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La
leyenda de Woody Allen

por Néstor Tirri
Por
las calles de Manhattan anda un hombrecito de
anteojos. Los luminosos adornos navideños y la
nieve que se deposita sobre los autos
estacionados regala a la escena el inconfundible
marco de diciembre en Nueva York. Antes de que
la baja temperatura lo empuje a refugiarse en
algún bar, el personajito mira algunos de los
edificios y el parque donde ha filmado buena
parte de sus películas, desde Annie Hall (1977)
hasta la penúltima, Whatever Works (2009),
pasando por la emblemática Manhattan , que
plasmó en 1979, y por Hannah y sus hermanas , de
1986. Esos cuatro films son un recorte oportuno
para iniciar una revisión de su obra, balance
necesario porque sobre el final de 2010 el
geniecillo nacido en Brooklyn celebró un
aniversario importante.
Ocurre que los cuatro títulos seleccionados,
distintos en sus propuestas ficcionales, marcan,
sin embargo, una definida continuidad en las
obsesiones del autor. La producción de este
humorista, por lo demás, no constituye un
fenómeno intelectual y artístico aislado. Woody
Allen, nacido Allen Stewart Konigsberg (1935),
encarna con ideas personales algunos de los
rasgos paradigmáticos de la cultura cosmopolita
neoyorquina, particularmente la de un vasto
sector de descendientes de la inmigración judía
progresista que llegó al puerto de Ellis Island
a fines del siglo XIX y que floreció con
caracteres propios en la segunda posguerra.
En los cuatro films, alguno de los personajes
(no siempre el protagonista de la historia) deja
entrever los miedos, las dudas, las angustias y
las expectativas de posguerra, a través de
interrogantes acerca de la muerte, del sentido
de la vida (con apelaciones casi siempre
irónicas a las religiones como paliativo de esa
desestabilización existencial), o bien alusiones
a la fragilidad del cuerpo, al rol de la
terapia, médica o psicoanalítica, y a la
gravitación obsesiva del sexo.
Al ingresar en la segunda década del siglo XXI,
Allen acumula 45 películas como realizador y
treinta y tantas intervenciones más como actor y
guionista. Una lista que, en su 75º cumpleaños,
celebrado el pasado 1° de diciembre, se
incrementa con el anuncio de su nueva ¿comedia?,
Midnight in Paris. A los señalados componentes
distintivos de su obra se suman toques de
extracción intelectual que pasan por la
filosofía, la literatura, el cine, la música y
la plástica. Una hábil y vertiginosa elaboración
de estos chispazos "cultos", imbricados en
situaciones dramático-cómicas, ha dado lugar a
eso que se conoce como la poética de Woody
Allen.
El primer síntoma de consolidación de propuestas
que desembocaron en un ideario coherente lo
constituye la feliz irrupción de Annie Hall
(1977), en la que Nueva York se presenta, por
primera vez en el horizonte alleniano, con
ribetes de un marco urbanístico-antropológico
definido y, además, conformador de actitudes,
modas y crisis existenciales y amorosas, todo en
clave de humor satírico. Un rasgo nada trivial
reside en el hecho de que el look de Diane
Keaton y de su personaje epónimo (simbiosis de
ficción con un dato biográfico de la actriz,
nacida Diane Hall) se convirtió en un ícono que
temporariamente desplazó la hegemónica moda
europea: sombreros de ala enorme, faldas amplias
y largas, chaleco y corbata, botas sport sin
tacones, diseños de Santo Loquasto que luego se
erigieron en vestuario también para la escena,
una iconografía escénica generada en la Gran
Manzana de los años 70.
