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La Guerra contra el Terrorismo y el Nuevo Orden
por George Chaya
Casi nueve años
después del 9-11; predominan dos ideas falsas o
erróneas dentro de la administración estadounidense
en lo referente a la denominada guerra contra el
terrorismo en Oriente Medio. La primera, es que los
grupos yihadistas actuales (Al Qaeda, Talibanes,
Yihad Islámica, Hezbolá, Hamas) son organizaciones
terroristas como las conocidas antiguamente través
de la historia del terrorismo y que operaban
clandestinamente fuera del marco del Derecho
Internacional. La segunda idea refiere al cese de
las hostilidades y a que el alto el fuego marca el
final de la guerra en los países donde estas
agrupaciones operan. Ni la primera, ni la segunda de
estas opiniones son correctas o validas.
Algunas de estas organizaciones como Hezbolá y
Hamas, son satélites militares y teológicos de la
Republica Islámica de Irán y actúan en Líbano y Gaza
en cumplimiento de sus directivas. Se rigen por
leyes propias y han instalado estados paralelos
(tanto en el caso libanés como en la fractura que
Hamas ocasionó con su separación de la
Autoridad
Nacional Palestina dirigida por el presidente Mahmud
Abbas). Ambas disponen de ejércitos propios, fuertes
y mejor equipados que las fuerzas de seguridad
reconocidas oficialmente y han desafiado desde
siempre las resoluciones de la ONU. Tanto Hamas como
Hezbolá funcionan financiadas y entrenadas por Irán,
la agrupación chi’ita libanesa libró la guerra del
verano de 2006 con unidades bastante bien
organizadas contra un adversario regional fuerte
como es el ejercito de Israel. Como partido político
representa gran parte -pero no toda- la comunidad
chi’ita y cuenta con dos ministros que no se
encuentran limitados en la toma de decisiones dentro
del propio gobierno libanés.
Hezbolá es una entidad que pretende instaurar un
estado islámico y confronta en el territorio de un
estado que reúne todas las cualidades de un Estado
legalmente constituido y lleva adelante su acción
movida por el apoyo de fuerzas regionales como Irán,
Siria y otros sectores radicales islámicos menores y
se ha convertido en un nuevo fenómeno para abordar
los asuntos de las relaciones internacionales. Lo
mismo sucede con Hamas en Gaza.
Desde su creación, Hezbolá ha estado casi
permanentemente en guerra. La primera de las tres
guerras que lanzó, se produjo en 1983, cuando con su
ataque contra cuarteles de los EE.UU. asesinó a 241
infantes de marina y convenció a los Estados Unidos
que retiraran sus fuerzas pacificadoras de Beirut.
La segunda guerra se centró en una campaña de
hostigamiento que indujo a las fuerzas israelíes a
que se retiren del Líbano Sur en el año 2000. La
tercera, fue la iniciada en 2006 con el secuestro de
soldados israelíes dentro de territorio de Israel,
hecho éste que origino la contraofensiva y el ataque
israelí. Respecto de la sunnita Hamas, sigue los
pasos de su agrupación chi’ita hermana en Líbano,
propugna la destrucción del Estado de Israel y desde
su creación ha ejecutado un sin fin de ataques
suicidas y también con cohetes y obuses sobre
ciudadanos civiles israelíes. En el caso de Hezbolá
y su guerra de 2006, estamos hablando de un hecho
que no fue menor, hablamos de un asalto
cuidadosamente concebido contra el sistema
internacional y el respeto por la soberanía e
integridad territorial de un estado; no de un ataque
terrorista aislado.
