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Rabín: El Último
Líder
por Niva Lanir
Rabín fue el último líder que se comprometió públicamente al cambio
político y social. Nadie, después de él, se atrevió a hacerlo.
Quizás esa sea la peor consecuencia del asesinato para la sociedad
israelí: la ambigüedad se apoderó de la vida política.
Antes de los comicios de 1992, surgió una confrontación entre Rabín
y el director de la agencia publicitaria encargada de su campaña
electoral. Si hablas demasiado sobre política, dijo el experto, no
ganarás.
La alternativa fue llevar a cabo dos campañas. Una dirigida por la
agencia, cuyos slogans eran "¡Israel espera a
Rabín!"
y "¡Corruptos, Basta ya!", y otra simultánea para Rabín a fin de que
durante las transmisiones y en sus discursos, expusiera al detalle
sus intenciones sobre el acuerdo con los palestinos, las fronteras
definitivas de Israel y un cambio radical en el orden de prioridades
nacional. Ese fue el último escrutinio ideológico de Israel.
Rabín fue el último Primer Ministro que se comprometió públicamente
al cambio político y social. Nadie después de él, se atrevió a
hacerlo. Quizás esa sea la peor consecuencia del asesinato para la
sociedad israelí: la ambigüedad se apoderó de la vida política.
Tras el homicidio, Peres, Netanyahu, Barak y Sharón, prefirieron no
pronunciar mensajes claros: la incitación a la violencia, los
palestinos, Hamás, Siria, Hezbolá, decretos financieros y
presupuestos de seguridad, se dejaron de lado. La ambigüedad es
poder; el silencio garantiza victoria. Tres de los mencionados
cubrieron el período de sus gobiernos con un manto de penumbra.
Durante largos años escuchamos de sus bocas el mismo mantra: "Esta
es una de las épocas más difíciles de nuestra historia", omitiendo
siempre qué deberíamos hacer para salir de ella, qué pretende su
gobierno, y porqué. Sólo de un asunto - Irán y su proyecto nuclear -
sobre el cual no conviene expresarse en exceso, hablan hasta
quedarse sin aliento y "no descartan ninguna opción operativa".
Rabín tenía 70 años cuando comenzó su segundo período de gobierno.
Ni su edad, ni su raciocinio y experiencia estaban a la orden del
día, sino los acuerdos de paz en Oriente Medio, el presupuesto de
educación y seguridad, y la inversión en infraestructuras.
Los resultados de la primera Guerra del Golfo y el derrumbe de la
Unión Soviética fueron una "ventana de oportunidades" para los
acuerdos en la región. Con la ayuda de un sana intuición y su
conocimiento íntimo de Tzáhal y la sociedad israelí, Rabín supo
captar las señales y llegó a una determinación estratégica:
conseguir arreglos diplomáticos que aseguren la posibilidad de vivir
normalmente.
Analizar el período gubernamental de Rabín en su justa medida le
otorga significado a su memoria, y es ella quien atestigua que fue
el último líder. Su agenda estaba abierta y expuesta a todo aquél
que quisiera verla. Además, venía acompañada de su persistencia en
intentar concretarla, sin tapujos ni alardes.
Hay quienes consideran que después del asesinato se convirtió en un
santo. Es un argumento sin fundamento, igual a esa aseveración de
que todo lo que dejó detrás suyo es un conflicto con los palestinos
aún más complicado, consecuencia de los Acuerdos en Oslo.
Es fácil olvidar el acuerdo de paz con Jordania y la apertura de las
negociaciones secretas con Siria, siendo que hoy nadie hace algo
para impulsarlas. ¿Y para qué recordar el florecimiento de las
relaciones diplomáticas y económicas con los países árabes y Europa,
cuando hoy en día, mientras no se ven salidas políticas posibles,
volvemos a escuchar la consigna justificativa: "¡Todo el mundo está
en contra nuestro!"?
Nunca sabremos si Rabín hubiera continuado con su política, si se
hubiese apartado de la línea de Oslo y configurado otra estrategia,
y cómo plantearía las negociaciones con los sirios. Nadie tiene una
verdadera respuesta.
Pero algunas cosas se saben: Rabín hubiera frustrado todo intento de
formación de un Estado binacional y haría todo lo posible por
propulsar la paz con Siria.
Al leer los libros del ex Presidente de EE.UU, Bill Clinton, de sus
asesores sobre Oriente Medio, Robert Malley y Dennis Ross, del
entonces Embajador en Israel Martin Indyk, y el libro de Avy Shlaim
"El Rey Hussein - Biografía Política", no cabe la menor duda: Rabín
fue el Primer Ministro preferido por Clinton y Hussein. Al igual que
muchos israelíes, ellos supieron porqué: por su integridad, su
coraje y su capacidad de comprometerse y afrontar las
responsabilidades.
Fuente: Haaretz /Argentina.co.il
Traducción: Lea Dassa
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