Es en Annie Hall , también, donde irrumpe en
persona Marshall McLuhan, figura capital de la
cultura de la comunicación de ese momento,
emergiendo "mágicamente" detrás de un panel del
hall de un cine de Manhattan, para zanjar una
discusión que se genera en la fila, invocado por
Alvy Singer (Allen), en un blooper de
antología.Antes de esta contundente obra de
1977, Allen había aportado el libreto y su
presencia como actor para el film de Clive
Donner ¿Qué pasa, Pussycat? ( What's New,
Pussycat? , 1965), una sucesión de gags y
situaciones enhebradas en un caótico guión de
comedia, y luego había hecho su contribución a
la escena neoyorquina en Broadway con dos
comedias: Don't Drink the Water (1966) y Play It
Again, Sam (1969), llevada al cine por Herbert
Ross y estrenada en países de habla hispana como
Sueños de un seductor . Como realizador, había
debutado en 1969, con Take the Money and Run (
Robó, huyó y lo pescaron ), en la que algunos
trazos del fracasado delincuente Virgil
Starkwell se identifican con el autor: la fecha
de nacimiento del personaje (1° de diciembre de
1935), el origen social modesto, dificultades de
aprendizaje y sociabilidad en la infancia,
miopía, etcétera. Robó, huyó y lo pescaron,
hecha con un presupuesto relativamente modesto
(17 millones de dólares), transita por una vía
expresiva con resabios de gags de comicidad algo
gruesa, propios del código televisivo, terreno
en el que Allen venía ejercitándose como
libretista.
Específicos motivos y situaciones de los cuatro
films elegidos como base de esta revisión
perfilan una figuración global y aproximada de
lo que el autor denominará, en un texto en off
dictado a un grabador en Manhattan , "una
metáfora de la decadencia de la cultura
contemporánea", un atributo asignado a Nueva
York (del que, por lo demás, no tardará en
renegar).Así, el hipocondríaco que se convierte
en protagonista de un capítulo íntegro de Hannah?
(Mickey, el personaje asumido por el propio
Woody), asaltado por la terrible amenaza de un
fantasmático tumor cerebral, ya aparecía
insinuado en el Ike de Manhattan , que trata de
disuadir a Mary-Diane Keaton de ingerir
aspirinas porque -según él- provocan cáncer de
estómago. Síntomas que se exacerbarán en
Whatever Works , por una cuestión de edad, en un
iconoclasta científico retirado de la
Universidad de Columbia, asediado por la
diabetes, los ataques de pánico y otros
implacables achaques.
Fracaso y deterioro Whatever Works dista de ser
una de las comedias destacadas de Woddy Allen;
aún más: podría pasar por una de las endebles.
Sin embargo, además de sus atrevimientos
disparatados, conlleva un rasgo significativo:
el protagonista y narrador, ese genio de la
mecánica cuántica llamado Boris Yellnikoff,
tiene la misma edad de Woody. Y, como el
cineasta, nació en Brooklyn. El veterano
profesor, en cataratas de monólogos, vomita sus
reflexiones sobre casi todo, lo que deja
entrever la concepción actual de su autor acerca
del funcionamiento del mundo, la sociedad, el
amor, la crisis del matrimonio como institución
y el sentido de la existencia.
Se filmó en algunos de los espacios de Nueva
York que el cineasta ya había mostrado en otras
producciones, si bien esta vez prescindió
deliberadamente de los rincones glamorosos y
románticos, dadas las condiciones un tanto
declinantes -aunque ferozmente vitales- del
personaje protagónico. A pesar de haber sido
rodada en 2009, la trama incurre en ciertas
ingenuidades, así como en cierta elementalidad
en los personajes, propias del primer período
alleniano.
Esto -aunque genera un aire de fábula naíf-
obedece a que el autor apeló a un libreto
escrito a principios de los años 70 para un
proyecto que se frustró por la muerte de Zero
Mostel, notable actor judío, candidato de rigor
para un carácter absorbente y abrumador como el
de Boris Yellnikoff. El proyecto dio vueltas y
sufrió postergaciones, hasta que apareció Larry
David, un comediante que, sin la dimensión de
Mostel, aparecía como el más adecuado para
sustituirlo.
