¿Una
lectura marrana de "La Celestina"?

por
Nisso Acher
La Celestina es una creación literaria emblemática
de la literatura española, al punto que Marcelino
Menéndez y Pelayo entiende que si no hubiera
existido El Quijote, ostentaría el privilegio de ser
considerada como la más importante obra de
imaginación de la lengua castellana.
La primera edición conservada en archivos vio la luz
en Burgos en 1499. Sin autoría, compuesta en
dieciséis actos (la edición definitiva tendrá 23),
quien la escribe declara haber hallado el primero y
terminado luego los restantes con tan sólo 15 días
de descanso.
Al año siguiente se imprime en Toledo, con el título
de Comedia de Calisto y Melibea, Se le incorporan
dos nuevos elementos: una carta “del auctor a un su
amigo” y un enigmático acróstico. La lectura de la
primera letra de cada estrofa revela: El Bachiller
Fernando de Rojas acabó la comedia de Calisto y
Melibea y fve nascjido en la Pvebla de Montalvan.
En la “Carta al Autor”, Rojas al mencionar el primer
acto, comenta:
“Y tantas cuantas más, tanta más necesidad me ponía
de releerlo y tanto más me agradaba...” agregando
casi enseguida: “Vi que no tenía su firma del autor,
según algunos dicen fue de Juan de Mena, y según
otros, Rodrigo Cota”.
La Celestina cobró extraordinario éxito y
popularidad en el siglo XVI, se publicaron unas
ochenta ediciones, fue traducida a diversos idiomas
europeos y representada en numerosos escenarios de
España y del resto del continente.
En 1632, muerto el autor, la Inquisición enmendó y
tachó lo “inconveniente” hasta que por último, en
1793, la prohibió definitivamente.
Desde su publicación hasta hoy ha provocado dispares
interpretaciones e innumerables comentarios. El
texto es complejo y sinuoso, y ha excitado la
imaginación de generaciones de lectores y analistas.
La Trama
Buscando su halcón perdido, Calisto encuentra a
Melibea en su jardín.
Se enamora de ella, pero es “despedido”; por tanto
“fue para su casa muy sangustiado”. Busca ayuda en
Sempronio, su sirviente, para consolar tal sufrir,
su mal de “amores”. El criado le procura una
intermediaria que oficie para obtener a su amada,
recomendándole: “de esta vezindad, una vieja barbuda
que se dize Celestina, hechicera, astuta, sagaz, en
cuantas maldades hay. Entiendo que passan de cinco
mil virgos los que se han hecho y deshecho por su
auctoridad en esta Cibdad”. Calisto acepta.
La Celestina complota con Sempronio y Parmeno -otro
sirviente- quienes habrán de repartirse los
beneficios que puedan extraer de la locura amorosa
de Calisto. La vieja les ofrece también el atractivo
sexual de Elicia y Areusa, mujeres de su burdel, que
los criados reciben con gran satisfacción.
La Celestina logra penetrar en casa de Pleberio y
Alisa, padres de Melibea; con un juego sutil obtiene
la velada aquiescencia de Melibea, quien le entrega
el cordón con el que ciñe sus vestiduras, “que es
fama ha tocado todas las reliquias que hay en Roma y
Jerusalem” y le promete una oración “para esse
doliente que de mal tan perplexo se siente”.
En una segunda visita, Melibea revela a la Celestina
su “amor”: “Quebróse mi honestidad, quebróse mi
empacho, afloxó mi mucha vergüenza”.
Calisto podrá hablar con Melibeade quien lo ha de
separar una puerta cerrada.
Se produce el encuentro, acuerdan repetirlo la
próxima noche y es entonces cuando Pleberio escucha
ruidos extraños. Interroga a su hija, quien lo
engaña aduciendo razones triviales.
La gestión es exitosa, el cordón obtenido en mucho
es apreciado. Calisto premia a la Celestina con un
collar de oro, y la codicia por la joya provoca un
conflicto entre los “socios”. Al negarse la
Celestina a compartir siquiera una parte del botín,
es asesinada; los victimarios son capturados e
inmediatamente ejecutados: “quedan degollados en la
plaça”.
Los encuentros entre los jóvenes se suceden a lo
largo de un mes.
Pleberio y Alisa, proyectando el futuro de Melibea,
sueñan con una boda y la continuidad de su familia,
Melibea los escucha con indiferencia y dice a
Lucrecia, su criada: “déxalos parlar, déxalos
devaneen”.
Areusa y Elicia, envidiando a Melibea y rencorosas
por la pérdida de sus amantes, urden un plan para
dañarla. Contratan a un hombre de baja ralea que
promete ayudarlas. La conjura como tal no logra ser
ejecutada. En el intento se oyen voces que hacen que
Calisto decida ayudar a sus criados, pero al bajar
de la escala en la que accede al balcón de Melibea
se desploma, y al caer muere.
Melibea dialoga con su padre, explica sus actos y
resuelve suicidarse, arrojándose también ella desde
lo alto.
El acto XXI contiene el dolorido lamento de Pleberio
ante la muerte de su hija. Profiere una acerba
repulsa al mundo en que le toca vivir: “O vida de
congoxas de miserias llena acompañada!” y luego: “Yo
pensaba en mi tierna edad que eras y eran tus hechos
regidos por alguna orden; agora, visto el pro y
contra de tus bienandanças, me pareces un laberinto
de errores, un desierto espantable, una morada de
fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna
llena de cieno, región llena de espinas.”
