La Poética de la protesta

por Mijael Vera

El hecho es real. En las calles de Los Ángeles (EE.UU.) se acerca airado un señor a un joven que está en una marcha gay portando kipá y una bandera israelí. El individuo es, evidentemente, un judío laico que jamás usaría kipá en la calle y en su presentación subraya que es un judío "liberal". Pese a eso, se ha sentido ofendido de ver en la marcha, en la cual también participa, a un joven vestido a la usanza tradicional. El joven responde ante la queja sacando de su bolsillo el decreto que firmaron 80 rabinos ortodoxos en EE.UU. apoyando la inclusión de las personas homosexuales. El judío liberal, al darle una rápida lectura al documento, sin dar crédito a sus ojos al ver firmas de notables rabinos ortodoxos, se aleja en silencio. El joven no dio respuesta verbal. Lo suyo fue un gesto. Eso se denomina "poética del decadentismo".

El Decadentismo es una corriente artística, filosófica y, principalmente, literaria que tuvo su origen en Francia en las dos últimas décadas del siglo XIX y se desarrolló por casi toda Europa y algunos países de América. La denominación de decadentismo surgió como un término despectivo e irónico empleado por la crítica académica, sin embargo, la definición fue adoptada por aquellos a quienes iba destinada.

El decadentismo fue el reflejo artístico de la transición de la economía basada en la libre concurrencia a la economía de las grandes con
centraciones financieras e industriales que se manifestó en un estancamiento económico que daría lugar a la renovación del sistema productivo, a la represión de las masas populares y la preocupación por las cuestiones de tipo social.

Literariamente el decadentismo tuvo su inspiración en las doctrinas poéticas postrománticas, denominándose decadentes a todos aquellos escritores ligados a la herencia espiritual o formal de Baudelaire, considerado el padre espiritual del decadentismo. Baudelaire descubrió la correspondencia entre gestos, perfumes, sonidos y colores y la tenebrosa y profunda unidad de la naturaleza.

También influyó en el decadentismo Rimbaud, para quien el poeta debe hacerse vidente a través de un razonado desarreglo de los sentidos. Se trata de registrar lo inefable y para ello es preciso una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras, al mismo tiempo, esas invenciones verbales tendrán el poder de cambiar la vida.

El decadentismo arremete contra la moral y las costumbres burguesas, pretende la evasión de la realidad cotidiana, exalta el heroísmo individual y desdichado y explora las regiones más extremas de la sensibilidad y del inconsciente.

Haci
a fines del S.19 la tendencia viró hacia el Simbolismo. Se perfiló así la divergencia entre decadentes, complacientes experimentadores en el campo de los sentidos y del lenguaje, y simbolistas, que buscan los valores absolutos de la palabra y aspiran a expresar una armonía universal del mundo.

Más tarde, algunos críticos ampliaron el significado del término decadente como opuesto a los convencionalismos. De esta manera, el decadentismo sería, en sus orígenes, antiacadémico en pintura, antipositivista en filosofía, antinaturalista en literatura. Así, tendencias, escuelas y orientaciones, con frecuencia diversas y lejanas, acabaron por confluir y hallarse comprendidas bajo la misma etiqueta.

Esa fusión sintomática en la contracultura del decadentismo y y el Simbolismo de lo que es considerado como "antiacadémico" configuran la poética de la Protesta que podemos percibir en muchas manifestaciones en estos días.

Basten para ello algunos ejemplos.

Camila Vallejo, presidenta de la Confederación de Estudiantes de Chile (universitarios), consultada por la prensa respecto a la posibilidad de "dialogo" con el Gobierno a través de la intervención de la Iglesia responde de manera simple, pero poética: "no necesitamos mediadores...menos con la Iglesia..." En términos objetivos la Iglesia chilena dio un paso atrás y más nadie volvió a mencionar el tema. Camila Vallejo, en tan sólo siete palabras hilvanadas en una improvisada frase, había sintetizado 200 años de historia, poética y simbolismo lingüístico. Conjuraba, así, los fantasmas consustanciales de una Iglesia golpeada por acusaciones de abusos sexuales, explotación de trabajadores, de indiscriminado lucro en la educación subvencionada y un largo etcétera que quedaban para la imaginación de quien haya escuchado la simple frase. Eso es poética.

