Si todo ataque al Estado de Israel fuera un acto antisemita,
todos los israelíes sin excepción seríamos antisemitas, no hay
un sólo israelí que no critique a su propio país. Demasiadas
veces se suele acusar a quién critica a Israel de hacerlo movido
por un sentimiento antisemita. Es fácil tachar de antisemita a
cualquiera que nos critique, pero se trata de un error
irresponsable, puesto que quita efectividad a las acusaciones a
los verdaderos actos antisemitas.
El problema es que aunque no todas las críticas a Israel son
antisemitas, muchas sí lo son. Y a veces la línea divisoria
entre antisionismo y antisemitismo no es tan obvia. Pero existen
por lo menos tres tipos de casos en los cuales dicha línea es
traspasada en forma distinguible:
1. Cuando las críticas están mezcladas con mitos antisemitas
clásicos. Si se acusa a Israel de tomar la sangre de los niños
no judíos para preparar panes ácimos (aunque parezca mentira, en
el mundo musulmán el mito del libelo de sangre no ha
desaparecido), de causar epidemias, terremotos u otros desastres
naturales, de conspirar para provocar crisis económicas o
dominar el mundo. En este caso se trata del viejo antisemitismo,
intercambiando la palabra judío por israelí o sionista y los
"Sabios de Sión" por "Gobierno de Israel" o "El Mossad".
2. Cuando las criticas son incondicionales. Si Israel conquista,
está mal, pero si Israel se retira del territorio conquistado,
sigue estando mal. Sea cual sea, la acción que tome el Estado de
Israel, incluso si se trata de la acción opuesta a la
previamente criticada, está mal también. Este tipo de casos son
más difíciles de identificar que el primero, porque no se trata
de un argumento aislado, sino de una suma de argumentos que en
su conjunto demuestran un sentimiento de odio incondicional. Ese
odio incondicional a Israel, está alimentado por el odio
incondicional que lo precede, el antisemitismo. Sobre la
naturaleza incondicional del antisemitismo y del antisionismo de
corte antisemita, la cita de Gustavo Perednik resulta muy
esclarecedora:
Los judíos fueron acusados por los nacionalistas de ser
generadores del comunismo; por los comunistas de regir el
capitalismo. Si viven en países no judíos, son acusados de
dobles lealtades; si viven en el país judío, de ser racistas.
Cuando gastan su dinero, se les reprocha ser ostentosos; cuando
no lo gastan, ser avaros. Son tildados de cosmopolitas sin
raíces o de chauvinistas empedernidos. Si se asimilan al medio,
se les acusa de quintacolumnistas, si no, de recluirse en sí
mismos.
Para los que odian a Israel en forma incondicional, la una única
acción que el gobierno de Israel puede llevar a cabo sin ser
criticado, es cruzarse de brazos cuando sus ciudadanos son
atacados y dejar que los maten sin hacer nada al respecto, y a
la larga, dejar que eliminen al Estado de Israel en su conjunto,
(véase el punto número 3). Bajo la misma lógica, para estas
personas, todo ataque a ciudadanos israerlíes, ya sean militares
o civiles, tanto en territorio ocupado como en el territorio
reconocido internacionalmente, en época de tensión o en medio de
una tregua, está siempre, en cualquiera de sus formas y bajo
toda circunstancia, absolutamente justificado.
3. Cunado las críticas abogan por la eliminación del Estado de
Israel. El que pide la eliminación del Estado de Israel, en la
práctica pide la muerte violenta de cientos de miles de judíos y
un nuevo exilio para varios millones. Quien apoya la expulsión
de los judíos de Israel, no se diferencia de quienes apoyaron la
expulsión de los judíos de otros países. Como decía Mario
Haitman:
En los años cincuenta, en las calles de mi ciudad podían leerse
pintadas que exigían 'judíos fuera, váyanse a Israel'. Hoy se
pueden leer grafitis que exigen 'judíos fuera, váyanse de
Israel'.
En conclusión, cualquier crítica a Israel que no caiga en
ninguno de estos tres puntos, es una crítica legítima, con la
que uno puede discrepar o estar de acuerdo.