Primo Levi: El
deber ético de mantener la memoria histórica
por José Ramón
Villanueva Herrero
En
estas fechas estivales se ha recordado con diversos actos el 90º
aniversario del nacimiento de Primo Levi (1919-1987), escritor y
pensador italiano, judío de origen sefardí, considerado el precursor
de la literatura y la memoria histórica del Holocausto (“Shoah”, en
hebreo).
La
vida de Levi, un joven químico turinés integrado durante la II
Guerra Mundial en el grupo partisano “Justicia y Libertad”, quedó
marcada para siempre tras su paso por los campos de exterminio (“Lagers”
nazis. Capturado por la Milicia Fascista mussoliniana en diciembre
de 1943, fue entregado al ejército de ocupación alemán para ser
posteriormente deportado a Auschwitz, el más siniestro de los campos
de exterminio hitlerianos, donde permaneció hasta la liberación del
mismo por el Ejército soviético en enero de 1945. De los 650 judíos
italianos (“piezas”, en la terminología nazi) que fueron deportados
en el mismo convoy que Levi, sólo sobrevivieron cuatro personas.
El tremendo drama de la Shoah, vivido y sufrido por Levi, lo plasmó
en su libro Si esto es un hombre (1947), una obra fundamental de la
literatura contemporánea, una de las publicaciones más importantes
del s. XX, la cual ha tenido múltiples ediciones en diversos idiomas
y ha sido objeto de varias versiones radiofónicas y teatrales.
Ciertamente, en estas fechas en que se honra a Levi, resulta una
lectura recomendable. He empleado la edición española (Barcelona,
Muchnick Editores, 1987). Debemos de señalar, de entrada, que el
libro no añade nada nuevo en lo referente a los detalles atroces que
caracterizaban a los campos de exterminio nazis sino que, como Levi
indica, el objeto de su obra es “proporcionar documentación para el
estudio sereno de algunos aspectos del alma humana” en situaciones
límite como las que existían en Auschwitz. Y es que no había
palabras para expresar lo que Levi denomina como “la destrucción del
hombre”, el trato brutal al cual eran sometidos las prisioneros
considerados como “infrahumanos” por los nazis (judíos, gitanos,
eslavos), su explotación sistemática y cruel, su muerte programada
con una frialdad y metódica precisión (Levi nos recuerda que,
Auschwitz logró la “horrenda primacía” entre todos los campos de
exterminio al lograr la enorme cifra de “24.000 muertos en un solo
día en agosto de 1944”. Una frase del libro resume la destrucción
física y anímica del ser humano a manos del nazismo: “hemos llegado
al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más
miserable no existe, y no puede imaginarse”.
Levi distingue dos tipos de prisioneros: los “hundidos”, los que se
desmoronan ante aquel inmenso cúmulo de sufrimientos, los que
pierden toda
capacidad de resistencia y acaban irremisiblemente en la cámara de
gas y el crematorio, y los “salvados”, aquellos que con mayor
fortaleza física y anímica, luchan a cada instante por sobrevivir.
Muchos años después, Levi volvería a este tema en su libro titulado
así, precisamente, Los hundidos y los salvados (1986).
A lo largo del libro se alude a diversos personajes y grupos de
deportados: habla con emoción de los judíos griegos deportados de
Salónica (admirables, tenaces y solidarios), muchos de ellos con
seculares raíces que se remontaban a los judíos expulsados de Aragón
en 1492; recuerda la llegada masiva de deportados húngaros durante
la primavera de 1944, momento en el cual el diplomático zaragozano
Ángel Sanz Briz intentaba desesperadamente salvar a la comunidad
sefardí de Budapest. Con profunda emoción alude Levi a algunos
presos que, en medio de aquel infierno, supieron mantener la
dignidad humana, sobreponiéndose a tanta depravada deshumanización.
Este fue el caso de “Lorenzo”, que salvó la vida de Levi y que “con
su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo
justo y fuera del nuestro, algo y alguien todavía puro y entero, no
corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo”.
Es importante señalar que Si esto es un hombre es un libro incluido
desde hace años en los contenidos didácticos del sistema educativo
de Italia, destinado a la educación cívica de los escolares. Es por
ello que, en 1976, Levi le incorporó un apéndice en el cual recogía
las preguntas y respuestas más habituales que los estudiantes le
fueron haciendo durante años en relación a la tragedia de la Shoah.
En dicho apéndice trata temas como su rechazo a odiar a Alemania y
los alemanes por sus crímenes, lo cual no supone que conceda un
“perdón indiscriminado” hacia los culpables. Frente a los que
maquillan la tragedia en base a teorías negacionistas y
revisionistas afines al neofascismo, afirma que el pueblo alemán
sabía que se estaba perpetrando un genocidio de inmensas
proporciones y, por ello, lo considera “plenamente culpable” ya que,
“quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien
preguntaba no obtenía respuesta”. Alude también a la dificultad de
huir y de efectuar rebeliones masivas en los Lager (pese a que las
hubo en Treblinka, Sobibor, Birkenau o el “ejemplo de extraordinaria
fuerza moral” del levantamiento del guetto de Varsovia); analiza el
odio fanático del nazismo para con los judíos, o el eterno dilema de
los supervivientes entre olvidar la tragedia o recordarla para
mantener viva su memoria. En este sentido, Levi es claro y
contundente ya que nos recuerda que “meditar
sobre lo que pasó es deber de todos”.
Tras reconocer que sin la dramática experiencia de Auschwitz el
químico Levi es muy probable que nunca se hubiese dedicado a la
literatura (que le hizo merecedor de varios premios y ser candidato
al Nobel) y a la defensa de la memoria histórica, admite que
sobrevivió porque tuvo suerte y voluntad, ya que pudo sustraerse a
aquella “total humillación y desmoralización que condujo a muchos al
naufragio espiritual” y pudo seguir siendo un hombre, mantuvo su
dignidad y valores.
Levi no fue un historiador, ni lo pretendió ser, fue un testigo que
relata los hechos para que la memoria permanezca viva en las
generaciones futuras. Por ello, sentó las bases del testimonio, ya
que fue un pensador a partir del cual se empezaron a elaborar las
teorías filosóficas y educativas en relación a la Shoah, el papel y
la necesidad del testigo en la historia para que el lector tome
conciencia de la barbarie fascista, lo condene y actúe cimentando la
sociedad sobre los valores del respeto y la libertad. Es por ello
que, como indica en el libro, utilizó “el lenguaje mesurado y sobrio
del testigo; no el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo
lenguaje del vengador: pensé que mi palabra resultaría tanto más
creíble cuanto más objetiva y menos apasionada fuese; sólo así el
testigo en un juicio cumple su función, que es la de preparar el
terreno para los jueces: los jueces sois vosotros”.
Esa es la fuerza moral, el impulso ético y la necesidad de mantener
siempre viva la memoria histórica. Por ello este libro lo siguen
estudiando los escolares italianos porque, como pensaba Levi, sólo
la educación cívica de la juventud será la mejor garantía para
salvaguardar los valores democráticos y evitar en un futuro
tragedias como la Shoah, Gernika, Sarajevo, Rwanda o tantas otras.
Por ello, 22 años después de su muerte, Primo Levi sigue vivo en la
memoria y la lectura de “Si Esto es un Hombre” (y el estremecedor
poema que da título al libro), es un buen homenaje para aquel judío
italiano de origen sefardí que nos compromete en el permanente deber
ético de la defensa de la memoria histórica y la dignidad humana
frente a todo tipo de fascismo.