La Redención, según pensadores judíos

 

Martin Buber, en su diálogo con el exegeta neotestamentario Karl-Ludwig Schmidt el 14 de enero de 1933, en la Jüdisches Lehrhaus de Stuttgart, presentó la objeción judía contra la mesianidad de Jesús en términos tan clásicos que constituye la síntesis de lo expresado históricamente: «La Iglesia está en la creencia de que la llegada de Cristo supuso la redención de la humanidad. Nosotros, Israel, no podemos creerlo». No se trata de mala voluntad o de un empecinamiento, sino de «no poder aceptar» algo. Con todo el respeto que sentía ante Jesús y ante el cristianismo, una experiencia más profunda le obligó a confesar esta imposibilidad: «A un nivel más profundo, más auténtico, sabemos que la historia mundial no se ha agotado, que el mundo no está aún redimido. Sentimos el irredentismo del mundo. La Iglesia podrá o tendrá que interpretar este sentir nuestro como la conciencia de nuestro irredentismo; pero nosotros lo entendemos de otro modo. La redención del mundo, para nosotros, va unida indisolublemente al perfeccionamiento de la creación, a la instauración de la unidad realizada sin traba alguna, sin contradicciones, en toda la complejidad del mundo; va unida a la consumación del reino de Dios. Nosotros no logramos percibir un anticipo de la redención efectiva del mundo por mucho que se nos anuncie en nuestras horas mortales la redención activa y pasiva. No percibimos ningún corte en la historia. No conocemos en ella ningún punto medio, sino tan sólo una meta, la meta del Dios que no se detiene en su camino» (Der Jude und sein Judentum, Koln 1963, p.562).

 

Schalom Ben-Chorin hizo suyo, desde muy temprano, ese argumento: «El judío conoce profundamente este irredentismo del mundo y no ve ningún enclave de redención en medio de este irredentismo. La concepción del alma redimida en medio de un mundo irredento le es ajena, muy ajena, inaccesible desde el abismo de su existencia. En esto consiste el núcleo del rechazo de Jesús por Israel, y no en una concepción del mesianismo meramente externa, nacional. Redención significa, en perspectiva judía, redención de todo mal. Mal de cuerpo y de alma, mal de la creación y de la cultura. Cuando nosotros decimos redención, nos referimos a la redención integral. Entre creación y redención sólo conocemos un corte: la revelación de la voluntad de Dios» (Die Antwort des lona, Hamburg 1956, p.99, con referencia a su escrito Die Christusfrage an die luden, Jerusalern 1941, p.25). Según Ben-Chorin, pues, sólo hay un corte judío en la historia de este mundo irredento: la revelación sinaítica de la Torah, por medio de Moisés, al pueblo de Israel.

 

 

Por último, también Gershom Scholem repite este argumento en favor de la renuencia judía: «Hay un concepto divergente de redención que determina la actitud mesiánica en el judaísmo y en el cristianismo... El judaísmo ha mantenido siempre, en todas sus formas y figuras, un concepto de redención que presentaba a ésta como un evento que se realiza públicamente, en el teatro de la historia y en el elemento de la comunidad; que se realiza, en suma, en la esfera de lo visible; y no es pensable sin esa presencia de lo visible. El cristianismo, en cambio, concibe la redención como un proceso que acontece en el ámbito espiritual e invisible, que se realiza en el alma, en el mundo de cada individuo, y produce una transformación misteriosa no comparable a nada del mundo exterior... La reinterpretación de las promesas proféticas de la Biblia en el ámbito de la interioridad... ha sido siempre para los pensadores religiosos del judaísmo una anticipación ilegítima de algo que, en el mejor de los casos, podía ser la cara interna de un proceso que se realiza en el exterior, pero nunca sin este proceso mismo» (Zur Verständnis der messianischen Idee. Judaica I, Frankfurt 1963, 7-8.