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La mujer que hizo realidad su
sueño de ser rabina

por Alejandra Rey
La mujer que
hizo realidad su sueño de ser rabina. Margit,
con una sonrisa que hace notar cada vez que no
puede, a pesar de lo vivido.
La ambición, la mentira, el maltrato, la
simulación y la megalomanía, a veces, y sólo a
veces, salvan vidas. Son ínfimas las
posibilidades de que tantas miserias humanas
obren en beneficio de un bien. Pero sucede,
incluso, a pesar de la maquinaria genocida
hitleriana, es decir, a pesar del diablo mismo.
Porque ¿cómo hubiera sido la historia de Margit
Oelsner-Baumatz si su padre hubiera decidido que
nadie le robaría su obra, su inteligencia ni su
pensamiento? ¿Qué hubiera pasado si rechazaba
abiertamente ser parte de esa venta al menudeo
de la dignidad humana que practicaban los
alemanes nazis y que le proponía ese joven y
arrogante integrante de la Gestapo? ¿Estaría
viva?
Lo que sigue es la historia de una mujer que le
debe la vida a un soldado del régimen nazi, cuyo
nombre ignora, que pretendía la gloria
adueñándose de ideas y palabras que no eran
propias. Esta es la historia de una religiosa de
72 años que luchó contra todo y todos, incluidos
sus padres, para convertirse en rabina. Ella nos
recibe en su casa de Olivos para contar,
minuciosamente, su increíble viaje.
Todo empezó con el ingeniero electrónico Werner
Oelsner, un ciudadano alemán, a la sazón judío,
quien vislumbraba ya en 1937 lo que Hitler y su
banda habían empezado a hacer con los judíos.
Vivía con su mujer Edith Chaskel, embarazada de
Margit, en la tranquila ciudad de Breslav, en la
provincia de Silesia y, de un día para otro,
comenzó a ser extorsionado para que aceptara un
trato a cambio de su vida y la de su familia:
Werner escribiría artículos sobre electrónica
para que el joven nazi los firmara y los hiciera
pasar como suyos. A cambio de un aviso
anticipado y fundamental que podía salvarles el
pellejo: cuando el régimen finalmente llegara
para requisar su negocio, robar y secuestrar a
Werner y a su familia. No había elección: los
artículos firmados por el señor de la Gestapo o
la muerte. O algo peor: los campos de
exterminio.
Margit ya tenía un año cuando ese nazi, cuyo
nombre el padre olvidó cuando la vida lo
abandonaba, le advirtió a Werner que él mismo se
presentaría en las inspecciones, simulando no
conocerlo, a cara de perro; le dijo que lo
insultaría, quizá lo golpearía, porque no podía
jugarse su carrera como militar: total ¿quién
iba a sospechar que le perdonaba la vida al
“enemigo” por figurar como sabio en materia de
electrónica?
Y cada quien cumplió su parte: entre artículo y
artículo, el nazi avisaba a Oelsner y todos
interpretaban su papel. Werner, el del judío
sumiso, golpeado e insultado, y el joven de la
Gestapo, el rol del maldito gritando órdenes,
escupiendo injurias, amenazando con destierros y
pateando traseros y orgullos.
Y mientras esta escena se repetía cada vez con
más frecuencia, Werner escribía a todos los
países que podía para pedir visas y acogida para
su familia en riesgo. “El único país que
contestó -cuenta la rabina Margit, en su casa,
rodeada de recuerdos y con la sonrisa constante-
fue la Argentina. El muchacho, el nazi, vino un
día y le dijo a mi padre: «Estás en la lista de
arresto de esta noche, cuidate». Y así fue como
nos vinimos para acá.”
Y aunque el periplo por la Europa ocupada fue
más largo y penoso de lo que ella cuenta,
finalmente Margit y su familia llegaron al país
y fue anotada como Margarita, en Buenos Aires.
“Mis padres no eran observantes de la religión
judía, nunca iban al templo y en mi casa no
había ni ceremonias ni celebraciones religiosas
porque mi papá, ante todo, era alemán. Un alemán
de ascendencia judía, claro, que no hablaba
hebreo, que no festejaba Pésaj y que no asistía
a la sinagoga.”
Margit cuenta que la familia se dedicó a
trabajar.