A través de la mirada de Boris, la comedia
(estrenada en España como Si la cosa funciona y
todavía no exhibida en la Argentina) revisita
con énfasis el filón irónico más ácido del
autor; el "genio" judío renegado y gruñón
alberga a Melody (Evan Rachel Word), una
adolescente que llega desde el sur. La trama se
complica con la aparición de los padres
divorciados de la chica, que la buscan desde
hace tiempo, y si bien el film no escatima
situaciones cómicas (como los dos frustrados
intentos de suicidio del protagonista y el
ménage à trois de la madre de Melody con dos
amigos de Boris), el efecto se atenúa por el
verborrágico discurso del protagonista, empeñado
en destruir mitos.
Con caracteres personalísimos, Allen recrea esa
tradición judía que hace del deterioro y de la
condición de "inferioridad" un motivo grotesco,
sustentador de personajes y situaciones, que en
el caso de Boris alcanzan su punto extremo.
Además, lo lleva a registrar zonas de su amada
Nueva York muy distintas de las que, en tiempos
de juventud, introducían al espectador en áreas
sofisticadas de la cultura y la moda.
Este procedimiento autodescalificante con
sentido irónico fue ejercitado antes, y también
simultáneamente, por otros herederos de Groucho
Marx, a quien podría señalarse como el maestro.
Mel Brooks y Neil Simon, con improntas bien
disímiles, son los otros autores-humoristas que,
en varios sentidos, forman una tríada
neoyorquina con Allen, el talentoso hijo de los
inmigrantes Konigsberg, "the short person of
Brooklyn", como definió al cómico el crítico
James Monaco. Al interpretar la posible
voltereta que guió al cineasta en la elección de
un seudónimo, Monaco se transformó en su mejor
psicoanalista: Como Brooks y Simon, Allen se
inició escribiendo gags para la televisión. Como
Simon, se corrió a Broadway, pero sólo por una
breve temporada y luego de haberse lanzado, él
mismo, como comediante. Como Brooks, ganó su
renombre en los talk shows. Pero mientras que
Simon no parece zafar jamás totalmente de su
herencia urbana cargada de ansiedad y Brooks
combate su sentimiento de culpabilidad con
salvaje alegría, Allen ha elegido pactar una
tregua con la propia culpa y ponerla a su
servicio.
Ese sentimiento de inferioridad se convirtió en
una herramienta cómica tan valiosa que uno no
puede dejar de percibir su empecinamiento por
hacer (artificialmente) serios films "suecos"
sobre el amor y la muerte. Max von Sydow debe de
ser el ídolo favorito de Stewart Allen
Konigsberg, el diminuto hombrecito de Brooklyn,
quien conscientemente no sólo desestimó el
monárquico esplendor de su apellido original [
König = "rey", en alemán; N. del A.] sino que
además se asignó un nombre propio que evoca una
pirueta de Woody Woodpecker [el Pájaro Loco])."
(En American Film Now. New York, 1979)Freud
asignó un lugar de privilegio, en sus estudios,
a la tradición del humor judío, un legado que,
desde la Viena de 1900, llegaría al conglomerado
urbano neoyorquino a través de la inmigración y
sería reelaborado por el hombrecito de Brooklyn,
el más "psicoanalizado" de los humoristas del
siglo XX. "También los chistes de los judíos
sobre sí mismos conceden este hecho [el de ver
al judío como una figura cómica], pero el mejor
conocimiento de ellos de sus verdaderos defectos
y de la conexión de éstos con sus virtudes, así
como la aceptación de que la propia persona
forma parte de lo criticable, crean la condición
subjetiva de la elaboración del chiste; muy
difícil de elaborar en otro caso", dice Freud en
El chiste y su relación con lo inconsciente. (No
hay que perder la oportunidad de apuntar que la
primera parte de ese agudo estudio de Freud
constituye, indirectamente, una excelente
antología de cuentos y de chistes judíos.)Dramas
sin angustia.
