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La vida de Mauricio Palomo
Su padre, denunciado por algún vecino, nunca entendió por qué lo habían “exiliado” y murió sin integrarse del todo en el estado que vería nacer, Israel, porque siempre se sintió un catalán de Barcelona. “Franco nos expulsó, pero, como mínimo, no nos envió a la muerte”, dice Moshe mientras se emociona con las vivencias catalanas que está reviviendo en el viaje que le ha organizado Tarbut Sefarad. Casado con una judía griega sefardí, sobreviviente del holocausto, e hijo de un comerciante sefardí de Turquía, llegado a Barcelona a principios del XX, Moshe ha guardado durante más de sesenta años el patrimonio que se llevó de Barcelona. “Había muchos sefardíes en lo que entonces era la Palestina británica, y hablaban ladino entre ellos. Pero yo decidí hablar castellano moderno, porque no quería perder el legado de mi infancia”. Cuando ahora lo oyen hablar en España, le preguntan si es sudamericano.
Y así, de la mano de
una agradable comida, Moshe va relatando sus recuerdos y sus
emociones. Más de 66 años después ha podido volver a Barcelona,
y en la retina lleva la última foto que se hizo en la Rambla,
recién celebrada su bar mitzva: su última foto catalana.
Gracias, pues, a su tesón, hoy conocemos un fragmento más de la
represión y, con él, recuperamos la dignidad de las otras
víctimas, las que no tenían ningún renglón en la historia. Judío
errante, catalán exiliado e israelí, el relato de Moshe completa
el rompecabezas de nuestra memoria trágica. Un vacío menos, una
historia más, unos nombres recuperados en el árbol de la vida.
“El que sufre, tiene memoria”, dijo Cicerón. Pero también la
tiene el que ama a su pasado y lo preserva. Ese es Moshe y esa
es su historia: la de un hombre fiel a las dos identidades que
lo han formado como ser humano.
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