Con “Ojos Bien Abiertos”
(título en francés de la película) de Haim Tabakman, el cine israelí
continúa abandonando los senderos trillados de conflicto del Oriente
Medio para explorar los vericuetos tortuosos de la sexualidad.
Después de “Kadosh” de Amos Gitai, una caricatura del mundo
ultra-ortodoxo, después de “El Secreto” de Avi Nesher, que trata de
las relaciones sexuales entre mujeres, después de “My Father, My
Lord”, de David Volach, que evocaba el espinoso asunto del laicismo
en Israel – y donde las manifestaciones de este verano de los
haredim, oponiéndose a la apertura de un parking el sábado en
Jerusalén, demuestran su actualidad -, jamás el cine israelí había
llegado tan lejos en su acercamiento a la religión y la sexualidad.
“Eyes wide open”, el
título original en inglés de esta película sutil, inquietante,
inclusive embarazosa, hace referencia a “Eyes Wide Shut” de Stanley
Kubrick. Unas semanas después de los ataques perpetrados contra los
homosexuales en Tel Aviv, “Tú no me amaras” recuerda una vez más las
dificultades de esos hombres a la hora de vivir plenamente su vida
ante las cortapisas de una sociedad demasiado religiosa, demasiado
jerárquica, demasiado opresiva.
Se está lejos de los vaqueros secretamente enamorados de “Brokeback
Mountain”, de Ang Lee. Esta vez, la homosexualidad se invita a un
territorio aún más hostil: un barrio de la comunidad judía ortodoxa de Jerusalén.
En el guión: intolerancia y dramas íntimos amorosos, sobre un
escenario
un tanto conocido, visto a veces en demasía. Aaron, casado y padre
de cuatro hijos, es carnicero en la comunidad judía de Jerusalén. A
la muerte de su padre, se hace cargo de la carnicería familiar y
contrata al joven Ezri, que se convierte en el ángel de la
tentación. El amor nace. La tragedia está en marcha.
El interés de la película no reside en esta enésima historia de un
amor prohibido, sino en cómo estos dos hombres ven su amor nacer,
crecer y decaer en el corazón de una comunidad mostrada sin clichés
y en toda su complejidad.
¿Cómo conciliar el amor de Dios y el amor de los hombres? Vieja
cuestión de la cual Agustín había comprendido toda su complejidad.
¿Hay que renunciar al amor de Dios por una relación carnal? ¿Cómo
hacer cohabitar una religión que se reivindica humana y amorosa
("amarás a tu prójimo como a ti mismo") con su negativa a aceptar el
amor del mismo sexo? ¿Debemos renunciar al ser amado y a la
felicidad o debemos vivir nuestra vida de acuerdo con la fe y
aceptar la renuncia a esa felicidad? ¿Por qué es necesario elegir?
Estas preguntas conforman la trama oculta de “Ojos bien Abiertos”.
Para muchos judíos ortodoxos la homosexualidad no existe más que
como una tentación, como una debilidad, como un crimen. Ahora bien,
para Aarón y Ezri el amor carnal y el amor de Dios están
inseparablemente ligados. En ningún momento los dos amantes, a pesar
de su sufrimiento, piensan en abandonar de su comunidad. Pero si
cada uno de ellos es sincero en su amor y en su fe, la película
revela el límite más allá del cual esas dos lógicas son
irreconciliables. Sólo queda una alternativa: someterse o
desaparecer. La atracción que siente el uno por el otro es
contemplada como una especie de prueba que supuestamente les
llevaría hacia un mayor grado de espiritualidad.
En este contexto, la paradoja de los haredim se revela plenamente.
Por un lado, la comunidad está unida por un sentimiento de
fraternidad, de solidaridad y de confianza - nunca se está solo,
cada uno se ocupa del otro. Pero esta preocupación benevolente
también es un formidable instrumento de control social. En esta
“comunidad reducida al acecho”, vigilar y castigar podría erigirse
como la prescripción número 614 de la Torah. En un mundo cerrado, ya
se sea judío, cristiano o musulmán, es necesario desconfiar de quien
perturba el orden.
Pero, ¿qué hacer entonces con el amor y, sobre todo, con el deseo?
En el caso de los ortodoxos, se le desprecia e ignora. La única
prescripción
es satisfacer las necesidades de la esposa, de acuerdo a un ritual
bien codificado, con el único fin de procrear.
El carnicero Fleishman
(cuyo nombre, en el sentido etimológico, significa "el hombre de la
carne"), el que debe volver consumible la carne impura, está
obligado a volver accesible la carne animal. Pero él no puede hacer
lo mismo con la suya y mucho menos en una relación con otro hombre
(dando legitimidad a su relación carnal).
Por lo demás, el director de la película, Tabakman, no hace un
proceso en contra del judaísmo ortodoxo: ¿acaso el amor de Rivka, la
esposa de Aarón, lleno de modestia y sensibilidad, no es realmente
más poderoso en su dimensión espiritual? Ciertamente, la dimensión
erótica está completamente ausente del matrimonio, pero resta un
compromiso profundo y fundamental, y es este compromiso el que da a
esta mujer la fuerza para superar su sufrimiento.
Obviamente, desearíamos
condenar rotundamente cualquier forma de religiosidad que rechace el deseo y el sexo.
Pero todo el interés de la película se dirige, no a juzgar ni a
invitar a un juicio, sino a comprender. En última instancia, en
efecto, el ser humano es representado como fundamentalmente libre:
eligió su modo de vida, eligió su vida. También eligió su amor. Él
siempre es él mismo. Incluso la prisión más ferozmente vigilada no
puede resistir cuando el deseo se abate sobre sus presas.
Es por ello que uno se pregunta si el undécimo mandamiento debería
ser “Tú no me amaras” o "Me amaras hasta perder la razón”.