|
Negociar
con un Estado Judío

por Prof.
Paul Eidelberg
Muchos
judíos, incluso entre los religiosos, albergan el miedo
que, si el gobierno de Israel actuase de forma
distintivamente judía, irritaría a las naciones e
incitaría su hostilidad. Pero tal antipatía hacia Israel
ya existe a pesar del licuado carácter judío del
gobierno israelí.
Recuerden el rechazo de Europa democrática de permitir
que, Estados Unidos, utilizaran los campos de aterrizaje
de NATO para reabastecer a Israel durante la Guerra de
Yom Kippur.
Recuerden el reconocimiento de la OLP, por parte de las
Naciones Unidas en 1974, aun cuando el Acuerdo de la OLP
exige la destrucción de Israel (miembro de la ONU).
Especialmente revelador —no, obsceno—son las repetidas
condenas de Israel en el Consejo de Seguridad (incluso
con la cooperación de EEUU).
Aquí está la antigua hidra de antisemitismo, la cual,
los sionistas políticos, pensaban obviarían
estableciendo un estado secular democrático en la Tierra
de Israel. El Holocausto había desacreditado el odio
abierto hacia los judíos pero, como observó un escritor,
“la queja Palestina permitió que, el anti-semitismo
latente, fuese canalizado hacia un criticismo
‘respetable’ hacia Israel que fue sagazmente distinguido
del mundo judío.”
Contrario a nociones prevalentes, no es obvio que - la
situación de Israel- sería peor bajo un gobierno
conformado por judíos “obstinados,” por recordar cómo se
les llamó bíblicamente. Aunque extraño; a la Israel
moderna, también, se le llama obstinada—“intransigencia”
es la etiqueta actual—aun cuando su gobierno fue
patéticamente permisivo.
Cualesquiera sea lo que se piense sobre el acuerdo con
Egipto, tener que entregar al Sinaí, incluyendo sus
campos petroleros, bases aéreas estratégicas y $15
billones en infraestructura, sin poder permanecer en el
más pequeño asentamiento ( Yamit); haber sacrificado
todo por lo que Anwar Sadat llamó, con desdén, “un
pedazo de papel,” es apenas una muestra de
intransigencia. Si el gobierno de Israel fuese más
obstinado, si no hubiese sacrificado tanto frente a una
dictadura que convirtió ese pedazo de papel en una
pantomima, quizá no estaría, ahora, presionado a
sacrificar su patria, Judea y Samaria.
Lo que despierta la nación—desconocido para ellos
mismos—no es la intransigencia judía, sino la dolencia
judía. Decir de las naciones, incluso como hicieron
Menajem Begin y Yitzjak Shamir—por no mencionar a sus
sucesores—que “todo es negociable,” es confesar que nada
es sagrado. En efecto, Israel puede ser comprada
(postura apenas consistente con el judaísmo auténtico).
Pero, continuar con negociaciones, incluso cuando todos
saben que, dada su táctica inicial, serán retiradas a
diestro y siniestro, con seguridad incitará a la
irritación y hostilidad. Tal humillación propia aleja a
los amigos (que admiran la fortaleza), e incita a los
enemigos (que aprovechan las debilidades).
Para que el gobierno de Israel cultive una reputación de
intransigencia en cuanto a la herencia de su pueblo, y
para ser merecedor de tal notoriedad, no es necesario
suscitar la enemistad de naciones, en especial si tal
intransigencia fuese moderada con una medida de
sabiduría bíblica.
Después de todo, cuando el gobierno de Francia actúa de
forma francesa—cínica y condescendiente, algunos dirían
—ninguna otra nación se expide sobre el hecho. Tampoco
se preocupa ninguna otra oficina de asuntos exteriores
por aquello que, por años, caracterizó la política
externa de Inglaterra: la hipocresía. Además, cuando a
un musulmán, en Arabia Saudita, le amputan una mano por
robo, no se escucha ni una palabra de oprobio del
Departamento de Estado Americano. Amputar las manos de
los ladrones es una costumbre saudita. La razón
subyacente de tal indiferencia sublime es esta: se
espera que los gobiernos se conformen a la herencia de
su pueblo. Esa es una obvia precondición para la
comprensión internacional, para relaciones estables y
cordiales entre estados independientes. Cuando cualquier
gobierno deja de actuar de forma autentica, o sea según
la tradición de su nación, eso causa confusión y, a
veces, hostilidad en las capitales extranjeras.
Contraste al gobierno de Israel. Lejos de actuar de
forma distintivamente judía, emula a la América
democrática. Apenas se desvía un poco de los principios
igualitarios y liberales de los Estados Unidos, la ira
de Washington se desborda sobre el Estado Judío de
Israel. En Israel el dogma de la democracia—más inmune a
cuestionamientos que cualquier otra religión— produjo la
más absurda anomalía; ¡el único lugar en el Medio
Oriente donde la OLP tiene su propia prensa es en
Jerusalén! ¡Y lo que es más, durante la primera Guerra
del Golfo Pérsico la prensa árabe tenia la libertad de
publicar propaganda pro-iraquí y anti-americana mientras
que, Israel, era bombardeada por misiles Scud!
Fuente:
Infopublico – Cidipal - Radio Jai
|