Reizl y Sarita

Se reunen a tomar el té Reizl y Sarita, dos señoras de la misma congregación.
Reizl titubea un poco pero por fin toma aliento y arranca:
- Te tengo que consultar, Sarita, porque somos amigas desde hace tiempo, ¿no?
- ¡Amigas del alma, Reizele! ¿Algún problema?
- Bueno, no, si, no... es que Najmen Stolkiner me invitó a salir, y como ustedes dos, en fin... ustedes dos, salieron... ij veis nischt, ¿a vos que te parece?
- Pero mi querida, somos gente grande, salí, no salí.. Alter gueshijte.
- Ah, cómo me tranquilizas, Sarita. Zog mir, ¿hay algo que me puedas contar?
- Pero claro, encantada. Mirá: cuando me vino a buscar tocó el timbre y al abrir fue un regalo para los ojos, tan elegante, tan perfumado, ofreciéndome una orquídea para prender en la solapa. Yo me había puesto el trajecito gris de seda, ¿te acordás?
- Si, el trajecito gris perla, ¡divino!...
- Ese, que lo había comprado cuando viaje a París con el pobre Shloime, que el Altísimo lo tenga a su lado...
- Amén - coincide Reizl - ¿Nu?
- Me dio el brazo y me guió hasta una limousine. Imagínate, el barrio estaba conmocionado, ni que fuera la reina de Inglaterra. En la limou, música y champagne.
- ¿Azoi?
- ¡Azoi! Me llevó a un restaurante lujosísimo, con portero que te da la mano para salir del auto, alfombra roja - rememora Sarita pensativa.
- Oy.... - suspira Reizl, y apremia - ¿Y?
- Bueno, nos llevaron a la mesa reservada, ¡manteles de hilo auténtico, cristalería de verdad!, "por aquí, señor, señora, su mesa preferida, Mr. Stolkiner", me acomodaron la silla, finísimo... - sigue Sarita - De entrada nos sirvieron caviar del bueno y camarones, podías repetir si querías. Después Bife Strogonoff a la menta con ensalada de tomates, lechuga japonesa, paltas, palmitos, champignon, mangos y naranjas. Un mish-mash, ¿a vos te parece ponerle fruta a una ensalada? Serán costumbres de ricos, pero a mi mucho no me... Como eso de ponerle menta a la carne, francamente...
- Después, después - interrumpe Reizl ansiosa - ¿y entonces?
- Me lo comí igual, imaginate que no era momento para criticar, hay que saber moverse en sociedad. Vino carísimo, de 80 dolares la botella, y de postre helado de vainilla bañado con yoghurt de frutillas aromatizado al rhum. Decime, ¿a quién se le ocurre ponerle yoghurt a un helado...?
- Ij veis nischt, no importa, seguí, seguí - insta Reizele.
- Me lo comí también, ¿acaso me iba a poner a discutir? Una es una dama. Después, café con masitas, muy ricas, no tengo nada que decir. Y luego hizo llamar al chofer y Najmen le dijo que nos llevase de paseo por la rivera.
- ¡Qué romántico! ¿Linda noche?
- Ideal, estrellada, sin viento, preciosa. La verdad, aparte de lo del yoghurt, una velada agradabilísima, y Najmen tan caballero, tan de buena conversación. Asi que cuando llegamos a mi casa y me acompañó a la puerta pensé que no estaba bien dejarlo plantado allí, que bien podía invitarlo a pasar a tomar un cafecito, porque una no tendrá tanta plata, pero la casa es limpia y de comer nunca falta, ¿no te parece?
- Claro - coincide Reizl - A que me vas a decir que además preparó el café y lavó las tazas.
- ¿Qué café? ¡Nein! ¡De repente se transformó, se me tiró encima como una bestia salvaje, como en una película del Dr. Bergstein y Mr. Jaim, otra persona!. ¿Te dije que me había puesto el trajecito gris de París? ¡Bueno, me lo hizo trizas, Réizele, un harapo, no sirve más! - relata Sara, jadeante.
- ¡Oy, guevald! - se lleva Reizl una mano al pecho, la taza de té temblando en la otra - No lo puedo creer, es tan impresionante, no sé qué decir, Sarita! ¿Entonces qué? ¿Me recomendás que no acepte la invitación?
- ¿Farvus? - se sorprende Sarita - ¡Lo que te estoy diciendo es que te pongas un shmate!