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por Patricio Iglesias
Tan pronto Hitler fue nombrado Canciller a principios de 1933, la situación comenzó a tornarse insoportable. No les fue fácil abandonar el centro de la cultura europea.
Magníficos compositores, literatos y artistas, muchos de
ellos judíos. El jubiloso brillo creativo de la
Secessión. La música de
Fue partir del centro mundial de las ideas y la innovación, para refugiarse en el salvaje mundo de los horizontes perdidos. Lejos de todo.
Nadie lograba entender cabalmente la urgencia de su
padre por partir en aquel 1934. Muchos de los que
dudaron, cuando quisieron partir, ya no era posible y no
vivieron para reconocer su error.
En la villa de Temuco, al sur del país, existía una
comunidad judía bien formada que les ayudaría a
instalarse. Mayoritariamente sefardís, pero ¡Que podían
hacer! Eran mejor que los Ost Juden que tan en menos
habían mirado siempre en Viena.
El parto se llevó a cabo en la vieja casona familiar de
madera. Sentían miedo que algo pudiese salir mal y el
único hospital de la ciudad no daba garantías. Su ya
madura madre casi había perdido las esperanzas y éste
sería su único hijo.
Más aún, su personalidad lejana y tranquila, ajena a las
pequeñeces provincianas de una juventud aburrida, la
hacían ser considerada como altiva y prepotente. Nada
más lejano a su verdadero ser. A ella, lo único que le atraía era el olor a tierra mojada en el campo. Las largas jornadas de lluvia y el cristalino sol cuando escampaba. Solía perderse en los potreros del fundo familiar, no muy lejos de la ciudad. Allí escribía poemas y soñaba. -“Eres muy sensible y tienes pasta de poeta”, solía decirle Doña Lucila, Directora del Liceo en que estudiaba. Pero su destino parecía estar determinado hacia otros rumbos. Si no continuaba los estudios, estaría pronto consignada a buscar marido y ser una buena dueña de casa. La fuerte incidencia sefardí en la colectividad no dejaba mucho lugar para una mujer de su carácter. Las fuerzas de los suyos la empujaban a la endogamia y la excelencia doméstica.
Partió a estudiar a la capital.
En realidad, nada había cambiado. Lo rechazó, no por él, ni siquiera por el destino señalado, sino por ella misma. Necesitaba su espacio y estaba dispuesta a luchar. Era tan poco lo que pedía de la vida. Estar a solas, poder ser. Nada de eso se lo hubiese podido dar el apuesto joven. Corrió donde la antigua Directora del Liceo, única que sentía la podría entender. -“¿Es que estoy loca?, ¿Estoy echando mi vida por la borda?” preguntó triste.
Doña Lucila, desde la sabiduría poética contestó, -“Está
loco el mundo que piensa que puede forjar tu alma, con
miras de un destino que no es el tuyo. Vete al campo,
vete y empápate de ti. Échalo todo a volar. Cuando
aparezca lo amado, ya lo habrás de seguir más allá del
fin del mundo. El amor no piensa...ni para bien ni para
mal”
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