Rica, joven y bella

por Patricio Iglesias


Si Chile resultaba un lejano lugar para un vienés de la entre guerra, la ciudad de Temuco era la última etapa del fin del mundo.
¿Cómo fue que sus padres llegaron allí? Sólo por desesperación. La plácida Viena se fue convirtiendo en un hervidero de antisemitismo, –que nunca había estado muy ausente-. Desde el mismo momento en que un hijo de sus tierras fue escalando en la política de la vecina Alemania.

Tan pronto Hitler fue nombrado Canciller a principios de 1933, la situación comenzó a tornarse insoportable. No les fue fácil abandonar el centro de la cultura europea.

Magníficos compositores, literatos y artistas, muchos de ellos judíos. El jubiloso brillo creativo de la Secessión. La música de Mahler, la pintura de Klimt, la aguda crítica de Kart Krauss y su revista Die Fackel , el inquietante Freud. Todos en mayor o menor grado judíos. Todos, rechazados por el creciente odio.

Fue partir del centro mundial de las ideas y la innovación, para refugiarse en el salvaje mundo de los horizontes perdidos. Lejos de todo.

Nadie lograba entender cabalmente la urgencia de su padre por partir en aquel 1934. Muchos de los que dudaron, cuando quisieron partir, ya no era posible y no vivieron para reconocer su error.

Fue un pariente de su madre en Tsalónica, quien les ofreció conseguir una visa de ingreso a Chile. Luego verían a quien habría que “mojar” allí para conseguir la permanencia.

En la villa de Temuco, al sur del país, existía una comunidad judía bien formada que les ayudaría a instalarse. Mayoritariamente sefardís, pero ¡Que podían hacer! Eran mejor que los Ost Juden que tan en menos habían mirado siempre en Viena.

Desde su nueva morada, observaron con temor el paso de la guerra por las cuatro esquinas del mundo. El temor se tornó en espanto, al enterarse de la Shoa. Niños, parientes, amigos y conocidos habían sido exterminados. Cada noche regresaba el miedo de su providencial salvación.

Para cuando ella llegó al mundo, sus padres ya eran unos comerciantes adinerados. Habían llegado pobres y solos. Allí encontraron paz y prosperidad, por eso terminaron amando a esa tierra.

El parto se llevó a cabo en la vieja casona familiar de madera. Sentían miedo que algo pudiese salir mal y el único hospital de la ciudad no daba garantías. Su ya madura madre casi había perdido las esperanzas y éste sería su único hijo.

Por su porte y carácter, la niña creció para convertirse en el tipo de mujer que no puede pasar desapercibida. Nunca logró comprender a cabalidad el temor de sus padres, su seguridad no se lo permitía. Para los hombres, desde adolescente, representaba un objeto altamente deseable. Para ellas, su elegante esbeltez, provocaba envidia y curiosidad. Poco importaba qué vistiese o qué maquillajes usase, siempre lucía distinguida.

Más aún, su personalidad lejana y tranquila, ajena a las pequeñeces provincianas de una juventud aburrida, la hacían ser considerada como altiva y prepotente. Nada más lejano a su verdadero ser.

Al terminar secundaria, la presión paterna y los consejos de profesores, le sugirieron que si no se casaba… fuese a la universidad.

A ella, lo único que le atraía era el olor a tierra mojada en el campo. Las largas jornadas de lluvia y el cristalino sol cuando escampaba. Solía perderse en los potreros del fundo familiar, no muy lejos de la ciudad. Allí escribía poemas y soñaba.

-“Eres muy sensible y tienes pasta de poeta”, solía decirle Doña Lucila, Directora del Liceo en que estudiaba.

Pero su destino parecía estar determinado hacia otros rumbos. Si no continuaba los estudios, estaría pronto consignada a buscar marido y ser una buena dueña de casa. La fuerte incidencia sefardí en la colectividad no dejaba mucho lugar para una mujer de su carácter. Las fuerzas de los suyos la empujaban a la endogamia y la excelencia doméstica.

Partió a estudiar a la capital.

Pero el sino de las personas no da a torcer su brazo tan fácilmente. Luego de mucho andar, regresó para hacerse cargo de los negocios familiares. Traía consigo un título bajo el brazo. Lo envolvió cuidadosamente y lo guardó en un cajón para siempre. También traía ocultas, suficientes andanzas para recordar. Mas todo parecía decir, que había llegado su hora. Era el momento de sentar cabeza.

En realidad, nada había cambiado.

No tardó en aparecer el pretendiente indicado. Amable, buen parecido, casi inteligente. Esposo ideal para una mujer como ella. Rica, joven y bella. ¡Que más se podía pedir! ¡Novia que te vean!

Pero su alma se negaba a lo inevitable, no podía consentir que ni Parcas, ni Moiras fijaran su futuro.

Lo rechazó, no por él, ni siquiera por el destino señalado, sino por ella misma. Necesitaba su espacio y estaba dispuesta a luchar. Era tan poco lo que pedía de la vida. Estar a solas, poder ser. Nada de eso se lo hubiese podido dar el apuesto joven.

Corrió donde la antigua Directora del Liceo, única que sentía la podría entender.

-“¿Es que estoy loca?, ¿Estoy echando mi vida por la borda?” preguntó triste.

Doña Lucila, desde la sabiduría poética contestó, -“Está loco el mundo que piensa que puede forjar tu alma, con miras de un destino que no es el tuyo. Vete al campo, vete y empápate de ti. Échalo todo a volar. Cuando aparezca lo amado, ya lo habrás de seguir más allá del fin del mundo. El amor no piensa...ni para bien ni para mal”

 

 

 

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