La casa del lenguaje, el lenguaje de la casa
por Jacobo Sefamí
Soy un mexicano descendiente de
judíos sefardíes (turcos y sirios) con residencia actual en
California. Mi abuelo paterno, Yosef Sefamí Levi, emigró de Estambul
a Damasco, y de allí, junto con sus doce cuñados, su suegra, su
mujer y una hija, a la Ciudad de México. Llevaba las maletas del
errante, la señal del desplazado, no sólo porque él mismo emprendía
un viaje a un sitio ignoto, sino porque sus familiares remotos
habían hecho lo mismo desde España, después de la expulsión de 1492.
Para su mujer, que hablaba árabe (una modalidad peculiar, que
agregaba frases o vocablos del hebreo), el español era un nuevo
idioma, ajeno y extraño, pero para él el español era el lenguaje que
había hablado desde pequeño, el que le inculcaron sus progenitores
como un lenguaje que sólo se hablaba en casa o en comunidad. El
español era una lengua exclusiva de los djudyos. Seguramente le
resultaba insólito que ese idioma también se hablara en la calle, y
que sirviera para todos los asuntos de la vida.

Los dolientes, ed. 2004
No deja de llamar la atención que
a pesar de la expulsión por los Reyes Católicos, los judíos hayan
conservado la lengua, la cultura, las canciones, durante tantos
años. No hay que pensar que han conservado la lengua de sus
verdugos, sino que se mantuvieron fieles a su lengua, ese
instrumento de comunicación que les pertenecía y que nadie les podía
arrebatar. Lo comprobé hace poco más de un año cuando viajé a
Estambul y visité uno de los centros de cultura sefardí de la
ciudad, para después tratar de investigar acerca de mi familia –los
descendientes de las tías abuelas que se quedaron allí. Volví a
escuchar esa lengua, que ellos llaman djudyo, y que nosotros
identificamos como djudeo-español, ladino, jaquetía (el de
Marruecos) o judezmo. Los lingüistas enfatizan que no es que la
lengua se haya quedado congelada en el tiempo, sino que también ha
sufrido cambios, se ha dejado impregnar de las lenguas con las que
ha convivido, pero eso no obsta para percibir cierto aliento del
siglo xv, como si pudiéramos retroceder siglos y yo pudiera
conversar con mis antepasados en un diálogo alucinante. Las chicas
de Estambul que hablan como las abuelas, pero que son preciozadas,
ishikas que me emboban y que vo a dar abrazadas, escarinios, y
munchos bezos. Las chicas de Estambul son también las estatuas de
piedra que de pronto son carne de mi carne, y me veo en el espejo, y
adquiero fisonomía y me vuelvo a soñar entrando con la llave a la
casa del patio interior, llena de flores, que me está esperando en
un recoveco andaluz.
No deja de llamar la atención que a pesar de la expulsión por los
Reyes Católicos, los judíos hayan conservado la lengua, la cultura,
las canciones, durante tantos años. No hay que pensar que han
conservado la lengua de sus verdugos, sino que se mantuvieron fieles
a su lengua, ese instrumento de comunicación que les pertenecía y
que nadie les podía arrebatar. Lo comprobé hace poco más de un año
cuando viajé a Estambul y visité uno de los centros de cultura
sefardí de la ciudad, para después tratar de investigar acerca de mi
familia –los descendientes de las tías abuelas que se quedaron allí.
Volví a escuchar esa lengua, que ellos llaman djudyo, y que nosotros
identificamos como djudeo-español, ladino, jaquetía (el de
Marruecos) o judezmo. Los lingüistas enfatizan que no es que la
lengua se haya quedado congelada en el tiempo, sino que también ha
sufrido cambios, se ha dejado impregnar de las lenguas con las que
ha convivido, pero eso no obsta para percibir cierto aliento del
siglo xv, como si pudiéramos retroceder siglos y yo pudiera
conversar con mis antepasados en un diálogo alucinante. Las chicas
de Estambul que hablan como las abuelas, pero que son preciozadas,
ishikas que me emboban y que vo a dar abrazadas, escarinios, y
munchos bezos. Las chicas de Estambul son también las estatuas de
piedra que de pronto son carne de mi carne, y me veo en el espejo, y
adquiero fisonomía y me vuelvo a soñar entrando con la llave a la
casa del patio interior, llena de flores, que me está esperando en
un recoveco andaluz.