“Mi papá se olvidó de su título de ingeniero y
se desempeñó como electricista. Arreglaba
artefactos que le traía la gente, planchas,
lámparas, esas cosas… Y yo iba a una escuela
pública, aunque los primeros años me habían
mandado al Pestalozzi. No sé bien por qué, pero
a los 14 años mis padres pensaron que debía
tener una educación más judía y, como vivíamos
en Vicente López, me mandaron a Lamroth Hakol,
que era la comunidad más cercana.”
Es curioso que Margit crea que fue a parar a esa
institución “por casualidad”, como dice. Porque,
en hebreo, Lamroth Hakol significa “a pesar de
todo”. Esto es, “a pesar de las guerras, del
odio y de los que murieron -dice-. Y ahí la cosa
me fue atrapando. Hasta que a los 18 años mi
papá, que no quería que yo fuera a la
universidad, me mandó a la B’nai B’rith, conocí
a mi marido, me casé y tuve a mis tres hijas”.
Una vida común, la de Margit. Hasta ahí. Porque
ella era rebelde, le encantaba estudiar, le
fascinaban los desafíos y era feminista en una
época en que nadie lo era: incluso su marido le
parecía un ortodoxo porque usaba kipá “y hasta
comía kosher”, dice, y se ríe.
Y acá hagamos un alto.
La sonrisa de Margit es su guía espiritual y el
espejo de su corazón. A lo largo de las horas de
charla, esa sonrisa variará, se modificará
conforme pasan las preguntas y los recuerdos:
los buenos, los malos y los ausentes. Y cuando
no pueda sostener esa sonrisa porque el
interrogante la incomodó o la evocación se le
hizo difícil, se pondrá rápidamente de pie y
empezará a buscar cosas que jamás encontrará,
dará vueltas por su escritorio ordenado hasta la
obsesión, mostrará con orgullo los álbumes con
recortes que la nombran, pero no dirá lo que no
quiere. No, no lo hará. Porque esta mujer es
brava…
Margit tiene tres hijas, diez nietos y un marido
al que adora, y se estremece casi
imperceptiblemente cuando la cronista le
pregunta cómo fueron los años de aprendizaje en
el Seminario Rabínico Latinoamericano. Hace una
pausa breve, como eligiendo las palabras, y
mueve la cabeza negando algo, que no aclara,
pero que se le cruzó por la mente muy a su
pesar.
No. No quiere decir una palabra sobre los
padecimientos, el machismo que soportó, la
tremenda oposición de sus padres que no
entendían por qué pretendía el título de rabina
y ese afán por el Talmud. Y las burlas
acumuladas, casi tan patéticas como los
desplantes. Cuando se presentó a rendir una de
las últimas materias, uno de los integrantes del
tribunal faltó sospechosamente y, por lo tanto,
no pudo exponer. Y lloró, mucho, muchísimo, eso
sí lo confiesa, siempre con una sonrisa.
Pero se recibió a pesar de todo (lamroth hakol ,
en hebreo) y de la fecha no se olvidará jamás:
fue un mes después de que explotara la AMIA, en
agosto de 1994. Y Margit cuenta, con aplomo, las
inmensas horas desoladas que pasó ayudando y
acompañando al rabino Kreiman, cuya esposa
estaba sepultada bajo los escombros. Y ellos,
muy quietos y en silencio, esperaban que alguien
les devolviera el cadáver. “He visto tanto
-dice, mientras sigue sonriendo- y Dios me
ayuda.”
-¿A qué?
-A soportar el dolor. Mira, cuando ya era rabina
y comencé a trabajar en Lamroth Hakol en el área
social, vi la tragedia de los años de la crisis,
las familias partidas, la gente llorando porque
no tenía qué comer, las colas interminables para
buscar mercaderías… pero todo te ayuda y te hace
fuerte.
Margit es, en el siglo XXI, una especie de émula
de la heroína del escritor judío Bashevis Singer,
cuando describió magistralmente en Yentl, el
joven de Yesshiva, la decisión de una mujer de
hacerse pasar por un muchacho para poder
estudiar los libros sagrados.
Margit no debió disfrazarse de hombre, pero sí
templar su paciencia y adaptarse a esa casa de
estudios donde fue la primera mujer en cursar.
“Me fui a hablar con el director y le dije que
no podía cumplir con dos de los requisitos que
exigían: no tenía carrera universitaria y no
podía ir a Israel por un año”. Y la aceptaron,
con resquemor, pero admitieron su presencia.