Aun considerando la gravitación de una raíz
común, el humor lunático de Mel Brooks (Melvin
Kaminsky, 1926), ejercitado en films como El
joven Frankenstein , Por un fracaso, millonarios
o Silent Movie , apunta a un horizonte bien
distinto del de las comedias dramáticas de Allen
y Simon. Y dentro de la tradición judeoamericana,
Simon es el que maneja con mayor soltura un
discurso "burgués", esto es, una tesitura más
propia de la clásica comedia boulevardier ,
aunque sin la frivolidad de ésta, ya que bajo
esa superficie palpitan conflictos típicos de la
ferocidad urbana neoyorquina.
El aporte de Simon (1927) es abrumador.
Dramaturgo, productor y guionista, es uno de los
más exitosos autores de comedias de Broadway,
con textos que muchas veces saltaron a la
pantalla. Como guionista de cine adaptó más de
veinte obras propias y ajenas, por ejemplo,
Descalzos en el parque ( Barefoot in the Park ,
1967), de Gene Saks, y Extraña pareja ( The Odd
Couple , 1968), también de Saks, con la dupla
simoniana por excelencia: Jack Lemmon y Walter
Matthau. Cabría detectar en las
caracterizaciones de Matthau bosquejos del
obsesivo judío neoyorquino prefreudiano, esto
es, antecedentes de las criaturas neuróticas -ya
"concientizadas"- de Allen. Otras resonantes
comedias dramáticas y musicales de Simon que
pasaron al cine son Sweet Charity (1969), de Bob
Fosse, y Plaza Suite (1971), de Arthur Hiller.
Si bien las comedias de Allen focalizan en
destinos que se perfilan como amargos, su código
expresivo genera efectos distintos de los que
depara Simon; las situaciones, planteadas a
través de la ironía de Allen, no transmiten la
angustia por la que, se supone, están
atravesando los personajes. En una senda afín a
la de algunos autores de la comedia italiana,
son dramas narrados en clave cómica.
En su caso, la parquización neoyorquina y su
seductora arquitectura, así como la música de
jazz (principalmente, la de la dorada era del
swing ) y la sofisticación de galerías de arte y
de grandes tiendas de moda ("Cuidado, estamos en
Bloomingdale's, a la vista de todos", dice Diane
Keaton a su amante casado, Michael Murphy, en
Manhattan ), todo este entorno "armonizador", en
fin, parecería que sustentara el texto del
cineasta, a veces en off y otras con gags
verbales, para plasmar un discurso estimulante
-o francamente hilarante-, despojado de
angustia.
Al logro de un efecto desdramatizador también
contribuyen interpolaciones críticas que
desdibujan el transcurrir dramático con
observaciones psicoanalíticas en clave irónica
acerca de las neurosis o del sexo, como en este
diálogo entre Mary-Diane Keaton y Ike-Allen:
Mary: -Oye, tengo que sacar al perro. Ike: -¿De
qué raza es tu perro? Mary: -De la peor? Es un
Dachshund (un salchicha). Ike: -Oh, ¿de veras?
Mary: -Para mí, es un sustituto del pene. Ike:
-Ah, en tu caso, yo diría que te vendría mejor
un Gran Danés?Otra intelectualización que diluye
la carga dramática de algunas situaciones son
las invocaciones al cine de autor, europeo o
asiático: Ingmar Bergman, Federico Fellini,
Aleksander Dovchenko o Hiroshi Inagaki (estos
dos últimos, en anuncios de La tierra y
Chushingura en la marquesina de un cine-arte, el
Cinema Studio, una sala de la calle Broadway
asiduamente visitada por los cinéfilos de Nueva
York).Tal vez el título más significativo de ese
modus operandi que metaboliza lo dramático y lo
transforma en atmósfera de comedia sea Hannah y
sus hermanas . En ese film, el registro de la
ciudad adquiere una carga especial en algunos
sitios puntuales (o, al revés, lugares que se
resignifican por la circunstancia emotiva que en
ese momento viven allí los personajes) y,
además, se incluye como al descuido una suerte
de catálogo de construcciones
arquitectónicamente claves. Hannah... se
estructura en tres grandes bloques determinados
por encuentros familiares en el Día de Acción de
Gracias, la ceremonia tradicional de los
descendientes de inmigrantes, el 25 de
noviembre: tres cenas en otros tantos años
sucesivos.
