Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de
la Católica España, para expresaros nuestra paterna
congratulación por el don de la paz y de la victoria, con que
Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y
caridad, probado en tantos y tan generosos sufrimientos.
Anhelante y confiado esperaba Nuestro Predecesor, de s. m., esta
paz providencial, fruto sin duda de aquella fecunda bendición,
que en los albores mismos de la contienda enviaba «a cuantos se
habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y
restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión»; y
Nos no dudamos de que esta paz ha de ser la que él mismo desde
entonces auguraba, «anuncio de un porvenir de tranquilidad en el
orden y de honor en la prosperidad»
Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto
a manifestar una vez más sobre la heroica España. La Nación
elegida por Dios como principal instrumento de evangelización
del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica,
acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de
nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo
están los valores eternos de la religión y del espíritu. La
propaganda tenaz y los esfuerzos constantes de los enemigos de
Jesucristo parece que han querido hacer en España un experimento
supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición
repartidas por todo el mundo; y aunque es verdad que el
Omnipotente no ha permitido por ahora que lograran su intento,
pero ha tolerado al menos algunos de sus terribles efectos, para
que el mundo viera, cómo la persecución religiosa, minando las
bases mismas de la justicia y de la caridad, que son el amor de
Dios y el respeto a su santa ley, puede arrastrar a la sociedad
moderna a los abismos no sospechados de inicua destrucción y
apasionada discordia.
Persuadido de esta verdad el de sano pueblo español, con las dos
notas características de su nobilísimo espíritu, que son la
generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los
ideales de fe y civilización cristianas, profundamente
arraigados en el suelo de España; y ayudado de Dios, «que no
abandona a los que esperan en Él (Jdt 13, 17) supo resistir al
empuje de los que, engañados con lo que creían un idea
humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban
sino en provecho del ateísmo.
Este primordial significado de vuestra victoria Nos hace
concebir las más halagüeñas esperanzas, de que Dios en su
misericordia se dignará conducir a España por el seguro camino
de su tradicional y católica grandeza; la cual ha de ser el
norte que oriente a todos los españoles, amantes de su Religión
y de su Patria, en el esfuerzo de organizar la vida de la Nación
en perfecta consonancia con su nobilísima historia de fe, piedad
y civilización católicas.
Por esto exhortamos a los Gobernantes y a los Pastores de la
Católica España, que iluminen la mente de los engañados,
mostrándoles con amor las raíces del materialismo y del laicismo
de donde han procedido sus errores y desdichas y de donde
podrían retoñar nuevamente. Proponedles los principios de
justicia individual y social, sin los cuales la paz y
prosperidad de las naciones, por poderosas que sean, no pueden
subsistir, y son los que se contienen en el Santo Evangelio y en
la doctrina de la Iglesia.
No dudamos que así habrá de ser, y la garantía de Nuestra firme
esperanza son los nobilísimos y cristianos sentimientos, de que
han dado pruebas inequívocas el Jefe del Estado y tantos
caballeros sus fieles colaboradores con la legal protección que
han dispensado a los supremos intereses religiosos y sociales,
conforme a las enseñanzas de la Sede Apostólica. La misma
esperanza se funda además en el celo iluminado y abnegación de
vuestros Obispos y Sacerdotes, acrisolados por el dolor, y
también en la fe, piedad y espíritu de sacrificio, de que en
horas terribles han dado heroica prueba las clases todas de la
sociedad española.
Y ahora ante al recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra
civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos
modernos, Nos con piadoso impulso inclinamos ante todo nuestra
frente a la santa memoria de los Obispos, Sacerdotes, Religiosos
de ambos sexos y fieles de todas edades y condiciones que en tan
elevado número han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su
amor a la Religión católica: «maiorem hac dilectionem nemo habet»,
«no hay mayor prueba de amor » (Jn 15, 13).
Reconocernos también nuestro deber de gratitud hacia todos
aquellos que han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en
defensa de los derechos inalienables de Dios y de la Religión,
ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los
sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales.
Ni podemos ocultar la amarga pena que nos causa el recuerdo de
tantos inocentes niños, que arrancados de sus hogares han sido
llevados a lejanas tierras con peligro muchas veces de apostasía
y perversión: nada anhelamos más ardientemente que verlos
restituidos al seno de sus familias, donde volverán a encontrar
ferviente y cristiano el cariño de los suyos. Y aquellos otros,
que como hijos pródigos tratan de volver a la casa del Padre, no
dudamos que serán acogidos con benevolencia y amor.
A Vosotros toca, Venerables Hermanos en el Episcopado, aconsejar
a los unos y a los otros, que en su política de pacificación
todos sigan los principios inculcados por la Iglesia y
proclamados con tanta nobleza por el Generalísimo: de justicia
para el crimen y de benévola generosidad para con los
equivocados. Nuestra solicitud, también de Padre, no puede
olvidar a estos engañados, a quienes logró seducir con halagos y
promesas una propaganda mentirosa y perversa. A ellos
particularmente se ha de encaminar con paciencia y mansedumbre
Vuestra solicitud Pastoral: orad por ellos, buscadlos,
conducidlos de nuevo al seno regenerador de la Iglesia y al
tierno regazo de la Patria, y llevadlos al Padre misericordioso,
que los espera con los brazos abiertos.
Ea pues, queridísimos hijos, ya que el arco iris de la paz ha
vuelto a resplandecer en el cielo de España, unámonos todos de
corazón en un himno ferviente de acción de gracias al Dios de la
Paz y en una plegaria de perdón y de misericordia para todos los
que murieron; y a fin de que esta paz sea fecunda y duradera,
con todo el fervor de Nuestro corazón os exhortamos a «mantener
la unión
del espíritu en el vínculo de la paz » (Ef 4, 2-3). Así unidos y
obedientes a vuestro venerable Episcopado, dedicaos con gozo y
sin demora a la obra urgente de reconstrucción, que Dios y la
Patria esperan de vosotros.
En prenda de las copiosas gracias, que os obtendrán la Virgen
Inmaculada y el Apóstol Santiago, patronos de España, y de las
que os merecieron los grandes Santos españoles, hacemos
descender sobre vosotros, Nuestros queridos hijos de la Católica
España, sobre el Jefe del Estado y su ilustre Gobierno, sobre el
celante Episcopado y su abnegado Clero, sobre los heroicos
combatientes y sobre todos los fieles Nuestra Bendición
Apostólica.
Fuente: lacomunidad.elpais.com