¿Como se interpreta?
La Celestina es una obra mayor. Formalmente resulta
heredera del drama de la comedia elegíaca, abreva en
la comedia humanística y surge inmersa en el
naciente mundo burgués del siglo XV. La estructura
argumental es de gran sencillez, si bien posee un
lenguaje ambiguo y elusivo que contiene velados
mensajes. Se la ha visto como “misteriosa”. Es
iconoclasta; se atreve a mostrar la imperfección e
hipocresía, la grandeza y la miseria de su época;
maneja la lascivia y la lujuria; sutilmente sugiere
una eventual relación lesbiana; alterna tendencias
epicúreas y hedonistas; contiene hilachas lindantes
con la herejía, y abunda en citas de antiguos como
Aristóteles, Plutarco y Séneca.
La exégesis es dispar, abundante y variada
Ema Ruth Berndt (1) ve en el amor el pivote de la
obra. Destaca la impaciencia por vivir, el apuro por
el goce y el deleite. José Antonio Maravall (2)
observa la situación política y social en la España
del siglo XV: conflictos, crisis, pérdida de los
viejos valores, desorden y contradicción.
Otros autores, como Marcelino Menéndez y Pelayo, M.
de Riquer (3), Marcel Batallion (4), privilegian el
sentido ético, didáctico y moralista, juzgando que
los amores ilícitos reciben el castigo que merecen.
E. Orozco, F. Garrido y S. Serrano Poncela (3) la
consideran como una narrativa de época en la cual un
caballero, cristiano viejo, pretende a la hija de un
converso judío. J. M. Aguirre la interpreta como el
ejemplo de los errores del “amor cortés”.
Stephen Gilman (5) (en adelante SG), Américo Castro
(6) (en adelante AC), y Yermihahu Yovel (7) (en
adelante YY), entre otros aspectos, registran a
Rojas como judío converso. Afirma Américo Castro:
“La Celestina no es, insistamos en ello, ni medieval
ni renacentista. Su motivación ha de buscarse en la
catástrofe que los judíos aún rememoran y equiparan
a la destrucción de su Templo por los romanos: la
expulsión de 1492.”
España, siglo XV: reconquista, esperanza,
intolerancia, búsqueda de la unidad.
Terminaba el siglo: los moros habían sido derrotados
en Granada, la imprenta recién instalada comenzaba a
difundir conocimiento, el medioevo manifestaba sus
postreros estertores, el Renacimiento penetraba
mediante la relación itálica con el Reino de Aragón,
había transcurrido medio siglo de penurias
económicas, pestes y guerras, fueron los duros años
de los reyes Juan II, Enrique II y Juan II de
Aragón.
Bajo las coronas de Fernando e Isabel, Castilla y
Aragón permanecen controlados y unidos. El Tratado
de Tordesillas establecía los amplios horizontes de
las futuras conquistas, Cristóbal Colón había
llegado al nuevo continente, generando sueños,
fantasías y esperanzas, y la idea de un solo reino y
una sola religión afirmaban la identidad nacional.
Estaba ya instaurada la Inquisición, los judíos
habían sido convertidos o expulsados y lo mismo les
esperaba a los moros.
Es un período de transición. Grandes cambios
ideológicos y económicos comienzan a efectuarse, la
sociedad está en transición, los valores
prevalecientes se encuentran en un proceso erosivo,
generando un vacío y gran incertidumbre.
Por su señorío, los españoles como nación sentían
haber llegado a la cúspide. AC (7) expresa: “El
cristianismo se creyó superior no en virtud de los
mismos principios de la nobleza feudal o de la
condición de estar haciendo lo que el villano no
sabía o no podía, sino por hallarse en posesión de
una creencia mejor”.
Existe una desmesurada sobrevaloración de la noción
de hidalguía, una obsesión por el linaje y la pureza
de sangre, el trabajo es considerado “un mal
necesario algo que la gente tiene que hacer para
vivir pero algo que se ha de evitar” (8). El
comercio, la artesanía protoindustrial y la
actividad comercial o financiera no representaban
ningún valor en la jerarquía social.
En una atmósfera de enfervorización religiosa, la
evangelización se entendía como una misión sagrada.
Judíos, Conversos, Marranos
Los judíos llegaron y se instalaron en Iberia con
anterioridad a los romanos. Desde el siglo X al XIV,
Sefarad (España) se convirtió en el gran centro de
la toda la diáspora hebrea, constituyendo esta
última una vigorosa comunidad con fantásticos
aportes en medicina, filosofía, literatura,
diplomacia, artesanía, comercio y finanzas.
Fueron “los siglos de oro del judaísmo en España”.
Cristianos, moros y judíos convivían en un rico,
múltiple mosaico religioso y étnico, escribe AC: “La
historia del resto de Europa puede entenderse sin
necesidad de situar a los judíos en un primer
término; la de España, no.”
En Sevilla, en el año 1391, se producen tumultos y
persecuciones, los judíos bajo pena de muerte
efectúan conversiones forzadas al cristianismo,
iniciando un nuevo fenómeno social con la irrupción
de un nuevo personaje: el “converso” o “cristiano
nuevo”.
