Embajada de
Alemania en París con intención de asesinar al
embajador, Johannes von Welczeck. Como von
Welczeck no estaba disponible, Grynszpan le
disparó a Ernst vom Rath, un diplomático de
menor nivel, y lo hirió de muerte.
Las autoridades nazis, lideradas por el ministro
de Propaganda Joseph Goebbels, usaron la muerte
de vom Rath para justificar la violencia pública
contra los judíos, un castigo colectivo.
Goebbels hizo ver el asesinato de vom Rath como
un ataque a la entidad colectiva alemana, a todo
el pueblo alemán, y por ende, como algo que
debía vengarse. Los periódicos arremetieron
contra las “conspiraciones” judías para socavar
al Reich. (Los pocos periódicos judíos que
todavía se publicaban en Alemania fueron
cerrados por las autoridades el 8 de noviembre).
Los líderes de partidos locales organizaron
ataques y el gobierno dio instrucciones a la
policía de no intervenir con los ataques a las
personas y a los inmuebles. Aunque Goebbels y
otros querían hacer pasar los eventos del 9 y 10
de noviembre como una defensa espontánea del
orgullo alemán contra las intrigas de los
judíos, la violencia fue calculada y no habría
ocurrido si el gobierno no la hubiera aprobado.
El nombre que se le dio a esta erupción de
violencia pública, Kristallnacht (Noche de
Cristal), tiene una historia complicada.
Kristallnacht fue el nombre dado por los nazis
al evento, un nombre con intención de burla,
porque se refería solo a la rotura del vidrio
del frente de los negocios, evitando toda
indicación de daños humanos relacionados con la
muerte, el desplazamiento geográfico y la
exclusión social. Al referirse solo a la pérdida
monetaria, el nombre Kristallnacht para muchos
oculta las intenciones letales del gobierno
nazi. Otros dicen que el término contiene mucha
información: fue y es un signo de la brutalidad
nazi que no oculta las intenciones de los nazis.
Así, nuestra imagen mental de la Kristallnacht
abarca más que vidrios rotos; también presenta
vidas rotas. Sin embargo, en la Alemania
contemporánea, el nombre casi no se usa en
periódicos y otros medios porque surgió de los
nazis. Según Y. Michal Bodemann, lo han
convertido en un “tabú”. (3) Desde fines de los
1970 el nombre público alemán de la
Kristallnacht ha sido “Reichspogromnacht” (la
noche de un pogromo avalado por el estado). Por
otro lado, fuera de Alemania, Kristallnacht
siempre fue el nombre dado comúnmente a los
eventos del 9 y 10 de noviembre.
El 9 de noviembre tuvo una gran resonancia
simbólica para el partido nazi, y la violencia
desatada ese día de 1938 no fue accidental. El 9
de noviembre de 1918, el Káiser Guillermo II
abdicó, lo que marcó el fin de la monarquía en
Alemania. Para Hitler y sus simpatizantes, fue
una traición, una hora oscura del alma alemana.
El 9 de noviembre de 1923, Hitler y sus
seguidores intentaron tomar el poder en Munich
(lo que se conoce como el Putsch —golpe de
estado— de la Cervecería), pero Hitler fracasó y
fue arrestado. Estando preso en Bavaria,
escribió Mein Kampf.
Tras la violencia, se planteó la pregunta de
cómo pagar las tareas de limpieza de los
inmuebles destruidos en muchas de las grandes
ciudades de Alemania y Austria. Después de
varios días de saqueos y agresiones organizadas,
el gobierno nazi extendió aún más los términos
de la “culpa colectiva” judía por la muerte de
vom Rath. Se determinó que la comunidad judía
alemana debía ser jurídicamente responsable por
la violencia, y por eso tuvo que pagar los daños
físicos ocasionados a los comercios y viviendas.
Una vez más, la víctima se veía obligada a
asumir el rol del victimario. Se impuso a la
comunidad una multa de 1.000 millones de marcos.
(Cabe señalar que las compañías de seguro
alemanas, que probablemente no eran ni más ni
menos antijudías que el resto de la población,
querían pagar las indemnizaciones a los
comercios judíos por los daños ocasionados. El
gobierno accedió con renuencia. Las compañías
tenían clientes internacionales y no querían dar
una imagen de poco confiables). (4) Este importe
representaba aproximadamente un quinto de la
riqueza judía que quedaba en Alemania.
Dos semanas después de la Kristallnacht, pasó a
ser ilegal para los judíos tener un comercio, y
todos los comercios que hasta entonces eran
judíos pasaron a manos de dueños arianos. Los
judíos alemanes ahora estaban totalmente
excluidos de la economía legal, y este hecho fue
parte de la disminución social general de los
judíos europeos que deseaban lograr Hitler y los
nazis.
