La autoridad palestina no presenta interlocutor coherente, pero ¿Qué pasa con Israel?...


por Jorge Tachauer Sebök

Es notorio, y se ha comentado tanto por entendidos como por interesados, que cada vez que hay temas que tratar entre Israel y los palestinos (y todos son temas muy importantes), lo que dice Mahmud Abbas, lo contradice, si no él mismo, Salam Fayyad o cualquier otro funcionario de alto rango de la AP. Por no mencionar las barbaridades de Haniyeh en Gaza y de otros más fanáticos aún que él.

Pero más que preocuparnos tanto por las incoherencias palestinas, debemos estar conscientes que en Israel, aparte de la equilibrada visión de estadista de Simón Peres, cada vez más ocurren contradicciones entre Netanyahu, los demás miembros de la Knesset, en especial de la coalición de gobierno (que parecen más de oposición que de gobierno) y un número importante de ministros de ese mismo gobierno. Incluso, la posición del ministro de Relaciones Exteriores Avigdor Lieberman parece la más coherente y consecuente dentro de su concepto político-religioso, eventualmente discutible, de lo que deben ser las acciones del Estado de Israel en su lucha por la supervivencia y la legitimación mundial. Hace pocos días, el ministro Lieberman debió “poner orden en las filas” de sus embajadores, porque varios de ellos están corriendo con colores propios e ideas no representativas del estado que representan.

Se habla de la necesidad y conveniencia de transformar la democracia israelí de parlamentaria en presidencial. En este momento parece conveniente, considerando las cualidades del presidente Peres. Pero, por su edad, es improbable que mientras él viva se logre un acuerdo global y general de paz con la AP y, primeramente, con los estados árabes. Y no podemos evitar mencionar que el antecesor de Peres en el cargo debió renunciar por actitudes indebidas, como los focos de corrupción que se están bosquejando.

Ahora, para quienes seguimos la política israelí, no nos ha sorprendido la coherencia de Peres en sustentar con dignidad la posición de Israel y del pueblo judío doquiera que va. Pero es preocupante que no se vislumbre nadie con su capacidad de aglutinar y, por ende, de representar lo que Israel fue, es y pretende ser. Y eso es lamentable.

Personalmente, tengo la esperanza de que entre tantos jajamim en la política israelí, aparecerá alguien. En momentos más difíciles de la vida del pueblo judío, y los hubo muchos, surgió en la forma más sorpresiva, una persona que sacó al pueblo y al país del atolladero. En pleno siglo XXI no dudó que ocurrirá. La pregunta es, ¿cuánta sangre se habrá de derramar antes de que eso suceda?

Finalmente, dos premisas para terminar:

1) La solución a los problemas del estado Judío de Israel deben surgir primariamente desde dentro del Estado, de entre quienes viven allí y no desde la diáspora que, quiéralo o no, es sólo espectador, aunque a veces sea aporreado y sufra;
2) Los estadistas israelíes deberían tomar las resoluciones que juzguen necesarias considerando sólo los intereses de la mayoría de sus habitantes, sin aceptar presiones externas ni presiones internas de minorías que tienen derecho a ser oídas y respetadas, pero nunca privilegiadas.

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Hay un manido chiste respecto a una conversación entre un presidente de Estados Unidos y un presidente de Israel.
El de EE.UU. le comenta a su colega: “Imagínese señor presidente, lo difícil que me es gobernar un país de trescientos millones de habitantes”; a lo que el presidente de Israel le replica: “Piense Ud., señor presidente, cuán difícil es para mí ser presidente de un país de siete y medio millones de presidentes…”