Es converso quien coercitiva o voluntariamente ha
ingresado con fidelidad al cristianismo y el marrano
es aquel que, en contra de su voluntad, aparenta
aceptar la pila bautismal pero conserva su identidad
ideológico-religiosa. Ambos, sin distinción, fueron
considerados cristianos nuevos.
El siglo XV fue un período duro para los hebreos. En
1413-14 la Disputa de Tortosa provocó nuevas
conversiones obligadas.
Los cristianos nuevos son discriminados. En Toledo
se instituye “La Sentencia-Estatuto de Pureza de
sangre”, la que establece: “por razón de sus
heregías e otros delictos, insultos, sediciones e
crímenes por ellos fasta hoy cometidos que de suso
se face mención, sean habidos como el derecho lo ha
e tiene, por infames, inhabiles, incapaces de todo
oficio e beneficio publico y privado en esta Cibdad
de Toledo, y en su tierra, término y jurisdicción,
con la cual puedan tener señorío los christianos
viejos en santa fe catholica de nuestro Señor
Jesuchristo creyentes, e facerles daño e injurias y
así mesmo ser infames, inhábiles, incapaces para dar
testimonio de fe como escribanos públicos o como
testigos ...”(9).
Para combatir la herejía, en 1478 se instala la
Inquisición y se realizan los Autos de fe; ocho
acusados son quemados.
El Santo Oficio actúa con gran dureza. Ejerce la
“justicia”, persigue, tortura, encarcela, se apropia
de bienes, usa anónimas delaciones, es centinela de
los marranos vigilados; luego de los “juicios”, los
judaizantes son quemados vivos en la hoguera. Es
temido, implacable y brutal; la amenaza está
presente sobre quienes pudieran haber tenido
antecesores judíos.
En marzo de 1492, Fernando e Isabel firman el
Decreto de Expulsión: los judíos no dispuestos a
aceptar la conversión deberán ser desterrados de
España, cosa que sucede en agosto del mismo año.
En Portugal, en el año 1497, el rey Manuel I ordena
la conversión forzosa de todos los judíos, agregando
la prohibición de abandonar el país.
Un sinnúmero de consecuencias generaron estos
hechos; entre ellos, que en la estructura social
permanecía sin integrar un peculiar estamento que es
a su vez rechazado: los judíos son bautizados, sus
nombres modificados; sin embargo, vida y costumbres
permanecen incambiados. Siendo más laboriosos,
ajenos a los impedimentos culturales relativos al
trabajo, logran buenos resultados económicos,
creando por consecuencia una seria conflictividad
con el resto de la población, sean ellos paisanos,
hidalgos o nobles.
Los marranos debieron actuar en condiciones
difíciles. Fue necesario recurrir a artimañas,
engaño, silencio y a una conducta disfrazada, acorde
con los esquemas cristianos. Mantenían entonces un
comportamiento contradictorio con el auténtico yo,
arrastrando una personalidad fragmentada a causa de
su adhesión a un judaísmo en desintegración.
En razón de esta tensión
ideológico-religiosa-espiritual, en algunos casos
ciertos individuos adhieren a una negación
religiosa, adoptando una postura secular en
oposición a todo tipo de trascendencia,
manifiestamente en lo referente a las creencias
escatológicas.
Yovel los caracteriza: “Para algunos, la necesidad
de oscilar entre la esencia secreta y lo simulado;
para otros, la prudencia y disimulo para evitar
falsas acusaciones de judaización; y para todos la
de idear estrategias de supervivencia y crear un
lenguaje alusivo, vehículo de mensajes ilícitos para
un grupo selecto”.
Fernando de Rojas Zorrilla
El autor de La Celestina nació en 1476 en Puebla de
Montalbán, Toledo. La amplia mayoría de analistas
confirman el origen converso del autor. Desconocemos
si se trataba de una familia de marranos o si fue
bautizado (en 1492) para evitar la eventual
expulsión. Sus padres fueron juzgados y hallados
culpables de judaización, los restos exhumados y
quemados para “purificarlos” (10).
Américo Castro describe el doloroso recuerdo de
Fernando, niño, presente en la ejecución de este
acto. Crece en Toledo, lugar de tradicional y densa
concentración hebrea; la ciudad es también un
profuso medio donde se hallaban marranos y
conversos. Rojas tenía plena conciencia de la
situación riesgosa que enfrentaba, de la
incertidumbre que avizoraba en su futuro, así como
un pleno conocimiento del efecto que personalmente
le significaban los Estatutos de Limpieza de Sangre.
Había sido testigo de las vicisitudes de los judíos
que portando sólo la llave de sus casas abandonaron
España; de los episodios de conversión forzosa y de
los acontecimientos acaecidos a su familia y
allegados, a causa de la política inquisitorial.
Rojas procura, superando estas condiciones,
acomodarse al nuevo esquema existente para los
judíos españoles.
Decide estudiar leyes. En 1494 ingresa a la
Universidad de Salamanca y durante ocho años
concurre a los cursos. El claustro constituía el
gran centro intelectual de la época. Allí convergían
las nuevas corrientes renacentistas y se daba lugar
a fermentales controversias. Rojas asiste al intenso
trajín transformador de los viejos esquemas tomistas
en otros nuevos de carácter antropocéntrico, que
descubren la naturaleza, cultivan la estética y la
belleza, e incorporan la dimensión sensual en la
vida para otorgar lugar a la diversión y al placer.