Esas reuniones focalizan las conflictivas
relaciones de tres hermanas y sus padres, ex
actores entre quienes estallan reproches y
resentimientos por sus recíprocas infidelidades
en sus épocas de esplendor. En ese tironeo hay
algo de real y/o biográfico, a manera de guiño
de complicidad con el cinéfilo estadounidense.
La pareja de padres la integran Margaret
O'Sullivan (1911-1998) y Lloyd Nolan
(1902-1985), estrellas de Hollywood de los años
40 y 50. O'Sullivan (célebre por su
caracterización de Jane en la serie de Tarzán
con Johnny Weissmüller) fue, además, la madre en
la vida real de Mia Farrow, la Hannah de la
ficción, instalada en el centro de este
microcosmos en el que los conflictos pasan
inevitablemente por ella.
Mickey (Allen), ex marido de Hannah, intenta
salir con su ex cuñada Holly (Diane Wiest) y
fracasa. Elliot (Michael Caine) seduce a la
hermana de su esposa Hannah, Lee (Barbara
Hershey), quien a cierta altura abandona a su
esposo, un malhumorado artista plástico
presumiblemente sueco (Max von Sydow). Mickey
atraviesa por la mencionada pesadilla de suponer
que tiene un tumor cerebral y, hacia el final,
cuenta que intentó dispararse un tiro de
escopeta...Que toda esa red asfixiante pueda ser
procesada en términos de comedia constituye uno
de los aportes más relevantes de Allen como
autor (aun cuando la excesiva proliferación de
libretos y de films está volviendo previsible o
inocua la resolución de los conflictos que
plantea). La gravitación del entorno neoyorquino
y las grabaciones de Harry James con las que el
realizador combina la puesta en espacio del film
y su "aireación" sonora convierten a Hannah y
sus hermanas en una de las perlas de culto de
sus fans.
Los
personajes de Caine y Hershey inician su romance
clandestino en una sugerente escena ambientada
en una librería clásica de la época, la Pageant
Print and Book Store, en la calle 9 Este, en el
East Village (un local que hoy alberga al
Central Bar), y después proseguirán su relación
en citas vespertinas en el St. Regis Sheraton
Hotel de la calle 55 Este.Pero el tramo
particularmente imperdible para amantes del
esplendor arquitectónico de Nueva York es una
secuencia lateral, generada por un personaje
episódico. Se trata de David, un encantador
arquitecto (Sam Waterston) que ha invitado a
Holly y a una amiga de ésta a un paseo por la
ciudad, al final de la première de Madame
Butterfly en el Met (en realidad, y por
cuestiones de producción, los interiores se
rodaron en el Teatro Regio de Turín). Lo que se
juega, en el sentido de la secuencia, es la
disputa de las dos amigas por ver quién se queda
con el galán, pero el realizador-autor se vale
de este desvío para declarar y exhibir,
enmascarándose en la figura del refinado
arquitecto, sus rincones amados: "¿Por qué no
nos muestras tus edificios favoritos, David?",
dice una de ellas.
La cámara, como en un bombardeo de diapositivas,
hace foco en íconos arquitectónicos de Nueva
York tales como el edificio Dakota, donde
vivieron John Lennon y Yoko Ono y en cuyo
exterior él fue asesinado; un viejo rascacielos
de la calle 42 Oeste con recargada ornamentación
en los ventanales; el clásico edificio Chrysler,
en Lexington, y, entre otros, el frente de la
Pomander Books, en la calle 49 Oeste.
