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PARADOJAS JUDÍAS QUE HIEREN EL ALMA
Por Léon Trahtemberg, Lima, Perú 5 6 2009
Hay dos imágenes que tengo grabadas desde mi infancia que evoco cada
vez que escucho hablar de tzedaka. Una es aquella en la que me veo
sentado en el café de la calle Huancavelica con mi papá y unos
cuantos coetáneos suyos, y de pronto entra un correligionario que
les dice a los presentes: “Necesito 500 dólares para alguien que
está necesitado de ayuda”. De inmediato, cada uno de los presentes
mete la mano al bolsillo, saca lo suyo, lo entrega al recaudador y
luego siguen charlando. Nadie pregunta para quién ni porqué; nadie
pide explicaciones ni cuentas. Si un judío respetado pide dinero
para tzedaka, los otros sobreentienden que es porque se necesita y
asumen que ese dinero llegará a su destino. Había credibilidad,
confianza, generosidad y solidaridad.
La otra es una lectura de un párrafo en el curso de Historia Judía,
sobre los grados de tzedaka de Maimónides, que abarcaban desde aquél
que aunque daba muy poco y por obligación contribuía a alguna causa
de beneficencia, hasta aquél que voluntariamente tomaba la
iniciativa de buscar a quién podría ayudar para
hacer una mitzvah,
donaba anónimamente un monto significativo, con el propósito de que
el beneficiario pueda adquirir un oficio o actividad comercial que
le permita luego mantenerse por sí solo. “No darle pescado sino
enseñarle (permitirle) pescar” dirían los sabios. Esos eran los
paradigmas de amor al prójimo y justicia social más elevados del
judaísmo. Y estaba al alcance de la mano de todos, con el solo
requisito de desear hacerlo. Desde mi limitada edad, aprendí este
tipo de judaísmo, antes de empezar a preguntarme si Dios existe, y
si tiene sentido ir a una sinagoga o prender velas en shabat.
45 años después, nuevas imágenes se superponen a aquellas de las que
yo aprendí mi judaísmo. Son las imágenes de dos jóvenes de distintas
familias judías, de algo más de veinte años de edad, gente buena,
con espíritu sano y esforzado, que trabajan en lo que pueden y
cotidianamente luchan por la vida como pocos de su generación, que
ahorran consumiendo agua en vez de gaseosas o caminan para no gastar
en microbus los pocos soles que tienen, con grandes deseos de
superarse, que se ven obligados a abandonar la universidad y truncar
su ascenso profesional porque no pueden pagar sus estudios.
Eso ocurre en los mismos meses en que se van a inaugurar varios
espacios de infraestructura comunitaria que fácilmente excederán el
medio millón de dólares, con la intención de recordar a padres
fallecidos, facilitar la práctica de rituales religiosos, la lectura
de libros de sabiduría judía y mantener vivo el recuerdo de la
historia comunitaria.
En los mismos días que estos dos jóvenes que menciono verán
truncadas sus posibilidades de hacerse de una herramienta que les
permitirá salir de la pobreza, los discursos de los dirigentes
comunitarios señalarán el orgullo comunitario por tener una gran red
se soporte social, educativa y religiosa, una hermosa
infraestructura, y la capacidad de atender a los enfermos y
necesitados de la tercera edad.
Lo peor del asunto, es que a pesar de que están muy cerca, no se
verá a estos jóvenes necesitados, como no se ve a los porteros de
las tiendas comerciales a los que ni se les saluda porque se les
confunde con el decorado.
¡Cómo no va a herir el alma esta paradoja!. Me pregunto por el
futuro de la comunidad. Me pregunto por las lecciones de vida que
reciben nuestros jóvenes. Me pregunto si los ladrillos inertes de
los edificios que se inaugurarán, las costosas fiestas que celebran
las alegrías del ciclo de la vida judía y las aliyot a la Torah que
se asignarán a los donantes pueden cubrir las huellas vivas de
frustración de quienes observan estas paradojas de la vida
comunitaria. ¿Es con ello que los jóvenes de la comunidad van a
cargarse de energía judaica? ¿Es así como van a nutrirse de la ética
judía?
Me temo que eso ya no les alcanza a los jóvenes que cada vez con más
frecuencia hacen el “acting-out” equivalente a decir “esto no es
para mí”, aún si ocasionalmente bailan la hora o la ronda jasídica
en alguna fiesta judía, o si asisten a algún minyán para recitar el
kadish.
Ojalá me equivoque, pero tengo la impresión de que varios judíos ya
empezaron a recitar su kadish comunitario hace un buen tiempo.
¿Quién querrá luchar por pertenecer y mantener activas instituciones
que fallan en sus tareas humanas más esenciales?
Puede parecer ingrato aludir con un mismo mensaje tanto a donantes
generosos como a los que aún no lo son. Pero a los justos que no
buscan reconocimientos no les molestará que se generalice en aras de
apelar al bien común. Para los jóvenes resulta difícil entender cómo
es que los judíos que tienen fortuna no logran convertir en motivo
de disfrute el privilegio de hacer tzedaka. Es un tema del que de
una u otra manera usualmente hablan mucho en el colegio, la tnuá y
luego la universidad.
Resulta difícil entender cómo es que gente que se ha realizado
económicamente, más allá de alguna donación individual condicionada
-que no deja de ser valiosa-, no son capaces de juntarse -al margen
de los dirigentes inoperantes- y comprarse personalmente el pleito
de la tzedaka. Podrían crear en 30’ un mecanismo que sirva de vaso
comunicante entre sus capacidades económicas y las personas
necesitadas, a las que se podría llegar anónimamente -como sugiere
Maimónides- apelando a quienes son confiables para canalizar estas
donaciones eficientemente.
Qué distinto sería que en lugar de escuchar reiteradas evasivas del
tipo “yo ya dí” cuando se les aborda para pedir ayuda, las personas
que ejecutan la labor directa con los beneficiarios pudieran recibir
llamadas de quienes pregunten “¿sabes de alguien que esté en
apremios y necesite ayuda?”. La lucha por el futuro de la comunidad
es la lucha contra el conformismo, la apatía y la pasividad.
Requiere hacer visibles las conductas que más enorgullecen a los
judíos y garantizaron su supervivencia desde el principio de los
tiempos. Significa impedir a toda costa que nuestros jóvenes
necesitados se conviertan en parte del decorado que nadie ve. De lo
contrario, cuando los jóvenes judíos escuchen de sus líderes que
viven en una comunidad hermosa, hospitalaria, sensible, generosa y
solidaria, les parecerá que se habla de una comunidad desconocida,
porque en la suya hay poco de eso, y por tanto, no hay mayor
incentivo para quedarse dentro de ella.
fuente:
www.trahtemberg.com/articulos/1375-paradojas-judias-que-hieren-el-alma.html
ENVIADO POR:
Marcos Reizin |