Existen similitudes en cuanto a la estrategia de
guerra asimétrica por parte de Hamas y sus
planificados ataques de cohetería contra pueblos del
Neguev dentro de Israel. La creación y proliferación
de organizaciones como Hezbolá, Hamas y Al Qaeda y
sus modalidades operacionales dentro del campo del
terror yihadista muestran su desprecio por la
soberanía y territorialidad de los estados. En su
cosmovisión, la batalla no puede ni debe ser
definida por las fronteras, los principios del nuevo
orden mundial que buscan instaurar confrontan
decididamente con las normas del derecho
internacional al que rechazan, de allí que los
yihadistas lleven adelante sus actos terroristas
para socavar y minar regimenes de estados legalmente
constituidos, el ejemplo concreto es Líbano, donde a
pesar de haber perdido las elecciones de junio de
2009, han logrado imponer su estrategia para
infortunio del pueblo libanés.
Los “alto el fuego” que se han instaurado tanto por
la Resolución 1701 del CSONU para el caso del
Líbano, o el cese de fuego unilateral que decreto
Israel para finalizar su Operación Plomo Fundido del
pasado año, de ninguna manera terminan o marcan el
final de estas guerras; por el contrario abren una
nueva fase en ellas.
Estos asaltos al orden democrático que amenazan
también a otras regiones del globo por las recientes
alianzas de estados islámicos radicales con
gobiernos trans-regionales como el régimen chavista
en Venezuela y con grupos transnacionales
organizados como milicias narco-terroristas (las
FARC colombianas) configuran un desafío particular
para los deseos de pacificación que ha manifestado
la administración del Presidente Obama en Oriente
Medio, mas aun, cuando vemos que el fenómeno
adquiere dimensiones globales donde las fronteras
denotan pocas tradiciones nacionales. Tanto la
crisis del Líbano, como la ofensiva contra Hamas,
como el incremento de las acciones de los
terroristas en Yemen, Afganistán y Pakistán son
casos clásicos que muestran ese patrón.
Aunque para las reglas del viejo Orden
Internacional, la guerra del Líbano técnicamente
ocurrió entre dos Estados -Líbano e Israel- y lo
mismo en Gaza -entre los Palestinos e Israel-, en el
caso del Líbano, el único conflicto territorial se
refiere a una pequeña porción de territorio libanés
que son las Granjas de Shebaa, ocupadas por Israel
desde su guerra con Siria en 1967 y erróneamente
sindicadas por la Comunidad Internacional como que
no son parte del Líbano, error que fue certificado
por la ONU en el año 2000. Mientras que en Gaza, no
hay ocupación desde que unilateralmente Ariel Sharon
decidió la desconexión y retirada de allí hace más
de 3 años. Con todo, las normas internacionales
existentes obligaron a Naciones Unidas a negociar el
alto el fuego con el gobierno libanés, aun cuando
este no controló nunca ninguna acción de Hezbolá, ni
antes, ni durante los combates, como sigue sin
controlar a la organización en la actualidad. Esto,
más allá de la intervención del estado libanés
legitimo en los arreglos para el alto el fuego con
Israel y su claro papel en el final de las acciones
militares nos muestra indubitablemente que los
objetivos verdaderos de la guerra libanesa fueron
transnacionales y no libaneses. Difiere el caso de
Hamas, pues mas allá de las negociaciones para el
alto del fuego en las que intervino la ANP, Egipto y
los países integrantes del Consejo de Seguridad de
la ONU, éste se realizó de forma unilateral por
parte de Israel.
¿Que se pretendió entonces con estas guerras
trasnacionales llevadas adelante por el yihadismo
radical? Evidentemente han habido “factores
primarios”, a saber: a) contemporizar las milenarias
y viejas fracturas y odios entre sunnies y chi’íies
en base al odio a Israel y a EE.UU. b) dispersar la
presión diplomática en el programa nuclear a favor
de Irán y c) posicionar a Irán como factor de
importante equilibrio en cualquier negociación
regional. Como “factores secundarios” podemos
mencionar: d) bloquear y llevar a fojas “Cero” el
Proceso de Paz Palestino-Israelí y e) fortalecer a
Siria -el segundo patrocinador principal de Hezbolá
y Hamas- en su posición para regresar al Líbano e
insertarse con éxito en la comunidad internacional
de la que estuvo aislada desde la Resolución. 1559
del CSONU de septiembre de 2004.