Américo Castro considera que una altísima proporción
de marranos y conversos constituían la población
universitaria. Rojas, junto a ellos, como par entre
pares, incorporó y compartió ideas.
Finalizados los estudios, Rojas contrajo enlace con
Leonor Alvarez, hija de una familia judía,
estableciendo el matrimonio en su propio “ethos”.
Su suegro, Alvaro de Montalbán, quien fue enjuiciado
por realizar comentarios vistos como heréticos, así
como por cumplir ciertos ritos religiosos, nombró a
su yerno para su defensa. El pedido fue rechazado
por cuanto Rojas era un sujeto “muy vigilado”.
No se han hallado las razones por las cuales se
trasladó a un rincón provincial, la ciudad de
Talavera de la Reina, donde ejerció como Letrado y
ocupó por algún tiempo la alcaldía. Su vida
transcurrió pacíficamente; no hay indicaciones de
ningún hecho destacable. En su vejez, con el fin de
proteger de los inquisidores a doña Leonor, redactó
prolijamente su testamento. Murió calladamente en
1541.
Se le desconoce otra obra literaria de valor.
La existencia de Rojas maduro, complaciente y
resignado es una típica expresión marrana: máscara
por medio, debió medrar para sobrevivir en
circunstancias de extremo riesgo. Su silencio,
disimulo y “bajo perfil”, se contraponen con el
espíritu atrevido, mercurial y provocativo de su
obra.
Una lectura marrana
Pero ¿existe una lectura marrana de la obra?
Incorporemos un nuevo ángulo a la lente de
observación y podremos advertir una diferente
versión, que nos habla de la presencia de una mente
de sensibilidad marrana.
El medio marrano
Antes de la expulsión de 1492, los judíos cumplieron
un importante cometido en la producción literaria
española. Los marranos continuaron luego con esta
tradición, aunque concibieron caracteres
señaladamente diferentes, dice AC: “de tradición
sombría ...de conversos desesperados sin cómodo
asiento en este mundo“.
Las Advertencias
El texto contiene mensajes específicamente
reconocibles para los marranos; son prevenciones o
recordatorios de protección y salvaguardia.
La cautela (11) es condición imprescindible. La
ocultacón, el secreto y el silencio infranqueable
son guardianes de la libertad.
Parmeno dice (acto II): “Porque a quien dizes tu
secreto, das tu libertad.” En el acróstico
mencionado anteriormente, en la primera estrofa,
Rojas afirma “El silencio escuda y suele encubrir.”
Para obrar en un mundo lleno de soplones y agentes
inquisitoriales, la reserva sobre la auténtica vida
realizada solo en la intimidad del hogar, se
constituyó en un precioso instrumento defensivo.
Parmeneo (acto XI) dialoga con Calisto: Si passión
tienes, súfrela en tu casa; no te sienta la tierra.
No descubras tu pena a los estraños, pues estás en
manos del pandero que lo sabrá bien tañer.”
¿Qué es esta pasión sino su secreto judaísmo? El
aviso a los criptojudíos es simple: practica la
religión en tu casa y cuídate de los que podrán
descubrirte, pues rápidamente lo harán saber a la
Inquisición.
Ideología, conducta y espacio social
Los marranos ven el mundo en cual viven como
escenario de “burlas, mentiras e hipocresía”.
A la Celestina se la describe: “con sus afeites y
vírgenes hechas y deshechas”.
Sobre ella, comenta Sempronio (acto IX) “…cuando va
a la yglesia con sus cuentas (rosario) en la
mano...lo que en sus cuentas reza es los virgos que
tiene a su cargo y cuantos enamorados hay en la
Cibdad.”
Los marranos asistían a la iglesia a fin de
“mostrar” su fe pero rezaban en un ininteligible y
balbuceante hebreo; “las cuentas del rosario” eran
abjuraciones y retractación de votos asumidos.
Las actitudes de Parmenio y Sempronio son impostura,
muestran mendaz fidelidad al amo, en tanto no cesan
de fingir y engañar.
Así, los cristianos nuevos se ven reflejados
mediante una expresión de constante simulación. En
los hechos impugnan su propia ética, inmersos en una
indeseada y degradante realidad.
Los criptojudíos rechazaban todo cariz cristiano.
Consideraban a la religión católica como idólatra
por la adoración de imágenes, politeísta por la
concepción trinitaria y la veneración de los santos
y entendían que todo ello estaba en abierta
contradicción con las nociones bíblicas de unicidad
divina, así como con la visión abstracta y no
representada de Yahvé.
A lo largo de todo el texto, ni Jesucristo, ni
María, ni la Trinidad, ni los santos aparecen
nombrados. No existe referencia de tipo alguno
vinculada a los dogmas o a la teología cristiana.
Apenas Areusa en el acto XV invoca a “Jesú”, como
una interjección exclamatoria.
En ésta época, la vida cotidiana, la literatura o el
arte están inundados por imágenes, figuras y
referencias religiosas. Esta ausencia tan categórica
constituye una negativa por demás significativa.