Con un equilibrado guión coescrito con Marshall
Brickman y una impecable imagen en blanco y
negro del fotógrafo Gordon Willis, Manhattan se
erige en el encuentro más paradigmático de Woody
Allen con los mitos, las fantasías, las fobias y
los más caros espacios de su ciudad. En rigor,
de un sector de esa ciudad, que corresponde al
que configura su horizonte artístico e
intelectual adulto. Aquí habría que recordar que
Manhattan concentra la vida artística,
comercial, bursátil y académica de la Gran
Manzana, un complejo que, además, comprende
otros cuatro distritos: el Bronx, Brooklyn,
Queens y la Staten Island. Manhattan arranca con
un montaje de imágenes de ese sector de Nueva
York, acompañado por el texto en off de un
supuesto escritor. Él le dicta a un grabador un
también supuesto libro autobiográfico que se
inicia, precisamente, con una declaración de
amor (analítico-crítica) a su ciudad. El
narrador puntualiza que la ve "en blanco y negro
y con música de Gershwin", esto es, sumida en la
atmósfera que el autor incorporó en su infancia
y adolescencia a través del cine. Al cabo de ese
bombardeo de tomas, un "documental relámpago" de
la ciudad, la Rapsodia en blue estalla en su
final brillante. Y allí comienza la historia.
El admirable muestreo de la introducción
transcurre en cuatro minutos exactos, pero no
rezuma la objetividad expositiva del género
documental: es una exultante oda a la ciudad, en
la que confluyen la música, la plástica, el
teatro y, por supuesto, la arquitectura.
En el entramado de historias sentimentales que
desarrolla el film, se cruzan básicamente dos
parejas que el espectador descubre, promediando
una cena, en una mesa de Elaine's, el legendario
restaurante de la Segunda Avenida. Son las que
conforman Ike-Allen y su joven novia Tracey
(Mariel Hemingway, ¡17 años!) y Yale con Emily
(Michael Murphy y Anne Byrne). A ellos se sumará
Mary-Diane Keaton, amante primero de Yale y
después de Ike.Un primer encuentro de Ike y Mary
desemboca en un vagabundeo por las calles de
Manhattan y, ya en la madrugada, concluye en una
toma que se convertiría no sólo en afiche del
film sino también en un emblema de la atmósfera
cultural de la época: Diane Keaton y Woody
Allen, de espaldas, sentados en un banco, con el
majestuoso fondo del puente de Brooklyn que se
diluye en un brumoso cielo de amanecer, una toma
realizada desde la Riverside Terrace de la
Sutton Square, en el East Side de Manhattan,
imagen que contribuyó a cristalizar la leyenda
de Woody Allen, hecha de humor, iconoclasia y un
toque de romanticismo.
El final del film retoma el dictado inicial de
Ike al grabador, en el bosquejo del posible
libro que escribirá, acaso como contrapartida
del escandaloso volumen autobiográfico de
revelaciones matrimoniales íntimas de su ex
mujer (Meryl Streep), quien lo ha abandonado por
otra mujer. En el apunte final del alicaído Ike
aparece el módulo recurrente de las
resurrecciones del humorista Allen, al intentar
un resumen de las "cosas por las que vale la
pena vivir". Es una especie de decálogo que, a
juicio del autor de este artículo, podría
oficiar de antídoto contra las adversidades o,
al menos, acudir como paliativo cuando las
circunstancias de la vida no son favorables: Ike
: [Habla al micrófono.] -Idea para un cuento
sobre cierta gente de Manhattan que
continuamente se crea terribles problemas
neuróticos, innecesarios, porque eso les permite
evadirse de otros problemas más graves y
aterradores del universo. Bueno, tiene que ser
optimista. A ver, ¿por qué vale la pena vivir?
Es una buena pregunta. (Carraspea. Luego
suspira.) Hay varias cosas que, creo, hacen que
valga la pena. ¿Cuáles? Bien, para mí? Yo diría?
Groucho Marx, por decir una. Ehhh? A ver, el
segundo movimiento de la Sinfonía Júpiter? y
Louis Armstrong, el "Potato Head Blues"?
