Es un fenómeno que va más allá de unos cuantos cantantes de moda. La
música mizrají (judíos de origen sefaradí) ha conquistado los
principales feudos de la cultura ashkenazí (centro y este de
Europa), la auténtica dominadora de los 61 años de historia de
Israel.
Como el Palacio de Cultura de Tel Aviv. Miles de hombres, mujeres,
chicos y especialmente chicas llenan el prestigioso auditorio
acostumbrado a escuchar, en silencio delicioso, la música clásica.
Esta noche, los asientos están vacíos ya que nadie se atreve a
sentarse. El desorden triunfa. Todos bailan y enloquecen al son del
ritmo y letra de Moshe Peretz, el nuevo rey mizrají.
"Es mi ídolo. No solo canta y escribe canciones preciosas sino que
es muy sensible", nos dice Ifat. Entre gritos de histeria y
empujones del resto de fans, esta joven de 26 años de Petaj Tikva
(localidad a las afueras de Tel Aviv) da algunas claves
socioculturales: "Ha llegado nuestro momento. El de los
descendientes de Marruecos, Turquía, Iraq, Túnez, etcétera. El
pueblo se ha cansado un poco de las letras de compromiso político o
social de los ashkenazíes. Ahora quiere bailar y pasárselo bien. Nos
dan algo que queremos, necesitamos y sabemos demostrar, alegría".
Llenar el Palacio de Cultura de Tel Aviv es la confirmación oficial
de la entrada de Peretz -y la música llamada también mediterránea-
en el corazón del consenso israelí. A partir de ahora, ya no será un
mizrají más que se luce solo en bodas. Peretz y el resto de
cantantes descendientes de judíos llegados hace décadas del Magreb y
países árabes, ya no son 'underground'. Han roto las barreras
emocionales y culturales. Las casas discográficas, habitualmente con
el oído puesto solo en las sintonías occidentales, se vuelcan hoy
con el sabor oriental.
Israel -que siempre se ha fijado en el cine, música, literatura y
costumbres de Europa y Estados Unidos- abraza los estribillos de la
canción mizrají. "...Fuego, en mi corazón arde fuego... mi cuerpo
tiembla cuando me acerco a ti" es una de los fragmentos más famosos
de Peretz que arrasan en pubs, discotecas y bares.
Moshe Peretz durante un concierto en Tel Aviv.
Moshe Peretz durante un concierto en Tel Aviv
"No tenemos que pedir excusas por
triunfar. La música mizrají merece estar donde está ahora. Sin la
discriminación de antes", comenta Peretz consciente que "antes"
muchas estrellas de su estilo y origen se estrellaron ante la
absoluta falta de mimo de los estamentos culturales, más pendientes
de la música anglosajona, española o israelí ashkenazi. Su lucha
traspasa la venta de discos o CD y busca el reconocimiento social. Y
también, quizas, el honor.
"Yo no quiero cambiar el mundo. Mi único objetivo es emocionar a la
gente. Arrancar una sonrisa, una emoción", confiesa Peretz.
Su historia se podría titular 'la cenicienta judía'. Nacido hace 26
años en la periférica ciudad de Tiberiades, su voz infantil irrumpió
en los rezos de una modesta sinagoga de un barrio sin recursos ni
futuro. Siempre acompañado de su padre, un obrero de origen
marroquí, rezaba para cantar y cantaba para rezar.
Entre las plegarias del Shabat de la aislada sinagoga de Tiberiades
y los generosos escotes en el lujoso Palacio Cultural de Tel Aviv,
tuvieron que pasar varios años ejerciendo de peluquero. Todo cambió
cuando una oficial, Osnat Or, le escuchó cantar y se enamoró. Peretz
era solo un electricista en la mili.
Desde entonces, inició su escalada a la cima. Tras actuar como
telonero de Eyal Golán-símbolo de la música mizrají y votado como
"el cantante de la década en Israel"- Peretz fue fichado por su
actual agente. Nunca más volvió a ser telonero.
"La victoria de Peretz es nuestra victoria", presume la bella Saguit,
de origen yemenita. Una más de las miles de jóvenes que acosan por
todas las vías posibles al nuevo ídolo en un país que busca
reconciliarse (no solo musicalmente) con su lado más mizrají y
oriental.