Américo Castro escribe: “cuando un converso dice al
otro «iremos a la Parroquia de Santa Cruz» todos
sabían que equivalía a «nos encontraremos en la
Sinagoga»”.
Es el omnipresente juego de apariencias. Calisto
dice en el acto I: “como de apariencia a la
existencia, como de lo vivo a lo pintado, como de la
sombra a lo real...”. Imitando la dialéctica de la
vida marrana, la obra juega con figuras que
ejercitan el contraste entre esencia y apariencia,
entre afirmaciones y acciones.
Los personajes son un artificio de la realidad.
Todos, engañosamente, portan una máscara; se juega a
la doblez, los equívocos, los ardides.
En razón del linaje y por “pureza de sangre”, los
marranos estaban excluidos del acceso a cargos,
honras y consideraciones sociales; por ello pugnaban
por reducir la exagerada valoración de la alcurnia y
la estirpe, para lograr una relación más igualitaria
con los cristianos viejos. Esta perspectiva agrega
una nueva faceta a la percepción de conflicto social
mencionada por Maravall. Por otra parte, en éste
escenario histórico la burguesía avasallante, de la
cual los criptojudíos formaban parte, se abre paso
en medio de una estructura medieval que languidece.
Areusa, una de la mujeres de La Celestina, afirma:
“La obras hazen al linaje; que al fin todos somos
hijos de Adán y Eva”. En el acto II, dice Sempronio:
“E dizen algunos que la nobleza es una alabança que
proviene de los merecimientos y antigüedad de los
padres; yo digo que la agena luz nunca te hará claro
si la propia no tienes”.
En las mentes criptojudías está asumida
dolorosamente la certeza de que, en España, su
condición es irreversible: alea jacta est. Sólo
queda pues, lo que afirma la Celestina en el acto I:
“¿Tú no ves que es necedad o simpleza llorar por lo
que con llorar no se puede remediar?”.
El mundo interior de Rojas
Cuando Rojas escribe La Celestina es un joven
estudiante, con una efervescente cosmovisión,
refractario, reactivo, crítico, denunciatorio,
preocupado, confundido, atrevido y sumamente lúcido,
madurando para recomponer un universo despedazado,
embarazado en la dialéctica de la heredad judaica y
el cristianismo que osmóticamente la cotidianidad le
incorpora.
En la primera edición no registra su nombre, no se
atrevió; al tomar conciencia que los esbirros de la
Inquisición no descifraron sus signos, se evidenció
mediante el acróstico.
Dice Julio Rodríguez Puértolas (12): “La Celestina
es el resultado de una obsesión y de una existencia
y de una mente angustiada y, como tal, difícil,
sinuosa, un claroscuro de contrastes, a veces
deliberados, a veces inconcientes”.
Concebir la angustia de Rojas no parece demasiado
arriesgado. Se advierte en las primeras líneas, en
explícito texto: Calisto al volver a su casa se
halla “muy sangustiado”.
Encontramos una constante en su pensar y sentir: la
evidencia de ansiedad y temor. Sobre él se proyecta
la sombra de su padre incinerado y surge el
anhelante deseo de estar fuera de malicia, Pleberio
expresa en el acto XXI: “...los miedos y temores que
cada día me espavorecian: sólo tu muerte, es la que
a mí me haze seguro de sospecha”.
En una conversación fortuita, don Álvaro de
Montalbán se habría referido a los placeres de este
mundo. Su interlocutor le increpó: “No sabes que en
nuestra fe, quien bien obrare tendrá vida eterna”, a
lo que le respondió: “Acá toviese, que no sé yo bien
lo de allá”. Las frases que siguen, citadas del
texto de la obra, parecen salidas del acta
inquisitorial de don Álvaro: en el acto VII, la
Celestina previene a Parmeno: “ ... de este mundo,
pues no le tenemos más de por nuestra vida”. En el
primer acto Sempronio señala a su amo: “Por lo que
dizes contradize la christiana religión”. Rojas no
se amedrenta y parafrasea a su suegro: hace decir a
Calisto “¿Qué a mí?”.
Yovel sostiene: “Rojas anticipa el escepticismo
metafísico moderno: y no está menos cerca de
Nietzsche que de Virgilio o de Séneca. Ni profeta
judío ni creyente cristiano, Rojas retorna al mundo
pagano sin alcanzarlo”.
Resulta sorprendente un peculiar diálogo, que sin
lograr unanimidad de criterio ha sido comentado
ampliamente por diversos investigadores; es el
mantenido entre Calisto y Sempronio. Éste le
inquiere: “¿Tú no eres christiano?” y la respuesta
es : “¿Yo?, Melibeo só y a Melibea adoro y en
Melibea creo...”.
Calisto es irreverente y casi herético. Al responder
equipara al cristianismo con el amor que profesa a
Melibea. Escribe YY: “Las blasfemas palabras de
Calisto ponen a Eros en un plano más alto que
Cristo”.
En el espíritu de Rojas deambulaba la angustiante
incógnita sobre su futuro de hombre adulto. Sabemos
ya de la elección que lo condujo a una prudente vida
provincial.
Estaba anunciado: “Querría pasar la vida sin
envidia, los yermos y asperezas sin temor, el sueño
sin sobresalto, las injurias sin respuesta, las
fuerzas sin denuesto, las premias con resistencia” (Parmeno
en el acto I).
