Progresistas y oscurantismo

Fernando Yurman

Aparte de lo que dictamine la investigación sobre las lamentables muertes del convoy de barcos del Mediterráneo, la efervescencia denunciante que desde entonces nos atraviesa es también reveladora.

Ilustra la naturaleza ideológica irreductible de la ética pública internacional, una de las muestras más contundentes de la arbitrariedad imaginaria que ordena la comunicación.

Por lo pronto, indica una preparada jerarquía emotiva para los escándalos internacionales. El hundimiento de un buque con cuarenta tripulantes por Corea del Norte, o el bombardeo indiscriminado a Chechenia, o la prohibición turca de citar el genocidio armenio o kurdo, tuvieron un estatuto crítico diferente. No sorprende tanto que esta visión envuelva la sensibilidad islámica, sino que nutra también de indignaciones a las organizaciones políticas y civiles más favorecidas por una amplitud cultural y una posibilidad reflexiva.

Como una de las últimas secuelas del debate, los organizadores de la marcha española del orgullo gay decidieron prohibir la participación de la carroza israelí.

El único país del Medio Oriente que respeta los derechos de los homosexuales será privado de su aporte gay, para preservar así las exaltadas denuncias de todos los regímenes islámicos donde los homosexuales descubiertos desembocan en la cárcel o en la muerte. El movimiento progresista más colorido y coqueto de Madrid puede ahora perfectamente gloriarse de practicar el mismo prejuicio que los otros. En este caso, el celoso comité que propicia estas marchas del orgullo ha logrado un notable oxímoron, algo así como "el fascismo de la diversidad" o "la diversidad del fascismo". Engrosaría las nuevas formas del oscurantismo contemporáneo, esa saga de mentiras y declaraciones pasionales al servicio de los regímenes más regresivos, pero que, con las poderosas redes actuales de internet, ha potenciado a un rango desconocido la malevolencia de Goebbels.

Nunca esta marcha había cuestionado los aportes rusos, por Chechenia, o norteamericanos, por Irak, o de cualquier orden por un incidente ­que para el caso ni siquiera está esclarecido-, pero se apresura a lo que aparenta ser un gesto ético natural e insoslayable. Esta naturalización, este fácil desciframiento, fue siempre una característica sentimental fascista. No solían practicarlo los movimientos "progresistas", a los que antes entorpecía la razón, pero las nuevas místicas populistas e islámicas facilitan ahora ese disfrute. Sin duda, hay placeres oscuros en la plenitud y la certeza, aunque sucedan sobre lo que no se sabe; como azúcar se eleva la fruición en el odio prejuicioso; hay un goce fascista, tal como existe un goce en atontarse o en la imbecilidad: y es la cesación del pensamiento crítico, la exaltación sobre pocos datos, pero no es solamente la invitación al equívoco, sino también a la dulzura de esa bajeza esencial. Si los homosexuales y lesbianas aspiran a la igualdad, debe ser la suposición de marras del Comité, deberían manifestar libremente el sentimiento común del antisemitismo (tan grato a las normales mayorías europeas, tan tonificante para el alma popular), especialmente si se puede expresar tan sanamente como antisionismo, como rechazo confortable a ese país irregular, extravagante y artificioso, que da tantos dolores de cabeza como siempre dieron los judíos.


Fuente: Guysen International News
 

 

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