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Relato:
El Pacto por Patricio Iglesias
La mujer caminaba rápido, casi a la carrera, cuando ingresó a la iglesia de la compañía de Jesús en Concepción. Corría el mes de diciembre de 1624 y los feligreses, preferían aprovechar el dulce y cálido aire del atardecer, en la constantemente húmeda región de la frontera. Faltaba, largo más de una hora para que se iniciara la misa vespertina y el día era luminoso. Cerca del altar mayor, divisó uno de los sacristanes, que se aprontaba a encender los innumerables cirios. Ve y llama al padre Juan. ¡De prisa! Increpó la mujer al mestizo monaguillo. Es que el padre, está descansando y como no ha merendado, por lo de la misa, está de un humor... ¡Te digo, que lo llames de inmediato so zambo! El muchacho, que conocía a Doña Felipa del grupo de beatas de misa diaria, presintió en su voz que algo grave sucedía. Apagó el cirio mientras corría puertas a dentro. De seguro, se trataba de algún chisme bueno y de refilón, sería él uno de los primeros en enterarse, pensó el muchacho.
El padre Juan tornó los ojos hacia el cielo. ¡Doña
Felipa!, ¡Doña Felipa! Cómo si no tuviera problemas de
que preocuparse. Tan sólo ayer, le habían llegado las
nuevas de España, sobre la creación de un Consejo de
Indias, ordenado por el mismísimo Carlos V. ¡Alemán
¡Que Doña Felipa está como alma que se la lleva el malo, Padre! Insistió el monaguillo. El padre Juan, salió de sus airadas reflexiones y pesadamente caminó hacia la iglesia. Al verlo la mujer, se arrodilló y le besó la mano. Padre necesito confesarme. Hija no sería posible que esperases a que viniese el Padre Rodrigo, en sólo unos minutos. No Padre, es con usted y ahora. El viejo cura la miró y se dio cuenta que algo grave había sucedido. Caminó hacia el confesionario lentamente. Capaz que algún soldado necesitado, como tantos que hay por estos rumbos, haya cerrado los ojos y.. ha profanar esta vieja incólume. La sola idea de escuchar una confesión algo más picante, que las usuales tonterías de beata, le animó el agriado espíritu.
¡Ave María Purísima! Cuéntame tus faltas hija… Nada de eso interrumpió Felipa. ¡Es mi hermano!. Ah tu hermano, una vez más… El interés del cura cayó de bruces. Las sospechas del judaísmo de Francisco, lo tenían un poco harto. La última acusación, era la de usar camisa blanca los viernes por la tarde. Signo inequívoco de herejía. Francisco Maldonado De Silva, había llegado a la frontera con sus hermanas, hacia ya algunos años. La zona era un hervidero de soldados de la peor calaña, indios, mulatos y uno que otro peninsular. De ascendencia portuguesa, era culto, y el único cirujano de la zona. No iba a dar oídos, a una hermana beata, que veía moros con tranchetes. Mira hija… Nada de eso Padre, -interrumpió- el asunto es horrendo, ¡horrendo!, exclamó mientras estallaba en llantos. Al oír los gritos, salio del confesionario, la mujer estaba sentada en el suelo, hecha un mar de lágrimas. ¿Qué ha sucedió? Es que no puedo. Te obligo por el poder que me da la Iglesia y el sacramento de la confesión. ¡Es que se ha lastimado!, de la forma más horrible que ser humano pueda imaginar. Yo creo que muere, se desangra… Mientras caminaban, lo más rápido que le permitían sus cansados huesos, el cura oraba su oración más sentida. Aquella del recién canonizado Ignacio de Loyola, fundador de la orden. Fundador sois Ignacio y general de la Compañía Real, que Jesús con su nombre distinguió, San Ignacio tendría que venir en su ayuda. Su intuición de viejo cura, le decía que se enfrentaría a un drama de proporciones. Entraron corriendo a la casona y atravesaron el primer patio. Una pequeña luz salía de lo que debía ser la recámara de