El desafío y la esperanza en las redes sociales

por Rebeca Lustgarten

No ha sido mayor la contribución de los avan­ces tecnológicos a través de la Historia para solventar los problemas morales de la Humanidad. Las diferencias culturales, religiosas y sexuales siguen siendo la principal causa de la terrible violencia de la que somos testigos diariamente a nivel internacional. Para fi­nales del siglo pasado, el consenso parecía ser que “es civilizado, en todo momento y en todo lugar, el que sabe reconocer plenamente la humanidad de los otros” (Todorov). En el auge de las redes sociales puede residir la solución a las barreras de comunicación que nos impiden reconocer al “otro”, base de la coexistencia.

Tras la caída del Muro de Berlín, la expectativa de una era de paz en la década de los 90 coincidía con la promesa de cambio que suponía la revolución en la comunicación a través del nuevo acceso masivo a la información de Internet. La nueva tecnología permitía saber lo que ocurría en prácticamente cualquier lugar, casi al momento, de fuentes independientes, sin la interferencia de medios parcializados por intereses políticos o económicos. Entonces, ¿como íbamos a permitir que ocurrieran nuevos genocidios? Internet se sumó a nuestros televisores y radios informando sobre el desarrollo de las matanzas en Bosnia, Rwan­da y Darfur, y las masacres no fueron evitadas, humildemente protestadas y nunca realmente sancionadas.

Resulta difícil desasociar el comienzo del tercer milenio de la llamada era actual con las imágenes del avión que se es­tre­­llara contra una de las torres del conocido World Trade Cen­ter, en Nueva York, mientras observábamos a la gente que se lanzaba al vacío desesperada por el infierno desatado, para fi­nal­mente presenciar el desastre que significó el des­mo­ro­na­mie­nto de ambas torres aquel aciago 11 de septiembre del 2001.

La perspectiva generalizada de que, una vez terminada la lla­mada Guerra Fría, la lucha entre el totalitarismo y la de­mo­cra­cia liberal llegaba a su fin en Europa, y que los países del lla­ma­do tercer mundo serían encaminados hacia ese nuevo or­den constitucional y de paz mundial, se desvaneció con ese ata­que terrorista perpetrado por Al Qaeda. Con tres mil die­ci­siete muertos y seis mil doscientos noventa y un heridos, el te­rror violento y suicida, tan común en Asia, el Medio Oriente y África durante el siglo anterior, alcanzaba finalmente a Oc­ci­dente. El comienzo de un nuevo siglo, el año del metal y la cu­lebra para los chinos, el 5761 para los judíos y 1422 para los mu­sulmanes, marcó para siempre un nuevo arquetipo de gue­rra: se hace imprescindible la búsqueda de un nuevo diálogo co­mo herramienta para su detención.

Las redes sociales en Internet, que permiten conver­sa­cio­nes abiertas en tiempo real entre personas de cualquier parte del mundo, comenzaron a tener una vertiginosa prepon­de­ran­cia sobre todo desde que, en el 2004, Facebook se popula­ri­za­ra, desplazando poco a poco a los medios convencionales de información. Esta nueva tendencia cada vez más popular, a pe­sar de ser utilizada para compartir cosas banales, de fo­men­to personal y hasta de promoción de la violencia, representa un cambio en el flujo de la información en Internet. Va que­dan­do lejos la idea popularizada por Orwell de el jefe que nos vi­gi­la; ahora, el ciudadano común puede mantener una vigilia po­sitiva y constructiva en la búsqueda de procurar una in­fluen­cia fructífera en la sociedad.

Cada vez más, todo aquel que tenga acceso a Internet se con­­vierte automáticamente en un proveedor de noticias. La in­formación definitivamente está adquiriendo una nueva ten­den­cia de activismo político, denominado por algunos como “ci­beractivismo”. Recientemente, supimos de los enfren­ta­mien­tos en Irán como consecuencia de las elecciones y de los pro­blemas políticos en Hon­duras, a través de nues­tros amigos del ci­berespacio antes que por los canales no­ticiosos o los ca­na­les tradicionales de In­ter­net. Algunas redes so­ciales, sobre todo Twi­tter, se han con­ver­tido rápidamente en un instrumento po­tente donde se c­o­mien­za a librar un nuevo tipo de guerra que atemoriza a mu­chos dirigentes.

Es posible que al relacionarnos con esa fuente primaria lo­gre­mos una mayor empatía con lo que le sucede al “otro”. Leer en Twitter —un twitt— las experiencias de un habitante de Darfur, que sobrevive a un ataque de los Janjadwee, podría mo­tivar una cadena en vivo de protesta que logre frenar la per­secución y el asesinato de este nuevo ciberamigo. Po­de­mos tener la esperanza de que el post de una niña sometida a una ablación del clítoris logre que tantas Organizaciones No Gu­bernamentales —ONG’s— que sólo parecen tener tiem­po para criticar lo que ocurre en Israel, muevan influencias y re­cursos para evitar éstas y tantas otras humillaciones que suf­ren las mujeres en el mundo. Es posible que el encuentro per­sonal en el ciberespacio permita a los chechenios, iraníes, hon­dureños o venezolanos despertar a líderes locales y mun­dia­­les para que dejen de lado sus intereses y lo “políticamente co­rrecto” para comenzar a actuar tal como lo necesitan y es­pe­ran la mayoría de sus seguidores, por el bien de la so­ciedad. Es­ta ventana puede permitir que los palestinos, oprimidos por sus dirigentes corruptos y autocráticos, logren ser efecti­va­men­te escuchados y auxiliados. Una ventana donde la co­mu­ni­dad internacional reconozca el terrible daño diario que su­fren los israelíes por los ataques palestinos. Un espacio donde ven­tilar diferencias y rabias milenarias en contra de cualquier mi­noría. Hasta puede llegar a ser el lugar de encuentro entre gru­pos de víctimas y victimarios.

Predecir el futuro pocas veces ha dado buenos resultados; pe­ro podemos tener esperanzas. El an­he­lo es que sea el comienzo de una era en la que la tecnología finalmente ser­virá para relacionar directamente a los seres humanos de manera global, pe­r­mitiendo el acercamiento entre di­fe­rentes culturas de manera de lograr un entendimiento y ayuda real. La ilu­sión es que la masificación del diálogo glo­balizado a través de las redes so­cia­les permita además acercar a la “civi­li­za­ción” a esos grupos atrapados en un pri­mitivo orden político y social; la es­pe­ranza es que su uso permita rom­per las barreras que parecen haber guia­do la historia humana de desen­cuen­tros culturales y barbarie, de ma­ne­ra de evitar la multiplicación de la vio­lencia y lograr dar pasos más firmes ha­cia una civilización mundial.

Y es que si no se logra hacer algo pa­ra alcanzar el entendimiento pa­cí­fi­co entre los seres humanos, la tec­no­lo­gía y los avances científicos que de­be­rían enriquecer y mejorar nuestras vidas terminarán des­tru­yén­donos, y las maravillas arquitectónicas que invaden nues­tros Inbox a través de cientos de PowerPoint, terminarán alber­gan­do las cenizas de la humanidad que se niega a la co­exis­ten­cia. Las redes sociales se van convirtiendo en la memoria ac­tual; ahora sí que no podemos decir que no sabíamos…

Gilad Shalit, ¡Shana Tová!