[Suspira.] Las películas suecas, naturalmente.
La educación sentimental, de Flaubert; Marlon
Brando, Frank Sinatra? Las increíbles manzanas y
peras de ézanne? Los cangrejos de Sam Wo
[restaurante chino del Chinatown, N. del A.].
Eh? el rostro de Tracey.
El
rostro de Tracey? [Ike se incorpora, deja el
micrófono, se dirige a un armario y extrae la
armónica que le ha regalado Tracey. Descuelga el
tubo del teléfono y marca un número. Se
arrepiente. Cuelga, se levanta y sale con paso
apresurado.]Le formulo una propuesta final,
estimado lector. Es un juego que consiste en
adaptar el decálogo del incorregible iconoclasta
Woody a sus elecciones personales, a las cosas
que, según usted, les darían sentido a las
penurias del transcurrir cotidiano. Esto es, las
diez cosas por las que valdría la pena vivir:
reemplace a Sinatra por Goyeneche, por ejemplo,
o la Sinfonía Júpiter por las Gymnopédies de
Erik Satie y a los cangrejos de Sam Wo por un
churrasco de Arturito, o por lo que le guste. Y,
especialmente, suplante el rostro de Tracey por
el de esa nadadora, esa bailarina, esa profesora
(o profesor) o esa simple vendedora de remeras y
fantasías que alguna vez le quitó el aliento. Y
encuéntrele, usted también, un "vale la pena" al
espinoso compromiso de vivir.
En Whatever Works, estrenada en España en 2009
como Si la cosa funciona , el narrador
protagonista, el científico retirado Boris
Yellnikoff (nacido en Brooklyn, como Allen, y de
la misma edad del cineasta), descarga
sentenciosas frases frente a cámara. Algunas de
sus reflexiones deben de coincidir con los
puntos de vista actuales de su álter ego: No
critico la idea detrás del cristianismo, el
judaísmo o cualquier religión, sino a los
profesionales que la han convertido en un
negocio. Hay mucho dinero alrededor de Dios.
Muchísimo dinero.
Déjenme decirles algo: no soy un sujeto
simpático. Agradar a alguien nunca fue lo mío. Y
para que lo sepan: ésta no es la mejor película
para sentirse bien. Así que si son de esos
idiotas que necesitan sentirse bien, vayan por
unos masajes de pies.
Odio las malditas frutas y vegetales. Y el Omega
3, la cinta de correr, el cardiograma, la
mamografía, el ultrasonido pélvico y, ¡Dios
mío!, la colonoscopía. Y con todo eso, incluso
el día llega, cuando te colocan en el cajón y
sigue con la próxima generación de idiotas...
quienes también te hablan de la vida y te dicen
lo que está bien.
Mi padre se suicidó porque los periódicos lo
deprimían. ¿Pueden culparlo? Yo intenté
suicidarme. Obviamente, no funcionó.
En Estados Unidos, si bien odian a los negros,
odian aún más a los judíos. Odian a los negros
por tener un pene muy grande. A los judíos los
odian aunque lo tengan pequeño.
Tengo que decirte algo, Boris: incluso con una
mentalidad de derecha... tu suegra tiene unas
tetas maravillosas. (Diálogo con su ex
esposa)-Me casé contigo por todas las razones
incorrectas.-¿Qué quieres decir?-Eres brillante.
Yo buscaba a alguien con quien hablar. ¡Te
encanta la música clásica, el arte, la
literatura, te encanta el sexo, me amas!-¡Me
parecen muy buenas razones!-Exacto. Ése es el
problema. ¡Era lógico, tenía sentido!-No sé qué
salió mal.-Si lo analizamos, tenemos mucho en
común. En los papeles somos la pareja ideal.
Pero la vida no transcurre en papeles. (La madre
de Melody enfrenta a su ex marido)-Soy una
artista. No horneo pasteles. No voy a la
iglesia. Hago collages, escultura, fotografía.