Los gobiernos y los medios europeos y
norteamericanos no tardaron en reaccionar a la
Kristallnacht, condenando el accionar de los
nazis. Los medios no subestimaron la violencia;
después de todo, se trataba de un acto muy
público. Esto explica en parte por qué más tarde
otros actos a gran escala de violencia nazi
contra los judíos fueron cometidos en gran
medida, aunque nunca totalmente, fuera de la
vista del público. Algunos pidieron que se
permitiera a más judíos inmigrar a Norteamérica,
pero seguían imponiéndose cupos limitados para
los nuevos inmigrantes. Sin embargo, los judíos
alemanes, al menos los que encontraban la
oportunidad, empezaron a buscar en cantidades
mayores cualquier método de emigración. Pero el
mundo ahora sabía, si no lo supo antes, que los
nazis planeaban sacar a todos los judíos —aunque
todavía no mediante el asesinato masivo— de las
tierras controladas por alemanes.
Aunque muchos alemanes estaban a favor de este
accionar o simplemente permanecían indiferentes,
algunos alemanes valientes, incluyendo a
miembros del clero, condenaron el barbarismo
absurdo del 9 y 10 de noviembre. El pastor
protestante Julius van Jan anunció desde su
púlpito: “Casas de oración, sagradas para otros,
fueron incendiadas con impunidad; hombres que
sirvieron a nuestro país con lealtad y
cumplieron su deber concienzudamente fueron
enviados a campos de concentración simplemente
porque pertenecen a una raza diferente. La
infamia de nuestra nación tendrá seguramente un
castigo divino”.(5) Van Jan fue golpeado,
encarcelado y por último enviado a un campo de
concentración por oponerse a la política nazi.
Sin embargo, no todos los clérigos se cubrieron
de gloria. El obispo Martin Sasse, según cuenta
Susannah Heschel, vio en la Kristallnacht la
realización del antijudaísmo de Martín Lutero.
Heschel escribió: “El 15 de noviembre, a pocos
días del pogromo, Sasse distribuyó un panfleto
titulado “Martín Lutero sobre los judíos: ¡Fuera
con ellos!” (Martin Luther über die Juden: Weg
mit Ihnen!), que incluía fragmentos del famoso
panfleto de Lutero de 1543, “Contra los judíos y
sus mentiras”, que alentaba a la destrucción de
propiedades judías. La Kristallnacht, decía,
cumplía los objetivos de Lutero; los nazis
actuaban como cristianos”. (6) Desde luego, Van
Jan y Sasse representan respuestas extremas; la
mayoría de los miembros del clero, como la
mayoría de los alemanes, guardaron silencio.
Muchos alemanes eran anitsemitas moderados, y
creían que los judíos tenían una influencia
desproporcionada en la economía y la cultura del
país. Sin embargo, como señala Martin Gilbert,
estos antisemitas moderados rechazaron el
barbarismo gratuito de la Kristallnacht. Aunque
no vieran con buenos ojos el dilema de los
judíos alemanes, tampoco aplaudían activamente
semejante violencia.
Entonces, ¿qué relación tiene la Kristallnacht
con el Holocausto? Es imposible considerarlas
aisladamente. Obviamente, está la proximidad
histórica: la guerra comenzó menos de un año
después, y la Conferencia de Wannsee (donde se
tomó la decisión de aniquilar al judaísmo
europeo), poco más de dos años después. También
está la proximidad política: el mismo gobierno
que alentó la Kristallnacht organizó y llevó a
cabo el Holocausto. Pero hay diferencias. Como
señala Ian Kershaw, la Kristallnacht es el único
ejemplo durante el gobierno del
nacionalsocialismo, de 12 años, de que “el
pueblo alemán estuvo frente a frente con la
aplastante ferocidad del terror antijudío”(7) a
plena vista del público. Semejante embestida de
violencia parece más cercana a la masacre de los
judíos de Renania durante las cruzadas que parte
de un plan sistemático para aniquilar a todos
los judíos. Otra diferencia: los campos de
exterminio que vendrían después generalmente
estaban fuera de Alemania y lejos del público.
Sin embargo, el uso de
violencia pública no tuvo repercusiones a largo
plazo para los líderes nazis, y por eso se
sintieron confiados para aprobar medidas más
severas en el futuro. El “tabú” de la violencia
activa, pública y apoyada por el gobierno en el
seno de Europa “se había roto”.(8) Además, el
gobierno había robado la propiedad privada de
los ciudadanos, un absoluto escándalo en una
democracia liberal occidental. Los
nacionalsocialistas sabían que tenían impunidad
para casi cualquier accionar. Los ciudadanos
comunes alemanes no se interpondrían.
Debemos tener cuidado de no leer la historia
hacia atrás; es decir, el Holocausto no fue un
resultado directo de la Kristallnacht ni una
consecuencia inevitable, pero el pogromo aumentó
la posibilidad de que se produjeran eventos
peores en el futuro. Desde luego, las
condiciones que hicieron posible el Holocausto
se estaban formando. La Kristallnacht representó
el final de una era de conducta antisemita y el
comienzo de otra. Sin embargo, esta nueva era de
antisemitismo sería ideológicamente mucho más
pura y letal.
En noviembre de 1938, los judíos alemanes
estaban completamente privados de sus derechos:
el derecho de tener propiedades obtenidas
legalmente, el derecho de estar libres de temor
físico y los derechos humanos naturales les eran
negados. La Kristallnacht enseña en miniatura lo
que el Holocausto enseña de manera más general:
que los derechos human importan, y que existen
con anterioridad a cualquier estado.
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