Ella guarda para sí los detalles de aquellas
conversaciones, de su primer día, de la
sensación odiosa de estar especialmente a prueba
en forma permanente, de llegar a su casa
desolada y de los brazos cálidos de su marido
Fredy, siempre dispuesto a ayudarla. Se lo
reserva, pero algunas cosas se le escapan.
-¿Y cómo era estar en el seminario?
Acá es cuando Margit se levanta una vez más y
busca algo que no encuentra y, de espaldas a la
cronista, dice que hizo mucho sacrificio porque
estudió psicopedagogía en la universidad para
cumplir con lo que le pedían en el seminario,
que se fue un mes a Israel, que alguien el día
que se recibió le dijo: «Vos te llevás los
aplausos y nosotros los palos», que el machismo
existe…Claro que existe, en casi cualquier
sociedad y religión. Pero Margit se da vuelta y
la sonrisa ya está de nuevo en su cara. Y
exclama: “Amo lo que hago, no importa lo que
tuve que pasar”.
Margit está nuevamente sentada y mira esperando
otra pregunta. Pero aprovecha el silencio y
dice: “Soy rabina, pero nunca conseguí púlpito,
aunque ya no importa. Ahora soy directora de
recursos rabínicos, lo que significa que yo
contacto a la comunidad que busca un religioso
con el rabino que les servirá.
Ya hay más mujeres que se dedican y eso me pone
feliz, aunque nos resisten todavía. Los
ortodoxos, por ejemplo, ni siquiera piensan en
tener a una mujer que oficie; imaginate, ni
siquiera te pueden tocar…”
Margit ofrece otro café (“especialidad de esta
casa”, dice, y no miente) y vuelve a levantarse
para buscar fotos de su graduación. Viste un
suéter liviano de color blanco y jeans azules.
Saca de todos los estantes y cajones retazos de
su vida y cuenta, mientras tanto, que el
comienzo de su espiritualidad fue el colegio de
sus hijas. “Cuando la mayor entró en una
institución judía donde hablaban hebreo, yo me
dije: «No puedo mandarlas a un colegio donde
aprendan algo que yo no sé», y fue así como, a
través del idioma, comencé a estudiar el Talmud
y me fascinó. Pasé esos cursos y me inscribí en
otros superiores, que también superé y aprender
hebreo me fue llevando a la religiosidad, porque
no se trataba sólo del idioma, era un conjunto
de cosas interesantes”.
-¿Alguna vez pensó en abandonar?
-Sí. Una vez sentí que realmente no podía
seguir. Pero una amiga me convenció y así logré
recibirme.
La rabina tiene un orgullo imparable, dice que
suele casar parejas fuera de la sinagoga y que
está por oficiar el Bar Mitzvá de una de sus
nietas en Brasil. Y otra vez pega el salto y
muestra orgullosa los hábitos que va a utilizar
para la ocasión: el manto preciosamente bordado
y varias kipás que combinará seguro con el
atuendo. Porque Margit es coqueta, eso se nota.
-Dígame, Margit, usted habla de Dios con mucha
fe, pero ¿dónde está cuando vemos sufrir a los
chicos, las guerras, las enfermedades dolorosas?
-Dios no puede con todo. No es omnipotente y hay
cosas que los humanos podemos hacer por nosotros
mismos.
-La verdad, no entiendo las religiones.
-Yo, en cambio, no pierdo la fe. La adquirí
tarde y ahora es parte de mi vida.
No lo dice, pero intuyo que está pensando en su
padre Werner, en cómo se salvaron por un pelo
del horror y en cómo Dios cambió aquella vez su
propio destino.
MARGIT OELSNER-BAUMATZ
Quién es: tiene 72 años, nació en Alemania,
debió escapar del régimen nazi y llegó al país
porque fue el único que les dio acogida a ella y
a toda su familia. Es rabina desde 1994. No
tiene púlpito, pero puede oficiar ceremonias
fuera de la sinagoga.
Familia: está casada, tiene tres hijas que viven
en el exterior y diez nietos. De joven no era
observante de la religión y su marido le parecía
“un ortodoxo”.
Qué hace: comenzó estudiando hebreo para ayudar
a sus hijas, que iban a una escuela de la
comunidad, y terminó en el Seminario Rabínico
Latinoamericano, a pesar de la resistencia de
las autoridades. Este año piensa comenzar a
estudiar portugués para poder hablar el idioma
de alguno de sus nietos. Habla alemán y hebreo a
la perfección.
FUENTE: YADBEYAD
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