La
salvación viene de los judíos

por Juan F.
Carmona y Choussat
A lo largo
de su
vibrante
existencia,
habiendo
sentido casi
cada año el
peligro de
aniquilación,
Israel
siempre ha
salido
adelante
haciendo
suyo el
mandato de
Moisés de
elegir la
vida.
En cambio,
Occidente
sufre hoy un
acceso grave
de
agotamiento
de vivir,
una
patológica
propensión
al suicidio.
Israel es el
más indicado
para hacerle
recapacitar.
Es, por eso,
conveniente
preguntarse
-hoy, de
nuevo- si la
salvación,
como le dijo
Jesús a la
Samaritana,
viene de los
judíos.
Después de
los
atentados de
septiembre
de 2001 el
presidente
Bush elaboró
una doctrina
fundada en
la
moralización
de la
política
exterior y
la expansión
de la
democracia.
El último
pilar de esa
doctrina lo
formulaba el
24 de junio
de 2002. Por
primera vez
un
presidente
americano
hacía un
llamamiento
público para
un Estado
palestino.
Había
demostrado
su amistad
con Israel
al defender
sus medidas
para
protegerse
del
terrorismo,
que habían
sido
recibidas
con
hostilidad
por otros,
como la
construcción
de la
barrera de
seguridad y
el
establecimiento
de controles
impidiendo
la entrada
de suicidas
desde
Cisjordania.
Bush también
había
discrepado
de la
opinión
generalizada
contra los
asesinatos
selectivos
de aquellos
que
planeaban e
incitaban a
los
atentados
suicidas,
puesto que,
como había
tenido
oportunidad
de comprobar
en su propio
país eran un
mal
incalificable.
En los
términos de
Norman
Podhoretz:
“Luchando
(contra el
terrorismo)
los
israelíes
estaban
combatiendo
contra el
mismo
enemigo que
nos había
declarado la
guerra el 11
de
septiembre”.
Su apoyo
incluía
asimismo la
inexorable
exigencia
del abandono
de las
prácticas
terroristas
por todo el
liderazgo
palestino.
Así, en su
declaración
de 2002
dice: “Las
autoridades
palestinas
están
fomentando,
no
oponiéndose,
al
terrorismo.
Esto es
inaceptable.
Y los
Estados
Unidos no
apoyarán el
establecimiento
de un Estado
palestino
hasta que
sus líderes
se impliquen
en una lucha
sostenida
contra los
terroristas
y el
desmantelamiento
de sus
infraestructuras”.
Por último,
y esto es
capital, no
culpaba a
Israel -en
un cambio
sustancial
de actitudes
precedentes-
de la guerra
que contra
él se
libraba.
Ponía la
carga de la
prueba en
los
palestinos y
los Estados
árabes que
los
apoyaban,
por no
rechazar
frontalmente
el
terrorismo.
Pero eso no
era todo.
Dos años
después
añadiría lo
que
Podhoretz
denominó el
“codicilo” a
esta
política:
como parte
de un
acuerdo
definitivo
de paz,
Israel debía
tener
fronteras
seguras y
reconocidas,
y éstas
debían
incluir los
centros de
población
mayoritariamente
israelíes.
Rechazaba
pues la idea
últimamente
universalmente
aceptada,
según la
cual el
requisito
esencial,
prácticamente
el único
para la paz,
es la
expulsión de
hasta el
último judío
de
Cisjordania.
En qué la
transformación
de Judea y
Samaria en
“Judenrein”
podía ser un
avance hacia
ésta, era
algo que no
parecía
pasar por la
cabeza de un
presidente
americano.
Las cosas
han
cambiado.
Según afirma
el
comentarista
David
Ignatius y
se deduce de
un posterior
artículo de
Zbigniew
Brzezinski
en el
Washington
Post, hay
varios
antiguos
secretarios
de Estado y
asesores de
Seguridad
Nacional que
junto con el
actual,
James Jones,
están
definiendo
una política
para Obama,
que pasa por
la
imposición a
Israel de
las
fronteras
previas a
1967.
Esta vuelta
atrás a
políticas
infructuosas,
¿puede
cosechar
algo?