La Salvación
La idea de “salvación” tiene acepciones diferentes:
en el judaísmo se concreta en la “redención” (heb.
Gueulá), que se habrá de producir con la llegada del
Mesías. Será un hecho colectivo que abarcará al
Pueblo de Israel [la “nación” (13)] y a la humanidad
toda. En el cristianismo se accede a ella mediante
la fe y en forma individual. Quien no la profesara
se verá sometido al infierno: “El que creyere y
fuera bautizado, será salvo; mas el que no creyere,
será condenado” (San Marcos, 16.16).
Los nuevos cristianos estuvieron expuestos
constantemente a la penetrante influencia católica;
la formulación cristiana era difícil de asimilar, se
manifestaba alarmante, en contradicción con la
propia. La mera idea de enfrentar la riesgosa
alternativa de una pérdida de la salvación resultaba
aterradora.
George A. Shipley (14) señala que imágenes relativas
a enfermedad, curación, remedios y medicina,
adquieren una especial importancia.
Yovel indica que las expresiones de “salud y
esperanza” configuran un sentido oculto.
Calisto siente a su amor como un “mal” y la
Celestina pide a Melibea “sanar” el “mal” de su
mandante, quien en la soledad se acompaña del laúd
para cantar su enamoramiento (acto I): “¿Cuál dolor
puede ser tal, que se iguale a mi mal?”
Melibea acepta “curar” a Calisto (acto IV): “Más
haré por tu doliente, si menester fuera".
Son numerosas las referencias. ¿Qué hay detrás de
estas alusiones?
Ante la existencia del mal, se procede a “sanar”,
que es, en definitiva, “salvar” de la enfermedad o
la muerte. He aquí la obsesión marrana: ¿cómo
salvarse? La inquietud angustiante es convertida en
una figura literaria: “sanar el “mal” es acceder a
la “salvación”.
Calisto
El personaje recoge divergentes opiniones por parte
de los expertos.
Según nuestro criterio, el texto compone una figura
definida. Se trata de un cristiano viejo, de linaje
y “sangre pura”, sus ingresos son rentas, su vida es
de holganza, es un “ cazador” que llega al jardín de
Melibea en busca de su perdido halcón.
María Rosa Lidia de Malkiel (20), apreciando a
Melibea como de noble filiación, se pregunta: “Ni
diferencia de clase, ni de religión, ni de patria,
los divide. ¿Por qué, pues, no buscó Calisto a una
persona honrada, que intercediera por él y venciese
el desvío de Melibea, y se casó con ella en paz y en
gracia de Dios?”
La respuesta se halla en la interpretación que
estamos considerando. Calisto sabe que Melibea es
cristiana nueva; cuando se refiere a “los amores
ilícitos” conoce perfectamente qué naturaleza
tienen, los desea y los habrá de lograr, puesto que
no son sus intenciones desposarla, en cuyo caso
habría solicitado su mano u obrado de otra manera.
Por su propio linaje, no habría podido contraer
enlace con una marrana.
Melibea es su presa, terminará “cazándola” y gozando
de los “ilícitos amores”. Tiene afición por los
trofeos de “caza”. En una escena del acto VI, luego
de recibir el cordón de Melibea, termina fastidiando
a la Celestina, que así reacciona: “Cessa ya, señor,
esse devanear, que me tienes cansada de escucharte y
al cordón, roto de tratarlo”. Sempronio, el criado,
no menos hastiado, profiere: “Señor, por holgar con
el cordón, no querrás gozar con Melibea”.
Calisto es una figura descomedida. Se sabe engañado,
comercia a sabiendas con una “vieja puta” y por
inepcia, de una manera “antiheroica”, termina
cayendo con estrépito de una simple escala. Muere
sin gloria alguna, excepto la de haber “seducido” a
Melibea.
¿Qué es la figura que representa Calisto en el mundo
de Rojas? ¿Quiénes “cazan” a los marranos? Son los
delatores, los que, vigilantes, espían y denuncian.
Y aun más es la propia Inquisición. En su fuero
interno, Rojas debió firmemente acariciar el “deseo”
(Wunsch) de que tal como fue la suerte del
protagonista, así se produjera el vil final de todos
cuantos constituían la razón de su angustia.
Plebeo: un mundo que muere
Numerosos autores confirman la filiación marrana de
Plebeo, Alisa y Melibea. Considerando los indicios
que existen, no parece caber duda alguna. En un
parlamento, Sempronio atribuye “linaje” a Melibea,
pero el lector bien sabe que sus elogiosos
comentarios suelen ser embustes. Los personajes no
califican a la joven por su privilegio de “limpieza
de sangre”; solamente la tildan como proveniente de
“alto origen” (15). En el texto “Argumento de toda
la obra” usado por Rojas como preámbulo, la refiere
“de alta y serenísima sangre”; no hay alusión a la
“pureza” en un sentido clasificatorio.
En el acto XVI, dialogan Plebeo y su esposa. Él
pregunta: “¿Quién rehuyría nuestro parentesco en
toda la cibdad?”. Pleberio es rico, su hija hermosa,
agraciada, única heredera. ¿Qué razón tendría la
pregunta si no cobijara una duda dado el origen
judío de la familia?