Estas son las razones por las cuales el balance de
las pasadas guerra en Líbano y en Gaza se debe
determinar en gran parte en términos psicológicos y
políticos, lo mismo para las acciones que se
desarrollan actualmente en Irak y Afganistán, y las
que comienzan por estas horas en Yemen.
Lo cierto es que mucha de la observancia excesiva
sobre la discusión de alto el fuego, aplica verdades
tradicionales a situaciones sin precedentes, y allí
reside el error de evaluación de los países del
mundo libre. Los principales actores en estas
guerras, Hezbolá, Hamas, el Taliban y Al Qaeda no
son partidarios del alto el fuego y han rechazado de
forma absoluta desarmarse. En la actualidad, la
administración estadounidenses apuesta por un
proceso político que genere la apertura para una paz
duradera en la región, según George Mitchell,
enviado del presidente Obama. Pero ¿cómo podemos
pensar que habrá de prosperar favorablemente el
proceso político cuando las fuerzas de la ONU y la
OTAN se hallan condicionadas por Siria y el Régimen
de Irán?
Sin lugar a dudas, el movimiento futuro de los
grupos terroristas será una tentativa por dominar
sus respectivos gobiernos usando la intimidación y
la violencia como también por medio de la
manipulación de los procedimientos democráticos. En
tal situación, Irán y Siria estarán en una posición
más fuerte para controlar las reglas del alto el
fuego mucho más que Naciones Unidas e imponer así su
voluntad y sus políticas dentro del Líbano, Gaza,
Irak y Afganistán. De allí que el desafío
fundamental para la política de occidente y el mundo
libre debe centrarse en un objetivo principal, el de
prevenir y neutralizar estas organizaciones
políticas-terroristas.
Después de ser atacado por los misiles yihadistas
desde Gaza y Líbano, Israel encontrará serias
dificultades para llevar futuras negociaciones de
paz si se encolumna sin objeciones en las políticas
estadounidenses para la región, ni podrá, bajo las
condiciones actuales, encontrar un socio para
garantizar seguridad, los yihadistas boicotearan
cualquier proceso de paz en cumplimiento de ordenes
de Irán y Siria quienes no tienen ningún interés en
la creación de un estado palestino democrático.
La indefinición de la situación en este tópico y una
continuidad prolongada del tema hará insostenible el
status quo. Un nuevo mapa de ruta debe emerger en
Medio Oriente para sostener la política en la
región. Esta nueva alternativa es indispensable para
ocuparse de la crisis producida por la combinación
de la política fanática de los grupos que se han
erigido en estados dentro de los estados, un
proyecto común entre América, Europa y los estados
árabes del Golfo es necesario para un acercamiento
común que aporte la definitiva resolución. Así, se
comenzara a neutralizar las políticas desafiantes de
Irán quien entrena, financia y equipa a varios de
estos grupos al tiempo que continúa trabajando en un
programa de armas nucleares que conduciría a la
proliferación nuclear. Es más que evidente que el
desafío ahora es sobre el orden mundial más que
sobre los ajustes dentro de un marco regional
aceptable.
Una política atlántica y global común debe llevarse
adelante e incluir a los estados árabes del Golfo,
esta debe ser la prioridad inmediata. Ambos lados
del Atlántico deben poner sus mejores esfuerzos,
ideas y hombres para ocuparse del peligro común de
una guerra más amplia que se convierta en una guerra
religiosa (con la que se darán de nariz los mentores
de las alianzas de civilizaciones más temprano que
tarde). Esto no se puede lograr con meras
resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU; las
resoluciones del CSONU deben emerger de una
estrategia convenida, consensuada y compartida en
sus fines y objetivos. Se debe estar atento a estas
preocupaciones y estar preparados para llevar
adelante una exploración seria de las perspectivas
que eviten la confrontación.
La cuenta regresiva esta en marcha, ya no alcanza
con discursos buenistas de funcionarios irresolutos
que impostan un gesto adusto cuando se encienden los
flashes y los periodistas preguntan.
Fuente: porisrael
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