Podhoretz,
escribiendo
proféticamente,
en mayo de
2009
destacaba:
“Nada se
sacará de
una
reversión a
las
asunciones
previas a
Bush. Nada
se sacará
con ello de
los
israelíes
porque
ellos,
incluso los
más
complacientes
entre ellos,
han
aprendido
que la
retirada de
territorios
previamente
ocupados
significa la
creación de
bases desde
las que los
terroristas
harán llover
misiles
sobre
ciudades
israelíes.
Así, cuando
en el año
2000 se
retiraron de
la zona de
seguridad
que habían
establecido
en el sur
del Líbano,
Hezbollah se
mudó allá, y
más tarde,
su retirada
de Gaza en
2005 resultó
en la toma
de poder por
parte de
Hamás
terminando
en ambos
casos no en
paz o
siquiera en
mejores
perspectivas
para
alcanzarla,
sino en
guerra y más
guerra.
Además, la
retirada de
Gaza,
significando
como supuso
sacar a la
fuerza unos
8.000 judíos
de sus
casas, fue
un trauma
nacional tan
doloroso,
que hacer lo
mismo a más
de treinta
veces el
mismo número
de judíos
viviendo en
Cisjordania
se ha
convertido
en
impensable”.
Ahora bien;
ni siquiera
esa insólita
reversión,
aisladamente,
significaría
un peligro
letal para
Israel y los
judíos. Es
interpretada
con el
conjunto de
la política
de Obama
cuando
supone una
amenaza.
Sí, Obama
permanece en
Irak, pero
anuncia su
marcha. Sí,
Obama
permanece en
Afganistán,
pero anuncia
su partida.
Sí, Obama
promete
disuasión
nuclear,
pero
renuncia a
renovar su
arsenal. Sí,
Obama
promete
alianza
perpetua a
sus amigos,
pero embarca
a su país en
la deuda que
compromete
el gasto
futuro en
defensa.
Sí,… pero.
¿Me
contradigo?
Muy bien,
pues me
contradigo.
Contengo
multitudes.
Decía
Whitman.
Ante la
contradicción
es más que
lícito
preguntarse
qué
interpretan
los que
dividen a
Occidente en
el pequeño
Satán,
Israel; el
Gran Satán,
Estados
Unidos; y,
¢a va sans
dire, el
inútil
Satán,
Europa. El
régimen
iraní, de él
se trata,
incrementa
sus
preparativos
terroristas
incluso más
allá de sus
habituales
sucursales
de Hamás y
Hezbollah,
pero ello
sigue sin
hacer que se
desvíe la
vista de un
parsimonioso
calendario
de
ineficaces
sanciones.
Si hace año
y medio los
que en el
entorno de
Obama
entendían de
estas
cuestiones
aún pensaban
que podía
evitarse un
Irán
nuclear, hoy
se da por
concluido el
intento de
impedírselo.
La nueva
convicción
es: por qué
no vivir con
un Irán
nuclear al
que mantener
a raya como
antaño a la
URSS y China
durante la
Guerra Fría.
Algunos dan,
incluso en
una perversa
reinterpretación
de los
hechos, un
paso más: es
la presencia
de un Israel
nuclear en
pleno
Oriente
Medio el
origen de la
proliferación.
Pero aun sin
darlo, es
obvio lo que
impide
convivir con
un Irán
nuclear.
El 27 de
octubre de
2007 lo
explicaba
muy bien el
New York
Times: “El
nuevo
presidente
conservador
de Irán,
Mahmoud
Ahmedineyad,
dijo el
miércoles
que Israel
debía ser
borrado del
mapa...”,
añadiendo:
“Refiriéndose
a palabras
del ayatola
Jomeini, el
líder de la
revolución
islámica
Ahmadineyad
afirmó:
`Como dijo
el imán,
Israel debe
ser borrado
del mapa”'.
El
predecesor
de
Ahmadineyad,
Mohamed
Jatamí, en
contraste,
propuso un
diálogo
entre
civilizaciones
y persiguió
una política
de détente”.