En la primera visita efectuada por la Celestina a
Melibea, las dos mujeres ejercitan un sinuoso juego
de máscaras. Poco antes de finalizar, la joven se
torna complaciente el lector no lo habría
anticipado- y da la impresión que de antemano estaba
muy interesada en este “amor”. Fácilmente accede al
pedido de ceder su cordón.
Hay sugerencias singulares en esta “entrega”. La
primera impresión lleva a considerar que, anudado al
talle, protege su intimidad y su virginidad. Sin
embargo, este acto contiene otros velados
significados: el ceñidor “ha tocado las reliquias de
Roma y Jerusalem”. Para el imaginario marrano se
evoca aquí una poderosa imagen, pues Roma y
Jerusalem los dos polos antagónicos en el dilema de
la perspectiva criptojudía.
Estas ciudades tienen contenidos opuestos: la
primera, ahora cristiana, antiguamente fue la
triunfadora causante de la diáspora; la segunda,
vencida, inaccesible, permanece como el signo
paradigmático de la espiritualidad y continuidad
judía. He aquí dos visiones antinómicas: o la
definitiva aceptación confesional o la vida marrana,
llena de peligros.
Rojas maneja hábilmente los símbolos. Melibea se
despoja del talismán. Con ello busca resolver el
acongojante dilema, intenta un “desprendimiento” de
su identidad judía, soltando el “lazo” (21) que la
anuda a su filiación; trata entonces de liberarse de
su “ser” marrano.
¿Es una juvenil evasión ante la angustiante
condición del marrano?
Una perspectiva sofocante avizoraban los jóvenes
marranos en España.
El pensamiento, las costumbres y los valores se
modificaban. Podría
tener sentido, pues, suponer que la nueva
generación, en un espacio social tan recluido, se
sintiera tentada por un fuerte deseo de evasión.
En el perfil del tipo de marrano delineado por
Rojas, ¿esta huida no está motivada también por la
búsqueda de la libertad para acceder a vedados goces
y placeres? Dice Melibea en el acto XVI: “ Déjenme
gozar de mi mocedad alegre. No tengo otra lástima
por el tiempo que perdí de no gozarlo”.
Observando desde una perspectiva de hoy, con cierto
atrevimiento, nos podríamos imaginar a Melibea como
una reactiva “postmarrana”.
La relación de Calisto y Melibea estuvo visiblemente
marcada por un fuerte contenido erótico. No se
percibe la eterna magia del amor juvenil. Más aun, a
través del presunto amor es que la joven pretende
lograr el “pase” a un fantaseado mundo de cristianos
viejos. Fracasado su intento, se suicida.
Escribe Orlando Martínez Miller (18): “Melibea es
adúltera porque traiciona a su Dios, a su religión y
a su propia gente, ... es idólatra...entrega un
cordón que tiene facultades sobrenaturales... Su
apostasía, de la cual nunca estuvo ajena, la obliga
al suicidio”.
La figura de Melibea –tal como la vemos- es
efectivamente una alegoría de la ansiedad marrana
presente en la psiquis ambivalente de Rojas; sin
embargo, en una escena de dramática configuración,
no deja de advertir que desde el punto de vista
judío, esta conducta lleva a la muerte por
“suicidio”.
En los hechos, la certidumbre de estas alternativas
conduce a que más adelante, Rojas maduro, tomara
eclécticamente una ambigua y “renunciante” actitud.
Pleberio “edificó torres, adquirió honras, fabricó
navíos”: es el mercader burgués-judío por
antonomasia, fiel a su herencia
ideológico-religioso-cultural. En el acto final, ve
con impotencia desaparecer los postreros vestigios
de la sobrevivencia judía.
La clausura de la obra provoca gran curiosidad.
Hemos indagado en las numerosas exégesis disponibles
pero la búsqueda no aportó resultados
satisfactorios. Procurando hallar los posibles
significados, realizamos una investigación en
fuentes referenciales inexploradas para este tema,
en las que nos hemos basado para formular nuestras
propias conclusiones.
La obra está escrita en castellano salvo las cuatro
palabras finales en latín: “por qué me dexaste
triste y solo in hac lachrimarum valle” (aquí en
este Valle de Lágrimas).
¿Por qué terminar en ese idioma?
Seguramente Rojas conoce el concepto en el original
idioma hebreo, pero pretende disimular su propósito.
En consecuencia sustituye la lengua original por el
latín, “el otro” idioma, similar en su carácter
sacro-litúrgico y como vehículo de expresión
intelectual.
¿Qué trasmite esta imagen de valle de lágrimas? Esta
locución figura en la Biblia, Libro de los Salmos
84.7. Ha sido traducida equivocadamente; el texto
original hebreo menciona: “Valle del Llanto” (Emek
Habajá).
Se refería a una árida hondonada en el camino a
Jerusalén, por donde los antiguos peregrinos
israelitas accedían al Templo a fin de realizar sus
plegarias o entregar sus ofrendas. En el sendero
crecen “espinosos” arbustos que tienen la
particularidad de excretar una savia semejante a una
lágrima; pareciera que la planta llorara (17). Las
espinas, obviamente, se vinculan a las “lágrimas o
dolor” (no es por azar que la corona de Cristo fuera
de espinas).
