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En
Moisesville labraban la tierra y eran libres

por Alfredo Lorenzo Palacios
Toda la
noche había soñado con ese pedazo de Palestina
transportado a la República donde miles de judíos,
tenaces, obstinados, como todos los de su raza, labraban
la tierra y eran libres.
Al rayar el alba, monté a caballo; entre en el ancho
camino bordeado de árboles que une Palacios a
Moisesville, y dos horas después divisaba el caserío
entre la arboleda frondosa que daba un aspecto simpático
al pueblo israelita.
Era una mañana alegre y llena de sol, pasaron a mi lado
ancianos venerables, de largas barbas blancas, vestidos
con trajes negros, graves y severos, llevando debajo del
brazo el ritual de las oraciones, camino de la sinagoga.
Los rostros enérgicos con rasgos bien acentuados; las
narices aguileñas exteriorizaban una pasión indomable,
características de una raza que perdura y que alguien ha
comparado con un amianto que ningún fuego de amor ni de
odio puede consumir. Los ojos eran profundos; estaban
llenos de luz, pero de luz de incendio: parecía el fuego
heredado de los macabeos.
¿Soñaban acaso, esos ancianos, con la sagrada montaña de
Jerusalem? ¿Creían posible reconstruir a Sion, donde los
hijos de su raza matarían el erial para que de nuevo
fuera la "tierra de trigo y cebada, de vides e higueras
y ganados, tierras de olivos, de aceites y de miel" que
exalta el Deuteronomio?
Experimenté una emoción intensa. Estos judíos que
pasaban a mi lado, que respiraban a pulmón lleno en la
pampa inmensa, eran iguales a los que hace muchos siglos
vivían amurallados en las ciudades de Judá.
Perseguidos por todos los pueblos, vejados, humillados,
mordidos por todas las jaurías antes de llegar a este
suelo, se habían encerrado en el guetto, convencidos de
la superioridad de su raza y habían supervivido con la
misma pasión, con el mismo fuego, con el mismo ideal que
orientaba su vida.
Acaso ese ideal se transformaría en sus hijos, al pisar
por primera vez tierra de libertad.
La santa luz del sol que eleva la presión de la sangre y
alegra nuestro espíritu inundaba Moisesville.
Un joven judío me llevó a su casa donde reinaba un
ambiente de placidez encantadora. Toda la familia
rodeaba la mesa. Cuando entré, recitaban la oración de
la mañana que terminaba parodiando aquella que
pronunciaban sus abuelos en la cautividad de Babilonia:
"¡Que nuestros trigos y los trigos de nuestros enemigos
no conozcan los malos inviernos!"...
Una moza fuerte de ojos grandes y hermosos leyó en
español, pero con marcado acento ruso, en las páginas de
la Historia de los judíos, el relato de las
persecuciones de que fue objeto su pueblo.
Y terminó así: "Cerca de uno de los arcos de London
Bridge, bajo del cual camina silenciosamente la
corriente hacia el mar, hay un sitio donde las aguas se
arremolinan con extraña agitación. Allá, dice la
leyenda, en días pasados y terribles, fueron arrojados
varios judíos y se ahogaron..."
Algunos creían y aún creen hoy, que el ruido y remolino
de aquellas aguas proceden de los gritos desesperados de
las víctimas. Como si esa corriente de agonía que ayudó
a ocultar el crimen horrible tuviera conciencia propia y
remordimiento a través de los siglos, por haber sido
cómplice de la maldad, descubre la tortura secreta que
vi martirizándole hasta hoy...
Y la joven, con sus grandes ojos que tenían un marcado
tinte de tristeza (tristeza heredada), la honda
melancolía de la raza dispersa, que dijera Tácito - ,
miró por la ventana el inmensurable campo fecundo, donde
sus hermanos, llegados de la tierra de opresión,
arrastraban libres el arado, y pensó quizás que se había
terminado para ellos el desprecio, la burla, que durante
veinte siglos persiguiera su raza.
Fuente:
semanario El Alba, Moisesville
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