La détente,
pues, aunque
fuera en un
nuevo Irán
post
régimen, que
sigue sin
avistarse
con
claridad, es
posible,
dicen. Pero
he aquí lo
que decía el
igualmente
“moderado”
Rafsanjani
vinculado
incluso a
llamamientos
a la
apertura
tras las
disputadas
elecciones
del verano
-y sus
turbulentas
consecuencias-
respecto al
“miedo” a
represalias:
“Si llega el
día en que
el mundo del
Islam está
convenientemente
equipado con
las armas
que Israel
tiene en su
posesión…,
la
aplicación
de una bomba
atómica no
dejaría nada
en Israel,
pero la
misma cosa
sólo
produciría
daños en el
mundo
islámico”.
Bernard
Lewis, el
famoso
erudito del
Islam,
aclaraba
sobre el
tema en
2006: “Hay
una
diferencia
radical
entre la
República
Islámica de
Irán y otros
Gobiernos
con armas
nucleares.
Esta
diferencia
se expresa
en lo que
solamente
puede ser
descrito
como la
visión
apocalíptica
de los
actuales
dirigentes
de Irán.
Esta visión
y
expectativa,
manifestada
vívidamente
en
discursos,
artículos e
incluso en
libros de
texto,
claramente
forman la
percepción y
por tanto
las
políticas de
Ahmedineyad
y sus
discípulos”.
Pero, en la
circunstancia
de un ataque
nuclear, ¿no
perecerían
con los
israelíes
los
palestinos?
y, ¿acaso no
contestaría
Israel
devastadoramente?
“La primera
de estas
disuasiones
bien puede
preocupar a
los
palestinos
pero no
aparentemente
a sus
fanáticos
defensores
en el
Gobierno de
Irán. La
segunda - la
amenaza de
un ataque
directo
sobre Irán-
está…
debilitada
por el
complejo de
suicidio o
martirio que
plaga partes
del mundo
islámico
hoy, sin
paralelo en
otras
religiones,
ni siquiera
en el pasado
musulmán.
“En este
contexto la
destrucción
mutua
asegurada (DMA),
el elemento
disuasor que
tan bien
funcionó
durante la
Guerra Fría,
no tiene
ningún
significado.
Al final de
los tiempos
habrá una
destrucción
en todo
caso. Lo que
importará
será el
destino
final de los
muertos: el
infierno
para los
infieles y
el cielo
para los
creyentes.
Para gente
con esta
mentalidad
la DMA no es
un
impedimento,
es un
incentivo”.
Por todo
ello es por
lo que la
temeraria
política de
Obama
presionando
a su aliado,
enviando un
anuncio de
abandono, y
dejando
enquistarse
aparentes
negociaciones
anti
proliferación
sin
propósito
significativo,
pone a
Israel en
una
situación
delicada.
Esta,
paradójicamente,
podría
evitarse con
hacer
simplemente
lo
contrario:
sosteniendo
al amigo y
apremiando
al régimen
desafiante.
Pero lo más
peculiar es
que la
actitud del
presidente
americano se
parece mucho
a la
expuesta en
esa frase
que se
atribuye a
Talleyrand,
el
sofisticado
ministro de
Napoleón:
“Es peor que
un crimen,
es un
error”.
En lugar de
hacer lo
imposible
por
facilitar a
Israel su
lucha contra
el
islamismo,
porque ese
enemigo ha
declarado la
guerra a
todo
Occidente,
da la
impresión de
creer que
Israel es el
problema.
Pero, tras
Israel está
el resto. Es
en ese
sentido, en
el sesenta y
dos
cumpleaños
de su
brillante y
ejemplar
existencia
que, al
estar en la
primera
línea, la
salvación -y
empieza a
ser
costumbre -
viene de los
judíos.
Pero
conviene no
dar por
seguras las
calamidades
que pueden
evitarse, y
recordar el
animoso
saludo que
se daban a
finales del
siglo XIX
los primeros
sionistas
allá donde
se
encontraran,
en Basilea o
Constantinopla,
cuando no
había
llegado la
Declaración
Balfour y
apenas había
nacido Harry
Truman: “El
año que
viene, en
Jerusalén”.
*Juan F.
Carmona y
Choussat es
Doctor en
Derecho por
la
Universidad
Complutense
de Madrid.
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