Para los judíos, el destierro diaspórico ocurrido en
el año 70 d.C. fue considerado el “Emek Habajá”. La
expulsión de España generó “un exilio en el exilio”,
creando un nuevo valle de lágrimas. Esta amarga idea
permaneció por generaciones anclada firmemente en el
espíritu judío. Cincuenta y nueve años luego de la
publicación de La Celestina se edita en hebreo, en
la ciudad de Ferrara, un volumen llamado “Emek
Habajá” obra de Yosef Hacohen, que narra “las
penalidades ocurridas a nosotros desde el día del
exilio de Judah de su tierra” (18).
El concepto de valle de lágrimas, no es mencionado
en el Nuevo Testamento pero es recogido en la
oración dedicada a María llamada “Salve”:
“Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida
dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve”.
A ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a ti
suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de
lágrimas” (19).
La habilidad y talento de Rojas se muestran mediante
un clásico recurso marrano: evoca el “valle de
lágrimas” y menciona a los “desterrados”. Estos
componentes producen una fuerte resonancia en la
sensibilidad marrana. En un ambiente de apariencia
católica, trasmite una disímil significación.
La cita comienza con in hac (no figura en el texto
hebreo ni en el Salve) y Rojas enfatiza que es
precisamente “aquí”, en España, donde los hijos de
Sefarad se encuentran en un Valle de Lágrimas,
desterrados en el “exilio en el exilio”. Con una
plegaria institucionalizada, se pone a salvo de
cualquier suspicacia, disfrazando la real intención
de poner de manifiesto la patética condición del
marrano que, a través de La Celestina, se incorpora
en la historia con un fascinante perfil.
Por medio de Pleberio, el único personaje libre de
máscaras, Rojas, angustiado, hesitante, ambivalente,
consuma el mensaje profundo y auténtico de su propio
yo. En el amargo parlamento por el fin de Melibea
transita el lamento por la pérdida de la tan amada
Sefarad, aquella otra España en la que el judaísmo
creó maravillas durante los “siglos de oro”.
Referencia
Las citas en español antiguo han sido extraídas de
La Celestina, Colección Austral, Edición de Pedro M
Piñeiro Ramírez, Espasa-Calpe S.A., Madrid, 1980.
1) Berndt, Ema Ruth, Amor, muerte y fortuna en La
Celestina, Gredos, Madrid, 1963.
2) Maravall, José Antonio, El mundo social de La
Celestina, Gredos, Madrid, 1968.
3) Cardona, Francesc-Lluis, Citados en, La
Celestina, Edicomunicaciones S.A., Madrid 1994.
4) Batallion, Marcel, La Célestine selon Fernando
Rojas, Didier, Paris, 1961.
5) Gilman, Stephen, The Spain of Fernando de Rojas,
The Intelectual and Social Landscape of “La
Celestina, Princenton, 1972
6) Castro, Américo, La Celestina como contienda
literaria, Revista de Occidente, Madrid, 1965. Idem,
España en su historia, Cristianos, Moros y Judíos,
Crítica (Grijalbo Mondadori), Barcelona, 1983.
7) Yovel, Yermihau, Spinoza, el Marrano de la Razón,
capítulo “Marranos enmascarados y mundo sin
trascendencia: Fernando de Rojas y La Celestina”,
Anaya y Mario Muchnik, Madrid, 1995.
8) Canessa de Sanguinetti, Marta, cita en El bien
nacer, Taurus, Montevideo, 2000.
9) Lewin, Boleslao, La Inquisición en Hispano
América, Paidós, Buenos Aires, s/f.
10) La purificación por el fuego era una medida para
evitar, por la eternidad, los castigos del infierno.
11) Tan acendrado era el imperativo que Spinoza,
habiendo nacido libre de amenazas en Amsterdam,
portaba un anillo con un sello que contenía cinco
letras: “Caute”.
12) Puértolas, Julio Rodríguez, Nueva aproximación a
La Celestina, Gredos, Madrid, 1972.
13) Usando el término de la época para denominar al
pueblo judío.
14) Severin, Dorothy S. Cita en La Celestina,
Cátedra, Letras Hispánicas, Madrid 1997.
15) Los judíos españoles se consideraban directos
descendientes de las tribus de Levy (sacerdotal) y
Juda (real), por consecuencia de una “alta”
jerarquía.
16) Martínez Miller, Orlando, La ética judía y La
Celestina como alegoría, Ediciones Universal, Miami,
Fl, 1978.
17) Casutto, M., Sefer Tehilim (hebreo), Hotzaat
Iavne, Tel Aviv, 1953.
18) Ha-Kohen, Yosef, El Valle del Llanto (Emek ha-Bakhá),
Ediciones Río Piedras, Barcelona 1989.
19) Pequeño Manual de Piedad, Editorial “El
Propagador Cristiano”, Buenos Aires, 1946.
20) Lidia de Malkiel, María Rosa, La originalidad
artística de La Celestina, Editorial Universitaria
de Buenos Aires, Buenos Aires, 1962.
21) Mircea Eliade considera que el nudo simboliza la
posibilidad de desatar el problema esencial.
22) La Celestina y su Contorno Social, Actas del I
Congreso Internacional sobre La Celestina, Dirección
Manuel Criado Del Val, Colección Summa, Borras
Ediciones, Barcelona, 1977.