Como es bien sabido, el origen de la literatura en español se
encuentra en los versos finales, las jarchas, dentro de una
composición de Al-Andalus (escrita en árabe o en hebreo) conocida
como moaxaja. Estos primeros frutos que combinaban palabras en
romance, con palabras en árabe o en hebreo, demuestran por cierto
que el multiculturalismo (del que se habla tanto hoy) ya existía
mucho antes, en el siglo xi. Por ejemplo, como muestra doy este
ejemplo de una jarcha anónima, que deriva de una moaxaja en hebreo:
¡Ya ‘asmar, ya qurrah al-ainain!,
¿Ki potrád lebar al-gaiba,
habibi.
[¡Ay moreno, ay consuelo de los ojos!
¿Quién podrá soportar la ausencia
amigo mío?]
Así, después de diez siglos, podemos seguir escuchando a los
descendientes de esos poetas. Da la impresión que el djudeo-español
se especializa en el ámbito de la intimidad, el lenguaje que viene
de dentro, la melancolía del recorrer la memoria como modo de ser y
de pertenecer. Nos aferramos al pasado como modo de constatar una
herencia: la memoria y la identidad van atadas en la construcción de
la casa. No importa que nos hayan echado, que no tengamos un sitio
propio, una tierra donde habitar; el hogar al que siempre se vuelve,
la casa, es la lengua que llevamos a todas partes.
En ese errar sefardí está la poeta francesa Clarisse Nicoidski, que
escribe en su intimidad en el lenguaje heredado, el djudeo-español
de Rumania:
i comu mi sulvidaré
di vuestrus ojus pardidus
i comu mi sulvidaré
di las nochis
cuando lus míus si saravan
i lus vuestrus
si quidavan abiertus
cuando di spantu
si avrian lus di lus muartus
para darmus esta luz
que nunca si amató
di:
comu mi sulvidaré
¿Cómo mi sulvidaré, digo yo, de esta lengua tan dulce, tan
entrañable? Evoco una lengua que ha desaparecido de mi entorno
familiar, una lengua que está por desaparecer de todo entorno. Es
una realidad desconsoladora: «No saves lo ke es morirse en su
lengua. Es komo kedarse soliko en el silensyo kada dya ke Dyo da,
como ser sikileoso [ansioso, oprimido] sin saber porke», le dice
Marcel Cohen en una carta a Antonio Saura. Ser sefardí implica
siempre una paradoja: para los españoles, sefardí quiere decir
judío; para los judíos, sefardí quiere decir español (o descendiente
de españoles). Ése es el significado de la palabra en hebreo. De
modo semejante, en mi caso soy judío para los mexicanos, sefardí
para los judíos, árabe/sirio para los sefardíes, shami (de Damasco)
para los jalebis (de Alepo), mexicano para los estadounidenses,
gringo para los mexicanos, siempre una minoría que rehúye toda
clasificación que elimine la diferencia. A la vez, mi identidad (mi
riqueza cultural) sólo es concebible como la suma de todas esas
diferencias.
La condición del errar y del exilio a que han sido condenados los
sefardíes puede mirarse en términos de resta (pérdida) y suma
(ganancia). La frontera se mueve o hace mover a los individuos
expulsados. La pérdida o la resta es lo que dejamos atrás; en mi
caso (producto de la migración de México a los Estados Unidos) es la
ausencia de familiares cercanos y lejanos, amigos, conocidos, y
hasta desconocidos habituales del ambiente de mi ciudad; ruptura con
rituales de todo tipo, religiosos y laicos; eliminación de
referentes urbanos, calles, establecimientos, monumentos; abandono
de modos de vida, etc. La pérdida se disimula por la proximidad, con
los viajes de visita, gracias a la comunicación esporádica, y por la
afluencia de hablantes del mismo idioma, lo que permite (aunque uno
tenga que hacer ajustes) el empleo de la lengua. Sin embargo, el
paso del tiempo hace que esa pérdida se convierta en constante
reflexión de la memoria, en nostalgia que —por pertenecer al pasado—
adquirirá cada vez más valor sentimental. En ocasiones, esa pérdida
estalla, hace crisis, como me sucedió con la muerte de mis padres,
puesto que finalmente se tiene que hacer “luto” para poder superar
el trauma de una pérdida que es ya irreversible.
