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Modigliani, Chagall y Soutine: Genio,
judaísmo y universos inclasificables

Dentro de las tres directrices
antitéticas que definen vagamente el
arte de vanguardia de principios del
siglo XX, sean estas color-forma,
objeto-abstracto y realidad-surrealidad,
y sustentado por todo un inmenso
catálogo de movimientos artísticos
manifiestos hallamos entre los mayores
exponentes de esa maravillosa e
inigualable ebullición pictórica vivida
en la Europa de los ismos, a tres
singulares personajes que difícilmente
pueden caer ya sea en uno de los
movimientos o dentro de las
clasificaciones habituales de la
plástica de esa época: se tratan de
Amadeo Modigliani (1884-1920), Marc
Chagall (1887-1985) y Chaim Soutine
(1893-1943).

Los
tres tienen varios puntos de
coincidencia tanto en sus orígenes como
en eventos ocurridos durante sus vidas.
Todos ellos provienen de cuna judía, el
cual no es un detalle para nada menor,
ya que si uno hace una somera
retrospectiva a la historia del arte,
los pintores judíos huelgan por su
ausencia, y esto es debido a un motivo
esencial. La tradición judía ortodoxa
teme a la idolatría de imágenes y
representaciones humanas, por ende
proscribe las representaciones
pictóricas (pintura y escultura) que son
consideradas como insultos a los
sentimientos religiosos, ya que Dios es
entendido como un entidad audible,
dotada de voz y soplo, y no visible,
carente de imagen. Este marco
religioso-cultural provocó que ser un
pintor dentro del judaísmo implicaba una
inherente trasgresión, que está
arraigado en Soutine (sobre todo),
Modigliani y Chagall. De los tres
pintores semitas Soutine y Chagall
pertenecen a la antigua Rusia, y
Modigliani a Italia, los tres se
conocieron y compartieron muchas
experiencias en Paris, donde
coincidieron y donde labraron sus
identidades y obras artísticas.

Modigliani como Soutine tuvieron que
enfrentar circunstancias y vivencias muy
adversas, lo cual derivo en muertes
trágicas y relativamente tempranas, el
primero de tuberculosis, el segundo de
una úlcera reventada mientras huía del
nazismo; la bohemia extrema del primero,
el hambre que tuvo que padecer el
segundo en su autoexilio para poder
expresarse a través de la pintura,
fueron huellas indelebles de sus
travesías existenciales.

En el arte de ambos el retrato fue uno
de los géneros más practicados,
Modigliani desde su peculiar estilo de
caras y cuellos alargados y amarillentos
con una innegable influencia de máscaras
africanas, con ojos sumamente juntos y a
muchas veces sin mirada, pese a lo cual
sus retratados gozan de un aura diáfano
que exulta un sosiego mezclado con una
justa dosis de pureza; entre las
personas que retrato en varias ocasiones
se encuentra el mismo Soutine. “Modi”,
como lo llamaban en París, también pintó
una cantidad de desnudos posando en un
diván, cuadros de una gran belleza y de
una autoría reconocible en cada línea;
fue por causa de sus desnudos que su
única exposición como único autor fuera
clausurada al escandalizar al oficial de
policía de turno. Es difícil encontrar
algún conjunto de obra artística tan
reconocible como la del italiano y que
solo pueda ser clasificada en íntima
identidad y analogía con su autor,
Modigliani así es como se erige en la
historia del arte contemporáneo, con una
firma única e insoslayable.

Chaim Soutine hacía hincapié en retratar
gente de distintos y simples oficios
como ser cocineros o botones de hotel,
en su preferencia si era gente
uniformada de alguna manera, gente común
con la cual de alguna manera podía
identificarse y comunicarse. Otro motivo
central de su obra es el plasmar
animales como naturalezas muertas, esto
como grito de añoranza por el hambre que
tantas veces había padecido durante los
años. A Soutine se lo ha tildado en
muchos casos de ser un pintor
expresionista, y pese a que la crudeza
de su trazo y de sus motivos se puedan
enmarcar en una temática y forma de tal
corriente, Soutine como marginal que
fue, no llega a encajar del todo sino
que es un magistral e inclasificable
paria, trágico personaje autoexiliado
por su semitismo, perseguido por su
semitismo y muerto por su estómago.

Marc Chagall, en contraposición, tuvo un
destino menos trágico, fue el último
sobreviviente de todos los grandes
maestros del principio de su siglo,
conoció el éxito que los otros dos no
saborearon y nos ofrece una pintura
riquísima en colores y en motivos de
mágicas ensoñaciones. Se lo emparenta
con el cubismo o con el surrealismo sin
que nunca llega a poder ser ninguno de
los dos (fue loado por Picasso como por
Breton), sino un judío-ruso que nunca
paró de evocar ese mundo bucólico y
añorante de su niñez y de todo lo que le
fue querido durante su vida. Siempre ha
sido notoria la influencia que éste ha
ejercido sobre el cineasta Emir
Kusturica, no sólo en su paleta de
colores, sino en los motivos oníricos y
voladores, y en la constante aparición
de animales y músicos dentro del cuadro,
a lo que habría que agregar una
permutación de lo judío por lo gitano en
el caso del director balcánico.

Tres estilos, tres obras, tres destinos
que pese a los matices y vericuetos se
entrecruzan ya sea por su estigma
religioso, por el encanto que emanan sus
lienzos (sobre todo en el caso de
Chagall y Modigliani), por su
marginalidad y a los marginales que les
toco retratar, por su patria artística,
por sus trágicos destinos (Soutine y
Modigliani en este caso) y sobre todo
por esas enormes e inclasificables
bloques artísticos que van a perdurar en
las retinas de cualquiera que se les
acerque como uno de los acervos
pictóricos más únicos y extraordinarios
de la fabulosa eclosión vanguardista del
siglo XX.

Un cocinero, personaje esencial del
hambriento y vehemente universo de Chaim
Soutine

"Modi" y uno de los retratos de su amada
Jeanne Heabuterne

El mágico, pastoril y pintoresco cosmos
de Marc Chagall
Fuente: el-lar.blogspot.com
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