Vivo en Manhattan con dos hombres a los que amo
en un muy feliz ménage à trois .-¿Un
qué?-Dormimos los tres juntos. Un ménage àtrois
.-¡Sabía que no debíamos confiar en el maldito
francés!-Dios es gay.-No puede serlo. Creó todo
el universo perfecto. Los océanos, los cielos,
las flores hermosas, los árboles.-Es cierto. Es
un decorador
A
veces Woody se pone serio. Nadie duda, por
cierto, de que sabe cómo abordar cuestiones
serias y articularlas en un guión. El problema
es que su discurso funciona con fluidez a
condición de que no renuncie a la ironía, a la
ocurrencia, al gag. Cada tanto se decide a
probar un registro distinto del que le brota
espontáneamente, tentado por modelos de culto:
"Prefiero acercarme a Bergman, a Buñuel o a
Fellini y fracasar, a contentarme con la
aspiración a ser exitoso en el mercado
comercial", confesó en Conversaciones con
Jean-Michel Frodon. Pero cuando adopta tonos
graves, lo asalta esa tensión interna que hace
que uno aparezca en las fotos como un palurdo,
con expresión rígida y artificial.
Varios dramas de Allen, por esa razón,
resultaron olvidables, como su homenaje a
Fellini en Recuerdos (1980) o su tributo al
expresionismo alemán o escandinavo, Sombras y
niebla (1991). Con Bergman como horizonte no le
fue mejor: Otra mujer (1988) y el que fue
calificado como su peor drama, Septiembre
(1987).De Interiores (1978), el primer film en
el que se abstuvo de actuar, se rescata su
sensata intención de construir, a través de las
vicisitudes de tres hermanas, una trama de
comedia dramática chejoviana, así como también
las colosales actuaciones de dos veteranas,
Geraldine Page y Maureen Stapleton. Crímenes y
pecados (1989) plantea con crueldad la
desesperación de una mujer (Anjelica Huston) y
la posibilidad de que un asesinato calculado y
pagado con frialdad permanezca impune.
Desoladora conclusión que se retoma en su primer
film en Gran Bretaña, Match Point (2005), con la
salvedad de que, para construir esta arquetípica
"tragedia inglesa" -quizás inspirada en la
"tragedia americana" de Un lugar en el sol , de
George Stevens-, hay que barruntar que abrevó
desaprensivamente en el modelo british de Room
at the Top ( Almas en subasta , 1959), de Jack
Clayton, sólo que allí la amante sacrificada
(Simone Signoret) era una mujer mayor que el
"trepador" (Laurence Harvey) y en decadencia. El
hallazgo de la pelotita de tenis como brillante
alegoría del inextricable azar de la vida, sin
embargo (eso de que un ligero desvío te puede
salvar o hundir para siempre), compensa su
pecado.
Con todo, Match Point se perfila entre lo mejor
que acertó a filmar Woody cuando su vena
humorística se viste de sombras. No agregan nada
a su reputación los otros dramas "ingleses", El
sueño de Cassandra (2007, producción
estadounidense), un desafío a la
integridad ética de dos hermanos que delinquen
por dinero, y el flamante You Will Meet a Tall
Stranger (de 2010, que se conocerá aquí el mes
que viene como Conocerás al hombre de tus sueños
), un híbrido que exhibe dolorosos abandonos
sentimentales y conflictivos cruces de parejas
en un sector social británico, pero ambientados
con el dixieland y el swing de (casi) las mismas
viejas grabaciones que habían dado, en sus
mejores comedias, el alegre glamour de la
atmósfera neoyorquina. Se reitera la receta,
pero exenta de magia; las composiciones que
acometen los integrantes del valioso cast
(Anthony Hopkins, Naomi Watts, Antonio Banderas
y la excepcional actriz londinense Gemma Jones)
acaban navegando, con personajes poco definidos,
por climas anodinos.
Fuente: La Nación./Itongadol.
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