Francisco. Varias mujeres lloraban y algunos esclavos atisbaban por entre la puerta semiabierta. El cura ingresó cerrándola tras de sí. Una vela de cebo, apenas dejaba ver el interior. La acercó hacia el fondo de la amplia habitación, para encontrarse con un macabro espectáculo. Desnudo, sentado sobre una cama totalmente ensangrentada, estaba Francisco. De su miembro vendado, aún brotaba algo de Sangre. Sin embargo, la expresión de su rostro, mostraba una tranquilidad casi espiritual. En su mano sostenía una copa de vino. La alzó mirando al cura diciendo ¡Lehaim! ¡Qué suerte de tenebroso rito, es éste!, alcanzó a exclamar el cura. Nada de eso, dijo Francisco, mientras se levantaba lentamente, con una mezcla de dolor y risa. Es un brindis Padre. Lo estoy invitando a brindar por mi Brit, mi pacto. ¡Es que estás loco de remate!.Increpó, ya más molesto que atónito. Te cortas la verga, medio te estás desangrando cual Magdalena y me invitas a brindar. Si, así es, respondió ya más serio. En el Brit, los judíos brindamos y usted será el único invitado a mi celebración. Extendió su mano y ofreció la copa. El cura no aceptó. Ese sólo acto, podría costarle la excomunión. Sin embargo Francisco exhalaba un aura de fe, como jamás había sentido, ni en sus momentos de misticismo más potentes. ¡Pero tú no eres judío!, Tu padre era marrano, pero tú y tus hermanas fueron acogidos por la iglesia y han recibido, a Dios gracia, los sacramentos para su salvación. -Quizás usted tenga razón Padre, pero también es testigo ahora que he sellado un pacto con Elo-kim . -Francisco, ¿porqué haces esto? Te das cuenta, que saliendo de esta casa, tendré que denunciarte por herejía y te embarcarán en el primer barco a Lima. A estas horas, la noticia debe estar corriendo como reguero de pólvora. Ahora, ya nada puedo hacer para salvarte. Partirás de estas soledades y tu sacrificio será en vano.
Sólo el más alto me basta como protección. Interrumpió
Francisco. El cura se sintió abatido. Quiso arrodillarse
y rezar. Estaba frente un hombre santo. Lo podía
reconocer. Y, sin embargo, la vida había querido que
fuese él quién lo denunciase. Fuese él, la primera mano,
de las tantas, que habrían de castigarlo por su fe.
Nunca antes, había sentido un cuestionamiento de
conciencia como en ese momento. No levantó la vista,
sabía que de ver sus ojos, no podría evitar el
abrazarlo. Su desnuda imagen ensangrentada, le era
demasiado familiar. Perdóname señor, perdóname señor.
Extendió la mano, tomó la copa y apuró el resto de vino.
Mientras caminaba, destino a la Curia, sintió el más profundo dolor, jamás. Sabía que enviaría al martirio, al más justo de los hombres, a un hombre de fe. Pocos meses, después Francisco Maldonado De Silva, fue embarcado con destino a Lima. Su proceso duro diez años. Durante ese largo período, jamás abjuró del judaísmo. Más aún, continuamente encaró sus inquisidores con profundos argumentos teológicos, usando una valentía inaudita para la época. Sufrió mil y una torturas, y aún así, logró escribir con carboncillo, en hojas de maíz, los recuerdos de las enseñanzas de la Torá, que recibió de su padre. Fue quemado el 23 de enero de 1639, en la Plaza de Lima, junto a sus pequeños escritos, en hojas de choclo.
En rigor a la verdad, es posible que la frontera entre
el delirio y razón, en Francisco Maldonado De Silva,
haya estado algo difusa. Quizás, desde el momento mismo
en que se auto circuncidó, cuyos dolorosos detalles, han
llegado hasta nuestros días. Pero, fue sin lugar a
dudas, un valeroso ejemplo del paleo judaísmo chileno.
“Nuevos Antecedentes para una historia de los judíos en Chile Colonial”, Gunter Bohn, Editorial Universitaria, 1963
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