Otro ejemplo significativo tiene que ver con la oportunidad del gesto. La noche del 4 de agosto, tras largas protestas y desórdenes durante el mismo día, un grupo de exaltados asalta e incendia una tienda de La Polar. Parafraseando a Nicanor Parra, un auténtico poeta del decadentismo, se trató de una "anti-noticia". Por un lado era una noticia que revelaba caos y desorden, apetente para los medios. Sin embargo, una vez emitida, nadie volvió a hablar de ello. Los exaltados habían acometido, en realidad, un acto subversivo de la más pura raigambre decadentista, después de todo la tienda, por su nombre, cargaba con las rabias contenidas de miles de personas estafadas. La oportunidad del gesto definía al hecho poético, toda vez que el acto, evidentemente delictivo, adquiría connotaciones de heroicidad romántica. El hecho poético tuvo tan extraordinario tonelaje que nadie volvió a hablar de ello.

Paralelamente, bastó con que sonara la primera cacerola para que partidarios del gobierno corrieran apresurados a declarar que estábamos ad portas de un caos irreversible parecido a una especie de rebelión generalizada contra el sistema. En otras palabras, que se buscaba el derrocamiento del gobierno. "Inútiles subversivos" fue el el lema que se impuso como una especie de lectura política de la situación. Aquí vemos cómo desde una humilde dueña de casa de barrio marginal hasta personas de los barrios más elegantes, golpeando sus cacerolas, generaron un hecho que podríamos calificar como de referencia histórica, y por extensión, simbólica. Nuevamente el gesto, y no la palabra, es el que acomete el acto poético.

Un último ejemplo: por una curiosa sincronía, por lo demás, consustancial al hecho poético, se estrena "Violeta se fue a los cielos" filme extraordinario de Andrés Wood. El público acude a disfrutar el filme en cantidades inimaginables. El silencio contemplativo electriza a la sala. Las personas que salen conmovidas del cine a una cuadra de allí se encuentran con un grupo de estudiantes en manifestación permanente...aunque en el filme no aparece, inevitablemente la atmósfera está cargada con la canción de Violeta Parra: Que vivan los estudiantes, jardín de las alegrías. Son aves que no se asustan de animal ni policía, y no le asustan las balas ni el ladrar de la jauría... Eso es magia que logra trastocar las cronologías y los tiempos. Poética pura.

Queda pendiente un estudio sereno respecto a la profusión de carteles improvisados que asoman en las protestas estudiantiles en Chile. Muchos de ellos auténticas obras de arte conceptuales. Porque la poética de la protesta parece superar o alterar la realidad en la evocación, en la analogía, en la evasión, y en el símbolo. Acontece cuando se acaban las palabras cotidianas, la consigna (que también tiene algo de poesía), y el acuerdo. Para la poesía no hay medias tintas. Ni siquiera hay palabras, pues, aunque las use, lo que evoca con ellas es la subversión de ellas a procura de un significado que está más allá del cotidiano.

"Seamos realistas, pidamos lo imposible" escribió un estudiante anónimo en un muro durante la revolución de mayo de 1968, en París. Al mismo tiempo Violeta Parra escribía: "Me gustan los estudiantes porque levantan el pecho, cuando les dicen harina sabiéndose que es afrecho, y no hacen el sordomudo cuando se presenta el hecho...". Tenían razón. Esa capacidad de trasgresión y atemporalidad es lo que hace válido al hecho poético. Y lo realiza el golpeteo de una simple cacerola, una modesta tienda montada en el centro de Tel Aviv, un muchacho ortodoxo en una marcha gay. Eso es poesía.


 

 

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