La casa se convierte en la morada que sirve de refugio ante las
fronteras del cambio. O, al revés, la memoria es la casa que se
lleva a todas partes. También se trata de una tradición milenaria,
judía, que ha reemplazado la tierra perdida con el libro. Sin
memoria y sin libro (la Torá o el Pentateuco) no hay continuidad y
quizá no habría supervivencia.
La ganancia o la suma consisten en agregar aquello que asimilamos,
incorporamos, gracias a la convivencia. El cruce de culturas
conforma creaciones híbridas: Yehudah HaLeví, el poeta más
importante de la edad dorada de la cultura hispano-hebrea, escribe
en árabe, hebreo y romance; Maimónides, el filósofo, rabino y médico
más conocido de la época, escribió sus libros más conocidos en
aljamiado, esto es en árabe, pero con letras en hebreo. O, en el
caso de mi comunidad judía de origen sirio en la Ciudad de México,
agregamos chile y guacamole a los kipe kosher, damos serenata con
mariachis antes del baño ritual [mikva], llevamos una botella de
tequila en la visita al cementerio en la víspera del Día del Perdón
[Yom Kipur], y ponemos sufijos a palabras nuevas, inventadas, que
mezclan el árabe, el hebreo y el español (esos contagios que remiten
al siglo X en Al-Andalus): jajamito [religioso], jaranero [pecador],
jazito [pobrecito].
La suma es la creatividad ante lo nuevo, reformulando lo viejo. Son
mis hijos que hacen molletes con bagels, se llaman a sí mismos
ashkerfardiks, o inventan palabras como muna. La ganancia es el amor
que nos espera con sus ojos de vaca y mensajes indescifrables.
El exilio también puede ser el territorio de la retirada, el vacío
necesario para la creación. José Ángel Valente, en La experiencia
abisal, un libro de ensayos que se publicó póstumamente, señala la
nada asociada al exilio y al acto creador. Si en un principio “todo
estaba ocupado por la infinita plenitud de lo divino”, el primer
acto de Dios es una retracción, un exilio de sí, para así establecer
una nada desde la cual se pueda crear el mundo. Valente logra ver en
la tortuosa y cruel condición del exilio (utilizando como muestra a
los judíos expulsados de España) la posibilidad de generar una nada
creadora. Ese vacío, angustia y nada existencial provocada por mi
migración, fue fundamental en la gestión de mi novela Los dolientes
(2004). La nostalgia del pasado, la muerte del padre y la de la
madre, la distancia que instaura la pérdida comunitaria, la soledad
y la curiosidad del prójimo en mi presente instauraron el valor de
cruzar otra frontera (el cambio de rol social) y devenir escriba de
mi tribu.
El ejemplo de perseverancia, amor y fidelidad por una cultura quizá
rija ahora en los miles, millones de inmigrantes hispanos en el
mundo. Nos convertimos en los ardorosos devotos del idioma. No
resulta extraño, por ello, que Carlos Fuentes haya titulado “Mi
patria es el idioma español” al discurso que ofreció cuando recibió
el Premio Cervantes en 1997. Nos sentimos en casa dentro del idioma,
el hogar donde nos sentamos cómodos, donde nos quitamos los zapatos
y conocemos y reconocemos en los rincones que hemos hecho nuestros.
La lengua es ese lugar que sirve de refugio ante las amenazas del
exterior, es el sitio donde nos buscamos continuamente y nos
reencontramos felices, cada vez que emitimos palabras queridas, en
ocasiones nostálgicas: catarina, escuincle, chabacano, alberca. Es
el sitio donde ya no somos mexicanos, cubanos, españoles,
argentinos, colombianos, etc., sino somos hablantes de una misma
lengua, y nos contagiamos y aprendo a hacer mía la palabra «vale», o
a decir «es mi pata», o a reírme con el «boludo», o a compartir las
«quesadillas de huitlacoche». Somos, se podría decir, los nuevos
seres errantes, los sefardíes de una diáspora mayor.
Es este ámbito el que me mueve a construir la casa de mi lenguaje,
la casa de mi escritura, el ámbito de la memoria al que vuelvo
constantemente para refrendar mi identidad; es también allí donde
acudo para sentirme en casa, a gusto, sin aprehensiones, libre y
contento; la casa que está en mí, y que también emana de mí, la casa
de los fervorosos y amantísimos de la lengua española.
Fuente: Instituto Cervantes/eSefarad