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Los
Leones de Meguido

por Mario
Satz
A unos
treinta y cinco kilómetros al oeste del río Jordán, en
la llanura de Yizrael, donde antaño se cruzaban las
grandes vías hacia Egipto y la Mesopotamia, están
todavía las ruinas e Meguido, de pie entre arbustos y
amapolas color sangre seca. El lugar no sería más que
uno entre los cientos de mojones arqueológicos del
Cercano Oriente si no fuese porque de él surgió el mito
de Harmaguedón, según menciona el Apocalipsis 16:16.
Tres espíritus diabólicos se reúnen o reunirán allí para
planear la última de las batallas, la del mal absoluto
contra el bien absoluto. Desde esa mención y durante un
lapso de casi dos mil años, cada vez que hay guerra en
la zona sale a relucir el nombre de Harmaguedón, que
literalmente quiere decir ´´colina o montaña de Meguido.´´
Su sola mención hace pensar en catástrofes inminentes.
La verdad es que durante el período de los grandes reyes
hebreos, Salomón tuvo allí una fortificación y también
caballerizas. En un estilo que podemos llamar bastante
realista, mandó el rey sabio a construir un pórtico
vigilado por leones de piedra, como era usual en el área
y como prueban ciertos templos egipcios y los restos de
Persépolis. Los leones-cuenta Portal en su bello libro
sobre los jeroglíficos egipcios-, se emplazaban en las
altas columnas porque existe la leyenda de que duermen
con los ojos abiertos y son, por lo tanto, excelentes
vigilantes. Ahuyentadores de ladrones y merodeadores
nocturnos. Cuando murió allí el rey Yosías,
aproximadamente en el seiscientos ocho antes de Jesús,
los leones todavía estaban en el pórtico con sus
párpados comidos por la lluvia y el viento, pero aún así
tensos sobre sus ojos duros. La cruel pátina de la
historia, la demencia de los siglos, los polvos del
olvido, los hierbajos del abandono y la sequedad de los
pozos acabaron por relegar a Meguido al mero signo de
las crónicas marginales. Eso sí: quedó Harmaguedón como
un latido de muerte al acecho, escondido, pulsión y
hálito de guerra final.
De pronto, en la década del sesenta del siglo XX, hete
aquí que el brillante arqueólogo israelí Ygal Yadin, el
explorador de Masada, militar y erudito, se pone a
revolver piedras y, munido de anales, documentos y mapas
de excavaciones anteriores, advierte a sus obreros
árabes de la existencia de los leones de piedra del
pórtico. Su deseo es que no los estropeen con los picos
ni las palas. El de los obreros, acabar el trabajo lo
antes posible porque el sol de justicia del verano
arrecia y los espejismos son muchos. Arqueólogo y
trabajadores se despiden hasta dos días después. Yadin
es requerido en carácter urgente por algún ministerio y
abandona Meguido.
Los obreros, entretanto, y después de una pausa para
comer sus olivas y su yogurt, vuelven a la excavación
tratando de olvidar la amarga verdad: Israel ha
regresado a su antiguo solar y los árabes no saben cómo
tragarse ese sapo. Deben esmerarse para ganar su escaso
dinero y todavía quieren hacerles creer que hay leones
enterrados. Han discutido, entre ellos, sobre la
Palestina de antes de la guerra-una de las tantas-, y la
Palestina de después; han hablado acerca del inútil
pasado y el sombrío presente. La arqueología no es un
metier musulmán, del mismo modo que el perro no es su
animal favorito. Entonces, entre palada y palada,
aparecen los leones anunciados por Yadin. Pavor, pavor y
miedo. Los obreros arrojan las herramientas y huyen a
toda velocidad con un grito a flor de labios: ¡Yadin es
un brujo, un mago! Puso, con su palabra de profesor, los
leones bajo tierra. Los judíos son peligrosos e
imprevisibles. ¿Cómo dudar de sus sueños, de sus ideas,
de sus intenciones, si incluso son capaces de detectar
lo que la buena tierra oculta? Enterado de lo ocurrido a
su regreso, Yadin intenta convencer a los trabajadores
de que los leones ya estaban allí, que no fue él quien
los enterró; que los libros conservan la memoria del
pórtico y que él no hizo sino seguir sus indicaciones.
Pero, poderoso aún, el rugido de Harmaguedón resuena en
los oídos de los ayudantes de campo del arqueólogo, que
de ningún modo se toman en broma el hallazgo,
especialmente desde que saben que la expresión ´´el león
de Judá ´´ se refiere a Israel, al pueblo judío, y que
cientos de miles de esquilmados y fugitivos hebreos
están llegando a esa tierra para roturarla y poblarla
con esa tan peculiar e insomne manera de trabajar y
pensar que ni siquiera en sábado descansa. Son tan
listos, piensan los trabajadores árabes, que incluso
saben lo que hay debajo de las cosas.
La anécdota es verdadera y también trágica. Yadin
representa, como Dayán en su momento, al israelí que
busca sus raíces en la tierra de sus antepasados. Su
mañana está en el ayer, su hoy cumple viejas profecías.
Para los obreros árabes, en cambio, el ayer no es
mañana. Palestina no será más uno de los arrabales
egipcios, una provincia de Jordania o de Siria. Su
genealogía es equívoca: ¿a quién pertenecer, con quién
aliarse, ser árabe-árabe o árabe-israelí? Antaño como
hoy dos pueblos luchan por la misma tierra. Ayer los
cananeos y los filisteos, hoy los judíos y los
palestinos. Entonces los milagros rodeaban al
tabernáculo santo, empujado de aquí para allá por el
cuerno de carnero, animal emblemático de Israel. Ahora
es esa ristra de topónimos bíblicos que devuelve, en la
exploración, barcos, toros y alfarería judía del período
clásico. El dolor del exilio conduce a la redención del
tiempo, y ante un tiempo que vuelve, que vuelve una y
otra vez ¿qué puede hacer el espacio sino sentir la
restricción de ese retorno? ¿Qué pueden hacer los que
temen al león subterráneo y sueñan con misiles para
despertar por fin a un mundo que gire a su favor?
Pueden leer a Yadin, pueden leer historia o e intentar
deslindar el temor de la fraternidad, el rechazo de la
aceptación, mientras los futuros arqueólogos israelíes
aprenden de la frugalidad árabe que, para ser, basta
muchas veces con dejarse estar. Incluso en Meguido,
junto a ese Harmaguedón que puede estallar en cualquier
momento, convirtiendo en ruinas lo que las mismas ruinas
han convertido en mito.
Fuente:
PorIsrael
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